lunes, 10 de septiembre de 2018

Arandedo 7. El destino

 
Suso corría veloz por el interminable prado cubierto de manzanilla. Sudaba y jadeaba violentamente. Las diminutas flores esparcían su aroma al ser aplastadas. No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, pero cuando llegó a la orilla de un tranquilo y cristalino lago, frenó en seco. Durante un rato contempló cómo el agua reflejaba el intenso verde de la espesura, hasta que, con un repentino impulso, se metió en ella y siguió andando, sin detenerse, hasta sumergirse totalmente. Buceó hacia la oscuridad, penetrando en las profundidades del lago, donde le esperaban los restos de un pequeño pueblo, anegado por las aguas, y que él conocía muy bien. Se le estaba terminando el aire. Una casa grande, de color blanco, llamó su atención. Avanzó hacia ella, se coló por una de las ventanas apartando las algas y recorrió todas sus estancias buscando algo frenéticamente. Le faltaba el oxígeno. Al fin, entre las cosas que flotaban a su alrededor, descubrió una preciosa muñeca de porcelana antigua cuyos ojos vidriosos le miraron con tristeza, como si pudiesen ver lo que antaño vieran sus ojos humanos. La apretó contra su pecho enamorado. Se ahogaba. Abrió los ojos y tomó una intensa bocanada de aire. Su corazón latía furiosamente. Entonces, sintió el blando contacto de la almohada, de las mantas... y se tranquilizó.
 
Su mente, aún nublada por el sueño, fue reaccionando poco a poco. Lo último que recordaba era estar tendido sobre un cómodo lecho, en casa de Xenia. Ahora también estaba acostado en un colchón de lana, pero indudablemente, la habitación donde se encontraba no era la misma. Al cabo de unos segundos, se percató de que se trataba de su casa, de su cama, de la cama donde había dormido desde que era pequeño. Pero entonces… ¿A dónde pertenecían todos esos recuerdos? ¿Podían no ser más que parte de un sueño, de un largo sueño...?
 
Pero no. De repente todo se volvió real. Un leve movimiento y, un latigazo de dolor en la pierna le hizo recordar. Saltó de la cama y se aproximó al quicio de la puerta, cojeando y llamando a gritos a su madre y a su abuelo.
 
Cuando consiguieron calmarle y hacer que se acostara de nuevo, Gumersindo Castelho se dispuso a contarle lo que había ocurrido: algo más tarde de la hora de comer, y cuando ellos comenzaban a preocuparse seriamente por la tardanza de Suso, uno de los vecinos de la pequeña aldea había llegado corriendo para comunicar el estado, a su juicio un tanto alarmante, en que había encontrado al joven cuando se dirigía a sus tierras de labor, muy cerca del pueblo. Sin tardanza alguna, acudieron al lugar que el hombre les había indicado, y allí, apoyada la espalda en un inclinado y robusto castaño, Suso parecía dormir plácidamente, aunque sus ropas estaban rasgadas, la piel llena de arañazos y una pierna cubierta por extraños apósitos. Intentaron despertarle, pero su sueño parecía muy profundo, así que, dado que se encontraban a poca distancia de la casa, cargaron con él y lo llevaron hasta ella, metiéndolo en la cama.
 
A pesar de los consejos y quejas de su familia, tras escuchar el relato de cómo y dónde lo encontraron, Suso no pudo resistir el impulso de abandonar de nuevo su lecho y salir renqueando hacia el exterior. ¡Tenía que volver! Fuera como fuera, tenía que volver, porque un extraño presentimiento nacía con fuerza en lo más profundo de su alma.
 
Ay Diosiño, fillo! Onde vas agora, tal como estás?—gritaba su madre angustiada desde la puerta, viendo cómo Suso cerraba tras de sí la cancela que daba al camino.
 
—¡Tengo que ir, madre! No te preocupes por mí y métete en casa... Ya volveré.
 
La voz de su madre se oía cada vez más lejos. Una vez más, pese al dolor, que le hacía cojear ostensiblemente, el joven campesino de Couto recorrió el camino que llevaba hasta el valle del Arandedo.
 
Quedaba poco para que oscureciese y la luz había mermado bastante, por lo que el bosque parecía ocultarse tras un confuso velo, haciéndose más tenebroso y opaco, con menos contraste, como si, poco a poco, se fuese difuminando para luego fundirse en la negrura más absoluta. Suso intentaba correr, pero la pierna herida le traicionaba haciéndole dar peligrosos traspiés. Por fin, pocos minutos más tarde de lo que normalmente tardaba en llegar abajo, escuchó el familiar fragor del agua en el estrecho cauce y divisó los prados a través de la tupida cortina de árboles, helechos y arbustos.
 
No esperaba encontrar nada en especial, y ni siquiera tenía la esperanza de ver a Xenia, sin embargo, tenía que ir allá, porque esa era la única forma de calmar su angustia. El haber despertado tan tranquilo en su casa, y el hecho de que su amada, de alguna misteriosa manera, le hubiese llevado hasta el cercano lugar donde le encontraron, quería decir que Xenia había transgredido las normas, y lo había hecho por él.
 
De pie sobre el improvisado puentecillo de madera y tierra apisonada, con los ojos y la boca muy abiertos, fatigado y sudoroso, Suso creyó sentir que su corazón se detenía por unos segundos al contemplar el valle. Allí delante, en el borde del prado, junto al regato, donde antes no había más que un exuberante suelo cubierto de trébol, surgía un imponente y esbelto chopo de corteza oscura y poblado follaje.
 
Era, sin duda, el más orgulloso de cuantos árboles crecían junto al arroyo. Su puntiaguda copa se balanceaba con altanería sobre todas las demás, y sus frondosas ramas vestían de gala un cuerpo que subía derecho hacia el cielo. Suso se acercó lentamente y, con mano temblorosa, acarició la áspera corteza. En ese momento, un hermoso gavilán de plumaje gris-azulado alzó el vuelo ruidosamente desde las ramas más altas, como si un estremecimiento hubiese recorrido de arriba abajo al silencioso chopo. Tan sólo entonces comprendió el joven campesino, en toda su trágica dimensión, las palabras de Xenia. Ahora tenían todo el tiempo del mundo para compartir en aquel valle, prisionero él de su propia condición humana, y ella de su alma vegetal.
 
Suso se acurrucó en las raíces del árbol como el perro fiel que se echa a los pies de su amo, apoyó la mejilla en su rugosa piel de madera y lloró mansamente mientras el día escapaba del Arandedo.
 
