lunes, 18 de junio de 2018

Arandedo 1. El valle oculto


(...)
No sé qué altas señales
lejanas, de un amor triste y difuso,
de un gran amor de tinieblas y luceros,

traer querría tu ramita verde
que, con el viento, ahora
me está rozando el rostro.
Yo ignoro tu mensaje
profundo. La he cogido, la he besado.
( Un largo beso. )
¡Mas no sé qué quieres decirme!

                        Dámaso Alonso

Cuando un árbol cae en el bosque, ¿lo oye alguien?
¿Oye alguien la caída del bosque?

                       Bruce Cockburn. Cantante, presidente honorario de "Amigos de la Tierra "
                       en Canadá
 
Tocaba a su fin la primera noche de Luna Nueva. Abrió los ojos, pero la oscuridad seguía siendo impenetrable. Con un reflejo casi involuntario, dirigió su mirada hacia la tenue claridad de la ventana, como si de repente quisiera comprobar que no se había quedado ciego. Fuera, la aurora luchaba contra las tinieblas, aunque el silencio aún era denso; tan denso, que únicamente era traspasado por el agudo canto del gallo, que llegaba lejano a sus oídos...
 
—!Susooo!
 
El grito de su madre también traspasaba cualquier cosa, y sobre todo su cabeza, un lunes de verano por la mañana. Se apoyó sobre el codo y giró medio cuerpo. Un pinchazo en las sienes le recordó la promesa que se hiciera de no volver a probar una sola gota de alcohol durante las fiestas, porque cada vez era peor: esa mañana ni siquiera el fuerte aroma a torta de millo que venía de la cocina, conseguía levantarle el ánimo.
 
Hizo acopio de fuerzas y se liberó de la pesada manta —por las noches aún refrescaba—, para tambalearse hasta el rincón donde estaba el lavatorio. Hasta que no metió la cara, primero en la palangana de agua fría y luego en el tazón de leche caliente, no logró despertarse del todo. Se tomó la torta despacio, contemplando el incipiente fuego de la lareira, que comenzaba a caldear la cocina al tiempo que hacía un tembloroso esfuerzo por iluminar la negra estancia. A su titubeante luz podía verse una vieja alacena llena de cacharros de barro, un tosco fregadero y una gran mesa cuadrada con dos bancos de madera a los lados. Más allá, cerca del fuego, había varios «trespiés» de hierro, unos cuantos leños y un enorme pote colgando de la gramalleira. Todo lo demás pertenecía a las sombras, levemente heridas, un poco más tarde, por la luz que entraba a través de una sucia claraboya, velada por las telarañas y encaramada a un lejano techo de pizarra y madera ennegrecida por el hollín.
 
Cuando por fin pudo sustraerse al poder hipnótico del fuego, se levantó pesadamente, cogió su vara de un rincón y salió al exterior como un autómata. Fuera hacía frío, pero siempre hacía frío un lunes por la mañana. Se encasquetó el viejo gorro de paño con orejeras y caminó deprisa, con los ojos fijos en los pies, comprobando cómo el orballo empapaba sus botas. A poca distancia, y sin que él se hubiese percatado siquiera, Morito —el perro pastor— lo seguía despreocupadamente.
 
Fue hasta la parte de atrás de la casa y, con un rápido movimiento, abrió el portón de las cuadras, insensible al hedor, caliente y húmedo, que abofeteó su rostro. A una llamada suya, tres vacas salieron de la penumbra acompañadas por una miríada de moscas. Tan sólo A Roxa se hizo la remolona, obligándole a ir a buscarla hasta la cuadra del fondo, a donde llegó con pasos largos y precisos, intentando evitar que sus botas se hundieran en el lecho de paja y excrementos.
 
Aquellas cuatro vacas, junto con media docena de cerdos, tres viejas ovejas que comían más de lo que daban, unos cuantos conejos y algunas gallinas ponedoras, constituían a facenda de la casa, que él se encargaba de cuidar durante casi todo el año. Su abuelo le ayudaba de vez en cuando, pero como también hacía algunos trabajos de carpintería por encargo, como pequeños enseres, bastones, cunas o sillas, no siempre disponía de tiempo, y su madre tenía bastante con ocuparse de todos ellos, sobre todo del pequeño Emilio, que era el que más guerra daba.
 
A Suso no le importaba demasiado hacer ese trabajo, sobre todo cuando pensaba que de esa forma no tenía que andar a mantido para gente de la Terra Chá, como sus dos hermanos mayores, que sólo venían a casa para ayudar en las tareas propias de la seitura, la malla o la matanza. Alguna vez, sin embargo, se había atrevido a pedirle a su padre, cantero de oficio, que le dejara acompañarle en alguna de sus salidas, movido quizás por el afán de conocer otros lugares y otras gentes, lejos de su aldea, pero éste le había dicho claramente que su sitio estaba en la casa, junto a aquellas tierras, que eran lo único que realmente les pertenecía y que, aunque demasiado escasas para vivir de ellas, sí lo suficientemente importantes para mantenerlas con vida.
 
El camino partía desde la parte más alta de la pequeña aldea, y discurría por terreno más o menos llano, excavado como una zanja entre retamas de flor amarilla y silveiros cuajados de moras. Después de unos trescientos metros, penetraba en el monte bajo y se iba hundiendo cada vez más en el seno del bosque, descendiendo en picado a través de las impracticables laderas. Los animales conocían bien el recorrido, y mientras Morito zigzagueaba juguetón por delante, Suso los seguía a unos pasos de distancia, protegiéndose del continuo bombardeo de excreciones, que iban dejando un claro y maloliente rastro de su paso.
 
La magnífica ayuda del pastor alemán le venía que ni pintada mientras la resaca no le dejara en paz. Era ése el momento en que más se arrepentía de haber bebido en exceso, aunque siempre echaba la culpa a Cacholo, a quien, a su modo de ver, le gustaba demasiado la taberna. No es que en las romerías hubiese mucho más que hacer que tomarse unos chatos o un orujo con los amigos, pero él, íntimamente, prefería estar junto a los músicos, viendo bailar a la gente. Se quedaba como en trance con el deambular rítmico de las parejas; le habría gustado más estar entre ellas, pero era demasiado tímido para pedir el baile a alguna de las rapazas solteras, por lo que tenía que conformarse con soñar y repetir a solas aquellos pasos que había memorizado, mientras tarareaba alguna canción conocida.
 
