Luna llena, gélida, como el suelo de piedra bajo tus pies, enfriado el calor de antiguos esplendores. Tu aliento empaña el cristal y se evapora lentamente a la cálida luz de las velas, descubriendo el reflejo de tu rostro contraído.
Allá abajo, junto a la torre oeste, machacando la grava del sendero que rodea el patio principal, dos caballos de color siena rompen la noche tirando de un carruaje verde ocre con un inconfundible escudo dorado en la portezuela; el mismo que, finamente bordado, adorna tu ropa de seda. En la aterciopelada penumbra del interior, unos ojos esmeralda huyen de la maldición.
Una rabia contenida inunda tu ser como una marea, que retrocede siempre antes de alcanzar su clímax. La indignación que crece en la impotencia tensa los músculos de tu brazo y libera su fuerza con ira. El bronce pulido del candelabro se estrella contra el muro y tu silueta se dibuja en el lienzo nacarado del ventanal. Con asfixiante angustia te arrojas contra la recia puerta de madera. La violencia del choque parece mover tus huesos dentro de la carne, pero sólo produce un eco sordo en la profunda soledad de piedra.
Un dolor conocido se abre paso en tus entrañas, amenazando con resquebrajar tus venas, que parecen escupir su sangre fuera de ti; te pica todo el cuerpo, como si miles de minúsculos insectos horadasen tu piel. Te coges el cuello del camisón con dedos rígidos y lo rasgas con desesperación. Desnudo, te revuelcas en la frialdad de las losas, intentando aliviar el escozor que te corroe.
Tus uñas crecen por segundos, negras y duras como el granito, y un vello denso y lanoso cubre tus genitales, tu pecho, tus miembros, tu nuca, tus axilas. El tormento alcanza el limbo de lo insoportable y un grito inhumano escapa de tu garganta mientras tus huesos se deforman imperceptiblemente, encorvándose, endureciéndose, estirándose bajo tu nueva piel.
De repente, con un infinito alivio, sientes que el dolor retrocede, pero tu cuerpo ya no es el mismo; ni tu mente tampoco. El sufrimiento, el amor, la compasión, ya no existen. Ahora, en tus ojos enrojecidos sólo brilla el terror, la rabia, la desesperación.
Con un ímpetu desconocido y sorprendente, tu cuerpo se lanza hacia delante y atraviesa el hueco de la ventana, haciendo estallar su transparencia en una refulgente nube de cristal destrozado que acompaña lentamente tu caída.
El frío aire nocturno parece despertar tus nuevos sentidos y, nada más tocar el suelo, llega claramente a tus oídos el lejano crujir de las ruedas y el suave golpeteo de los cascos. Tu olfato aún percibe retazos del acre sudor de las bestias y entre ellos, una pizca del delicioso aroma que embriaga tu memoria. Corres velozmente, viendo cómo los esqueletos de los árboles, endurecidos por la luna, se deslizan a tu alrededor sin osar tocarte, vertiginosamente. Un salto magistral y estás encima del carruaje que persigues. Los caballos se espantan y relinchan, los ojos del cochero se clavan en tus afilados colmillos, la madera salta despedazada bajo tus zarpas. Arrancas los goznes. En el marco de la portezuela contraria, una horrorizada figura se enreda en la aparatosidad de su propio vestido turquesa.
La excitación te inunda cuando estás sobre ella, las fauces abiertas, goteando espuma en su rostro. Rasgas su ropa, te detienes un segundo a contemplar su piel rosada tiñéndose de rojo, antes de probar el tierno manjar que te ofrece su pecho y... de repente, otra vez el dolor, punzante, intenso, diferente, con olor a pólvora, con sabor a plata vieja. Te vuelves instintivamente y ves una sombra tras de ti, empuñando el cañón, aún humeante, que brilla con luna de muerte. En la grupa de su caballo, grabado a fuego, ese mismo escudo maldito.