 
 
                                                               EPILOGO
 
Las astillas saltaron por los aires ante el certero golpe del hacha. El joven campesino cogió otro leño de la pila que tenía a un lado y lo colocó en vertical sobre el cepo. Situó un pie delante del otro, levantó la macheta por encima de su cabeza con las dos manos y, expulsando con violencia todo el aire de sus pulmones, la descargó con fuerza partiendo en dos, limpiamente, el trozo de madera.
 
A pesar de tener severamente prohibido jugar con las herramientas que tuviesen filo, no podía evitar la irresistible tentación de tomar prestada el hacha de vez en cuando. Le gustaba sentir el pulido mango resbalando entre sus dedos para que el hierro cayese pesadamente y casi sin esfuerzo, hendiendo la madera, y le gustaba jugar a ser poderoso y malévolo, blandiendo su hacha de guerra contra los enemigos invisibles que surgían de entre los árboles para destruirle.
 
—Morrerás, demo do inferno!—gritó el jovenzuelo al tiempo que se daba media vuelta con rapidez y, cogiendo el hacha con una sola mano, asestaba un certero tajo en la higuera que tenía a su espalda, cercenando uno de los prominentes nudos del retorcido tronco.
 
Oe, rapaz!—exclamó una voz desde el camino—. Seguro que a ti no te gustaría que te diesen un hachazo en la pierna.
 
El muchacho dejó caer la herramienta ruborizado, y se asomó al borde del huerto, que se elevaba algo más de un metro sobre el nivel del camino, desde donde le observaba un hombre de edad avanzada, elegantemente vestido con corbata de lazo y bastón.
 
—Pero... si sólo es una vieja figueira...—protestó tímidamente.
 
—No es sólo un árbol, hijo... Es un ser vivo igual que tú—le corrigió Suso Castelho mientras pasaba su mano por el nudo truncado de la higuera, que quedaba a la altura de su rostro en el borde mismo del huerto, apenas contenido por un viejo muro de piedra—¿Ves este líquido que rezuma por el corte que tú le has hecho? Pues ésta es la sangre del árbol... ¡Anda!, remedia algo del mal que has hecho: coge una bosta de vaca y unta bien con ella este tajo. De esa manera, cuando se seque, le servirá de protección y le ayudará a curar la herida. Muchacho... Por si no lo sabías, gracias a los árboles y al resto de la vegetación vivimos nosotros... No lo olvides, rapaz.
 
Antes de que el joven pudiese reaccionar, Suso Castelho siguió de nuevo su camino con paso firme, aunque apoyando su bastón en el suelo de vez en cuando para no dar un traspié. Un camino que conocía muy bien, ya que no pasaba un solo sábado, desde hacía más de cincuenta años, en el que no se levantase con el gallo, se vistiese con su mejor traje, se repeinase su ya canoso cabello, se atusase el poblado bigote, y saliese de casa silbando alegremente alguna cancioncilla, como si acudiese a la cita que esperaba ansiosamente durante toda la semana; o mejor dicho, durante toda la vida, porque nunca había dejado de acudir, hiciese mal o buen tiempo, fuese invierno o verano. Y era ésa una costumbre que no pasaba desapercibida a sus vecinos y al resto de la gente que le conocía, igual que su profundo conocimiento de la naturaleza, o el exagerado fanatismo con que impedía la tala de algún árbol que estorbase la apertura de un nuevo camino para los carros. Características que le habían costado más de un disgusto y algunos rencores, pero que también le habían convertido en un hombre extrañamente respetado por todos.
 
Apartó una larga silva con el bastón y continuó su paseo por un sendero que había permanecido intacto desde hacía muchos años y que serpenteaba por las laderas hacia el hermoso valle que constituía su santuario particular. En cierta ocasión, los restos de un huracán que venía de ultramar soplaron por aquella zona abatiendo los endebles chopos que crecían en el prado. Tan sólo uno, altivo y hermoso, permaneció en pie.
 
Suso Castelho cruzó las vivaces aguas del Arandedo como todos los sábados, se acercó al chopo y extendió un raído mantón a sus pies. Acto seguido, y como si formase parte de un viejo ritual, se sentó con la dificultad propia de los años, apoyando su espalda en la corteza del árbol. En ese momento, su cuerpo se relajó por completo y su rostro se iluminó con una inmensa sensación de paz. Alzó el rostro hacia las ramas que se movían en lo alto, mecidas por la suave brisa, y dejó que le hablasen al oído en un leguaje que, con el tiempo, había llegado a comprender.
 
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lunes, 27 de agosto de 2018

Arandedo 6. La senda


Xenia extrajo de su bolsillo un pequeño frasco de cristal que contenía un ungüento oloroso preparado a base de muérdago, rosal silvestre, albahaca y romero, se arrodilló al lado de Suso y, humedeciendo un paño con el líquido, enjugó su rostro intentando reanimarle.
 
Cuando le confesó lo que sentía, en el desván de su casa, la joven también había abrigado la intención de poner de manifiesto, por muy difícil que le resultase, lo imposible de su relación. Fue incapaz de plantearlo con contundencia en ese momento pero, el mutismo de Suso al respecto en los días que siguieron le facilitó la tarea y le hizo pensar que no hacía falta justificar la ruptura de algo que no era recíproco, y supuso que bastaba con desaparecer de su vida sin más, para que él la olvidara al poco tiempo.
 
Sin embargo, una vez tomada la decisión de no volver a su cita diaria en el Arandedo, no pudo dejar de espiar, a través de los ojos de su fiel gavilán, la soledad del joven campesino en el valle y, poco a poco, fue comprendiendo lo que éste, por sí mismo, había sido incapaz de decirle en la intimidad de su casa. Por eso, en el momento en que Gran le anunció la presencia de su amigo en el bosque, Xenia supo que, ocurriese lo que ocurriese, tendría que aceptar sus propios sentimientos con la misma valentía que había impulsado a Suso a buscar un sueño perdido.
 
—¡Eres tú!... ¡Dios!... ¿Cómo?... ¿Cómo me has encontrado?—balbuceó Suso.
 
—No te preocupes de eso, descansa—le tranquilizó la joven—. Ahora ya estoy contigo.
 
Una extraña mezcla de paz y de ansiedad desplazó totalmente la angustiosa depresión en que había caído el campesino de Couto, y un montón de palabras se acumularon en su mente tratando de salir a trompicones.
 
—Como no bajabas... pensé que te pasaba algo... y... y se me ocurrió que podía ir a verte, pero no pensé que fuera tan difícil, de veras. Luego resbalé con algo y... me caí... ¡Casi me mato!... ¡Dios, que mal rato he pasado! ¡Creí que... estaba soñando cuando te vi!
 
