domingo, 30 de noviembre de 2014

Arrebato


            " Rojo sangre, malva cubierto de nubarrones con los bordes encendidos de fuego, azul profundo, festoneado de espuma blanca, denso, angustia, humo negro y olor a pólvora, reflejos dorados de violencia y muerte, galeones fracturados en miles de astillas, cuerpos destrozados y velas desgarradas en un paisaje dantesco, gritos ahogados, brazos aferrados a los restos de gigantes vencidos, tablas de salvación hundidas por la desesperación, estallidos de la "santa bárbara" en un infierno de agua, madera y carne humana, arietes de mar estrellados con furia contra oscuros acantilados, cielo violáceo, inmensa fortaleza desafiante, verde musgo en el gris pétreo, alas negras de infortunio sobre torres almenadas, murallas pavorosas, estremecedores gritos de triunfo en su interior, hilos de lluvia en vertical convergente, multitud hacinada en el patio de armas, balconada de arcos góticos encaramada en la torre del homenaje, la reina Mole, su cortejo, aclamaciones y vítores, choques metálicos de picas y cadenas, cientos de manos alrededor de los prisioneros, olor a humedad, sudores rancios y barro, una joven virgen y su orgulloso prometido, bocado exquisito de la turba borracha de victoria y sedienta de sangre, clamor "in crescendo", tormenta de odio, un brazo erguido en el balcón, silencio pesado, expectante, el rumor de la lluvia, los golpes lejanos de las olas contra las rocas, una señal esperada, atronador aullido de perversión en cientos de gargantas, horror penetrante clavado en el fondo del alma, corazones atenazados, uñas mugrientas como garfios, jirones de ropa rasgada y empapada por la lluvia, carne trémula, pálida, piedra helada en las espaldas desnudas, cielo oculto por rostros grotescos, sólo lluvia y babas ponzoñosas, el reo atado e izado en un travesaño, apaleado, pálpitos de sangre bajo la piel, manos amoratadas, crujido de huesos descoyuntados, frío cortante de acero templado, dolor ardiente de la piel rasgada, intenso, insoportable, infinito, gotas de dolor escarlata en un charco de barro sanguinolento, encuentro de miradas desesperadas, viraje del cielo a gris oscuro, manos violentas, enjambre de sátiros demoníacos, honor cien veces mancillado, chillidos agudos, suplicantes, grietas refulgentes en la atmósfera, lágrimas negras, horribles lamentos en la oscuridad, reflejos en el agua del fuego de las antorchas, aureolas de lluvia contra los muros ciclópeos de la fortaleza, mar de bilis, ausencia de clemencia, tiras de piel, carne abrasada, columnas de humo negro, espeso, grasiento, lluvia, sangre, barro, excrementos, cenizas, vísceras, hedor a muerte, alarido inhumano, inmenso en el patio de armas, en la fortaleza, en el cielo, en el infierno.
 
            Se despierta bañada en sudor, con el eco de su propio grito aún resonando entre las paredes de la habitación, alterada y confusa, entre los límites del sueño y la realidad, se levanta y va hasta el alféizar de la ventana, desde la que se descubre el amanecer de un cielo malva y naranja, que comienza a crear contrastes de luz en el patio de armas, en el que ahora hacen su entrada los soldados que vuelven del combate, con dos prisioneros encadenados, un hombre y una mujer, y mientras el corazón de la reina relaja su latido, una sonrisa siniestra se dibuja en su rostro.

