jueves, 16 de julio de 2015

Mala fama


Todos me llaman Felicia y soy puta desde que recuerdo. Eso sí, una puta «licenciada» a decir de Nelson, el del bar Quito. A Nelson también le conozco desde que tengo memoria. Un ecuatoriano del interior que quería ser marinero y acabó en Madrid, poniendo un bar de cañas y mejillones al vapor con la mejor salsa picante de todo Malasaña. Nelson sabía del empeño de mi madre en darme educación y de las palizas que se llevó por sisar pasta para mis libros. Pero también supo que todo terminó el día en que ella murió y mi tío tuvo que enfrentarse a la posibilidad de tener que trabajar para hacerse cargo de mí. El tío Fran era hermano de puta e hijo de puta, pues mi abuela ya era del gremio, y se convirtió en chulo de mi madre cuando la suya faltó. Nací gracias a la voluntad de mi abuela y contra la de mi tío, por eso, cuando quedé huérfana, él no vio en mí más que una carga y una sola forma de sobrellevarla. Yo tenía quince años. Había perdido la vergüenza por mí misma y la virginidad se la vendió mi tío al mejor postor, así que ya estaba en condiciones de aprender las técnicas del oficio, que él se encargó de enseñarme personalmente. A los dieciocho era la reina de la calle Desengaño y tenía muy claro en qué carrera me había licenciado.

Fueron tiempos difíciles los de Madrid, pero ahora me invade una extraña nostalgia, como si allí quedase una parte de mí. Me gustaba caminar por las calles al amanecer, bajar por Gran Vía hasta la plaza España y sentarme en el césped, junto a las fuentes, hasta que salía el sol. No me arrepiento de mis actos, pero siento que me hayan empujado a dejar aquella ciudad. Lo cierto es que todo ocurrió muy deprisa el último año, y cerró una etapa de mi vida. Ahora que me he decidido a escribir sobre ella, ese episodio es tan bueno como cualquier otro para empezar.

El tío Fran se hacía viejo, y sus negocios con la farlopa acabarían pasándole factura. Un día, los estupas le pillaron metido en algo gordo, y él no pudo escurrir el bulto. Acabó en el trullo, con varios años por delante y algún camello cabreado por detrás. Yo me quedé sin chulo pero me eché un amigo madero que, además de estar empeñado en respetarme, espantaba a las mil maravillas a los moscones que tuvieran la pretensión de sustituir a mi tío. Fueron días tranquilos. Incluso me permitía elegir a mis clientes.

El gachó de turno fue mi primer paganini de categoría. Intentaba disimularlo bajo una gorra de los Yankees y unas gafas con cordón, pero el peluco y los zapatos sin embargo, no mentían. Ya por entonces estaba obsesionada con los zapatos y soñaba con tener un vestidor repleto, con decenas de pares ordenados por altura y color. El caso es que el tipo empezó a frecuentarme. No era de los charlatanes y siempre lo hacía con los calcetines puestos y la gorra de los Yankees. Eso sí, decía que se había enamorado de mis ojos verdes, aun cuando nunca los hubiera visto a la luz del día, salvo el último que nos vimos. Habíamos quedado en El Retiro y vino acompañado de otro estirado. Me lo presentó y nos dejó solos, con la llave de una habitación y un pago por adelantado.

El tío iba cargado, demasiado para mantener alto el pabellón, por lo que el gatillazo era previsible. Se hizo lo que se pudo. Al día siguiente comprendí todo el asunto, cuando en la prensa aparecieron ciertas fotos tomadas por un paparazzi. No eran muy nítidas, pero pude distinguirme sentada con él en un banco del parque, caminando hacia el hotel y en algunas otras tomadas desde una ventana, en la habitación y a horcajadas sobre el sujeto. La mía no tanto, tapada por el pelo, pero su jeta se veía perfectamente.

A partir de entonces se sucedieron varias semanas sin que yo pudiese asimilar o siquiera entender mucho de lo que estaba pasando. El hombre de las fotos resultó ser un joven político con un prometedor futuro, que de repente se hundió en el fango. La prensa se cebó con él. Cada vez que le preguntaban, él se defendía aludiendo que no recordaba nada de aquella tarde. Los medios lo consideraron una excusa muy poco elaborada y lo satirizaban más si cabe. La consecuencia de todo aquel escándalo fue que su vida personal se fue al garete y su futuro prometedor pasó a la historia. A la historia del fracaso. Yo no conocía nada de aquél mundillo pero, entre los personajes que más se ensañaron con aquel tipo y su «más que reprobable conducta» estaba uno de sus rivales políticos, ahora enfundado en un traje de Armani y que yo conocí bajo una gorra de los Yankees.

