Hace algunas décadas, quizá no muchas, existía un mito urbano por el que, cualquier presunto hijo biológico del que se tuviera la más mínima duda sobre su paternidad, era vástago del «butanero». Como si el abnegado servidor del gas que encendía nuestros fogones por aquel tiempo, fuese el único palo que podía sostener la verga de la infidelidad. Eran los tiempos del divorcio, del «destape nacional», cuando los españolitos consumían cine pseudo-cachondo después de la siesta el sábado-sabadete y la única sexualidad con carácter parecía expresarse fuera del matrimonio y de la bendición eclesial. El blanco y negro había dado paso a los colores chillones y, claro, aquí, el «hombre del butano», con su llamativo naranja, marcaba tendencia a salto de cama y fondo de armario.
En este relato, el sufrido empleado del gas es un servidor, o sea yo. Y que me queme en el infierno azulado si, en lugar de pesadas bombonas anaranjadas, me dedico a repartir descendencia por el barrio entre las aburridas amas de casa. Eso sí, anécdotas no me faltan y, para muestra, estas pocas líneas.
Don Manuel y su esposa doña Carmen, vivían en un cuarto sin ascensor. Por aquél entonces, solo los quintos en adelante tenían ese privilegio y, de esos había pocos en el barrio, por suerte para mí porque, si había ascensor, no había propina, y en este caso, sobre todo en el de doña Carmen, era generosa. Tanto como su escote, o la abertura de su bata de boatiné.
—Déjela aquí mismo, Jaime—me decía siempre—, y pase a tomarse un cafelito con unas madalenas, que las tengo… la mar de tiernas.
Y no mentía. Tan esponjosas eran sus madalenas, que se pegaban a los dedos y llenaban la boca. Y mientras ella, en busca del tarro de azúcar, estiraba todo su cuerpo hacia el estante más alto, yo admiraba el esplendor de su arte culinario y su modelado culiprieto.
—¡Ay, doña Carmen!, que siempre se le olvida ponerme el capuchón.
—¡Ay, Jaime, si usted supiera!… Que es mi marido el que me cambia la bombona y, si yo no estoy encima… el capuchón se lo pone donde yo le diga a usted.
Con sus sonoras carcajadas, hasta las tiernas madalenas temblaban y yo también, por añadidura, que me entraba una calentura que ni los cuatro pisos, bombona a cuestas, bajaban.
Yo sabía que aquello terminaría mal, pero lo que no imaginaba era cómo. La respuesta me llegó días más tarde, en el siguiente servicio que tuve que prestar en aquel domicilio cuando, en lugar de abrirme la puerta doña Carmen, lo hizo su marido.
En aquella ocasión sí que tuve que tomarme el cafelito con sus correspondientes madalenas. Don Manuel insistió en conversar unos minutos conmigo pues, según él, tenía una pequeña propuesta que hacerme, a buen seguro muy atrayente.
—Creo que entre nosotros se ha instalado la rutina y… temo perderla—comenzó, en tono confidencial, el esposo de doña Carmen—. Por eso quiero atajar el asunto antes de que sea demasiado tarde, ahora que el divorcio está de moda.
Me parecía estar escuchando un comercial de la tele.
—Disculpe, pero no veo en que puedo yo…
—Tu intervención, amigo mío, es esencial… A ver, no se me escapa que mi señora sabe apreciar los atributos de un buen mozo como tú y… Ella es una mujer de bandera…
—Sí, eso no hay más que verlo…
—Cuidado jovenzuelo, que la decencia también es color en su pendón.
—Sí, sí, por supuesto, que su señora esposa, de pendón no tiene nada…
—Bueno, al grano. Ella necesita un poco de aventura, algo distinto. Y yo necesito saber que puedo controlarlo. De esa manera, ella estará tranquila, ni pensará en el divorcio, y yo podré conservarla. Por eso vas a ser tú quien lo haga. Mañana, cuando ella te pida un servicio… tú se lo das… Pero a fondo. Bueno, a fondo no, que no hace falta que lo des todo. Se trata de que únicamente sienta el saborcillo de la aventura, no de que se indigeste, tú ya me entiendes, que lleva tiempo en dique seco pero,… no quiero que se entregue.
Después de un «no sé qué se pensará usted sobre mí», y algún que otro regateo, pues accedí a la propuesta. Vamos que, iba a cobrar por «derecho de pernada». Porque puede que el acuerdo solo hablase de cortejo pero, cuando sacase al conejo de la madriguera,… habría que ver si quería volver a entrar sin probar la zanahoria…
A la mañana siguiente allí estaba yo como un clavo, con muda limpia y mi mejor sonrisa. Doña Carmen mostró cierta sorpresa y, aunque le expliqué que había sido su esposo quien había pedido el gas por teléfono, quedó consternada por no tener sus tiernas madalenas al punto de mi llegada. Lanzado por el doble incentivo, avancé mi cuerpo hacia el suyo y le dije que no era su bollería lo que más me atraía. La señora, recorriendo con sus dedos mi antebrazo y ensayando la picardía de una mal disimulada ingenuidad, me pidió que le dijese pronto lo que era, pues no quería verme marchar sin saciar mi apetito de… lo que fuera.