            El ruido de la gente que entra y sale atropelladamente del metro le devuelve a la realidad justo a tiempo de no pasarse de estación, aunque las personas con las que comparte el caluroso vagón le miran como si hubiese estado roncando a pierna suelta, por lo que oculta su rubor subiéndose las gafas de concha, que le resbalan sobre la nariz perlada de sudor, protege su pecho abrazando el viejo portafolios de cuero marrón, vuelve a mirar de soslayo a la acaramelada pareja que se sienta enfrente, la que estaba observando antes de quedarse dormido, junto a la enorme señora del abrigo de pieles y el porte altanero que tuerce el gesto para no tener que contemplar la escena, saca su agenda de piel de la cartera y anota un recordatorio para llevar a reparar la televisión del dormitorio "

            Según el método de interpretación de los sueños, escribir lo que se recuerda nada más levantarse, ayuda a fijar muchas de las cosas que de otra manera se perderían, pues en la memoria se disuelven rápidamente, como una voluta de humo, dejando únicamente un pequeño poso clavado en algún rincón del subconsciente. Es un método que recomiendo a muchos de mis pacientes, por lo que no es de extrañar que, en algunas ocasiones, me remitan las anotaciones de los sueños que recuerdan. De forma anónima, en un sobre introducido en mi buzón, llegó hace pocos días a mi consulta el inquietante manuscrito que acabo de transcribir. Estaba escrito con una caligrafía exactamente igual a la mía, lo que, en un principio y de forma impulsiva, provocó mi curiosidad y me decidió a encargar un estudio grafológico que determinase, en la medida de lo posible, la personalidad del autor, siguiendo un procedimiento corriente que suelo emplear a menudo con mis clientes. El resultado me llegó esta mañana y ahora está sobre la mesa mientras escribo esto. El sobre permanece cerrado, y una angustia indescriptible se apodera de mi ánimo cada vez que lo miro.

            Hace ya varias semanas que mi mujer desapareció sin dejar rastro. Desde entonces la he buscado incansablemente, hasta que las fuerzas me han abandonado en la desesperanza. Sin embargo, el acontecimiento que acabo de relatar, y el haber sido consciente de los, cada vez más prolongados, lapsus de memoria que sufro desde hace un tiempo que no puedo determinar, dieron una nueva luz a todo el asunto, y ahora me encuentro ante lo que puede ser la terrible verdad. Una especie de conciencia oculta me impele a actuar como lo voy a hacer, así que, por lo que pueda pasar, antes de abrir el sobre que me ha remitido el laboratorio grafológico, quiero hacer llegar este escrito al inspector encargado del caso, junto a las fotos, proporcionadas en su día por un detective privado, que demuestran la infidelidad de mi esposa.
 
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viernes, 31 de octubre de 2014

La teoría del azar


Aquél era un día especial. No sólo para los habitantes de la nueva colonia de Encélado, sino para la humanidad en general. Era un día grande, inscrito entre los más importantes hitos de una historia con más de cinco mil años en su última era.

Si bien era cierto que ya se contaban por decenas los nuevos asentamientos en planetas exteriores, como Europa o Marte, era ésta la primera que había nacido bajo unas condiciones que, a priori, resultaban incompatibles con la vida. Había costado doscientos años, pero por fin se habían superado las plataformas creadas bajo atmósferas artificiales. Ahora era posible modificar las condiciones medioambientales originales. Parecía increíble, dada la capacidad cerebral de esta raza, pero el ser humano había logrado crear vida. Es cierto que al principio no eran más que meros microorganismos quimiolitótrofos, mutados y adaptables a cualquier entorno, por muy hostil que fuera, pero con el tiempo, en las apropiadas condiciones, e insertos en un macrosistema sostenible, eran capaces de crear un espacio autogestionado y compatible con la vida humana. Tal como en su planeta originario, los primeros organismos vivos habían ido transformando el medio, creando su propio hábitat para evolucionar hacia formas más complejas.

Aquel día, Encélado, el más grande e inhóspito satélite de Saturno, con su nueva biosfera, estaba preparado para albergar al hombre. Un hombre que se había transformado en dios. Un dios solitario, por otra parte. En todos sus milenios de historia, a lo largo de sus innumerables viajes interestelares, con sus cientos de sondas intergalácticas surcando el cosmos, no había encontrado ni el más mínimo rastro de otro ser con el que compartir su don. El hombre se sentía solo en su grandeza. Y como tal, el único dueño y señor de un universo, que dejaba de ser infinito a los ojos de quién creía tener todo a su alcance.