—¿Dónde te duele?— le interrumpió Xenia afectuosamente.
 
—En la pierna. No puedo moverla—dijo él, llevándose las manos a la rodilla con una mueca de dolor—. La verdad es que me duele todo... y estoy bastante mareado.
 
—No me extraña...—observó la muchacha, viendo el alto y escabroso barranco por el que había caído su amigo—. ¡Estás loco!... ¿Cómo se te ocurrió la idea de meterte en el bosque?
 
—Es que... Bueno… ¡Qué carallo!... La verdad es que no podía aguantar más sin saber de ti. ¡Quería verte como fuera! Estos días,... aunque no te lo creas, te he echado de menos y...—mientras él hablaba, llevado por la excitación, Xenia manipulaba con manos expertas la magullada pierna, hasta que, con un chasquido seco, músculos y tendones quedaron colocados en su sitio, al tiempo que Suso, soltando un leve gemido, perdía de nuevo el conocimiento.
 
Consciente de que su amigo no podría llegar a ningún sitio por su propio pie, dejó a Gran encargado de velar su sueño y volvió a casa buscando un viejo carretón, un par de tablones y cuerda, con lo que improvisó una especie de trineo para poder trasladar, ayudada por sus animales, al joven campesino. Mientras caminaba al lado de la extraña yunta, Xenia no podía dejar de pensar en las últimas palabras de Suso, aunque antes hubiera fingido no darles importancia; y es que no se alejaban mucho de las que ella misma hubiese querido decirle.
 
Cuando volvió en sí, lo primero que notó fue que la luz había cambiado y que las duras piedras habían cedido su lugar a un mullido colchón de lana. Se incorporó a medias con un gran esfuerzo y entonces vio a Xenia: estaba en una esquina de la sala, preparando algo sobre una mesa llena de cacharros y rodeada de viejos estantes repletos de frascos.
 
—¿Y esto...? ¿Cómo es... que estoy aquí?—preguntó Suso con sorpresa y aún bastante aturdido—. Yo... estaba en el bosque, pero... no me acuerdo de nada más.
 
—Te traje yo... Perdiste el sentido—dijo la muchacha sonriendo y sentándose a su lado con una humeante infusión en la mano.
 
— ¡¿Tú sola?!—exclamó, escéptico, Suso.
 
—¡Claro…!—bromeó ella con ironía.
 
—¡Sí, ...bueno! De ti ya me creo cualquier cosa.
 
El joven campesino de Couto miró a Xenia con ternura, sintiendo la paz que irradiaba.
 
—Tenía muchas ganas de verte... ¿sabes?—comenzó—. Me acordé muchas veces de todo lo que me dijiste aquel día... Sobre lo que sentías cuando nos veíamos y todo eso... Y la verdad es que... a mí me pasa lo mismo... Aunque cuando por fin me decidí a decírtelo, ya no pudo ser…
 
»¿ Por qué no volviste al Arandedo?...
 
—Hasta hace poco... no pensaba que tú sintieras lo mismo... De todas formas, todo es mucho más complicado— objetó la joven, bajando la cabeza.
 
—¿Cómo más complicado?... No te entiendo.
 
—Todo esto... es imposible, Suso.
 
—¿Pero... por qué?... Podrías dejar de vivir aquí, sola, y venirte conmigo.
 
Xenia guardó silencio durante unos segundos.
 
—¡Anda bébetelo! Es una mezcla de malvavisco, manzanilla y otras hierbas. Te entrará mucho sueño, pero te dejará como nuevo—dijo al fin, tendiéndole el cuenco con la infusión.—Tú no puedes comprenderlo, pero... no puedo ir contigo. Ya te lo dije. Yo soy parte de estos montes. Tan sólo soy como tú me ves en ellos. En tu mundo no sería más que otro de tantos seres vegetales que pueblan las devesas y los valles... Al alejarme del bosque que me da la vida, tengo que sacarla de la tierra misma, como el resto de los árboles...
 
Suso interrumpió un sorbo, como si no quisiese seguir escuchando cosas que siempre escapaban a su capacidad de raciocinio.
 
—¡Pues entonces... yo me vendré a vivir contigo!
 
—No Suso... Tú no podrías vivir aquí. Éste no es tu sitio. Sé que serías incapaz de vivir preso de este bosque, sabiendo que, cuando quisieras volver, yo no podría acompañarte, siempre con la presión de un entorno que lucharía por echar de sus dominios a un intruso que quiere quedarse con su más preciado tesoro... Sé que acabarías por irte o por sucumbir... Y entonces me dolería muchísimo más.
 
—No sé... No sé... A lo mejor tienes razón… Bueno, seguro que tienes razón—admitió el muchacho totalmente abatido y con una angustiosa sensación de vacío en las entrañas—. Pero... ¿Por qué no puedo seguir, al menos, viéndote como antes?... O como tú quieras... Estoy hecho un lío, de verdad. No sé qué hacer, qué pensar... Sólo sé que te quiero más que a mí mismo. ¡Maldita sea!...
 
Los ojos de Xenia se humedecieron al ver la desesperación de su amigo que, lentamente, gracias a los efectos relajantes del brebaje, se iba dejando vencer por un curativo sueño.
 
—Ya lo sé...—dijo ella mientras arremolinaba el pelo de Suso entre sus dedos—. A mí me resulta tan difícil como a ti, pero si seguimos viéndonos, no haremos más que engañarnos a nosotros mismos y hacernos daño, porque..., tarde o temprano, habría que elegir... Pero no te preocupes... Tú me has dado algo que hasta ahora no conocía, y no pienso renunciar a ello.
 
—Mmmhh... yo... tampoco quiero... renunciar—murmuró Suso después de escuchar las enigmáticas palabras de la joven y justo antes de quedarse dormido.
 
Xenia tomó el cuenco que Suso tenía aún sobre su pecho y se fue hacia la mesa de las pócimas para dejarlo. Después salió al exterior, cruzó el porche y se dirigió a la primera línea de árboles. El sol estaba alto, y era el único momento del día en que sus rayos se filtraban verticales entre el enramado, salpicando el oscuro corazón del bosque de color. Allí, sumergida en aquel mundo verde, era consciente de su propia identidad. El cercano arroyo componía su canción entre las piedras, los pájaros silbaban la suya de rama en rama, y las hojas, movidas por el viento, susurraban un lenguaje que tan sólo Xenia era capaz de comprender, y que ahora escuchaba como el consejo de una madre y la reprimenda de un padre que no quieren perder a su hija.
 