Allá abajo, junto a la torre oeste, machacando la grava del sendero que rodea el patio principal, dos caballos de color siena rompen la noche tirando de un carruaje verde ocre con un inconfundible escudo dorado en la portezuela; el mismo que, finamente bordado, adorna tu ropa de seda. En la aterciopelada penumbra del interior, unos ojos esmeralda huyen de la maldición.
Una rabia contenida inunda tu ser como una marea, que retrocede siempre antes de alcanzar su clímax. La indignación que crece en la impotencia tensa los músculos de tu brazo y libera su fuerza con ira. El bronce pulido del candelabro se estrella contra el muro y tu silueta se dibuja en el lienzo nacarado del ventanal. Con asfixiante angustia te arrojas contra la recia puerta de madera. La violencia del choque parece mover tus huesos dentro de la carne, pero sólo produce un eco sordo en la profunda soledad de piedra.
Un dolor conocido se abre paso en tus entrañas, amenazando con resquebrajar tus venas, que parecen escupir su sangre fuera de ti; te pica todo el cuerpo, como si miles de minúsculos insectos horadasen tu piel. Te coges el cuello del camisón con dedos rígidos y lo rasgas con desesperación. Desnudo, te revuelcas en la frialdad de las losas, intentando aliviar el escozor que te corroe.
Tus uñas crecen por segundos, negras y duras como el granito, y un vello denso y lanoso cubre tus genitales, tu pecho, tus miembros, tu nuca, tus axilas. El tormento alcanza el limbo de lo insoportable y un grito inhumano escapa de tu garganta mientras tus huesos se deforman imperceptiblemente, encorvándose, endureciéndose, estirándose bajo tu nueva piel.
De repente, con un infinito alivio, sientes que el dolor retrocede, pero tu cuerpo ya no es el mismo; ni tu mente tampoco. El sufrimiento, el amor, la compasión, ya no existen. Ahora, en tus ojos enrojecidos sólo brilla el terror, la rabia, la desesperación.
Con un ímpetu desconocido y sorprendente, tu cuerpo se lanza hacia delante y atraviesa el hueco de la ventana, haciendo estallar su transparencia en una refulgente nube de cristal destrozado que acompaña lentamente tu caída.
El frío aire nocturno parece despertar tus nuevos sentidos y, nada más tocar el suelo, llega claramente a tus oídos el lejano crujir de las ruedas y el suave golpeteo de los cascos. Tu olfato aún percibe retazos del acre sudor de las bestias y entre ellos, una pizca del delicioso aroma que embriaga tu memoria. Corres velozmente, viendo cómo los esqueletos de los árboles, endurecidos por la luna, se deslizan a tu alrededor sin osar tocarte, vertiginosamente. Un salto magistral y estás encima del carruaje que persigues. Los caballos se espantan y relinchan, los ojos del cochero se clavan en tus afilados colmillos, la madera salta despedazada bajo tus zarpas. Arrancas los goznes. En el marco de la portezuela contraria, una horrorizada figura se enreda en la aparatosidad de su propio vestido turquesa.
La excitación te inunda cuando estás sobre ella, las fauces abiertas, goteando espuma en su rostro. Rasgas su ropa, te detienes un segundo a contemplar su piel rosada tiñéndose de rojo, antes de probar el tierno manjar que te ofrece su pecho y... de repente, otra vez el dolor, punzante, intenso, diferente, con olor a pólvora, con sabor a plata vieja. Te vuelves instintivamente y ves una sombra tras de ti, empuñando el cañón, aún humeante, que brilla con luna de muerte. En la grupa de su caballo, grabado a fuego, ese mismo escudo maldito.
¿Por qué tu propio hermano?
Dos siluetas se abrazan al cobijo de la niebla.
«Por lo menos, todo queda en casa», piensas irónicamente, y dejas que la húmeda fragancia de la hierba otoñal empape tu piel desnuda.