Una persistente bruma, que el sol no tardaría en disolver, se mantenía prisionera de una tupida red de robles y castaños. Ahora, el oscuro camino tapizado de verde, se transformaba en un serpenteante sendero que intentaba abrirse paso entre helechos y toxos, para luego perderse definitivamente entre la maleza. Justo donde el bosque terminaba su empinada pendiente, un crujiente puentecillo, construido a base de troncos y piedra, franqueaba un ruidoso arroyuelo. Por allí cruzó el ganado y su pastor hacia el prado, situado en el centro del profundo y estrecho valle del Arandedo.
 
En cuanto el cuarteto vacuno olfateó el fragante frescor de la hierba, se desentendieron por completo de sus cuidadores y buscaron un cómodo rincón donde pacer. Morito, por su parte, se echó cerca de su dueño, que contemplaba absorto el discurrir del agua por el reducido cauce. Le preocupaba realmente la rutina en que había convertido su vida. A Cacholo no parecía importarle matar sus tardes libres cerca de una barrica de vino, pero Suso compartía más del espíritu inquieto de su amigo Teixo, aventurero, mujeriego y un poco alocado. Por lo menos en sus sueños, ya que él nunca llegaría a ser así, y lo sabía, aunque tampoco necesitaba tanto; bastaba con que el destino le diese una pequeña oportunidad.
 
Aquel prado era uno de los más alejados de la casa y, por tanto, uno de los menos frecuentados; sin embargo tenía un cierto encanto que nunca había sabido describir: dos montes, poblados de madera y musgo, y que, a parte de una importante reserva maderera, constituían una de las zonas más inhóspitas de la región, se unían formando un encajado valle, angosto y escondido por una infranqueable maraña de árboles. Un riachuelo cortaba las dos laderas y, a uno de sus lados se elevaba en suave pendiente, una hilera de pequeños pastos robados al bosque.
 
El sol comenzaba a acariciar con sus primeros rayos las copas de los altivos chopos, y la brisa de valle componía su melodía entre las ligeras ramas. Suso, tumbado sobre la hierba, sin protegerse de la humedad, miraba al cielo sintiendo cómo las nubes se deslizaban por su mente.
 
Gracias a la inclinación del terreno, aun a pesar de estar tumbado, podía ver delante de él la tupida barrera de robles y abedules, cuyos brazos extendidos crecían rectos hacia lo alto, luchando entre ellos por alcanzar algo de luz. Un gavilán salió por detrás del muro verde y giró en círculos encima de su cabeza; sin duda era el mismo que había visto las dos únicas veces que bajó hasta allí en el mes de junio. Después de unos minutos contemplando su vuelo, escuchó un silbido prolongado, profundo, y el ave cambió repentinamente su rumbo, picando vertiginosamente hasta unos cinco metros del suelo para luego, batiendo sus alas con fuerza, pasar en vuelo rasante muy cerca de él y desaparecer tras un recodo del valle.
 
El hecho de que aquel gavilán respondiera a una llamada humana y que no fuera, además, la primera vez que lo veía, hizo llegar a Suso a la conclusión de que alguien compartía con él aquellos solitarios parajes, por lo que no se lo pensó dos veces: se levantó de un salto y siguió al ave rapaz movido por la curiosidad.
 
Atravesó los prados por su parte alta, siguiendo el curso de una acequia poblada de ranas y ensombrecida por la ladera, cortada a pico al borde mismo del canal. Cuando hubo saltado la pared que separaba la tercera y cuarta parcela sin haber visto rastro del animal, se detuvo tratando de decidir si merecía la pena continuar. Justo en ese momento, una diáfana voz a sus espaldas lo sacó de tales cavilaciones:
 
—¡Hola!
 
Se dio la vuelta y, entonces descubrió al pájaro de plumaje gris-azulado, que le miraba despreocupadamente encaramado al puño de una sonriente muchacha, sentada al pie de la medianera, oculta desde el otro lado por las piedras.
 
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lunes, 4 de junio de 2018

Mala fama 6. Like a virgin


No es una parte de mi vida de la que me guste hablar, pero ya que he comenzado, no la voy a obviar. Acababa de cumplir los quince. No lo recuerdo por nada en especial, sino solo por la conversación que tenía lugar.
 
—¿Cuántos tiene?—preguntó el gordo a mi tío—.
 
—Quince recién cumplidos—contestó él—.
 
—¡Vaya! La niña bonita.
 
—Sí, ha salido a su madre.
 
—Me refiero al número, cretino.
 
—Bueno, yo de números no entiendo.
 
—No, si ya se ve. Pero regatear sí que sabes. ¡Veinte mil napos! Fue lo acordado.
 
—Desde que la Lola murió, corro con todos los gastos de la cría y, hasta que pueda ponerla en la calle, estoy a dos velas.
 
—No te quejes. Puedes agradecer, que antes de secarse, la planta te dejase su flor, capullo.
 
—También podría colocarle algo de «farlopa» si usted quisiera.
 
—No necesito más camellos... Habla con Manuel. Dile que te mando yo. Que te dé un par de micropuntos. ¡Y déjame con la chica de una puta vez!
 
El gordo era uno de los «jefes» del barrio. «El oso», le llamaba mi tío por detrás. Más que refiriéndose a su corpulencia, por una particular interpretación del apelativo que tenía entre sus hombres, «The boss». Se decía que era un crápula sin escrúpulos. El caso es que, entre ocio y negocio, le daba a la droga, a la extorsión, al vicio y a la corrupción. Por eso, en los fondos más bajos, era también conocido por «The big pig». Él, que no tenía nociones de inglés, decía que le daba igual cómo le llamasen, mientras fuese con «don»: «don Boss», «don Pig» o simplemente Don.
 
El caso es que, después de la presentación, el tío Fran se largó, con sus treinta monedas y su dosis de felicidad, y yo me quedé allí de pie, ante la mirada lasciva del gordo.
 
Podría decir que aquel momento fue el peor de mi vida. Que se llevó los últimos retazos de inocencia. Que me abrió las puertas del infierno. Que anuló y pisoteó hasta la humillación mi dignidad como mujer, como persona. Si, quizá con otra perspectiva podría decirlo. Pero la verdad es que no fue así. Todo eso ya lo había vivido de forma continuada durante los dos últimos años. No. Más bien, aquellos minutos con el gordo, fueron la prueba de acceso a una carrera en la que, hacía tiempo, me habían matriculado y en la que, gracias a mi tío, llegue a licenciarme con matrícula de honor.
 
