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lunes, 29 de enero de 2018

Crisálida


En pocos minutos saldría a escena por última vez y, como había hecho toda su vida, daría lo mejor de sí misma.
 
Sin muda para cambiarse ni ropa interior; con tan solo un mugriento lavabo, sin agua caliente ni jabón, aquel lugar era el extremo opuesto al Grand Hotel de París. Incluso a su casa natal de Leeuwarden. Quizás fuese parecido a muchos lugares como los que había visto en las Indias Orientales… Y prefería olvidar aquella etapa de su vida… Cuando aún creía que la felicidad pasaba por encontrar al hombre adecuado y vivir como una mariposa bajo el sol… El hombre adecuado… Con el que solo encontró la sífilis, el adulterio…, la pérdida de su hijo.
 
Se lavo cómo pudo y se arregló el pelo, grasiento y enmarañado. Después se sentó a esperar delante del espejo, que le devolvió el reflejo, deformado por las grietas de algún impacto, de un rostro abatido y demacrado, otrora hermoso y codiciado por pintores, fotógrafos,… amantes.
 
El miedo escénico parecía volver… Pero esta vez era diferente. No como el que sintió aquella primera vez; la noche de la crisálida; su primera transformación; cuando debutó como bailarina en el Musée Guimet. A los veintinueve años, divorciada y de nuevo con ganas de comerse el mundo, al fin tenía claro cómo convertirse en una mariposa, en un ser fascinante que pudiese volar sobre las cabezas de todos los hombres, hipnotizándolos con su cautivadora belleza. La danza era el comienzo. Ella sabía cómo transformar en un juego seductor aquellos sacros bailes rituales que había aprendido de los malayos y que hablaban de pasión, de lujuria, de venganza. Al cabo, los años de penurias en Las Indias, iban a reportarle algo bueno… Hasta que llegó la Gran Guerra.
 
—Margaretha… Ha llegado el momento.
 
La monja había entrado sin hacer ruido, como siempre durante los angustiosos ocho meses en los que había intentado hacerle llevadera su estancia en aquel horrible lugar, infestado de pulgas y ratas, sin acceso a sus medicinas, su ropa, sus efectos personales. Todavía entonces, intentaba comprender por qué la habían traicionado; por qué, aquel hombre del Tribunal Militar que la había interrogado, se empeñaba, con tanta vehemencia, en responsabilizarla de la muerte de miles de soldados. Para ella, todos los hombres, independientemente de su nacionalidad, eran iguales. Todos la habían amado. Sin embargo, ironías de la vida, los únicos para los que había accedido a trabajar obteniendo información, eran los que, a la postre, la acusaban de ser una espía.
 
El corredor estaba en penumbra y, al fondo, se distinguía la mortecina luz de las farolas del patio. Saint-Lazare… Curioso nombre para aquel tétrico lugar, pues parecía que Margaretha fuese el santo que salía de su tumba en lugar de encaminarse a ella. Porque su celda, en la oscuridad, en la soledad, lejos de su amado, era mayor sepultura que la propia muerte…Porque si algo deseaba en aquel momento, era ver a Vadime por última vez… Por él, un jovencísimo capitán que no tenía joyas, ni pieles, ni caballos, ni una lujosa vivienda que regalarle, había accedido a formar parte de aquel juego de guerra… Porque con la recompensa se habrían casado y le habría mantenido, a riesgo de que su familia le repudiase por causa de ella… Pero ahora Vadime estaba en el hospital, herido en aquella maldita contienda y, ella...
 
Cuando  salió a escena, no la esperaba el gran público de antaño sino tan solo un puñado de soldados adolescentes, algunos funcionarios y las monjas que la habían cuidado. Ella les lanzó un beso y, con porte altivo, se dejó acompañar al lugar designado.
 
Margaretha se negó a que la ataran al poste. Quería permanecer libre para, en su última actuación, desplegar sus alas de mariposa y volar sobre los hombres. Aristócratas, diplomáticos, financieros, militares, todos estaban allí en aquella silenciosa madrugada de octubre, igual que en los abarrotados teatros de París, Viena, Londres, Madrid.
 
—¡Atención!... ¡Pelotón!... ¡Apunten!...
 
El sargento mayor del 23º de Dragones, levantó su sable. Los soldados, ataviados con uniforme caqui y fez rojo, colocaron, en la mira de sus rifles, el pecho de la mujer.
 
Margaretha elevó su mirada hacia la única estrella que aún brillaba en el cielo. Dentro de poco la noche caería vencida por el amanecer.  La bruma otoñal de París era tan diferente de la aurora en el norte de Holanda, o del amanecer malayo… «Mata Hari», como ellos lo llamaban.
 
—¡Fuego!
 
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