Antes de conocer a Suso, todo era distinto. Su vida era clara y sencilla, como la de cualquier otro habitante del bosque al que pertenecía. Su destino, marcado por ese mismo bosque, era el resultado de una simbiosis mediante la cual, ella recibía la protección, el cariño y los medios necesarios para la vida, y a cambio, velaba por la seguridad del hábitat y por el bienestar de cada uno de los miembros de su gran familia. Cuando tuviese la edad, igual que su madre, y antes su abuela, concebiría una hija que continuaría su labor, y ella misma volvería para siempre al seno de su padre, dejando que la hiedra trepase impunemente por su cuerpo. Ahora, un nuevo sentimiento, profundo e inmenso, venía a complicar mucho más las cosas. Sabía que, cuando Suso se marchase, también se llevaría algo de ella, al tiempo que dejaría parte de sí mismo en esos bosques. Una parte que, en cuanto pudiera, volvería a buscar, aunque quizás no con tanta fortuna como la primera vez. En su interior todo había cambiado, y una ancestral característica humana surgía de lo más hondo de su ser. Tal vez no hubiese más que un destino, pero ella tenía la capacidad de elegir la senda.
 
Cuando volvía hacia su casa, junto a su amado, había tomado la única decisión que le permitiría estar junto a él.
 
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lunes, 13 de agosto de 2018

Arandedo 5. El bosque maldito


Después de todo lo que había pasado esa mañana, a Suso no le parecía nada increíble el que un erizo le estuviera guiando para salir de aquel intrincado laberinto verde. Ella misma había querido acompañarle, pero como el joven declinara cortésmente su ofrecimiento confiando en su sentido de la orientación, Xenia envió al animal por delante con indicaciones precisas, diciendo que le ayudaría en su camino. Ayuda sin la cual, luego tuvo que admitirlo, no hubiese podido llegar al valle.

Mientras caminaba en pos del inatacable bicho, Suso recordaba con satisfacción aquellas palabras con las que la muchacha le confesaba el amor que sentía, y con indignación el no haber tenido valor para decir que a él le pasaba lo mismo, que veía su sonrisa hasta cuando dormía y que le importaba muy poco que fuese persona, cosa o vegetal. Y es que siempre era lo mismo. Cuando sentía verdaderos deseos de expresar algo muy importante, una especie de bloqueo imposible de superar sellaba sus labios e incluso su mente. En este caso, aumentado por el hecho de saber lo que ahora sabía y el miedo irracional que ello le provocaba. Lo único que le consolaba era la esperanza de un próximo día y una nueva oportunidad… Pero, eso sí, tendría que decirle algo, lo que fuese, con tal de no dejarla igual que esa mañana, triste, borrada la eterna sonrisa de su rostro, como si reflejase la frustración de no haber encontrado respuesta a sus confidencias.

Cuando el erizo desapareció entre unos matojos del camino, cumplida su misión, Suso siguió caminando sin volverse, y no lo hizo hasta que llegó a la parte más alta y despejada del sendero que ascendía por la colina. Desde allí contempló el aterciopelado manto verde que cubría el valle, tan sólo roto por una oscura y sinuosa línea en su centro. Fuera de su vista, encajados allá abajo, estaban los pastos del Arandedo; y más allá, en algún lugar oculto entre toda esa espesura, la casa y el mundo de Xenia.

Se obligó a sí mismo a continuar la marcha y, a medida que se acercaba a su aldea, al mundo conocido, sus pasos se iban tornando más decididos, consciente de que ahora compartía un secreto vedado para todo el mundo. A pesar de todas sus dudas, de todos sus miedos, se sentía tocado por algo especial. Algo que solo le concernía a él. Cuando se despidieron aquella mañana, Xenia le dio un cálido beso en la mejilla y le dijo que el Arandedo siempre estaría entre los dos, como la unión de dos valles y como la barrera de un río. Sus palabras no llegó a entenderlas, pero aquella caricia de sus labios sellaría por siempre un nuevo sentimiento.

No había transcurrido una semana y ya la vida del joven campesino había cambiado por completo. Gumersindo Castelho intentaba descubrir la razón por la que su nieto le había traspasado descaradamente el pastoreo matutino del ganado mientras él desaparecía todos los días, su madre estaba inquieta por la repentina pérdida de apetito que sufría y todo el mundo se sorprendía al oírle silbar mientras se acicalaba por la mañana, cuando antes siempre salía de casa cabizbajo y en silencio sin preocuparse lo más mínimo por su aspecto físico.

Algunos años atrás, cuando todavía era el pequeño de la casa, harto de las burlas y travesuras de sus hermanos mayores, se le ocurrió la idea de construir, en lo alto de un robusto cerezo del huerto, una pequeña plataforma de madera, cerrada por tres de sus lados y cubierta con un tejado de ramas y paja, a la que se accedía por una escalera de cuerda que Suso enrollaba cuando subía. Aquél sería el refugio de su intimidad y sus juegos durante mucho tiempo, hasta que sus hermanos se marcharon y él pasó a tener otras obligaciones propias de la edad. Ahora, después de un largo abandono, había vuelto a limpiar y a arreglar la plataforma, y pasaba horas enteras subido en ella, olvidando por completo los inventos y creaciones de madera que habían ocupado todo su tiempo libre hasta hacía poco.

Uno de esos días en que todo era distinto; uno de esos días en los que creía haber reunido el valor suficiente para declarar todo aquello que sentía, Suso emprendía de nuevo el camino que atravesaba el sotobosque de la parte alta y las profundas forestas que conducían al Arandedo, libre de la comparsa vacuna que antes guiaba hasta sus pastos. Pero ya no recorría el monótono y conocido camino de siempre, sino que disfrutaba de un paseo en el que descubría, a cada paso, nuevas maravillas de la naturaleza que había aprendido a identificar, como las malsanas campanillas violetas de la dedaleira, la euforizante valeriana o herva-dos-gatos, la xesta o retama negra, que inmuniza del veneno de la víbora a las ovejas que la ramonean, el ajenjo y la artemisa, buenos para abrir el apetito y regular el ciclo menstrual, la venenosa hierba mora, de flores blancas y pequeños frutos oscuros y arracimados conocidos como «uvas de can», y una infinidad de otras plantas que estaba harto de ver, pero que tan sólo ahora empezaba a conocer.

Una vez en el valle, Suso se sentó en la orilla del arroyo, con la espalda apoyada en uno de los orgullosos chopos y dejando que los pies rozasen levemente la superficie cristalina del agua, sin volverse hacia el sitio por donde sabía que llegaría Xenia, como si no quisiese dar importancia a un encuentro que esperaba con impaciencia desde el momento mismo en que decidió hablarle con toda franqueza mientras la acompañaba de nuevo hasta su casa a través de aquel bosque, mágico para él, maldito para el resto del mundo.

