lunes, 9 de abril de 2018

¡Qué verde era mi barrio! Cuernoterapia


Hace algunas décadas, quizá no muchas, existía un mito urbano por el que, cualquier presunto hijo biológico del que se tuviera la más mínima duda sobre su paternidad, era vástago del «butanero». Como si el abnegado servidor del gas que encendía nuestros fogones por aquel tiempo, fuese el único palo que podía sostener la verga de la infidelidad. Eran los tiempos del divorcio, del «destape nacional», cuando los españolitos consumían cine pseudo-cachondo después de la siesta el sábado-sabadete y la única sexualidad con carácter parecía expresarse fuera del matrimonio y de la bendición eclesial. El blanco y negro había dado paso a los colores chillones y, claro, aquí, el «hombre del butano», con su llamativo naranja, marcaba tendencia a salto de cama y fondo de armario.

En este relato, el sufrido empleado del gas es un servidor, o sea yo. Y que me queme en el infierno azulado si, en lugar de pesadas bombonas anaranjadas, me dedico a repartir descendencia por el barrio entre las aburridas amas de casa. Eso sí, anécdotas no me faltan y, para muestra, estas pocas líneas.

Don Manuel y su esposa doña Carmen, vivían en un cuarto sin ascensor. Por aquél entonces, solo los quintos en adelante tenían ese privilegio y, de esos había pocos en el barrio, por suerte para mí porque, si había ascensor, no había propina, y en este caso, sobre todo en el de doña Carmen, era generosa. Tanto como su escote, o la abertura de su bata de boatiné.

—Déjela aquí mismo, Jaime—me decía siempre—, y pase a tomarse un cafelito con unas madalenas, que las tengo… la mar de tiernas.

Y no mentía. Tan esponjosas eran sus madalenas, que se pegaban a los dedos y llenaban la boca. Y mientras ella, en busca del tarro de azúcar, estiraba todo su cuerpo hacia el estante más alto, yo admiraba el esplendor de su arte culinario y su modelado culiprieto.

—¡Ay, doña Carmen!, que siempre se le olvida ponerme el capuchón.

—¡Ay, Jaime, si usted supiera!… Que es mi marido el que me cambia la bombona y, si yo no estoy encima… el capuchón se lo pone donde yo le diga a usted.

Con sus sonoras carcajadas, hasta las tiernas madalenas temblaban y yo también, por añadidura, que me entraba una calentura que ni los cuatro pisos, bombona a cuestas, bajaban.

Yo sabía que aquello terminaría mal, pero lo que no imaginaba era cómo. La respuesta me llegó días más tarde, en el siguiente servicio que tuve que prestar en aquel domicilio cuando, en lugar de abrirme la puerta doña Carmen, lo hizo su marido.

En aquella ocasión sí que tuve que tomarme el cafelito con sus correspondientes madalenas. Don Manuel insistió en conversar unos minutos conmigo pues, según él, tenía una pequeña propuesta que hacerme, a buen seguro muy atrayente.

—Creo que entre nosotros se ha instalado la rutina y… temo perderla—comenzó, en tono confidencial, el esposo de doña Carmen—. Por eso quiero atajar el asunto antes de que sea demasiado tarde, ahora que el divorcio está de moda.

Me parecía estar escuchando un comercial de la tele.

—Disculpe, pero no veo en que puedo yo…

—Tu intervención, amigo mío, es esencial… A ver, no se me escapa que mi señora sabe apreciar los atributos de un buen mozo como tú y… Ella es una mujer de bandera…

—Sí, eso no hay más que verlo…

—Cuidado jovenzuelo, que la decencia también es color en su pendón.

—Sí, sí, por supuesto, que su señora esposa, de pendón no tiene nada…

—Bueno, al grano. Ella necesita un poco de aventura, algo distinto. Y yo necesito saber que puedo controlarlo. De esa manera, ella estará tranquila, ni pensará en el divorcio, y yo podré conservarla. Por eso vas a ser tú quien lo haga. Mañana, cuando ella te pida un servicio… tú se lo das… Pero a fondo. Bueno, a fondo no, que no hace falta que lo des todo. Se trata de que únicamente sienta el saborcillo de la aventura, no de que se indigeste, tú ya me entiendes, que lleva tiempo en dique seco pero,… no quiero que se entregue.