Por lo que a mí respecta, fue salir las imágenes y, en un par de días, los de la tele me habían localizado. Aunque me negué a hablar de aquel asunto, tampoco pareció importarles demasiado. Las fotos estaban ahí, yo era una puta y el resto era alimentar el morbo. Me llamaron de un programa de cotilleo y, después de aquella primera entrevista, debieron ver algo en mí que yo desconocía, porque no sería la última. Ya no importaba el tema que me había llevado a los platós y me pedían que hablase de mi vida, o que simplemente hablase, de lo que fuera, pidiéndome opinión sobre cualquier otra cosa. Me llovieron ofertas de agentes, intervine en coloquios de todo tipo, en programas concurso, e incluso en un «reality show» en el que simplemente tenías que ser tú misma y pasearte en bragas por una lujosa mansión.

Lo cierto es que me sentía extraña en aquel nuevo mundo, pero a fin y al cabo, tampoco era tan diferente a lo que ya conocía. En este caso, además, había pasta gansa de por medio.

Pero dicen que la fama es efímera, y todo aquello, como vino se fue. Entonces, como las palomas a las migajas, apareció un antiguo conocido. Habló de una tajada por haberme puesto todo aquel dinero en bandeja, y habló del precio de un silencio para no verme envuelta en algún turbio asunto de mentiras y traiciones. Le dije que todo podría hablarse más cómodamente en algún lugar con más intimidad y… no hizo falta más. Bueno sí, una llamadita a Nelson una hora después.

Quizás fui demasiado imprudente, pero una tiene sus principios,… y sus finales.

El de esta historia es una foto, y un titular en el diario de la mañana:

«
Algunos políticos nos sugieren como luchar contra la ola de calor.
«Esta madrugada, en un banco de la Plaza de España, funcionarios del ayuntamiento han encontrado dormido y de esta guisa a uno de los líderes políticos que optan a la alcaldía tras la caída en desgracia del partido mayoritario. La foto de portada ha sido facilitada por una fuente anónima directamente a esta redacción. Más información en el interior
»

En la foto, se veía a un hombre sentado en un banco, con la cabeza ladeada, espatarrado y totalmente desnudo, salvo por unos calcetines y una gorra de los Yankees.

Ahora tengo cuarenta y nueve años, una vida por delante y muchas historias por detrás. Sentada frente a un café y de espaldas al mar, observo a Nelson dirigiendo su restaurante, el Fresh Quito, y recuerdo cada una de las veces que él me animó a escribir. Por cierto, sus pescados recién traídos de la lonja tienen merecida fama, pero sus mejillones con salsa picante siguen siendo espectaculares, y es que hay cosas que nunca deberían cambiar.

 
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jueves, 11 de junio de 2015

El misionero


El venerable consejo de la orden, presidido en capítulo extraordinario por el Gran Mentor, se preparó para tratar el último asunto de la sesión. Zechery el Weig, conocido en la comunidad por messe Zec, de pie ante la tribuna, notó como sus piernas perdían estabilidad y su garganta se secaba de repente. Por segunda vez en un lapso de tiempo demasiado corto, había sido largamente interrogado, examinado y evaluado, no habiendo ya nada que pudiera decir con capacidad para cambiar la decisión tomada, y era consciente de que aquella especie de proceso público, del todo protocolario, puesto que únicamente se le harían ciertas preguntas de rigor, terminaría con la sentencia definitiva y la ejecución inmediata de la misma. Por eso, cuando el magistrado pidió al oficial que abriese el último dossier, Zechery el Weig sintió que el final había comenzado.

—Messe Zec —comenzó el oficial en tono formal—, misionero de nivel uno perteneciente a la Orden de los Vigilantes en su sector de Alfa Centauri, enviado al sistema estelar XPO234 con atribuciones de guía místico por tiempo indefinido, comparece ante este consejo, acusado de haber generado, mediante actitud negligente, un riesgo clasificado como potencialmente peligroso para la continuidad del proyecto de la orden en dicho sistema.

El Gran Mentor  carraspeó y, dirigiendo al acusado una mirada serena e impasible, le habló directamente.

—He de recordaros, messe, porque así lo dicta el protocolo, que el objetivo principal de esta orden es velar por la paz y concordia universales, garantizando el control no violento de conflictos desde la raíz, de forma proactiva, mediante una red de misioneros con poderes especiales, capaces de fomentar el arraigo de determinados valores positivos entre la población nativa. Sois un sólo misionero para miles de individuos, cierto. Pero un misionero con facultades de clarividencia, de telequinesia, de curación, de oratoria, y todo un sinfín de aptitudes que se desarrollan durante vuestro extenso período de aprendizaje y que deben proporcionaros la suficiente capacidad de seducción como para arrastrar multitudes convencidas con vuestro mensaje. Todo esto os dota de un gran poder y a la vez una gran responsabilidad. Sin embargo, si estamos ahora mismo en este punto es porque, por una o varias razones, vuestra misión ha fracasado, y hemos de emitir una sentencia disciplinaria.