Mi madre había intentado mantener mis primeros años de la infancia en esa especie de realidad alternativa a la que todo niño tiene derecho, hasta que una sobredosis de «matarratas» echó por tierra su esfuerzo y a ella la enterró. El tío Fran se encargó, a partir de ese momento, de hacerme ver la cruda realidad. Y también de hacer que me la tragase, por muy cruda que estuviese, aun a riesgo de vomitar. Porque, puede que una vagina intacta fuese fuente de ingresos a preservar, pero el resto de mi cuerpo eran clínex de usar y tirar, con los que limpiaba su trépano, a falta de útero que taladrar.
 
En aquel momento, lo único intacto era un himen que ya no protegía ninguna virginidad. Pero eso el gordo no lo sabía. O no le importaba.
 
—¿Así que eres hija de la Lola?... ¿No serás Lolita?
 
A carcajadas río su propia ocurrencia.
 
—Mi nombre es Felicia.
 
—Felicia... Me gusta. Suena como «felatio»
 
Volvió a reír y su enorme barriga tembló como un gran trozo de gelatina grasienta.
 
—Y bonito vestido... ¡Vamos! Enséñame lo que hay debajo.
 
No estaba en condiciones de negarme, así que obedecí. Metí las manos bajo la tela, tiré de las bragas hasta sacarlas por los pies, hice con ellas una pelota y se la lancé a la cara.
 
—¡Vaya! Nos ha salido insolente, la niña bonita... Pero como eres lista, sabrás lo que te conviene... Tu tío te ha traído para que sea yo quien te desflore. Y he pagado por ello, te lo puedo asegurar. ¡Quiero verte desnuda!
 
Dijo esto mientras apretaba mis bragas contra su nariz aspirando con fuerza. Tanto que pensé que lo siguiente sería sonarse los mocos con ellas. Quizás ocupada en este pensamiento, no me percaté de que mi pasividad podía interpretarse como insolencia.
 
El gordo, molesto, chasqueó los dedos y «el flaco» salió a escena. Un tipo desabrido y malencarado, es decir, feo de narices, surgió de los toriles y se vino a mí como una bestia. Me propinó una bofetada con su mano descomunal y rasgó mi vestido hasta dejarme en cueros.
 
—¡Ponla sobre la mesa!—ordenó el «don», y su esclavo, sumiso, me sujetó por ambas muñecas con una sola mano y me arrastró hasta colocarme espatarrada sobre una mesa de salón. Como carne cruda en el cepo del carnicero. Como cruda realidad.
 
El flaco me agarraba del pelo y las muñecas, mientras el gordo se desabrochaba el sofá y se bajaba los pantalones.
 
Bajo su prominente barriga velluda debía de haber un pene, pero yo no llegué a verlo... Ni a sentirlo, por mucho que él se empeñara en lo contrario, a base de empellones contra mi entrepierna.
 
—Tienes unas buenas tetas, para ser del quince—Decía mientras las estrujaba con sus manazas, buscando estimular su poco estimulante miembro.
 
Yo solo veía una panza hinchada y peluda rebotando contra mis muslos y, extrañamente, en lo único que pensaba era en que por fin comprendía en toda su dimensión el porqué del apelativo que mi tío le daba. Y quizás concentrada en esta reflexión, no pensé que mi displicencia podía interpretarse como repugnancia.
 
El gordo, molesto, chasqueó de nuevo los dedos y el flaco comprendió que le tocaba jugar. Sin mediar orden verbal alguna, el esbirro me sustrajo de las garras de su jefe y me giró como a una peonza, poniéndome boca abajo, con las piernas colgando, las muñecas a la espalda y la barbilla contra la tabla.
 
Al no mediar palabra, no sé si la postura obedecía a los deseos del jefe, de poner mi cara a la misma altura que aquella parte de sí mismo que no daba la talla, o a los del lacayo, de evitar que viese lo que se me venía encima.
 
He de reconocer, haciéndole un favor al flaco y flaco favor al gordo, que aquél fue delicado, teniendo en cuenta la artillería que cargaba, y mientras la realidad, cruda y palpitante, penetraba en mi cuerpo a traición, destruyendo el último baluarte de redención, ante mí se dibujaba la figura de un personaje grotesco, entre sátiro y humano, que masturbaba su minúsculo cerebro con imágenes de perversión. Y quizás sumida en esta consideración, no pensé que mi desdén podía interpretarse como arrogancia.
 
El gordo, exasperado, chasqueó de nuevo los dedos y, como si de un resorte se tratase, el esclavo abandonó mi cuerpo y soltó la tenaza de mis manos. Yo reculé por detrás de la mesa y aún mis nalgas tropezaron con su arma en retroceso.
 
Don Big Pig, sofocado y sudoroso, se dejó caer de nuevo en el sillón sin siquiera subirse los pantalones. Si hubo allí alguna vez un pene, éste había vuelto a esconderse, cual caracol que se arrastrase en su propia baba.
 
—Eres una puta descarada, «Felatio»—me dijo mientras me arrojaba de nuevo las bragas, que yo recogí al vuelo—, y lo único que vas a ganar en mi barrio es... ¡Mala fama!
 
El flaco me puso de patitas en la calle, donde me esperaba mi tío. El gordo se quedó con la flor y yo volví con el capullo.
 
«The big pig» no tuvo oportunidad de comprobar el vaticinio de sus últimas palabras. Murió poco tiempo después, cuando alguien chasqueó los dedos y un tipo desabrido y malencarado, perro flaco con distinto collar, le partió el cuello con sus manos descomunales. ¿Quién dijo que el tamaño no importa?
 
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miércoles, 23 de mayo de 2018

Costa da Morte


A mi padre, allá donde esté.

«O Solpor», un lugar adecuado para buscar compañía en la noche más negra. Esa noche en la que, por mucho que la luna llena o todas las farolas del puerto iluminen la calle, la melancolía se pega a tus pasos y te sigue como una sombra. La barra encalada, con encimera de granito azul, me recordaba a los paisajes de mi Santorini natal y, la decoración marinera me hacía pensar en las insalvables diferencias entre esta mar, fría y tempestuosa, y aquel Mediterráneo donde me crié, cálido y acogedor.

