lunes, 16 de julio de 2018

Arandedo 3. La leyenda


El olor ácido del vino impregnaba todos los rincones y se posaba sobre los viejos toneles apilados en un lado de la abarrotada taberna, bajo el ventanal. Estanterías polvorientas llenas de botellas sin etiqueta, latas oxidadas, sacos de café y todo tipo de productos de ultramar, ocupaban las tres paredes libres. Sobre un gran mostrador de madera desgastada, reposaba una herrumbrosa báscula con su juego de pesas, algunas piedras de afilar para guadañas, cajas de puntas, una plancha de carbón sin estrenar y algún que otro vaso manchado de tinto.

Sentados a una de las mesas, acompañados por el monótono diálogo de los viejos que jugaban a la brisca y al tute, bajo la tenue luz de los candiles de petróleo, Suso Castelho y Ricardo Quiroga, O Teixo, mantenían una extraña conversación.

—¡Ninguna!—exclamó O Teixo después de apurar su chato de vino—. Por esa parte sólo va un camino y, que yo sepa , no pasa por ninguna aldea.

—Puede que no esté en el camino—apuntó Suso, pensativo.

—Ya, pero tendría alguna entrada… Conozco esa zona y no hay más que bosque... ¿Quién te ha dicho que ahí haya alguna aldea?

—No, nadie... El otro día estaba en el Arandedo con las vacas y, no sé por qué, se me pasó por la cabeza la idea de que, del otro lado, tendría que vivir alguien… Igual que a este lado del río.

—Yo no sé de nadie. Y el único camino, el que tira por la acequia, no entra en el bosque, sino que sigue el curso del valle por varios kilómetros hasta…

O Teixo no pudo terminar la frase, pues de repente se abrió la puerta estrepitosamente y entró una figura enorme, que vociferaba y escupía improperios sin perder la sonrisa.

—¡Carallo, Cacholo!, tienes la boca tan grande como los pies—comentó divertido Suso, dirigiéndose al recién llegado.

—¡Me cago en tal!—bramó éste, acercándose pesadamente—. Seguro que ya os habéis bebido media barrica de vino.

—¡Hombre claro!, no pensarás que íbamos a estar esperándote—dijo, riendo a su vez, O Teixo.

—Podéis reíros cuanto queráis, pero yo soy el único que trae algo bueno, y sino fijaos en esta garrafa de orujo… Es del bueno, del que guarda padre para él... Como no sabe contar, no creo que la eche en falta.

Dejando el recipiente sobre la mesa, rubricó su hazaña con un sonoro eructo.

Julio Bogueiro, O Cacholo, recorría todos los viernes seis kilómetros desde Reiriz, salvo cuando las nieves del invierno se hacían demasiado intensas para permitirle el paso, con el fin de tomarse un aguardiente, o varios, en compañía de sus dos mejores y más sufridos amigos. Se sentaban en la mesa del fondo, junto a los manojos de mangos para herramientas de labor y los escobones de xesta, y charlaban mientras bebían o echaban unas manos de cartas.

Esa tarde en particular, Suso no ganaría ni una sola vez, ni tampoco prestaría mucha atención a la conversación, en la que Teixo trataba de averiguar, entre risas, si cuando Cacholo hablaba de los dos hermosos y bien criados becerros que llevaría su padre el domingo a la feira, se incluía él mismo o no. A pesar de las continuas chanzas y comentarios ocurrentes, no pudieron hacer que el campesino de Couto apartase los ojos de los tarros de hierbas aromáticas y tabaco para pipa que había en uno de los estantes más altos, junto a las tabletas de chocolate y las relucientes navajas barberas.

Una imagen, ahora envuelta en el misterio, llenaba su mente: una joven que paseaba sola por el bosque, que gustaba de recoger plantas medicinales, que parecía tener una conexión especial con los animales y que, para colmo, vivía en una aldea de la que nadie sabía nada. ¿Por qué, para una vez que conseguía la atención de alguien del sexo opuesto, no podía ser una chica sin complicaciones? Como aquella tal Puri que Ricardo le presentó en la fiesta de Los Remedios, con la que incluso llegó a sentarse para tomar unos refrescos después de haber bailado un par de piezas musicales.