Después de un «no sé qué se pensará usted sobre mí», y algún que otro regateo, pues accedí a la propuesta. Vamos que, iba a cobrar por «derecho de pernada». Porque puede que el acuerdo solo hablase de cortejo pero, cuando sacase al conejo de la madriguera,… habría que ver si quería volver a entrar sin probar la zanahoria…

A la mañana siguiente allí estaba yo como un clavo, con muda limpia y mi mejor sonrisa. Doña Carmen mostró cierta sorpresa y, aunque le expliqué que había sido su esposo quien había pedido el gas por teléfono, quedó consternada por no tener sus tiernas madalenas al punto de mi llegada. Lanzado por el doble incentivo, avancé mi cuerpo hacia el suyo y le dije que no era su bollería lo que más me atraía. La señora, recorriendo con sus dedos mi antebrazo y ensayando la picardía de una mal disimulada ingenuidad, me pidió que le dijese pronto lo que era, pues no quería verme marchar sin saciar mi apetito de… lo que fuera.

Aquel era el momento de poner toda la carne en el asador así que, sin más preámbulo, junté mis labios con los suyos y dejé que fuese la lengua la que, sin palabras, hablase por sí misma. Y la pasión se desbordó como espuma de leche pasado el punto de ebullición. Doña Carmen tironeaba de mí hacia el dormitorio. Con una mano trataba de bajar la cremallera de mi mono anaranjado y con la otra de soltar los botones de su bata boatiné. Cuando por fin nos liberamos de los uniformes de trabajo, nos miramos un instante, yo en bóxer y calcetines, ella con liguero y rulos en el pelo. Y creo que a los dos nos pareció una imagen de lo más excitante, porque nos fundimos en arrumacos sobre el colchón de muelles.

Sin embargo, ya metidos en faena y a pesar de los gemidos, los dos escuchamos nítidamente, unas llaves en la puerta. Nos quedamos inmóviles, sin saber cómo reaccionar.

—¡Mi marido!—exclamó la Carmen—.

—No puede ser… Tú marido me dijo…

—Es muy, pero que muy celoso… ¡No hay tiempo para nada, tienes que esconderte!

¡Allí no había dónde esconderse! Mientras trataba de recoger mi ropa, iba de un lado a otro como pollo decapitado. Carmen me sujetó por los hombros y, con un gesto de apremio, me empujó hacia el balcón del dormitorio, cerrando puerta y cortina tras de mí. La sorpresa fue mayúscula cuando descubro que, aquel pequeño cubículo no se encuentra, como era de esperar, desocupado… Allí estaban, casi en paños menores, el cartero, el tapicero y hasta el de Círculo de Lectores. Todos me miraban con expresión idiota.

—Pero… ¿Esto qué es, el camarote de los hermanos Marx?

—No te hagas el graciosillo—me contestó el cartero—. Solo espero que seas el último, porque si no, esto se hunde.

—Quieres decir que… ¿A vosotros os ha pasado lo mismo?

—¿No pensarás que estamos aquí para ensayar un numerito de Village People?—intervino, irónico, el tapicero.

—¡Callaos!—interrumpió del de Círculo—. Creo que esta vez sí que es el marido de la Carmen.

—¡Cariño!—se escuchó a don Manuel desde el recibidor—.No te lo vas a creer…¡Me han dado el día libre!

En cuanto a lo que siguió, creo que si alguien me lo hubiese contado, no le habría creído…

Doña Carmen hizo un gesto de silencio con el dedo en sus labios, claramente dirigido a nosotros.

—Aquí hace un poco de calor… ¿no te parece?—Dijo él mientras se quitaba la americana y aflojaba el nudo de su corbata—. Voy a abrir el balcón…

—Pero cariño, si tienes calor… —atajó ella, reteniéndole con gesto seductor—, ¿no es mejor que te quites la ropa?

Aquello fue creciendo. Y me refiero al calor en el dormitorio, al frío en el balcón, al montón de ropa en el suelo y… bueno, se pueden imaginar el resto. Sí, eso también.