Las tripulaciones bebían aguardiente, fumaban y jugaban en su última noche en el puerto gallego. Al alba les esperaba ese océano oscuro, que habían de cruzar una vez más. Soy marino y nací mirando al mar. Amo mi trabajo y sería incapaz de quedarme varado en tierra. Sin embargo, eso no quita que, alguna que otra noche, la nostalgia me invada, como si cada marcha no fuese más que una huida, como si dar la vuelta al mundo no fuese más que un regreso al sol del Egeo que dejé a mi partida pensando que, allende el mar, existía un sol distinto.

Al final de la barra, fumaba una mujer de edad imprecisa. No bebía. Solo miraba el viejo teléfono grasiento de disco giratorio que aún colgaba en la pared, como si esperase alguna llamada desde un pasado ya demasiado lejano en el tiempo. Llevaba botas de agua y un vestido ligero bajo una rebeca de color turquesa. Un atuendo un tanto extraño para la estación, que contrastaba con mi gruesa trenka forrada con piel de borrego.

—¡Hola!.. ¿Puedo acompañarte mientras bebes?

—No estoy bebiendo.

—Pero puedo invitarte a algo.

—¿Qué te hace pensar que me apetece?

—No soy tan listo... Solo pruebo suerte.

—¿Qué estás buscando?

—No lo sé... Una mar en calma, una puesta de sol, que termine esta noche...

—Nada que no vaya a ocurrir.

—No quiero estar solo cuando ocurra.

—¿Cuál es tu barco?

—El Antares.

—¿El carbonero griego?

—Veo que es cierto lo que dicen, que los gallegos preguntan mucho.

—Lo que dicen es que contestan a una pregunta con otra... Sea como sea, yo no soy gallega, tan solo quedé varada en esta playa.

—¿Sí?... ¿Y qué barco te trajo a ti?

—Uno de tantos...

—¡Amigo!, tráeme una botella de ron añejo, un vaso con hielo y lo que aquí, la señorita, quiera tomar... Brindaremos por esta noche y por... «uno de tantos»

—Esta noche no importa, marinero... Solo somos girones de niebla que se funden en la mar. Restos de un naufragio que no terminan de hundirse.

No intenté escrutar su mente. Ya lo dije, no soy tan listo. Solo la miré a los ojos del azul más claro que había visto en mi vida, esperando que ella escrutase la mía.

Y puede que lo hiciera porque, a continuación, me cogió la mano y me dijo:

—Tienes un largo viaje por delante y yo no soy más que un pequeño farolillo en la tormenta.

—A veces, un farolillo es suficiente para llevarte a puerto.

—A veces, la niebla se espesa y hace perder el rumbo al capitán más avezado.

—Yo no soy capitán, y mi rumbo está trazado. Quédate conmigo hasta que rompa el día, que más allá no hay nada.

Ella pareció sopesar mi proposición durante un largo minuto de silencio en el que su mirada, de nuevo, se instaló en el viejo teléfono. O quizá fuera en el reloj de pared que, a su lado, marcaba una hora imposible; el momento en el que el tiempo parecía haberse detenido en aquel bar. Sus palabras, transcurrido ese momento, fueron desconcertantes.

—Tienes razón... Sea. A fin de cuentas, ni tú has venido hasta mí por casualidad, ni yo tengo derecho a eludir mi destino, por muy grande que sea el hastío...

—Bueno, tampoco hay por qué tomárselo así, que no estamos hablando de grandes cambios… Como tú has dicho, ni un farolillo es el sol, ni un marinero gobierna su barco.

—El barco que me trajo era el Bonaire... Un petrolero Lisboeta que se dirigía a los astilleros de El Ferrol para hacer unas reparaciones. Como el trayecto era corto, dejaron que algunas mujeres embarcáramos con la tripulación. Llevábamos meses sin ver a nuestros maridos. A cinco millas del Cabo Fisterra, en medio de la niebla más opaca que nunca hubiera visto, otro barco surgió de la nada. Un carguero francés. Nadie se explicó cómo pudo pasar. Los instrumentos lo situaban a dos millas a babor. Pero la colisión fue brutal. Estallaron los tanques de gas del Bonaire. Solo hubo quince supervivientes. El resto, muertos o desaparecidos.... Las mujeres estábamos hechas a vivir estas cosas desde tierra, pero no a compartirlas.

—Conozco el percal... Y siento mucho lo que te ha pasado. Quizá por eso, ningún amor me espera al otro lado del estrecho. Ninguna mujer tendrá que llorar por mí… Pero no es ésta, noche para recordar. ¡Eh, amigo! ¿Qué pasa con esa botella?

—No era el primer naufragio en esta costa. Tampoco fue el último. Los pecios se acumulan en las profundidades, entre las rocas. Punta Langosteira, Camelle, Cabo Vilán, Camariñas... Nombres con lastre de muerte. Los cadáveres, las familias destrozadas, ya se cuentan por centenares, las almas extraviadas nadie lo sabe. Desde que el Bonaire yace en el fondo del mar, este es mi lugar, junto a ellos… Mi nombre es Consuelo.

—Pues yo odio esta costa, Consuelo. Es tan diferente de mi soleado Santorini. Entiendo que haber sobrevivido a semejante tragedia te haya convertido en una especie de hermanita de la caridad que ayuda a sus semejantes… Pero mi barco zarpa de madrugada rumbo a Filadelfia, así que... simplemente, pégate a mí y deja que la noche nos envuelva.

— Solo te equivocas en una cosa, Petros… Yo no sobreviví.

De repente, mi percepción de las cosas cambió por completo.

—¿Cómo?... ¿Qué?... Ah, entiendo. Por eso estás sola en un bar lleno de hombres... ¡He ido a dar con la loca del pueblo! Esto tenías que decirlo después de haber dejado que me bebiese esa maldita botella de ron... ¡Eh, tú, amigo! Ya no hace falta que me traigas nada… Creo que dormiré en el barco.

Ella me retuvo cogiéndome del brazo. Su contacto fue como el hielo en la piel, a pesar del forro de borrego.

—El Antares zarpó hace un año. Y regresó. En medio de una terrible tormenta que lo hizo encallar en los arrecifes de Punta do Boi. Tu barco se hundió, exactamente a la hora que marca ese reloj. Murieron todos los tripulantes, aunque... nunca se encontraron sus cuerpos. Sus familias, aquellos que les recuerdan, todavía esperan esa llamada de… consuelo.

—Esto es de locos.

—Puede... De locos, pero no de borrachos. De momento, ningún alma perdida ha conseguido que Ramón le sirva una copa. Su realidad y la nuestra, son diferentes, Petros.