Esa noche regresó muy tarde a casa. Lo hizo muy despacio, caminando con desgana, dejándose embriagar por la noche. Una fina uña plateada rompía la uniformidad del cielo, plagado de estrellas. Suso vio a lo lejos las siluetas negras de las primeras casas de la aldea. El «cri-cri» de los grillos y el lejano ladrido de un perro acompañaron sus pasos mientras él seguía pensando. Quizás su abuelo pudiera ayudarle; él siempre sabía un montón de cosas, como todos los abuelos, y a Suso le encantaba escucharle sentado en el porche, dejándose mecer, en los días lluviosos, por el gorgoteo del agua que resbalaba por los tejados y formaba burbujeantes reguerillos bajo los aleros.

Cuando, de mañana, el abuelo Sindo se sentó frente al fuego para tomar sus gachas, Suso aprovechó para coger su taburete y acomodarse a su lado, sujetando el cuenco de leche entre las rodillas.

—Abuelo... ¿Hay alguna aldea cerca del Arandedo, del otro lado?—preguntó al fin, como si la duda hubiese surgido así, sin más.

—Ayer viniste muy tarde... ¿Cenaste algo?—quiso saber a su vez Gumersindo.

—Sí, bueno..., comí un par de chorizos y algo de queso, pero dime… ¿Qué aldea hay por allí cerca?

—No deberías acostumbrarte a cenar así cuando vienes por la noche. Tu madre siempre te deja algo de caldo en la pota. Lo único que tienes que hacer es calentarlo, aún quedará algún rescoldo.

—Ya abuelo, ya lo sé; la próxima vez caliento el caldo, no te preocupes; pero dime de una vez lo que te pregunto, si es que lo sabes.

—Ahora mismo, ninguna.

—¿Ninguna qué?

—Ninguna aldea—especificó Sindo, remarcando las palabras—. Ahora, que yo sepa, no hay ninguna aldea por aquellos contornos.

—¿Por qué dices «ahora»?

—Pues..., porque recuerdo que, hace mucho tiempo, sí que la hubo.

—Pero..., ¿Cómo que «hace mucho tiempo»?... ¿Es que ya no está?—insistió Suso cada vez más intrigado.

—Bueno..., hay una historia sobre eso... Pero es algo larga de contar.

—Venga, abuelo—le animó—.Ya sabes que me gusta que me cuentes todas esas historias.

—Gumersindo interrumpió el movimiento de la cuchara hacia su boca y, visiblemente complacido, se irguió para comenzar su relato.

—Era gente que venía de aldeas cercanas y tenía tierras por aquella zona. Se establecieron en el mejor sitio: tierra fértil, agua abundante, pastos y madera. En fin, todo lo necesario para una confortable vida. Después de un tiempo incluso se dieron cuenta de que podían roturar las devesas para tener más tierra de cultivo, porque era también una zona de mucho bosque, más de lo que ellos necesitaban… Ese fue el principio de todos sus males.

—¿Cómo? ¿Qué sucedió?—le apremió el joven, impaciente ante la calma de su abuelo.

—Resulta—continuó—que en la casa más apartada del pueblo vivía una menciñeira, de esas que tienen remedio para todo, con su hija ¡Y todas sus tierras eran de monte! El problema era que no quería roturarlas, y además tenía un carácter muy agrio y cerrado que en seguida la puso en contra de todos sus vecinos ¡Imagínate el follón! 

—¿Y cuál era el problema? Cada uno tendría que roturar sus propias tierras ¿No?

—No es tan fácil, porque si no se limpia todo, al final, el monte va comiendo terreno otra vez. Aparte de que las fincas colindantes no se aprovechan tan bien, con lo que, al cabo, hay que pasar más trabajos que si no se hubiera hecho nada.

»El caso es que, después de un tiempo, alguien, nunca se supo quién, parece ser que quiso terminar con aquella discusión de una manera no muy honesta, y la consecuencia fue un terrible incendio que, no sólo quemó casi todo el bosque, sino que también alcanzó la casa de la curandera, la única que estaba entre los árboles, separada del resto...

»Yo mismo ayudé a apagar aquel fuego, aunque llegamos demasiado tarde. Se quemó todo y, aunque no encontraron los cuerpos, se dio por supuesto que, tanto la madre como su hija, habían muerto durante esa noche, porque nunca se volvió a saber de ellas.

—Y después de todo eso, claro está, decidieron marcharse todos—dedujo Suso.

—¿Cómo iban a marcharse, hombre? Ahora tenían allí sus casas. Además, por muy trágico que fuera, lo que ocurrió hacia que se cumpliesen los deseos de todo el mundo. Pero lo que nadie esperaba fue lo que vino después...

—¿Qué pasó?—inquirió Suso excitado, al tiempo que un escalofrío recorría su espalda.