En aquel preciso instante, el Consejero Supremo de Corporaciones Unidas y presidente en funciones de la Asamblea de los Cien, pronunciaba, ante los medios de comunicación, el discurso más grandilocuente que la exaltada imaginación de sus asesores fue capaz de parir. Justo entonces, una extraña sensación recorrió al unísono a los miles de millones de personas que le escuchaban, desde todos los rincones habitados del sistema solar. Pero la causa no eran las palabras del orador, sino algo externo al planeta, incluso al universo conocido por el hombre, y que todos percibieron como una amenaza.

Fue la última percepción del ser humano. No fue necesario más que un zeptosegundo para poner fin a "la grandiosa epopeya del Hombre"

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Ixtical, el ente encargado del control exterior en el pequeño universo que nosotros bautizamos con el nombre de "Creación", permanecía siempre en las zonas estelares de menor densidad, a miles de pársecs de distancia de las grandes nebulosas centrales, donde la energía del espectro gamma, aunque escasa, era suficiente para colmar su apetito, pero donde las posibilidades de que la emisión letal de sus excreciones pudiese dañar a un sistema planetario, se minimizaban.

Es por ello que a nadie le preocupaban demasiado sus movimientos. Ixtical vigilaba "los bordes", y la desaparición continua de una ínfima parte de la masa cósmica, debida a su misma existencia, era algo totalmente aceptado como contrapartida al servicio que prestaba.

En aquella ocasión, sin embargo, algún microcomponente errático en su nivel de comportamiento, hizo que, de alguna forma, trasladase su entidad a coordenadas espaciotemporales interiores. Más concretamente, a las proximidades del Brazo de Orión.

Nadie en el Consejo podía haber imaginado nunca que aquello hubiese sido posible, pero el caso es que, la expulsión de la materia residual de su metabolismo, que en el espacio-tiempo habitual no hubiese pasado de ser una efímera nebulosa de gases, se convirtió, debido a la enorme cantidad de radiación gamma que Ixtical había absorbido, en una macroimplosión de alto nivel, cuyo resultado fue la desintegración instantánea de un cuadrante completo de la Galaxia Espiral.

Entre los sistemas estelares desaparecidos, estaba aquél cuyos habitantes llamaban "Sistema Solar"

No era la primera vez que alguna de las incontables razas que poblaban el multiverso, perdía efectivos de forma masiva como resultado de los procesos naturales, o incluso se extinguía totalmente debido a algún tipo de desajuste cósmico. Sin embargo, nunca hasta ese momento, había desaparecido un biosistema planetario completo, por insignificante que éste fuera, por muy aislado que estuviera en el extremo de una galaxia menor, por mucho que no fuera más que el primer brote biológico de un joven universo entre millones de ellos poblados por infinito número de especies desde muchos eones antes. 

Era algo sin precedentes y, por mucho que, según nuestra propia teoría, sea imposible igualar a cero la probabilidad de que algo ocurra en alguno de los universos, el Consejo no pudo hacer otra cosa que tomar medidas. Desde entonces, la especie a la que pertenecía Ixtical, aquellos seres compuestos de energía y usados para controlar los extremos de los universos, de forma que no se solaparan y dejaran un portal abierto a las transferencias entre ellos, fue "retirada" y abandonada en los Confines Oscuros, allá de donde vino.

Por lo que a nosotros concierne, el experimento fue todo un éxito. No sólo fuimos capaces de crear un universo a partir de la explosión de una única partícula, sino que éste llegó a albergar, gracias al aumento exponencial de su materia estelar y siguiendo nuestra hipótesis preliminar, un cuerpo sólido con entidades biológicas evolutivas. Ahora, gracias a la ayuda de una insignificante "raza de laboratorio", y a nuestra "Creación", estábamos en condiciones de demostrar empíricamente, la "teoría del azar"


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jueves, 18 de septiembre de 2014

Das vidaniya mon amour


Sé que nunca llegarás a leer estas apresuradas letras, pero escribirlas me hace sentir que, de alguna manera, el espantoso destino que me aguarda en este oscuro rincón helado, no es también el último recurso de un pueblo que lo único que busca, como cualquier otro, es sobrevivir.