—Eso no quiere decir nada... Solo que este tío está sordo... ¡Espera! No recuerdo haberte dicho mi nombre.

—Tú me has buscado. Solo tú puedes verme, marinero. Como solo yo puedo verte a ti. Cuando alguien se dirige a mí, sé que ya está muerto. Es mi sino y mi maldición, guiar a las almas perdidas, a las que nunca volvieron a puerto, hasta que encuentran el descanso. Cuando me has dicho cual era tu barco, he sabido por qué estabas aquí. Yo soy tu faro en medio de la noche más larga. No temas. Has regresado.

Entonces, ella me abrazó. Y ya no fueron necesarias las palabras para comprender.

El amanecer ya clarea el horizonte. «O solpor» está echando el cierre. Consuelo y yo, miramos al mar por última vez, antes de fundirnos en la bruma. Le he pedido que venga conmigo, pero me ha dicho que este es su lugar. «En esta costa, siempre habrá marineros que necesiten mi luz».

Si alguna vez te la encuentras, no tengas miedo. Habla con ella. Quizá no esté por la labor, pero será la única que pueda guiarte. El último faro en A Costa da Morte. Deja que te abrace. Su nombre es Consuelo.
 
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lunes, 7 de mayo de 2018

Carroñeros


Extracto de grabaciones para artículo pendiente de edición (traducciones del inglés y del bengalí)
 
J.F. Director financiero de Ship Scrapping Industries, Daca (Bangladesh), 05-10-2015
 
…¡No tengo tiempo para estas cosas, chico! Ponte en contacto con el Departamento de Prensa… ¡Lo breve va a ser tu visado como sigas por ese camino!... Vamos a ver, ¡estoy más que harto de toda esta basura! Todo lo que hacemos es limpiar de mierda vuestro hipócrita culo occidental. ¿Sabes por qué todas las navieras traen sus «panzudos» a esta playa?... Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, ¿no? Pues nosotros lo hacemos... A pesar de la Convención, las compañías nos venden sus buques viejos por una razón muy simple… Porque ganan dinero. Pero no solo eso… el acero que nosotros sacamos de esos barcos supone el noventa por ciento del consumo nacional… Los motores que reciclamos funcionan como plantas generadoras en muchos de los pueblos de las laderas… ¿Necesitas más datos? Pues ve y pídeselos a esos idiotas de la «Plataforma». Por mucho que se hagan los remilgados, saben que somos el motor del país… ¡Y ni se te ocurra ir por ahí sacando fotos, eh!...
 
S.B. Capitán de Marina Mercante, Chittagong (Bangladesh), 08-10-2015
 
… Solo le pido que no me juzgue. Alguien tiene que hacerlo. Si no lo hago yo, lo hará otro… ¿Qué por qué me dedico a esto? Llevo muchos años en esta profesión, sabe usted. Demasiados… Tantos meses en alta mar… El salitre se te mete en el cuerpo. Antes las travesías podían durar meses, pero luego compensaba con una buena temporada en tierra. Ahora todo es mucho más rápido, pero no paras. He tripulado todo tipo de mercantes, incluso mercancías peligrosas. Hasta he sufrido los ataques de los piratas en Costa de Marfil. Estoy cansado. Y no dejo de ser un puñetero mercenario, qué quiere que le diga… Los de la naviera pagan bien. Muy bien. Sí, ya sé que es peligroso, pero no más que muchas cosas que ya he hecho. Ahora sé que al menos, serán unos pocos años más y podré retirarme con algo de dinero… Sí, bueno, el procedimiento es sencillo, no hay ningún secreto… Pero por favor, que no salga mi nombre a relucir… A fin y al cabo, yo no soy más que un marino… Un bróker en Londres compra la nave al armador y luego la revende a la naviera bengalí que se va a hacer cargo del desguace, después de cambiarle nombre y bandera por la de un país que no haya firmado la Convención… Lo que a mí me toca es buscar una tripulación barata, asiática casi siempre, traerlo y vararlo en la arena… Espero marea alta, pongo rumbo a la playa a toda máquina y… ¡Zas!... Parece fácil, pero no es lo mismo que aparcar un coche en batería, por mucho que lo parezca con todos esos «dinosaurios» colocados uno al lado de otro a lo largo de varios kilómetros… El resto no me importa… Y yo que usted tampoco me andaría metiendo entre la chatarra. Es peligroso, ya me entiende…
 
H.D. Cortador especialista en oxiacetilénico, Fauzdarhat (Bangladesh), 15-10-2015
 
…¡Sí, sí! Estoy contento con mi trabajo. Tener trabajo aquí no es fácil… Yo empecé de porteador, llevando esos pesados cabestrantes por el fango día tras día… Pero miraba y aprendía… Hasta que pude comprar un soplete y una radial, y le dije al patrón, patrón, déjeme probarlo, si no sirvo vuelvo a la playa… Desde ese día corto planchas de cientos de toneladas… Hasta en cinco buques he desguazado, y en uno cisterna, de esos que si no te andas con ojo al cortar cerca de los tanques… ¡Boom! Adiós a toda la cuadrilla… Sí, sí, hay peligro. Y mucho. Pero es un buen trabajo. Y el patrón es bueno… Aquí se aprovecha todo, sabe usted… Como con el cerdo… Hasta el fuel, los cables, los farolillos… Yo tengo un sillón de oficial en mi casa, el patrón me dejó quedármelo… Es bueno. Muchos aquí tenemos trabajo… Sí, vamos descalzos pero… aquí siempre vamos descalzos…
 
J.Y. Ayudante de cortador, Fauzdarhat (Bangladesh), 17-10-2015
 
… Tengo catorce años, señor… Todos aquí tenemos catorce años… ¡O más!… No llevo mucho aquí, no… Empecé con catorce años, señor… Mi hermano era ayudante de cortador antes que yo, pero murió, lo reventó un motor que se soltó de la polea…Somos muchos hermanos, sí, todos trabajamos en los desguaces, y mi padre trabajó hasta que tuvieron que cortarle la pierna… Se le… se le… No sé cómo se llama eso, pero si no se la cortan, se le va al corazón decían… A mí me pagan sesenta rupias, señor… Tengo suerte de ser más pequeño, por eso me pagan más, porque puedo meterme por las escotillas, por los tubos y las chimeneas…Una vez me quedé atascado, y no podía respirar, pero mi hermano me tiró de los pies y pudo sacarme… Ese día me dejaron marcharme a casa el resto del día… No, fue por respirar el gas, muchas veces no se pueden limpiar bien los tanques… ¿Miedo?... Sí, no sé, algo sí… Varias veces me he cortado con las planchas… Mire, señor, estas son las cicatrices… No, esa me la hizo un soplete… Me han dicho que, cuando tenga catorce años, me dejarán manejar uno…
 