—A partir de entonces empezaron a ocurrir cosas antinaturales—explicó Gumersindo mientras se inclinaba hacia su nieto, dejando que la nerviosa luz ambarina de la lumbre marcase las arrugas de su rostro—. A pesar del devastador incendio, la maleza volvió a taparlo todo muy deprisa, exageradamente deprisa, sin dejarles cosechar siquiera los terrenos que habían roturado. Las trochas se cerraban sin dar tiempo a ser utilizadas, los árboles salían por todas partes y estropeaban las huertas... ¡Parecía cosa del Diablo! Al final, la gente de aquella aldea se cansó de luchar, y dejó las fincas «a monte» por pura desesperación.

—¿Tan fuerte era? ¿No podían hacer nada?

—Ya te digo que no era algo natural, que se pudiera vencer con herramientas humanas. En poco tiempo, el bosque se volvió a hacer con todo el terreno y comenzó a llegar al pueblo. No conseguían mantener transitables los caminos, por lo que los vecinos de otras aldeas fueron dejando de visitar a sus parientes. No lograban reunir gente para la matanza, las casas se llenaban de bichos y de hiedra... Algunos dejaron la aldea, y el bosque ocupó lo que ellos abandonaban, hasta que poco a poco, pero irremisiblemente, tuvieron que irse todos, pues los pocos que quedaban no veían ninguna razón para vivir en continua y solitaria lucha. Fue como si desapareciera todo. La aldea quedó vacía, la gente dejó incluso de pasar por allí, y todo se olvidó. Nadie podía vivir en un sitio donde ni siquiera se podía tener una cosecha de patatas o centeno.

—¡Increíble!... ¿Y nadie ha vuelto por allí?

—El bosque venció—dijo Gumersindo en un tono que denotaba cansancio y resignación—. Es como si hubiese desaparecido incluso de nuestra memoria, como si fuese un vacío. Solo hay bosque, y nadie tiene nada que hacer allí.

»Hace tiempo, uno de Roxofrey desapareció sin más cuando intentaba buscar un atajo hacia Estraxiz, por lo que todo el mundo pensó que se había perdido en ese bosque. Ahora, no es más que una de esas zonas malditas que han desaparecido de los caminos y del recuerdo de la gente. No creo que queden siquiera restos de que por allí hubiera alguna vez una aldea...

—Pero abuelo... Si nadie recuerda nada de nada, ¿cómo es que tú sabes todo eso?

—Bueno, podría darte muchas razones, como que soy bastante viejo para recordar cosas que poca gente recuerda, que conocí a muchos de los que allí vivían, aunque ahora estén muy lejos de estas tierras, o que, simplemente, las leyendas y rumores, sean ciertos o no, corren muy deprisa en boca de viejos ociosos. Pero lo cierto es que yo también lo habría olvidado todo, de no ser porque, estando en el Arandedo, años después del gran incendio, se me espantó una becerra, que echó a correr por la presa arriba. Cuando quise alcanzarla la perdí de vista y, buscándola me introduje en ese extraño bosque. Entonces, sin saber cómo ni por qué, empecé a sentirme otra vez en medio del fuego, con las llamas de nuevo a mi alrededor, carbonizando los árboles, que parecían gritar de dolor e indefensión, y los recuerdos volvieron a mi mente con toda la fuerza del primer día..

»Yo logré salir de allí cuerdo, gracias a Dios, y encontré la vaca bebiendo junto al arroyo. Pero si de algo te sirve el consejo de un viejo, hazme caso y no se te ocurra aventurarte por ese lugar.

—No te preocupes, abuelo… A mí no se me ha perdido nada tan lejos de casa—le tranquilizó Suso con la mirada fija en el hipnótico baile de las llamas.
 
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lunes, 2 de julio de 2018

Arandedo 2. Xenia


—¡Hola!—alcanzó a responder un segundo antes de sentirse como un idiota.
 
—¿Por qué corres?—preguntó ella, divertida.

—¡No corro! He visto al ave, y he oído la llamada… Solo tenía curiosidad… No hay muchos gavilanes amaestrados por aquí—arguyó, todavía desconcertado por la presencia de la joven.

—No es un gavilán amaestrado. Se llama Gran.

—¿Gran?...

—Bueno..., en realidad, El Gran Cazador del Bosque, pero yo le llamo solamente Gran… ¿De dónde eres?

—De Couto. Está subiendo ese monte, pero tenemos pastos en este valle.