Esa mañana Xenia no apareció.

Había bastado un día sin la presencia de la joven en el Arandedo para que Suso tuviera tiempo más que suficiente de darse cuenta de lo imprescindible que le resultaba ya su compañía. Pasó en vela una interminable noche llena de obsesivas imágenes y angustiosas divagaciones, convenciéndose a sí mismo de que debía poner toda la carne en el asador de una vez por todas, porque lo que sentía era más fuerte incluso que su asumida y dominante timidez, y al día siguiente estaba de nuevo como un clavo en el pequeño prado, tan nervioso como el primer día de escuela.

Pero todo fue en vano, porque Xenia no dio señales de vida.

El tercer día de largas e infructuosas esperas, mientras daba vueltas como un animal enjaulado por los sitios que antes habían recorrido juntos, destelló en su cerebro el relámpago de una descabellada idea: ir en búsqueda del pueblo perdido. Sin embargo, una razonada prudencia la desechó de inmediato.

Durante mucho tiempo estuvo machacando su torturada mente, buscando una posible explicación al hecho de que su amiga no hubiese vuelto por allí; desde un accidente, una enfermedad o cualquier otro motivo que le hubiese imposibilitado salir de su casa hasta que, simplemente, y por algo que escapaba a su entendimiento, hubiese perdido el interés por su compañía. La única conclusión que pudo sacar era que todo aquello no podía terminar así, aunque tuviese que ir a buscarla en ese maldito bosque.

Esa noche, el suave murmullo de la lluvia le hizo conciliar el sueño con más facilidad, pero no consiguió evitar, a pesar de su persistencia, que acudiera a la cita de todos los días en cuanto un nuevo y triste amanecer hizo su aparición. Cubriéndose apenas con un apolillado paraguas, Suso ignoró la intensa humedad de las piedras y se sentó sobre una pared, con las rodillas pegadas al pecho, esperando, como si esa espera fuese un fin en sí misma, como si todo el sentido de la existencia se concentrase en ese valle. Sus ojos, hipnotizados por el rítmico golpeteo de las gotas de agua en las piedras, en las hojas, en su paraguas, parecían taladrar la neblinosa espesura en busca de una luz que iluminase la oscuridad de su alma.

Seguía lloviendo cuando el joven campesino, totalmente empapado y abatido, se encaminó de nuevo hacia su casa. Estaba seguro de que la muchacha no habría aparecido en una lluviosa mañana como aquella, pero él tenía que superar su propia prueba. Ahora, sabía lo que tenía que hacer.

El sol aún pugnaba con la luna por alumbrar una nueva jornada y la lluvia, que duró un día y dos noches, había cesado hacía rato, dejando que el cielo clareara limpio y diáfano mientras Suso bajaba hacia los prados. Al llegar al punto donde siempre se sentaba a esperar, se detuvo y levantó la vista hacia las ondulantes ramas de los chopos. Un ave rapaz surcó el aire velozmente a gran altura. Quizás fuese ésa la señal que estaba esperando, pensó Suso, y continuó hacia el lugar por donde, días atrás, se internaba con Xenia en un mundo distinto y misterioso.

No iba a ser aquella una empresa fácil pero, ¿acaso tenía otra opción?, se obligó a pensar antes de dar el paso definitivo. Le había estado dando muchas vueltas, sopesando todos los riesgos. Recordó lo que su abuelo le contara, las palabras de Xenia, la vuelta junto al erizo guía, pero al final prevaleció el hecho de saber que ella estaba en algún lugar no muy lejano, esperando quizás que él la encontrase. Con los escasos datos que conservaba en su memoria y un parco sistema para no perderse, Suso creyó posible la victoria contra la leyenda del bosque.

Nada más penetrar en la inquietante foresta, el joven trató de recordar, con la mayor nitidez posible, la dirección que había tomado Xenia el día que él la acompañara. Según caminaba, fue dejando un rastro detectable, por si, llegado el caso, tuviese que retroceder o recomenzar en otra dirección. Al principio no fue demasiado difícil pero, a medida que avanzaba, la cosa se iba complicando. Los enormes y frondosos castaños parecían todos iguales. Las setas, los líquenes, el musgo... surgían espontáneos por doquier, transformando los caminos y vistiendo los troncos de los árboles. Los leñosos carballos elevaban sus imponentes mástiles hacia el cielo en una confabulación secreta para ejercer su dominio sobre cualquier ser que invadiese su reino. El viento susurraba entre las hojas su monótono lamento. Poco a poco, la maleza se iba cerrando cada vez más a su alrededor y los helechos, húmedos aún por la lluvia caída, se acercaban más y más empapando su ropa.

Al llegar junto a un retorcido y centenario roble que le resultó vagamente familiar, corrió hacia una pequeña loma desde la que creía poder divisar la zona de la cañada, pero sólo encontró más bosque. Desalentado, volvió unos metros sobre sus pasos y, cuando levantó la vista del suelo, ya no vio la arrugada y peculiar cara del viejo roble que le había servido de ayuda. Desde aquel nuevo punto de vista no parecía haber ningún árbol especial, diferente a los demás. Su corazón quiso detenerse un breve segundo para luego comenzar a palpitar con más fuerza. Anduvo en círculos alrededor de varios árboles intentando recuperar la perspectiva inicial, pero todo fue inútil; la situación no hacía más que agravarse a cada paso que daba.

¡Ni siquiera llevaba en el bosque media hora y ya se había perdido! ¡Inaudito! El pobre campesino no sabía si enfadarse más consigo mismo por ser tan incauto a la hora de marcar el camino o por no haber sabido reaccionar cuando tuvo la oportunidad en casa de Xenia.

Consciente de que no le sería nada fácil dar con la aldea, supuso que si buscaba una ladera y caminaba siempre en sentido ascendente, llegaría a un punto de máxima altitud desde el que podría ver el arroyo que le conduciría hasta ella. Sin embargo, después de subir durante un buen rato, Suso se percató, por la inclinación del terreno, que la pendiente volvía a descender sin que la masa de árboles le hubiese dejado ver tan siquiera si había coronado la cima de la colina más alta o bien había otras elevaciones más importantes alrededor.