Notas personales:
 
«Olores intensos impregnan el aire, mezcla de todo tipo de sustancias tóxicas y combustibles, gigantescos monstruos de acero, mercantes, petroleros, contenedores, oxidados, abiertos en canal, llenando la arena de tubos y cables como si de intestinos se tratase, extienden sus cadáveres alineados, dejando que la marea negra penetre sus llagas, las explosiones se suceden a intervalos irregulares, o el aterrador desgarro metálico de las enormes planchas de acero al caer, mientras miles de seres minúsculos, zombies harapientos, descalzos en el fango venenoso, arrastran cadenas, interminables maromas, o cargan piezas de hierro de tamaño descomunal»

Hasta la fecha no he conseguido la publicación en ninguno de los tabloides nacionales. A nadie le interesa un desguace de barcos en Bangladesh, me han dicho.

Me ha llamado I.A., un escritor de Ciencia Ficción, interesado en la historia para un guión cinematográfico. He aceptado. No se puede vivir del aire. Y a fin de cuentas, ficción y realidad, son el mismo hecho en lugares o tiempos distintos.
 
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lunes, 23 de abril de 2018

Ocre


En la gélida noche invernal resplandecen los fuegos de la caverna, como un llameante ojo de cíclope en el rostro oscuro de la montaña.
 
Dentro del ojo, un puñado de hombres envueltos en pieles de oso se agrupan en torno al hogar, donde se asan los cuartos traseros de un reno. El olor a humo, a cuerpos mugrientos, a restos putrefactos de animales, enrarece el aire.
 
Una madre amamanta a su hijo, varios niños juegan con piezas de hueso, un hombre talla herramientas de piedra, una anciana cura las heridas de otro con un ungüento preparado a base de hierbas.
 
Las llamas iluminan los rostros de los hombres, acentuando sus anchas narices, el prominente arco superciliar, la frente huidiza y el cráneo proyectado hacia atrás. Uno de ellos, el que porta un tocado de plumas y el rostro pintado con ocre, se dirige a los demás en un lenguaje de miles de años, quizá de cientos de miles de años. Con sus manos dibuja formas, que las llamas se encargan de transformar en seres vivos contra el fondo pétreo. Todos le escuchan expectantes. La estación fría es cada vez más larga, las nieves, perpetuas en las montañas; los clanes merman, pues cada vez son más los que duermen «el sueño para siempre». Todos saben que el gurú puede alejarles del peligro con su magia, o traer al valle las grandes manadas de uros cuando las nieves se retiren, antes de que los más débiles perezcan en el interminable invierno. Todos permanecen absortos en la palabra y los movimientos del líder espiritual.
 
Todos menos uno.
 
Moor parece dormir en su rincón, una pequeña cavidad acondicionada con hierbas secas y alejada del bullicio de la sala común. Pero solo lo parece. Aunque su cuerpo permanezca inmóvil de cara a la pared de roca, su mente se halla lejos de este lugar.
 
Desde que inició la búsqueda todo había cambiado. El gurú lo había ungido con la señal, dos trazos con pasta de ocre en los pómulos y un tercero cruzando la nariz. Él era el designado para encontrar el lugar donde habrían de honrar a La Madre en aquel nuevo valle. «Ha de ser una cueva profunda—le había dicho el gurú—, a menos de dos días de camino… Busca al espíritu del Gran Oso»
 
La encontró al cabo de varias lunas. Un pequeño hueco entre las rocas que divisó porque, de su interior, emanaba un resplandor, demasiado débil para ser un hogar, demasiado luminoso para ser natural. Podía ser la señal que esperaba. Penetró en la gruta con cautela, con el silencio de un depredador. Hasta que descubrió el origen de la luz y, fue cuando su mundo cambió.
 
Una hembra humana manipulaba algo frente a la mecha encendida, acuclillada en el suelo de piedra. Humana, pero distinta. Parecía incluso más alta que él mismo, de frente amplia, mentón recto, nariz pequeña y ojos enormes… Era como si le hubiesen aplastado la cabeza por delante y por detrás. Sin embargo, su olor no era desagradable… Incluso podía ser atrayente.
 
Cuando intentó retroceder, el ruido de un guijarro le delató. Ella se giró lentamente. Alzó la llama. La luz ambarina creó un espacio compartido entre ambas siluetas, y se reflejó en cuatro pupilas coincidentes. Moor fue incapaz de cualquier movimiento, paralizado por la presencia de aquel ser extraño. Toda su potente musculatura en tensión, preparado para huir o, para defenderse. Entonces, algo nuevo volvió a ocurrir. Algo distinto. Los labios de ella se estiraron, se abrieron mostrando unos dientes blancos. Estaba claro que era muy joven. Fue muy extraño para él pero, por algún desconocido motivo, sintió el impulso de imitar su gesto. Moor abrió la boca de dientes negros, gastados, hasta que sus comisuras dibujaron un arco completo en su rostro sin barbilla. La tensión se relajó por obra de La Madre.
 
Ella se acercó muy despacio, caminando en cuclillas, tan solo la luminaria en sus manos. Cuando estuvo muy cerca miró a Moor con curiosidad. Sin miedo. Él estaba hipnotizado por aquel rostro peculiar de cejas planas y pómulos marcados. Ella adelantó su mano libre, muy lentamente. Moor tuvo el impulso de huir, pero no lo hizo. Dejó que aquellos dedos largos y finos tocasen su rostro, rozando las líneas pintadas de ocre. Él comprendió. Era la señal. Entonces, tocándose el pecho, pronunció su nombre.
 
—Moor
 
Ella, imitando el gesto, se presentó:
 
—Ar Muut
 
Acto seguido, señaló la pintura en el rostro del hombre.
 
—Eta poss
 
—¡Moor!—dijo él de nuevo, dándose varios golpes en el pecho.
 
Muut negó al no sentirse comprendida. Hizo el gesto de pintarse las mismas líneas en el rostro y después, levantó la llama por encima de la cabeza.
 
—¡Eta poss!—insistió dirigiendo su mirada a las paredes de roca, ahora iluminadas.
 