Mientras hablaba, Suso se iba acercando a ella tímidamente, cauteloso ante el altivo gavilán que descansaba en su mano, pero seducido por unos enormes ojos negros.

—¿Pastos?… Entonces, ¡Tienes vacas! —exclamó entusiasmada.

—Sí..., pero sólo cuatro.

—¿Dónde están?

—No lejos. Dos prados más allá...—Antes de que pudiera terminar la frase, se vio a rebufo de la joven, que se había puesto en pie y comenzaba a caminar hacia el lugar de donde él había venido.

Gran, el gavilán de plumaje gris-azulado con cinco rayas negras en la cola, movió las alas para separarse unos metros de la joven y luego se elevó con vigor hacia el cielo.

—¿Y tú… Dónde vives?—se atrevió a preguntar Suso, ya más confiado, mientras trotaba a su lado.

—A ese lado del valle—dijo ella, extendiendo el brazo hacia la ladera que terminaba en la acequia junto a la que caminaban.

—¿Y no tienes vacas ?

—Somos dos cabras, tres ovejas y yo. Ellas andan por donde quieren, como yo… Aunque nunca habría llegado tan lejos…, de no ser por Gran, que está creciendo y volviéndose más osado…

—¡Mira, ahí están!—interrumpió Suso, en cuanto divisaron al ganado pastando junto al arroyo—. Ésa es la Pinta, es una vaca suiza. Las otras son del país. Aquella se llama Marela, ésta Gallarda y esa otra es la Roxa, una becerra todavía.

La joven se acercó decidida al animal que tenía más cerca y se agachó bajo su vientre ante la atónita mirada de Suso y de Morito, que veían cómo la vaca no hacía el menor movimiento para apartarse. Tomó una de las ubres entre sus dedos y, estrujándola con suavidad, bebió directamente del chorro de leche caliente.

—Pues para no tener vacas…—comentó perplejo el joven campesino—te veo muy desenvuelta… Gallarda no es lo que se dice mansa, y no ha pestañeado.

—Nunca había probado la leche de vaca… ¡No está mal!—dijo relamiéndose con una mueca burlona ante los indiferentes ojos del animal.— Y a mi amiga le sobra.

Suso rió por primera vez y ella le siguió con sonoras carcajadas. Después, fue él mismo el que se tumbó bajo las ubres de la vaca para enseñarle la correcta técnica de ordeño. La joven permanecía muy atenta, inclinada hacia delante y con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que, de repente, un chorro de líquido blanco acertó de pleno en su rostro. Lejos de molestarse, rió con ganas la broma y su risa contagió al muchacho. Ambos se regocijaron, aventando con sus carcajadas a los pequeños reyezuelos que descansaban en las ramas de los chopos, hasta que, agotados, se echaron en la hierba.

Durante un par de horas, ella preguntó todo lo que se le ocurrió y él contestó como pudo, sustraído al mágico hechizo de aquella sonrisa sincera, cálida, y aquellos ojos negros llenos de vida. Y es que no se cansaba de mirarla, aunque bajara la vista cuando ella le sorprendía, porque sabía que el sueño terminaría cuando el ganado se hubiera saciado.

—Tengo que irme—interrumpió apesadumbrado, mientras se levantaba intentando sacudir en vano la humedad de sus pantalones.

—¿Mañana vendrás?— preguntó ella, contemplando cómo Suso agrupaba al ganado.

—¿Eh?... Sí, aquí estaré—respondió el joven sin pensarlo.

Morito se encargó del resto del trabajo, haciendo que las vacas cruzasen el endeble puentecillo y se encaminasen ladera arriba, abriendo un nuevo sendero entre los helechos. El campesino se despidió saludando con la mano y atravesó el río detrás del rebaño.

—¡Oye!—le llamó la joven, recordando algo súbitamente— ¿Cómo te llamas?

—Jesús Castelho... Bueno, Suso.

—Yo, Xenia.

Xenia irradiaba algo que le hacía sentirse cómodo, sin temor a no saber qué decir, sin esa presión que notaba en la boca del estómago cada vez que intentaba acercarse a alguna chica; y es que su escasa experiencia en esas lides le demostraba que las jóvenes de su edad, o bien eran tanto o más tímidas que él, o tan descaradas que asustaban a cualquiera. Menos a Teixo, claro está. Pero Xenia era distinta. Sentía su presencia como la frescura de una suave brisa en el verano, o como el intenso aroma de los cerezos en flor, impacientes por abrir la primavera. Se introducía en su piel como la humedad invisible de los prados, inadvertidamente, desde el primer segundo.