»Cuando fuisteis arrestado, messe Zec, por las fuerzas de la autoridad que detenta el poder en el territorio que os fue asignado, el equilibrio se desplazó. Conocéis muy bien el delgado hilo que existe entre la no violencia, el control de las emociones, y la agresividad, el desbordamiento de las pasiones. Aún así, dejasteis que se rompiese. ¿Qué tenéis que alegar en vuestra defensa?

Zechery el Weig hizo un esfuerzo por tragar saliva y habló.

—En todo momento me atuve al procedimiento estándar, Venerable. Mataron a mi enlace poco después de mi llegada, por lo que no pudo hacer mucho más que ungirme con los ritos que él mismo estableció, a modo de presentación. Aún así, en poco tiempo logré crear una comunidad base de seguidores y difusores tal como tenemos estipulado, utilizando tanto a hembras como a varones de variada extracción social. Adoctriné con palabras, con hechos, con todas las facultades que me habéis otorgado y, llegado el momento, hice lo único que podía hacer.

El Gran Mentor continuó impasible

—Habéis hablado bien, messe Zec. Pero no mencionáis otros detalles. Vuestra actitud desafiante en pleno centro de culto indígena molestó bastante a la elite sacerdotal. También vuestra posición frente a las hembras, en particular a una de ellas, y a ciertos grupos sociales, fue tomada como un acto de rebeldía por la misma elite local. Esa que, dejando aparte a las fuerzas militares de ocupación, debíais haber controlado desde un principio.

»Por otro lado, aunque es algo que no os atañe directamente, alguno de vuestros seguidores abrazaba ciertos proyectos políticos para los que la intervención armada se hacía del todo necesaria, e incluso mientras estuvisteis preso, hubo algún conato de rebelión en este sentido.

»Con todo, lo peor fue vuestra propia actitud ante los tribunales, tanto los del culto local como los de la autoridad civil. Esa altivez que mantuvisteis en todo momento está muy lejos de los preceptos de humildad que se proponían en vuestra formación.

—¡Nada más lejos de mi intención Venerable! Pero sabía que, de no haber actuado así, de haber solicitado clemencia, todo el camino trazado hasta entonces valdría menos que el polvo que pisaba. Sabía que mi actitud me llevaba a una ejecución ejemplar… pero, de haber continuado vivo, hubiese perdido toda la fuerza ganada. ¿Quién seguiría a un misionero que, ante la muerte, se asusta y se arrepiente de sus propias palabras?... Sé que, en determinados momentos, me dejé llevar por la pasión… pero allí, en el patíbulo…

—Tuvisteis suerte de que las fuerzas de ocupación optasen por dar una muerte lenta a sus condenados. Si no hubiese sido por ese tiempo extra, no habríais podido aplicar el protocolo de supervivencia para reducir vuestras constantes vitales al mínimo, hasta que os dieran por muerto y os sepultaran.

»Hasta ahí tenemos que daros la razón. Escapando a la condena, vuestro mensaje caería en el olvido. En cambio, aceptando la muerte, un líder pasaría a ser un mártir y, su mensaje, se convertiría en un libro de texto para la comunidad base. Sin embargo, el problema no fue vuestra muerte…

«El problema fue que os dejasteis ver después de ella. Un error de principiante que lo precipitó todo. De nuevo cierto sentimiento no sublimado permitió que otros os vieran. Como sabéis, la tumba fue abierta, y ahora nos enfrentamos a un problema mayor del que teníamos al enviaros.

El Gran Mentor hizo una pausa para poner más énfasis en sus siguientes palabras.

—Ofrecisteis en bandeja a vuestros seguidores algo nuevo: la promesa de otra vida. Hasta entonces, su mundo místico se lo repartían dioses inmortales y seres mortales. Ahora, esta raza tiene otra esperanza. Algo que han visto con sus propios ojos y que está muy lejos de su mísera existencia: la vida eterna.

»Las consecuencias de esto son impredecibles.

Zechery el Weig humilló la mirada, plenamente consciente de las razones del Gran Mentor para decirle lo que iba a escuchar.

—Vuestro castigo será precisamente volver allí, messe Zec… para todo lo que os resta de vida. Pero, lógicamente, se os extirparán los nódulos alfa, por lo que careceréis de las capacidades especiales que hasta ahora os facultaban y que os daban ventaja… Vuestra próxima muerte, será la definitiva.