De repente, ante los ojos del asombrado Moor, se abrió un mundo de colores vivos en el gris pétreo, un mundo en el que, caballos, renos, bisontes, ciervos, llenaban el espacio en manadas imposibles. No solo el ocre, sino también el color del sol, el color de la noche, el color de la sangre, abrían el angosto mundo de la caverna a otro desconocido.
 
Aunque a veces había tenido sensaciones extrañas cuando el gurú le había hecho tomar ciertas hierbas, jamás había visto una ensoñación semejante. El clan también usaba los pigmentos: el ocre consagraba el lecho de los que duermen para siempre, el rostro de quienes inician la búsqueda, aquellos lugares en los que La Madre propiciaba la abundancia, e incluso las paredes de las cuevas donde honraban a su espíritu. Pero nunca antes había visto a nadie crear formas tan perfectas de la nada.
 
Decía el gurú que aquellas gentes, «los altos», venían de donde nace el sol, construían abrigos con pieles y madera que resistían los vientos, cazaban con venablos que arrojaban desde muy lejos, y pintaban sus cuerpos de vivos colores. Moor no había visto nunca a ninguno. Se podía llegar hasta «el sueño para siempre» sin haberlos visto. Y ahora, él, el elegido para la búsqueda, estaba solo ante uno de ellos, ante una «maar»—la que trae vida—. Y estaban en su «loor», el lugar sagrado sin duda alguna.
 
Muut untó sus dedos en la pasta que tenía preparada y los aplicó al interior de la línea negra que contorneaba un relieve en la pared de roca. Ante los sorprendidos ojos de Moor, el abultamiento pétreo fue cobrando vida en la figura de un bisonte en plena embestida. Después, tomó los dedos cortos de Moor y los manchó de color. Él dudó un instante y luego, acercó su mano a la piedra, dibujando los cuernos del animal con el índice. Dibujó ambos cuernos, como si la figura fuese vista de frente aunque se tratase de un perfil. Divertida por la torpeza estilística, Muut volvió a abrir su boca, emitiendo un sonido estentóreo que retumbó en la cueva. Moor se sobresaltó, pero al momento comprendió que aquel extraño lenguaje hablaba de liberación, de alegría, de paz, y él, hipando tan alto como pudo, trató de ponerse a la altura. Las carcajadas llenaron el silencio de la caverna por primera vez en millones de años.
 
Ahora Moor parece dormir. Pero solo lo parece. Es un sueño intranquilo pues, aunque él no conoce esa sensación, se siente culpable. Culpable porque no le ha hablado al gurú de su encuentro, ni de la cueva de «los altos».
 
Antes de marcharse, Muut le cogió la mano, depositando en ella un trozo de ocre. Después le dijo algo, en un lenguaje para él incomprensible.
 
Hay en su mente muchas preguntas. Demasiadas cosas separan a los de su propia gente de aquellos otros, orgullosos, «altos». Sin embargo, sabe que, cuando salga el sol, volverá a esa gruta. Él lo ha soñado. Un nuevo ser humano está surgiendo. Un ser humano capaz de ver lo que no existe, capaz de pintar lo que sueña, lo que desea y, quizá, de crearlo. Moor no sabe todo esto. Está muy lejos de comprenderlo. Pero cuando salga el sol, acudirá a la llamada. Porque algo, en lo más recóndito de su antiguo cerebro le dice que él, forma parte de ese sueño.
 
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lunes, 9 de abril de 2018

¡Qué verde era mi barrio! Cuernoterapia


Hace algunas décadas, quizá no muchas, existía un mito urbano por el que, cualquier presunto hijo biológico del que se tuviera la más mínima duda sobre su paternidad, era vástago del «butanero». Como si el abnegado servidor del gas que encendía nuestros fogones por aquel tiempo, fuese el único palo que podía sostener la verga de la infidelidad. Eran los tiempos del divorcio, del «destape nacional», cuando los españolitos consumían cine pseudo-cachondo después de la siesta el sábado-sabadete y la única sexualidad con carácter parecía expresarse fuera del matrimonio y de la bendición eclesial. El blanco y negro había dado paso a los colores chillones y, claro, aquí, el «hombre del butano», con su llamativo naranja, marcaba tendencia a salto de cama y fondo de armario.

En este relato, el sufrido empleado del gas es un servidor, o sea yo. Y que me queme en el infierno azulado si, en lugar de pesadas bombonas anaranjadas, me dedico a repartir descendencia por el barrio entre las aburridas amas de casa. Eso sí, anécdotas no me faltan y, para muestra, estas pocas líneas.

Don Manuel y su esposa doña Carmen, vivían en un cuarto sin ascensor. Por aquél entonces, solo los quintos en adelante tenían ese privilegio y, de esos había pocos en el barrio, por suerte para mí porque, si había ascensor, no había propina, y en este caso, sobre todo en el de doña Carmen, era generosa. Tanto como su escote, o la abertura de su bata de boatiné.

—Déjela aquí mismo, Jaime—me decía siempre—, y pase a tomarse un cafelito con unas madalenas, que las tengo… la mar de tiernas.

Y no mentía. Tan esponjosas eran sus madalenas, que se pegaban a los dedos y llenaban la boca. Y mientras ella, en busca del tarro de azúcar, estiraba todo su cuerpo hacia el estante más alto, yo admiraba el esplendor de su arte culinario y su modelado culiprieto.

—¡Ay, doña Carmen!, que siempre se le olvida ponerme el capuchón.

—¡Ay, Jaime, si usted supiera!… Que es mi marido el que me cambia la bombona y, si yo no estoy encima… el capuchón se lo pone donde yo le diga a usted.

Con sus sonoras carcajadas, hasta las tiernas madalenas temblaban y yo también, por añadidura, que me entraba una calentura que ni los cuatro pisos, bombona a cuestas, bajaban.

Yo sabía que aquello terminaría mal, pero lo que no imaginaba era cómo. La respuesta me llegó días más tarde, en el siguiente servicio que tuve que prestar en aquel domicilio cuando, en lugar de abrirme la puerta doña Carmen, lo hizo su marido.

En aquella ocasión sí que tuve que tomarme el cafelito con sus correspondientes madalenas. Don Manuel insistió en conversar unos minutos conmigo pues, según él, tenía una pequeña propuesta que hacerme, a buen seguro muy atrayente.