A partir de ese momento, Suso comenzó a notar que los nervios retorcían sus entrañas y un sudor frío empapaba su piel. Ya no seguía una ruta marcada, deambulaba desesperadamente entre los árboles, buscando, no ya la dichosa aldea, sino simplemente una salida de aquel endiablado bosque. De repente, en pocos minutos, el aire se volvió más espeso y húmedo, el cielo se oscureció y una densa bruma comenzó a deslizarse subrepticiamente entre la vegetación. Era como si todo ello formase parte de una horrible conspiración. La excitación de Suso pronto se convirtió en miedo; un miedo irracional que le hacía ver ojos penetrantes observándole desde la espesura, caras grotescas en las cortezas de los robles, retorcidas figuras diabólicas en sus ramas; un miedo que le erizó el vello y le hizo perder la poca sangre fría que le quedaba.

Se esforzaba intentando ver a través de la niebla, que parecía haber engullido incluso el trino de los pájaros o el roce de las hojas movidas por la brisa. Ahora estaba solo con el amedrentado latido de su corazón y la jadeante respiración de sus pulmones, intentando evitar los garfios leñosos que enganchaban sus ropas, las retorcidas raíces que surgían del suelo para atraparle, los miles de dedos vegetales que querían tocarle y pegarse a su piel.

Corría alocadamente, sin rumbo ni dirección fija, volviendo la cabeza de continuo, hasta que, de repente, notó que algo bajo sus pies se movía y lo llevaba al fondo de un escarpado terraplén oculto bajo la niebla. A partir de entonces, sólo hubo oscuridad.

Pasó un buen rato hasta que Suso recuperó la suficiente consciencia como para darse cuenta de su situación. Se liberó torpemente de las zarzas que se habían enganchado a su ropa en la caída e intentó erguirse, pero en cuanto apoyó el peso del cuerpo sobre su pierna izquierda, un dolor lacerante le hizo caer de nuevo. Después de eso, el pobre campesino ya no hizo ningún esfuerzo por levantarse. Se quedó tumbado en el lecho de silvas y ortigas, ignorando la urticaria que éstas le habían producido en diversas zonas del cuerpo. Muy cerca de él, un pequeño insecto hacía vibrar una telaraña con sus agónicos movimientos, sacudiendo las minúsculas gotas de agua que habían transformado la mortal trampa en un rosario de finas perlas. No pudo evitar un escalofrío al pensar en la poca diferencia que existía entre la desdichada víctima y él mismo. Había puesto demasiado interés en que nadie supiera a donde iba todas esas mañanas y aun cuando lo echaran en falta, nunca supondrían que se hallaba en ese recóndito lugar, desconocido y maldito para todo el mundo.

Perdido, herido y sin esperanza alguna de ayuda, Suso sintió que las fuerzas le abandonaban, como si el bosque influyera letalmente en su ánimo y le hiciera vivir una pesadilla de la que era imposible salir. Una pesadilla en la que, hasta los recuerdos más agradables le martirizaban, en la forma de una familiar silueta que se dibujaba en la bruma.
 
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lunes, 30 de julio de 2018

Arandedo 4. El origen

 
Cuando la encontró, Xenia parecía muy atareada cortando con sumo cuidado las hojas de una zarza, que guardaba luego en una pequeña bolsa de tela.
 
— ¿Qué haces?—preguntó el campesino, acercándose a ella con aire distraído.
 
—¡Hola Suso!—saludó la joven brindándole una deslumbrante sonrisa—. Como todavía no hay moras... me conformo con coger las hojas. Frescas no saben a nada, pero secas se pueden tomar en infusión, y si las amontonas y las dejas fermentar hasta que se vuelven oscuras, son aromáticas. Es curioso,... pero esta planta tan corriente y que nadie quiere, sirve para muchas cosas,...¿sabes? Si haces gárgaras con el jugo te cura las anginas y si tomas jarabe de mora, pues...
 
—¡Es verdad! Mi madre siempre nos daba jarabe de mora de pequeños, cuando teníamos diarrea...— recordó Suso con cierta nostalgia, sentándose en un viejo tocón de carballo horadado por los cientos de vidas que bullían en su interior.
 
Gran parecía haber encontrado una compañera de juegos, pues una hembra, de mayor tamaño y plumaje más oscuro le acompañaba en sus devaneos aéreos. El joven de Couto también creía haberla encontrado en aquella encantadora criatura de pelo azabache que se estiraba para alcanzar las hojas más tiernas de la zarza, pero desde que su abuelo le contó aquella historia, una recóndita y angustiosa desazón comenzó a agitar el mar de dudas que llenaba su espíritu.
 
—¡Claro, si las plantas curativas no son tan raras!—explicó Xenia, acomodándose a su lado en lo que quedaba del robusto árbol—. ¡Fíjate!; hasta la cebolla y la col, muy picaditas, valen para hacer emplastos en las inflamaciones.
 
—Yo conozco un sitio... Mi abuela solía ir por allí a coger hierbas de esas, curativas. Podemos ir, si quieres...—comentó el joven intentando no mostrar interés, como si la idea se le hubiese ocurrido en ese momento, cuando en realidad pertenecía a una estratagema cuidadosamente planeada durante las horas de vigilia para conseguir que Xenia le hablase de su vida, de su casa y, sobre todo, de la misteriosa aldea donde vivía.
 
—Me gustaría..., pero no puedo alejarme más allá de este valle.
 
—Pero... tu casa no está lejos... ¿No?
 
— ¡Qué va!... A través del bosque, quizá haya menos camino que hasta la tuya...
 
—Entonces, ¿por qué no vas y pides permiso?... Así hacemos algo diferente hoy—, sugirió Suso, viendo que su estrategia iba dando algún resultado.
 
—No..., es que... Tú no lo entiendes...—comenzó a decir Xenia, gesticulando con las manos y negando con la cabeza, confundida como no lo había estado desde que Suso la conociera. Pero al fin pareció calmarse y, recobrando su cálida sonrisa, entornó los ojos con un gesto pícaro y se encaró al joven para decirle:—¿Por qué no me acompañas?... Así te enseño mi casa y el sitio donde vivo... ¡Venga, vamos!...
 
—Pero Xenia..., no será mejor que yo... No sé, a lo mejor tus padres...—balbuceó el azorado Suso ensayando una disculpa.
 
—¿No eras tú el que decía de hacer algo diferente? Pues deja de preocuparte por eso y levántate de una vez... Tú me has contado muchas cosas de tí mismo… Quiero que me conozcas. Que conozcas mi mundo.
 
El campesino de Couto se quedó de piedra ante la inesperada invitación. Por un lado, su natural timidez le frenaba ante cualquier situación nueva e imprevista, pero por otro lado, aquellas palabras estaban tan llenas de calor y confianza que venció todos sus reparos y se dejó llevar por un nuevo sentimiento.
 