Cuando regresaba a casa en pos del ganado, a pesar de la euforia, una nube cruzó por su mente, pues recordó que a las vacas les tocaba cambiar de comedero, y el cuidado de los animales era una obligación que estaba por encima de sus propias necesidades, le había dicho siempre su padre. Así que, por la tarde, después de comer, se dirigió al cobertizo donde su abuelo tenía el taller de carpintería. Era un lugar pequeño, con el suelo cubierto de serrín y virutas, y un enorme banco que ocupaba casi todo el espacio, cruzado por cientos de pequeñas cicatrices y lleno de trozos de madera labrados o en bruto. Gumersindo cincelaba con mimo la pata de una futura silla. Suso, después intercambiar algunas frases triviales, se decidió a pedirle que le sustituyese en el pastoreo al día siguiente. El abuelo guardó silencio durante un rato, sin dejar de trabajar. Después, colocó la herramienta utilizada en su sitio correspondiente y eligió otro cincel, con bisel de media luna, de entre todos los que colgaban apiñados en la pared, entre infinidad de limas, serruchos, martillos, garlopas, cepillos, escofinas...

—Sólo mañana—dijo simplemente, y se calló lo que pensaba de las excusas de su nieto.

A la mañana siguiente, Suso se levantó muy temprano, con tiempo para lavarse de cuerpo entero en el viejo barreño de latón que usaban para las grandes ocasiones. Hasta se echó unas gotas del agua de colonia de su abuelo e intentó repeinar su encrespado cabello. Sus pies volaban bajando el sendero que conducía al valle oculto.

—¿Hoy no vienen tus vacas?—preguntó Xenia cuando le vio llegar.

—No, al final se las llevó mi abuelo a otros pastos—se excusó.

—¡Mejor! Así podemos dar un paseo—propuso la joven irguiéndose del suelo con entusiasmo.

Subieron a lo alto del prado y se alejaron por una estrecha y confusa senda que se internaba en la zona más boscosa del valle, a donde casi no llegaba la luz del sol y los pastos cedían su lugar a una tupida y sombría selva, tan sólo rota por el discurrir del agua en el fondo de la garganta. Gran, el ave cazadora, los seguía volando hábilmente por la linde del bosque alto, atento a las confiadas víctimas que pudieran salir de la arboleda para beber.

Durante unos minutos pasearon en silencio, uno detrás de otro para no pisar en falso y caer por el poblado barranco que formaba el río. De repente, como si algo la impulsase, Xenia se agachó temerariamente hacia un lado y acarició un planta rastrera de pequeñas hojas en forma de trébol.

—¡Mira!—dijo alborozada por su hallazgo—:¡Azedinha!. Llevaba tiempo buscándola.

Como viera la expresión perpleja de su acompañante, se apresuró a explicar:

—Es muy buena para las «curas de primavera» y los catarros.

—¿Conoces las plantas?

—Mi madre me enseñó. Ella lo sabía todo sobre las plantas, los animales, el bosque…Aunque de ellos también aprendí muchas cosas…

—¿De ellos?—repitió Suso, embobado con los luceros negros que le miraban serenamente.

—Sí, claro. El lobo, por ejemplo, si le pica una serpiente, busca una raíz de dragontea y la desentierra para comérsela y purgar el veneno. Las ciervas engullen hojas de martagón para entrar en calor...

—Nunca llegué a ver un lobo de cerca…

—Pues los perros y los gatos, que los tienes más cerca, se purgan de la misma manera comiendo hierba.

—Sí, pero… ¿Cómo sabes tú eso?—inquirió Suso, escéptico—Quiero decir… ¿Has visto a un lobo alguna vez desenterrando una planta para comérsela después de que le haya picado una serpiente?

Por primera vez Xenia tardó en responder. Se puso en pie y comenzó a caminar de nuevo, hablando sin volverse hacia él.

—Siempre he vivido entre ellos. Son parte del bosque… Como yo. Es como si fuesen mi familia.

En la mente de Suso relampagueó la idea de que, tal vez, aquella chica de ojos brillantes fuese una de esas meigas locas que vivían apartadas del mundo, pero el encantamiento del que se sentía prisionero le hizo desechar un juicio que, al instante, le pareció precipitado y falto de fundamento. Cuando las palabras de Xenia dejaron de hacer efecto, el campesino de Couto se dio súbita cuenta de la estúpida postura que tenía, en cuclillas junto a la planta mientras ella iba ya unos pasos por delante.