Nosotros contemplábamos la escena con cierta turbación. Y es que, apretados allí los cuatro, en la estrechez de la balconada, observando a los amantes en pleno desenfreno, empezamos a pensar que el cuco de don Manuel había querido encender la llama sin gastar mechero, y por si se le mojaban las cerillas, se había guardado no una sino cuatro. Llegando en el momento oportuno, cada uno de nosotros ponía su cubierto pero sin probar bocado, y él llegaba a mesa puesta para darse el banquete, con postre y chupito. Y encima nos teníamos que callar, no fuese que saliésemos escaldados de la broma y a partir de aquello, ni pisar el barrio pudiésemos.

Cuando el amante se quedó dormido, doña Carmen nos hizo señas, y todos salimos de puntillas, creyendo que don Manuel nos había hecho la celada para llevarse el gato al agua. Todos menos yo, que sabía que también el gato… gustaba de mojar los bigotes en la fuente. Y es que nadie de los presentes, salvo su seguro servidor del butano, escuchó a don Manuel, susurrarle a su mujer al oído:

—Ha sido fantástico cariño, pero la próxima vez, si te parece bien, te apañas con la pareja de «los municipales», que vienen gratis.

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24 comentarios:

  1. Ja, ja, ja. Me gustaría saber de dónde sacas estos personajes de este barrio tan de comedia española. Están tan bien construidos los personajes que estoy segura que si me los encuentro por la calle los reconozco. Deberías buscarte un director de cine que seguro que sería un éxito de taquilla. La pareja de Manual y Carmen es total. Cómo se lo tenían montado. Genial. Me ha encantado. Un beso muy grande y felicidades

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    1. Hola Ana
      Muchas gracias por tus generosas palabras y tus siempre madrugadores comentarios. Pienso que, si estos relatos tenían alguna opción a ser guión de cine, era cuando las películas las hacían Ozores y compañía, ja ja. Y los personajes son un poco de estas comedias, un poco de los que podrían habitar cualquier barrio de no hace mucho. En algunos todavía se escucha el sonido del "butanero" golpeando las bombonas unas con otras para avisar de su presencia. Esos sonidos de sábado por la mañana, ja ja
      Un beso grande, Ana

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  2. Ja,ja,ja,ja, me has hecho reír. Que buen relato de esos como las pelis de españoladas. Tiempos aquellos donde todos pasaban por la casa hasta el butanero o el fontanero. ¡¡Muy bueno!!. Un abrazo.

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    1. ¡Que bien que te haya hecho reír! Me alegro. Si, que tiempos aquellos. Eso, ahora con internet ha cambiado un poco, ¿Verdad? Ahora viene el de Amazon, ja ja
      Besos

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    1. Muchas gracias por tu visita, Enca
      Me alegro de que te haya gustado
      Saludos

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  4. ¡Qué grande, Isidoro! Reconozco que me reía mucho con las pelis de Pajares y Ozores y demás pandilla... Un relato de humor fantástico, con todos los ingredientes que precisa una historia divertida y con su punto picante. La analogía que realizas con la mesa y los cubiertos es desternillante.
    El humor en literatura solo se consigue con un engranaje perfecto de la trama y tú lo has conseguido de sobra.
    Jo, solo imaginarme a esos clásicos... humm, ahora que caigo ¡En ese armario falta el cobrador de Santa Lucia!
    Genial de verdad, Isidoro. Un fuerte abrazo!!

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    1. La verdad es que me viene que ni pintado ese humor picante e inocentón de aquellas películas para el estilo que quiero dar a esta serie de relatos un poco retro. ¡Y es verdad, no me acordaba yo del cobrador de Santa Lucía! Con este personaje pasa un poco como con los otros, ¿Quién se hace hoy en día un seguro de decesos?
      Muchas gracias por tus comentarios, David. Es un placer contar con tu compañía
      Un abrazo

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  5. Jaajjajaja si es que parece una peli de Alfredo Landa.
    Un cuadro de pareja, balcón con vistas a la alcoba ¡Anda que la estampa de los rulos y la bata de guatimé…! Bueno… cada cual se busca la excitación como quiere y puede. Al butanero me lo imagino bajo su mono anaranjado con camiseta de tirantes y de vello en pecho. Ahora con las vitros ya no hay butaneros que apaguen los fuegos internos, habrá que llamar al cuerpo de bomberos.
    Te imagino escribiendo este entuerto partiéndote de la risa ¿o no?
    De lo que no te imagino es de butanero :)

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    1. ¿A qué si? Yo pensaba en Pajares cuando recreaba al personaje del butanero, pero vamos, podría hacer un "crastin" que dicen. Les ponemos el mono naranja, la camiseta de tirantes y a abrirse pecho... Lo del cuerpo de bomberos me ha dado una idea, muchas gracias. De butanero no, pero de cartero, tengo alguna anécdota, ja ja
      Y lo de la risa, no se, será algo curioso, pero con mis propios relatos no me río, en cambio llorar, a moco tendido
      Un abrazo

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  6. ¡Buen dibujo con esas perspectiva en picado!