—¿Sabes qué?... Yo creía que no había ninguna aldea por estos alrededores—confesó él, ya más desinhibido, mientras abandonaban el valle a través de un escondido paso entre los prados—, aunque mi abuelo me contó que existió una hace mucho tiempo... También me habló de estos bosques, y que alguien, una vez, intentó cruzarlos y se perdió para siempre.
 
—Puede ser...—admitió Xenia con naturalidad—. Aquí, si no conoces el camino, es facilísimo perderse..., y como los lobos sepan que estás solo y que tienes miedo, serás una presa fácil.
 
Ciertamente, aquel lugar era el menos indicado para extraviarse. Los árboles parecían cobrar vida en un enloquecido baile de figuras torturadas y sombras fantasmagóricas. Las retorcidas llagas abiertas en su corteza gritaban el angustioso silencio de su tormento, y las enmarañadas ramas jugaban con la luz que intentaba, en vano, herir su intimidad. Hasta los helechos y el musgo contribuían, tapizando el suelo y las rocas, a crear un reino donde el bosque era el dueño absoluto. A Suso se le erizó el vello al recordar las palabras de su abuelo, pero inmediatamente, una mano cálida y suave tomó la suya haciéndole volver a la realidad y calmando su inquietud.
 
El calor, cada vez más sofocante, y las raíces, ocultas bajo la alfombra de hojas y vegetación, dificultaba aún más la ya agobiante caminata. Afortunadamente, Xenia conocía muy bien el terreno y, a pesar de no haber ningún sendero trazado, se movía entre los árboles con total seguridad, lo que tranquilizaba enormemente a Suso, que de no ser así, jamás se hubiera aventurado entre semejante laberinto de gigantescos carballos, saúcos de bayas venenosas y castaños cargados de erizos.
 
Al cabo de un rato, el suave fragor de un arroyo vino a sumarse al cadencioso murmullo del bosque y cuando alcanzaron su cauce, Suso vio algo que heló la sangre en sus venas: en ese punto, el río formaba una sinuosa y recogida garganta, en una de cuyas vertientes se distinguían, cubiertos por la exuberante maleza, los restos de lo que antaño fueran los sólidos muros de un viejo molino. En ese momento, todas las preguntas sin respuesta cobraron forma delante de él.
 
—Parece que tus vecinos no están en casa—bromeó Suso, forzando una sonrisa y esperando que la joven reaccionase a la ironía.
 
—¡No!—rió la joven—. Se marcharon hace mucho… Yo nunca los vi.
 
—¿Sí?—aparentó sorprenderse él—¿Y aquí es dónde vives?
 
—Ya estamos llegando...—le animó Xenia, mientras se adelantaba para cruzar, de forma ágil y decidida, un resbaladizo puente colgante que amenazaba con derrumbarse de un momento a otro sobre el río.
 
Suso, por su parte, no lo vio tan claro, aunque después de aquella exhibición él no podía ser menos, así que se aferró a la soga del lado que consideró más sólido y atravesó el crujiente vado tan deprisa como pudo.
 
—¡Eh, espera!...—le gritó a la muchacha, que ya se introducía en la espesura del otro lado del puente—. Tú harás esto todos los días, pero yo no.
 
—¡No seas quejica!—le reprendió Xenia sin volverse—, que yo he visto como saltabas las paredes de las fincas en el Arandedo.
 
Pasaron entre las abandonadas casas, ahora unidas por la savia que se introducía entre sus piedras resucitándolas a una vida vegetal. El musgo, la hiedra, los helechos y los árboles las habitaban en perfecta armonía, dando cobijo a su vez a una nutrida fauna de pequeños animales, que tenían de esta forma doble protección y alimento. Dejaron a un lado el grupo inicial y se dirigieron a la que parecía haber sido más respetada por la lujuriosa vegetación, más allá del último conjunto de ruinas que se extendía a lo largo del río y trepaba por la ladera de luminoso verde.
 
Al llegar al umbral de aquella apartada casa, fría, sin ningún signo exterior de vida, Suso volvió a sentir una tremenda inseguridad, que Xenia no tardó en advertir.
 
—Tú eres alguien muy especial para mí, ¿sabes?—dijo ella volviéndose hacia el joven campesino—. Por eso te he traído hasta aquí.
 
—¿Cómo es que vives aquí… Sola?—preguntó Suso, dándose cuenta de que, en realidad, la respuesta a esa pregunta, ya no le importaba.
 
—Siempre he vivido aquí...—respondió la joven mientras ascendía con parsimonia los tres peldaños de la entrada y empujaba una puerta que no tenía llave ni cerradura—. Mi madre me contó que hace muchos años, cuando ella era pequeña, este pueblo estaba habitado por gente como tú, pero que el bosque los echó por lo que hicieron...
 
Mientras la escuchaba, Suso se fijó en los manojos de carballo y de nogal que colgaban bajo el porche, expuestos a la acción del aire seco que circulaba por él.
 
—¡Sí! Mi abuelo me contó algo de todo eso,... pero ¿qué fue lo que pasó realmente?
 
—¡Entra, no te quedes ahí!—le invitó ella desde el vano—. Por lo visto, mi abuela vivía en esta misma casa con mi madre cuando un horrible incendio, provocado por el egoísmo de la gente, lo arrasó todo. Por suerte, mi abuela pudo escapar con su hija y refugiarse en el bosque, que era su verdadero hogar.
 
El interior de la casa, en contraste con los sombríos alrededores, consistía en una amplia estancia inundada por la claridad que entraba a través de los grandes ventanales, de forma que podía aprovecharse toda la luz que lograba escapar a la telaraña de la espesa arboleda. Un recargado conjunto de muebles antiguos de todo tipo, telas bordadas y plantas de hojas anchas, se repartía con ordenado gusto en esa única sala, al fondo de la cual, una escalera de madera accedía al desván y, en su lado de oriente, una galería acristalada en techo y paredes albergaba la más variada y hermosa colección de flores y hierbas aromáticas que se hubiese visto en sitio alguno.
 
Xenia, de pie en medio de aquel vergel de exuberante vistosidad, resplandecía en todos los sentidos, bañada por la suave luz.
 
—¡Bueno!...Esta es mi casa... ¿Qué te parece?—preguntó a su boquiabierto amigo.
 
—Es.. Es…¡O Carallo!... ¿ De dónde sacaste todo esto?
 
—Lo hicieron todo mi madre y mi abuela... Poco a poco, entre las dos primero y luego mi madre sola, fueron construyendo esta casa de nuevo y llenándola con cosas que rescataban de las otras casas abandonadas del pueblo.
 