El sendero fue bajando poco a poco hasta el nivel del río, el cauce del canal se mezcló con el curso principal y juntos formaron un remanso de aguas tranquilas, cubierto por una amplia gama de plantas acuáticas que una pequeña cascada empujaba hacia las orillas, haciendo que agua y tierra se confundiesen en un manto verde.

—Esa es la menta de agua—dijo Xenia, señalando una planta que exhibía una flor violeta en el extremo—. No huele como la de tierra, pero es buena para las diarreas y los calambres...

—¡Escucha!—interrumpió Suso un tanto preocupado—. Esto se está poniendo difícil. Por aquí no parece que haya salida.

—¡No pasa nada!¡Ven!

Evitaron el firme falso y se introdujeron en una especie de túnel natural entre las altas zarzas, las cañas y los avellanos, saliendo al lecho seco de lo que había sido otro tramo de la acequia, único camino respetado allí por la lujuriosa vegetación.

—Conozco bien todo esto—le tranquilizó Xenia—. En época de lluvia, por aquí corre un agua cristalina, pero mucho más tranquila que la del arroyo de abajo. Ahora sólo quedan algunos charcos llenos de renacuajos.

—Sí, lo sé. Yo me entretenía en cogerlos de pequeño, cuando venía al prado con mi madre.

—¿Y qué hacías con ellos?

—Jugaba un rato y los volvía a echar en el agua.

—Bueno, ponías un poco de emoción en su corta vida—comentó ella divertida.

—¡Y en la mía, no te creas!

Xenia rió con ganas y Suso, sorprendido por su propia espontaneidad, se sumó al placer de la risa casi con ansiedad.

Caminaron por el cauce seco, evitando el agua remansada en algunos sitios y apartando las ramas de los avellanos más osados. Cuando se toparon con la tosca compuerta de madera de una pequeña presa de riego, la joven se encaramó ágilmente sobre el obstáculo y, cogiendo la mano de Suso, tiró de él para saltar juntos al otro lado.

Xenia continuó hablándole del bosque y de las plantas, de la corteza desodorante del carballo, del uso en heridas purulentas y úlceras del helecho macho, de la utilidad del musgo para hacer vendajes o para bajar la fiebre… Sin embargo, Suso ya no escuchaba. Todos sus sentidos se concentraban en el suave y espontáneo contacto que la joven se había tomado la libertad de provocar. Al principio, cuando ella le cogió la mano, se había sentido nervioso, azorado, incluso había aflojado deliberadamente la presión al cruzar la presa y salir de entre las varas de avelaira, esperando que ella lo soltara de un momento a otro, pero no fue así, y continuaron caminando unidos, y él sintió que aquellos dedos entrelazados con los suyos subían por su brazo hasta llegar al corazón y lo estrujaban llenándolo de calor.

Un poco más adelante, se sentaron en el grueso tronco de un roble caído y dejaron que el tiempo se detuviera, mirando el agua correr bajo sus pies y escuchando los mil sonidos del bosque, contagiándose de su magia.
 
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lunes, 18 de junio de 2018

Arandedo 1. El valle oculto


(...)
No sé qué altas señales
lejanas, de un amor triste y difuso,
de un gran amor de tinieblas y luceros,

traer querría tu ramita verde
que, con el viento, ahora
me está rozando el rostro.
Yo ignoro tu mensaje
profundo. La he cogido, la he besado.
( Un largo beso. )
¡Mas no sé qué quieres decirme!

                        Dámaso Alonso

Cuando un árbol cae en el bosque, ¿lo oye alguien?
¿Oye alguien la caída del bosque?

                       Bruce Cockburn. Cantante, presidente honorario de "Amigos de la Tierra "
                       en Canadá
 
Tocaba a su fin la primera noche de Luna Nueva. Abrió los ojos, pero la oscuridad seguía siendo impenetrable. Con un reflejo casi involuntario, dirigió su mirada hacia la tenue claridad de la ventana, como si de repente quisiera comprobar que no se había quedado ciego. Fuera, la aurora luchaba contra las tinieblas, aunque el silencio aún era denso; tan denso, que únicamente era traspasado por el agudo canto del gallo, que llegaba lejano a sus oídos...
 
—!Susooo!
 