—Creo que entre nosotros se ha instalado la rutina y… temo perderla—comenzó, en tono confidencial, el esposo de doña Carmen—. Por eso quiero atajar el asunto antes de que sea demasiado tarde, ahora que el divorcio está de moda.

Me parecía estar escuchando un comercial de la tele.

—Disculpe, pero no veo en que puedo yo…

—Tu intervención, amigo mío, es esencial… A ver, no se me escapa que mi señora sabe apreciar los atributos de un buen mozo como tú y… Ella es una mujer de bandera…

—Sí, eso no hay más que verlo…

—Cuidado jovenzuelo, que la decencia también es color en su pendón.

—Sí, sí, por supuesto, que su señora esposa, de pendón no tiene nada…

—Bueno, al grano. Ella necesita un poco de aventura, algo distinto. Y yo necesito saber que puedo controlarlo. De esa manera, ella estará tranquila, ni pensará en el divorcio, y yo podré conservarla. Por eso vas a ser tú quien lo haga. Mañana, cuando ella te pida un servicio… tú se lo das… Pero a fondo. Bueno, a fondo no, que no hace falta que lo des todo. Se trata de que únicamente sienta el saborcillo de la aventura, no de que se indigeste, tú ya me entiendes, que lleva tiempo en dique seco pero,… no quiero que se entregue.

Después de un «no sé qué se pensará usted sobre mí», y algún que otro regateo, pues accedí a la propuesta. Vamos que, iba a cobrar por «derecho de pernada». Porque puede que el acuerdo solo hablase de cortejo pero, cuando sacase al conejo de la madriguera,… habría que ver si quería volver a entrar sin probar la zanahoria…

A la mañana siguiente allí estaba yo como un clavo, con muda limpia y mi mejor sonrisa. Doña Carmen mostró cierta sorpresa y, aunque le expliqué que había sido su esposo quien había pedido el gas por teléfono, quedó consternada por no tener sus tiernas madalenas al punto de mi llegada. Lanzado por el doble incentivo, avancé mi cuerpo hacia el suyo y le dije que no era su bollería lo que más me atraía. La señora, recorriendo con sus dedos mi antebrazo y ensayando la picardía de una mal disimulada ingenuidad, me pidió que le dijese pronto lo que era, pues no quería verme marchar sin saciar mi apetito de… lo que fuera.

Aquel era el momento de poner toda la carne en el asador así que, sin más preámbulo, junté mis labios con los suyos y dejé que fuese la lengua la que, sin palabras, hablase por sí misma. Y la pasión se desbordó como espuma de leche pasado el punto de ebullición. Doña Carmen tironeaba de mí hacia el dormitorio. Con una mano trataba de bajar la cremallera de mi mono anaranjado y con la otra de soltar los botones de su bata boatiné. Cuando por fin nos liberamos de los uniformes de trabajo, nos miramos un instante, yo en bóxer y calcetines, ella con liguero y rulos en el pelo. Y creo que a los dos nos pareció una imagen de lo más excitante, porque nos fundimos en arrumacos sobre el colchón de muelles.

Sin embargo, ya metidos en faena y a pesar de los gemidos, los dos escuchamos nítidamente, unas llaves en la puerta. Nos quedamos inmóviles, sin saber cómo reaccionar.

—¡Mi marido!—exclamó la Carmen—.

—No puede ser… Tú marido me dijo…

—Es muy, pero que muy celoso… ¡No hay tiempo para nada, tienes que esconderte!

¡Allí no había dónde esconderse! Mientras trataba de recoger mi ropa, iba de un lado a otro como pollo decapitado. Carmen me sujetó por los hombros y, con un gesto de apremio, me empujó hacia el balcón del dormitorio, cerrando puerta y cortina tras de mí. La sorpresa fue mayúscula cuando descubro que, aquel pequeño cubículo no se encuentra, como era de esperar, desocupado… Allí estaban, casi en paños menores, el cartero, el tapicero y hasta el de Círculo de Lectores. Todos me miraban con expresión idiota.

—Pero… ¿Esto qué es, el camarote de los hermanos Marx?

—No te hagas el graciosillo—me contestó el cartero—. Solo espero que seas el último, porque si no, esto se hunde.

—Quieres decir que… ¿A vosotros os ha pasado lo mismo?

—¿No pensarás que estamos aquí para ensayar un numerito de Village People?—intervino, irónico, el tapicero.

—¡Callaos!—interrumpió del de Círculo—. Creo que esta vez sí que es el marido de la Carmen.

—¡Cariño!—se escuchó a don Manuel desde el recibidor—.No te lo vas a creer…¡Me han dado el día libre!

En cuanto a lo que siguió, creo que si alguien me lo hubiese contado, no le habría creído…

Doña Carmen hizo un gesto de silencio con el dedo en sus labios, claramente dirigido a nosotros.

—Aquí hace un poco de calor… ¿no te parece?—Dijo él mientras se quitaba la americana y aflojaba el nudo de su corbata—. Voy a abrir el balcón…

—Pero cariño, si tienes calor… —atajó ella, reteniéndole con gesto seductor—, ¿no es mejor que te quites la ropa?

Aquello fue creciendo. Y me refiero al calor en el dormitorio, al frío en el balcón, al montón de ropa en el suelo y… bueno, se pueden imaginar el resto. Sí, eso también.

Nosotros contemplábamos la escena con cierta turbación. Y es que, apretados allí los cuatro, en la estrechez de la balconada, observando a los amantes en pleno desenfreno, empezamos a pensar que el cuco de don Manuel había querido encender la llama sin gastar mechero, y por si se le mojaban las cerillas, se había guardado no una sino cuatro. Llegando en el momento oportuno, cada uno de nosotros ponía su cubierto pero sin probar bocado, y él llegaba a mesa puesta para darse el banquete, con postre y chupito. Y encima nos teníamos que callar, no fuese que saliésemos escaldados de la broma y a partir de aquello, ni pisar el barrio pudiésemos.

Cuando el amante se quedó dormido, doña Carmen nos hizo señas, y todos salimos de puntillas, creyendo que don Manuel nos había hecho la celada para llevarse el gato al agua. Todos menos yo, que sabía que también el gato… gustaba de mojar los bigotes en la fuente. Y es que nadie de los presentes, salvo su seguro servidor del butano, escuchó a don Manuel, susurrarle a su mujer al oído:

—Ha sido fantástico cariño, pero la próxima vez, si te parece bien, te apañas con la pareja de «los municipales», que vienen gratis.

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