»¿Sabes?—dijo con aire circunspecto de repente— mi abuela amaba la naturaleza, y mantenía un vínculo muy especial con estos montes. Ella era la única que sabía que el bosque estaba vivo, y era la única que sabía cómo hablar con él. Por eso pudo escuchar claramente, esa noche, los terribles gritos de dolor de los árboles que perecían indefensos bajo las llamas. Por eso fue la única en comprender el frenético crecimiento de la vegetación después de aquello; la única en entender la razón por la que el bosque intentaba cerrar rápidamente sus llagas y expulsar a quien le había herido. Luego, volvió a la aldea y comenzó a levantar de nuevo esta casa, hasta que murió. Mi madre tenía entonces unos veinte años.
 
Suso la miró asombrado y un poco escéptico:
 
—¿Quieres decir... que tu abuela hablaba con las plantas y los árboles...?
 
—¡Sí,... de verdad!—aseguró ella, recobrando el tono divertido, mientras se acercaba a la escalera del fondo y se apoyaba en la barandilla—. Y no era la única... Es algo que también podía hacer mi madre y yo misma. Fue eso precisamente lo que dio la fuerza necesaria a mi madre para soportar la soledad de una vida lejos de cualquier ser humano. Llegó a estar tan unida al bosque, que éste la adoptó y la convirtió en parte de sí mismo haciendo que de esa unión naciese yo.
 
Casi desde que la conocía, y especialmente a lo largo de aquella mañana, Xenia no había dejado de poner a prueba, en repetidas ocasiones, la capacidad de asombro del muchacho. Pero esta última declaración rebasaba todos los límites.
 
—Pero... ¿cómo es eso de que...?—comenzó a decir Suso antes de que ella le interrumpiese con un ademán, indicándole que la acompañara al piso superior.
 
Si la sala principal era un sugestivo museo donde la vista podía perderse con deleite entre un sinfín de materiales y texturas agradables, el desván la superaba con creces. En el lado opuesto a la escalera, un rosetón filtraba la luz del sol, creando un espectáculo de formas y colores que daba al lugar un extraño ambiente cálido y acogedor. A ambos lados de la estancia de paredes inclinadas, se apilaban de forma caótica, viejos arcones con olor a naftalina, baldas de libros releídos decenas de veces, recios baúles llenos de historia, juguetes abandonados al polvo del olvido, guirnaldas de flores secas, lienzos con escenas costumbristas, cajones de hilos multicolores y, en fin, toda una colección de objetos, restos de lo que en otro tiempo fuera una activa comunidad.
 
Se acomodaron juntos sobre unos grandes cojines hechos con seda y plumas de ganso, muy cerca de la hermosa vidriera, y conversaron mientras el sol proyectaba figuras de colores sobre ellos. Xenia le contó entonces, como si repitiese una historia mil veces oída, que su madre, fecundada y ayudada por el bosque, la trajo al mundo, para luego, años más tarde, al término de su parte de vida humana, dejarla sola en el seno de ese mismo bosque, su único amigo y protector desde ese instante y hasta ahora. Intentó hacerle comprender que de su ascendiente humano había heredado el aspecto físico, mientras que, en su parte vegetal, quedaba algo característico de los árboles: por un lado el paso del tiempo, mucho más lento para ella, que estaba lejos de los quince años que aparentaba; por otro, la inmovilidad, que le impedía separarse de esas tierras y cruzar el Arandedo, barrera natural impuesta por su propio ser.
 
—La mente de Suso perdió el rumbo, hasta el punto en el que sus interrogantes se mezclaban alocadamente con extrañas divagaciones, llegando a hacerle dudar incluso de su propia cordura.
 
—¿Por eso no querías venir conmigo?—murmuró, con la mirada perdida en el vacío, en un intento por ordenar sus ideas—. ¿Entonces, nunca has conocido a nadie más que a tu madre?
 
Xenia negó con la cabeza.
 
—No,... pero sí que he visto a gente algunas veces… Aunque nunca me atreví a acercarme… Yo nunca fui capaz de ayudar a nadie con mis conocimientos, tal como habían hecho mi madre y mi abuela—. La sombra del fracaso oscureció, por un instante, la mirada de Xenia.
 
—Pues yo, cuando te encontré, no vi que quisieras escapar ni esconderte...
 
—Tenía más curiosidad que miedo… Mi madre me había enseñado a leer desde pequeña. Me dijo que, de esa forma, sabría como es el mundo de fuera. Y llegó un momento en que me había leído todos los libros que tenía, y creía saberlo todo… Sin embargo, no sabía nada. Todo aquello… no servía para nada si no...
»Quería conocer a alguien como yo, o mejor dicho, como mi parte humana. Quería hablar, saber cosas de vosotros... A ti te vi varias veces en estos dos últimos años, hasta que me decidí a hablarte. Entonces, envié a Gran para llamar tu atención y provoqué aquel encuentro.
 
—Suso trató de incorporarse entre los almohadones, confundido y molesto.
 
—O sea, que lo tenías todo pensado... y lo único que querías era saber cómo somos.
 
—Sí, reconozco que al principio no pensaba igual,... pero ahora es distinto—se apresuró a aclarar la joven.
 
—¿Distinto? ¿Por qué distinto?
 
—Es que... al conocerte me he encontrado con otras cosas que no esperaba... En los libros había sentimientos e ideas que no comprendía y que no conseguía imaginar, pero ahora he descubierto que todo eso también está dentro de mí. Es algo nuevo que nunca me había pasado. La verdad es que... me siento muy a gusto contigo. Todos los días estoy deseando que llegue el momento de vernos. Cuando no estás... es como si me faltase algo que ya formase parte de mí, y aunque nos hemos visto poco, me parece conocerte desde hace mucho tiempo y haberte contado todos mis secretos sin que tú pudieras oírme.
 
Suso intentó decir algo pero, aunque abrió la boca con intención de hablar, no consiguió articular ningún sonido.
 
—Pero no es sólo eso—continuó Xenia, acariciándole la mano dulcemente—. No sé cómo explicarlo... Es como una angustia, una ansiedad que llena todo mi ser y que tan sólo me deja en paz cuando duermo o cuando estoy contigo. Y lo peor de todo es que sé que no debo acostumbrarme a tí porque aunque seamos iguales por fuera, por dentro nos separan demasiadas cosas.
 
El joven campesino de Couto aceptó la mano tendida y la miró a los ojos. En ellos vio el reflejo de sí mismo. Y quiso amar, pero sintió miedo.
 
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