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    1. El dibujo no es mío. Lo confieso. Solo los retoques. Pero muchas gracias

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  7. Una terapia de lo más efectiva a juzgar por los hechos... claro que no está exenta de riesgos, jaja, pero bueno, eso también le da su punto. Un humor muy a la española, y, también, un homenaje a otro tiempo.

    No cabe duda de que los vecinos en la época que describes eran los mejores psicólogos :)

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    1. Cierto. Al menos humor a la española de los ochenta. En todos los relatos de esta serie me someto a las tres condiciones implícitas en el título: pasado reciente, ambiente de barrio y humor erótico.
      Desde mi perspectiva, las relaciones de vecindad han cambiado desde entonces. Casi eran de la familia, ja ja. No, en serio, a fin de cuentas, estaban puerta con puerta. Ahora todo es más complejo y, más impersonal, creo yo
      Un abrazo

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  8. Hola, nueva seguidora; felicitaciones por blogs y publicaciones; este es el último publicado por mí: https://ioamoilibrieleserietv.blogspot.it/2018/04/recensione-serie-diabolic-s-j-kincaid.html

    Si quieres te espero como lectora permanente

    Gracias

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  9. La verdad, amigo Isidoro, es que tus verdes valles son dignos del cine de barrio de la Primera (creo que ahora lo presenta Concha Velasco, aunque no te fíes). Los personajes son dignos herederos de Pajares y Estreso, Ozores y, por supuesto, nuestro españolito estrella, algo calvete y bajito, el gran Alfredo Landa. Buenos diálogos como siempre, con el toque justo de picante y humor. La verdad es que tuvo que ser todo un cuadro ver a los cuatro personajes, semi desnudos, encerrados en el balcón mientras que el matrimonio estrechaba lazos.
    Un abrazo enorme, amigo. Siempre un placer leerte.

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    1. Gracias Bruno
      El placer también es mío. No sé si lo hago de forma consciente, pero cuando trato de rememorar aquellos años para contar una historia de humor erótico, me salen espontáneamente esos personajes tan parecidos a los que mencionas (Landa o la pandilla de Ozores)... ¿Por qué será?, Je je. Como nos ocurre a tí y a mí con el cómic, las series o películas de entonces, es casi como algo que ya pertenece a nuestra propia memoria... Si es que, cuando veo al butanero lo pongo la cara de Pajares, ja jaa
      Un fuerte abrazo, amigo

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  10. Jajajaja Isidoro, qué bueno, me has hecho reír con ese camarote de los hermanos Marx. Vaya con la señora y el señor y su manera de encender la pasión.
    Muy divertido.
    Besos

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    1. Muchas gracias Conxita
      Me alegro de que haya resultado divertido. Me tuve que poner un límite a la hora de meter aa personaje del barrio en aquel Balcon, ja ja, no quería exagerar. Y eso que la "extraña pareja" lo ponía fácil.
      Un placer tenerte por aquí
      Besos

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  11. Eres divertido inusual cariñoso deferentemente distinto a lo que leo a diario.
    Te sigo felicitando compañero

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    1. Muchas gracias amiga. Tantos cumplidos juntos, no se si lo resistiré. Me alegro que te guste lo que escribo y que pases un buen rato con ello. Pero eso ya lo sabes. Un beso muy grande desde este lado del mar

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    2. Sí, solo que la vida no da para más, por mucho que uno quiera. De momento, el trabajo y la familia me tienen ocupado a tiempo completo, aunque espero ir sacando algún huequito de vez en cuando
      Muchas gracias por tu interés, amiga. Un gran abrazo

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  12. La España del destape y el enredo,... tal cual! Yo te sugiero un título,... "Ir por lana..."
    Muy divertido!

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