Pensé que huyendo de Járkov podría dejar atrás el espanto, pero estaba muy equivocado. Paradójicamente, estoy escondido en uno de tantos graneros vacíos, de lo que antaño fue una próspera región, y no creo que consiga escapar al horror por mucho tiempo más.

Maldigo el día que abandoné París, junto a los otros miembros del consulado, para acudir a aquella almibarada e interesada invitación. Pero, ¿ quién se habría negado?, cuando el propio Stalin se encargó de promover esas visitas, en las que, aparte de agasajarnos con espléndidos banquetes, se nos mostraban las enormes reservas de trigo que la Unión Soviética tenía en Ucrania y cuya importación resultaba imprescindible para una Europa necesitada después de la Gran Guerra.

Todos sabíamos que tal jactancioso despliegue escondía otra realidad. Que aquel grano era el que faltaba en cada uno de los hogares, fruto de la demoledora colectivización. Que el hambre estaba causando estragos entre la población, hasta el punto de que los campesinos llevaban y abandonaban a sus hijos en las ciudades, con la esperanza de que, al menos unos pocos, encontrasen el modo de sobrevivir. Que los “hombres de blanco” llenaban vagones de mercancías a diario con aquellos niños, para evitar la saturación de las urbes, y los hacinaban en barracones donde miles de ellos esperaban la muerte. Que lo que quedaba de las aldeas se poblaba de fantasmas y, los que no fueron deportados o ejecutados por traición, se mataban entre ellos por algo que llevarse a la boca.

Mi error fue pensar que a alguien le importaba. O mejor dicho, que alguien estaba dispuesto a reconocer que lo sabía, que por encima de los intereses políticos, existía el respeto a los derechos humanos.

Lo siento Marie. Ahora me doy cuenta de que pequé de ingenuo cuando me dejé llevar, de forma tan impulsiva, por mis principios. No pensé en lo que dejaba a mis espaldas. No pensé en las consecuencias directas, en nuestra vida. Perdóname.

Mis preguntas e indagaciones llegaron a los oídos que no debían y, a fin de cuentas, yo no soy más que un simple funcionario. Mi desaparición no tendría repercusión alguna. Sería como aplastar a un insecto molesto.

De la forma más burda, acabé inconsciente en la trasera de un camión, con un tiro en el hombro, demasiado cerca del pecho. Cuando desperté, prácticamente no podía respirar, entre el dolor que sentía en el tórax y el hedor que despedían los cuerpos entre los que me hallaba. No sé cuánto tiempo pasó antes de que el vehículo se detuviera, en medio de la noche, en la estepa helada. Dos hombres se encargaron de estibar la carga de muerte. Me arrojaron a una zanja sin contemplaciones y resbalé sobre los cadáveres congelados. Se marcharon sin cubrirla, lo que me hizo pensar que no habían terminado su macabra tarea y que volverían al poco. No sé de donde saqué la fuerza, ni que me impulsó a moverme, pero conseguí arrastrarme hasta una aldea.

Entre las casas, pululaban sombras que arrastraban los pies, muertas en vida. Quise gritar pidiendo ayuda, pero algo me detuvo en el último instante. Me invadió un terror irracional. A mi mente vinieron las fotos de la policía política que aquel periodista me enseñó. Los cadáveres encontrados sin hígado, o aquellos a los que les habían cortado porciones de carne de los glúteos y los muslos. Y entonces volví a huir, presa del pánico.

No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Tengo la ropa empapada en sangre y el dolor me aturde. Los dedos ya no me responden. Seguramente perderé la consciencia de un momento a otro, y creo que será lo mejor que puede pasarme. Sólo puedo oír el aullido del viento, pero sé que ellos están ahí fuera…, hambrientos, desesperados.

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