Aquel era el momento de poner toda la carne en el asador así que, sin más preámbulo, junté mis labios con los suyos y dejé que fuese la lengua la que, sin palabras, hablase por sí misma. Y la pasión se desbordó como espuma de leche pasado el punto de ebullición. Doña Carmen tironeaba de mí hacia el dormitorio. Con una mano trataba de bajar la cremallera de mi mono anaranjado y con la otra de soltar los botones de su bata boatiné. Cuando por fin nos liberamos de los uniformes de trabajo, nos miramos un instante, yo en bóxer y calcetines, ella con liguero y rulos en el pelo. Y creo que a los dos nos pareció una imagen de lo más excitante, porque nos fundimos en arrumacos sobre el colchón de muelles.
Sin embargo, ya metidos en faena y a pesar de los gemidos, los dos escuchamos nítidamente, unas llaves en la puerta. Nos quedamos inmóviles, sin saber cómo reaccionar.
—¡Mi marido!—exclamó la Carmen—.
—No puede ser… Tú marido me dijo…
—Es muy, pero que muy celoso… ¡No hay tiempo para nada, tienes que esconderte!
¡Allí no había dónde esconderse! Mientras trataba de recoger mi ropa, iba de un lado a otro como pollo decapitado. Carmen me sujetó por los hombros y, con un gesto de apremio, me empujó hacia el balcón del dormitorio, cerrando puerta y cortina tras de mí. La sorpresa fue mayúscula cuando descubro que, aquel pequeño cubículo no se encuentra, como era de esperar, desocupado… Allí estaban, casi en paños menores, el cartero, el tapicero y hasta el de Círculo de Lectores. Todos me miraban con expresión idiota.
—Pero… ¿Esto qué es, el camarote de los hermanos Marx?
—No te hagas el graciosillo—me contestó el cartero—. Solo espero que seas el último, porque si no, esto se hunde.
—Quieres decir que… ¿A vosotros os ha pasado lo mismo?
—¿No pensarás que estamos aquí para ensayar un numerito de Village People?—intervino, irónico, el tapicero.
—¡Callaos!—interrumpió del de Círculo—. Creo que esta vez sí que es el marido de la Carmen.
—¡Cariño!—se escuchó a don Manuel desde el recibidor—.No te lo vas a creer…¡Me han dado el día libre!
En cuanto a lo que siguió, creo que si alguien me lo hubiese contado, no le habría creído…
Doña Carmen hizo un gesto de silencio con el dedo en sus labios, claramente dirigido a nosotros.
—Aquí hace un poco de calor… ¿no te parece?—Dijo él mientras se quitaba la americana y aflojaba el nudo de su corbata—. Voy a abrir el balcón…
—Pero cariño, si tienes calor… —atajó ella, reteniéndole con gesto seductor—, ¿no es mejor que te quites la ropa?
Aquello fue creciendo. Y me refiero al calor en el dormitorio, al frío en el balcón, al montón de ropa en el suelo y… bueno, se pueden imaginar el resto. Sí, eso también.
Nosotros contemplábamos la escena con cierta turbación. Y es que, apretados allí los cuatro, en la estrechez de la balconada, observando a los amantes en pleno desenfreno, empezamos a pensar que el cuco de don Manuel había querido encender la llama sin gastar mechero, y por si se le mojaban las cerillas, se había guardado no una sino cuatro. Llegando en el momento oportuno, cada uno de nosotros ponía su cubierto pero sin probar bocado, y él llegaba a mesa puesta para darse el banquete, con postre y chupito. Y encima nos teníamos que callar, no fuese que saliésemos escaldados de la broma y a partir de aquello, ni pisar el barrio pudiésemos.
Cuando el amante se quedó dormido, doña Carmen nos hizo señas, y todos salimos de puntillas, creyendo que don Manuel nos había hecho la celada para llevarse el gato al agua. Todos menos yo, que sabía que también el gato… gustaba de mojar los bigotes en la fuente. Y es que nadie de los presentes, salvo su seguro servidor del butano, escuchó a don Manuel, susurrarle a su mujer al oído:
—Ha sido fantástico cariño, pero la próxima vez, si te parece bien, te apañas con la pareja de «los municipales», que vienen gratis.