El grito de su madre también traspasaba cualquier cosa, y sobre todo su cabeza, un lunes de verano por la mañana. Se apoyó sobre el codo y giró medio cuerpo. Un pinchazo en las sienes le recordó la promesa que se hiciera de no volver a probar una sola gota de alcohol durante las fiestas, porque cada vez era peor: esa mañana ni siquiera el fuerte aroma a torta de millo que venía de la cocina, conseguía levantarle el ánimo.
 
Hizo acopio de fuerzas y se liberó de la pesada manta —por las noches aún refrescaba—, para tambalearse hasta el rincón donde estaba el lavatorio. Hasta que no metió la cara, primero en la palangana de agua fría y luego en el tazón de leche caliente, no logró despertarse del todo. Se tomó la torta despacio, contemplando el incipiente fuego de la lareira, que comenzaba a caldear la cocina al tiempo que hacía un tembloroso esfuerzo por iluminar la negra estancia. A su titubeante luz podía verse una vieja alacena llena de cacharros de barro, un tosco fregadero y una gran mesa cuadrada con dos bancos de madera a los lados. Más allá, cerca del fuego, había varios «trespiés» de hierro, unos cuantos leños y un enorme pote colgando de la gramalleira. Todo lo demás pertenecía a las sombras, levemente heridas, un poco más tarde, por la luz que entraba a través de una sucia claraboya, velada por las telarañas y encaramada a un lejano techo de pizarra y madera ennegrecida por el hollín.
 
Cuando por fin pudo sustraerse al poder hipnótico del fuego, se levantó pesadamente, cogió su vara de un rincón y salió al exterior como un autómata. Fuera hacía frío, pero siempre hacía frío un lunes por la mañana. Se encasquetó el viejo gorro de paño con orejeras y caminó deprisa, con los ojos fijos en los pies, comprobando cómo el orballo empapaba sus botas. A poca distancia, y sin que él se hubiese percatado siquiera, Morito —el perro pastor— lo seguía despreocupadamente.
 
Fue hasta la parte de atrás de la casa y, con un rápido movimiento, abrió el portón de las cuadras, insensible al hedor, caliente y húmedo, que abofeteó su rostro. A una llamada suya, tres vacas salieron de la penumbra acompañadas por una miríada de moscas. Tan sólo A Roxa se hizo la remolona, obligándole a ir a buscarla hasta la cuadra del fondo, a donde llegó con pasos largos y precisos, intentando evitar que sus botas se hundieran en el lecho de paja y excrementos.
 
Aquellas cuatro vacas, junto con media docena de cerdos, tres viejas ovejas que comían más de lo que daban, unos cuantos conejos y algunas gallinas ponedoras, constituían a facenda de la casa, que él se encargaba de cuidar durante casi todo el año. Su abuelo le ayudaba de vez en cuando, pero como también hacía algunos trabajos de carpintería por encargo, como pequeños enseres, bastones, cunas o sillas, no siempre disponía de tiempo, y su madre tenía bastante con ocuparse de todos ellos, sobre todo del pequeño Emilio, que era el que más guerra daba.
 
A Suso no le importaba demasiado hacer ese trabajo, sobre todo cuando pensaba que de esa forma no tenía que andar a mantido para gente de la Terra Chá, como sus dos hermanos mayores, que sólo venían a casa para ayudar en las tareas propias de la seitura, la malla o la matanza. Alguna vez, sin embargo, se había atrevido a pedirle a su padre, cantero de oficio, que le dejara acompañarle en alguna de sus salidas, movido quizás por el afán de conocer otros lugares y otras gentes, lejos de su aldea, pero éste le había dicho claramente que su sitio estaba en la casa, junto a aquellas tierras, que eran lo único que realmente les pertenecía y que, aunque demasiado escasas para vivir de ellas, sí lo suficientemente importantes para mantenerlas con vida.
 
El camino partía desde la parte más alta de la pequeña aldea, y discurría por terreno más o menos llano, excavado como una zanja entre retamas de flor amarilla y silveiros cuajados de moras. Después de unos trescientos metros, penetraba en el monte bajo y se iba hundiendo cada vez más en el seno del bosque, descendiendo en picado a través de las impracticables laderas. Los animales conocían bien el recorrido, y mientras Morito zigzagueaba juguetón por delante, Suso los seguía a unos pasos de distancia, protegiéndose del continuo bombardeo de excreciones, que iban dejando un claro y maloliente rastro de su paso.
 
La magnífica ayuda del pastor alemán le venía que ni pintada mientras la resaca no le dejara en paz. Era ése el momento en que más se arrepentía de haber bebido en exceso, aunque siempre echaba la culpa a Cacholo, a quien, a su modo de ver, le gustaba demasiado la taberna. No es que en las romerías hubiese mucho más que hacer que tomarse unos chatos o un orujo con los amigos, pero él, íntimamente, prefería estar junto a los músicos, viendo bailar a la gente. Se quedaba como en trance con el deambular rítmico de las parejas; le habría gustado más estar entre ellas, pero era demasiado tímido para pedir el baile a alguna de las rapazas solteras, por lo que tenía que conformarse con soñar y repetir a solas aquellos pasos que había memorizado, mientras tarareaba alguna canción conocida.
 
Una persistente bruma, que el sol no tardaría en disolver, se mantenía prisionera de una tupida red de robles y castaños. Ahora, el oscuro camino tapizado de verde, se transformaba en un serpenteante sendero que intentaba abrirse paso entre helechos y toxos, para luego perderse definitivamente entre la maleza. Justo donde el bosque terminaba su empinada pendiente, un crujiente puentecillo, construido a base de troncos y piedra, franqueaba un ruidoso arroyuelo. Por allí cruzó el ganado y su pastor hacia el prado, situado en el centro del profundo y estrecho valle del Arandedo.
 
En cuanto el cuarteto vacuno olfateó el fragante frescor de la hierba, se desentendieron por completo de sus cuidadores y buscaron un cómodo rincón donde pacer. Morito, por su parte, se echó cerca de su dueño, que contemplaba absorto el discurrir del agua por el reducido cauce. Le preocupaba realmente la rutina en que había convertido su vida. A Cacholo no parecía importarle matar sus tardes libres cerca de una barrica de vino, pero Suso compartía más del espíritu inquieto de su amigo Teixo, aventurero, mujeriego y un poco alocado. Por lo menos en sus sueños, ya que él nunca llegaría a ser así, y lo sabía, aunque tampoco necesitaba tanto; bastaba con que el destino le diese una pequeña oportunidad.
 
Aquel prado era uno de los más alejados de la casa y, por tanto, uno de los menos frecuentados; sin embargo tenía un cierto encanto que nunca había sabido describir: dos montes, poblados de madera y musgo, y que, a parte de una importante reserva maderera, constituían una de las zonas más inhóspitas de la región, se unían formando un encajado valle, angosto y escondido por una infranqueable maraña de árboles. Un riachuelo cortaba las dos laderas y, a uno de sus lados se elevaba en suave pendiente, una hilera de pequeños pastos robados al bosque.
 
El sol comenzaba a acariciar con sus primeros rayos las copas de los altivos chopos, y la brisa de valle componía su melodía entre las ligeras ramas. Suso, tumbado sobre la hierba, sin protegerse de la humedad, miraba al cielo sintiendo cómo las nubes se deslizaban por su mente.
 
Gracias a la inclinación del terreno, aun a pesar de estar tumbado, podía ver delante de él la tupida barrera de robles y abedules, cuyos brazos extendidos crecían rectos hacia lo alto, luchando entre ellos por alcanzar algo de luz. Un gavilán salió por detrás del muro verde y giró en círculos encima de su cabeza; sin duda era el mismo que había visto las dos únicas veces que bajó hasta allí en el mes de junio. Después de unos minutos contemplando su vuelo, escuchó un silbido prolongado, profundo, y el ave cambió repentinamente su rumbo, picando vertiginosamente hasta unos cinco metros del suelo para luego, batiendo sus alas con fuerza, pasar en vuelo rasante muy cerca de él y desaparecer tras un recodo del valle.
 
El hecho de que aquel gavilán respondiera a una llamada humana y que no fuera, además, la primera vez que lo veía, hizo llegar a Suso a la conclusión de que alguien compartía con él aquellos solitarios parajes, por lo que no se lo pensó dos veces: se levantó de un salto y siguió al ave rapaz movido por la curiosidad.
 
Atravesó los prados por su parte alta, siguiendo el curso de una acequia poblada de ranas y ensombrecida por la ladera, cortada a pico al borde mismo del canal. Cuando hubo saltado la pared que separaba la tercera y cuarta parcela sin haber visto rastro del animal, se detuvo tratando de decidir si merecía la pena continuar. Justo en ese momento, una diáfana voz a sus espaldas lo sacó de tales cavilaciones:
 
—¡Hola!
 
Se dio la vuelta y, entonces descubrió al pájaro de plumaje gris-azulado, que le miraba despreocupadamente encaramado al puño de una sonriente muchacha, sentada al pie de la medianera, oculta desde el otro lado por las piedras.
 
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