»Y no os preocupéis, porque no os reconocerán. Seréis uno más, Zechery el Weig.

 
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martes, 19 de mayo de 2015

Las manzanitas de Eva


Como en aquel «spot» televisivo, en el que un «macizo» limpiacristales tenía a toda la plantilla femenina de ciertas oficinas pendiente de su hora del almuerzo, nosotros contábamos también con nuestro momento sexy, llevado a cabo por una morenita de piel tostada y nacarada sonrisa llamada Eva que, para encandilarnos usaba, ¿cómo no?, una manzana.

A las once en punto de cada mañana, independientemente de lo que estuviésemos haciendo y de forma más o menos disimulada, poníamos todos los sentidos en el mismo acontecimiento. Cada uno de nosotros, sin excepción, hubiera sido capaz de repetir la secuencia sin omitir detalle. Eva, en calculado movimiento, apartaba la silla de su escritorio, juntaba las rodillas, separaba los talones y se agachaba hasta tocar con el pecho las primeras. Mientras rebuscaba en la bolsa del almuerzo, una generosa vista de su anatomía, cual genuflexión de auténtico trovador, atraía la atención de la audiencia hacia su involuntario show.

Como en un juego de prestidigitación, una hermosa manzana verde aparecía entre sus dedos, en perfecto contraste con el rojo de sus uñas. El primer mordisco era lento, estudiado, evitando hacer ruido. Sus labios carnosos se separan antes de tocar la piel brillante, que se empañaba con su aliento. Entonces, la pulpa blanca estallaba en su paladar, causando el mismo efecto que el hipnotizador al chascar los dedos para inducir el sueño. A partir de ese momento, todo el auditorio permanecía en una especie de estado letárgico, de relajante ingravidez.

Cada manzana era consumida por Eva exactamente en dieciocho bocados. En cada uno de ellos, la pulpa se rompía con un quejido dulce y jugoso que erizaba nuestro vello, relajaba los párpados y provocaba un escalofrío de placer que nos recorría de arriba abajo, haciendo vibrar cada célula, como el sonido que, partiendo de un diapasón, viaja hasta el infinito.

De vez en cuando, sostenía la manzana ante sí, paladeando la carne fresca mientras se concentraba en la pantalla del ordenador. El mundo se detenía para observar aquella boca en movimiento, la punta de su lengua atrapando una partícula que trataba de escapar al destino, su carrillo levemente hinchado por el fruto de la tentación.

Cuando terminaba su almuerzo, Eva sacaba un espejito, fruncía sus labios en un beso —¡quién hubiera sido su reflejo!— y los pintaba de fresa, para no dejar ninguna duda sobre quien era la princesa. El corazón de su manzana, oxidado por el abandono, terminaba en la papelera y el de todos nosotros, presos de un hechizo, se olvidaba de latir hasta el próximo beso.

Esos eran nuestros días de rutina, encadenados por la magia de un momento, condenados al sueño por un mordisco.

Pero entonces llegó el francés, con su Porsche coupé, su pelo engominado y su deje de Neuilly.

Su nombre era Maurice y, según nos comunicó la organización desde París, venía para «poner las cosas en su sitio». Por eso, lo primero que hizo fue poner sus posaderas sobre la mesa de Eva. Balanceando la pierna al compás de su discurso y exhibiendo una sonrisa de cazador despiadado, se presentó como sólo un encantador de serpientes sabe hacerlo. Mientras hablaba, su mano tomó, de forma distraída, la manzana —nuestra manzana— que Eva tenía preparada esa mañana y, como punto final a su número de seductor, clavó sus colmillos en la piel tersa, desgarrando la carne de una enorme dentellada y masticando con avidez. Cuando se marchó, satisfecho de su actuación, dejó la fruta desgajada, cual presa desechada por el furtivo que ya hubiese obtenido su trofeo. Un solo mordisco bastó para destruir el paraíso que, de repente, se convirtió en la aséptica oficina de un buró de inteligencia.

Las técnicas de seducción de Maurice comenzaron a dar resultados. A fin de cuentas, su acento parisino, aspecto elegante y un cuidado físico, eran armas que jugaban a su favor, y por mucho que la envidia nos nublase la razón, había que reconocer que, lo que él hacía, no era más que lo que nosotros soñábamos. A los coqueteos frente a la fotocopiadora siguieron los ratos compartidos en la cafetería, las salidas a comer y las copas de los viernes. Sabíamos que Eva mantenía una relación sentimental de algún tipo, pues muchos días la esperaba un chico a la salida que, por la acogida que le dispensaba, teníamos claro que no era su hermano, pero para Maurice, este hecho, que a todos se nos antojaba un hándicap insuperable ante cualquier atrevimiento, no supuso ningún obstáculo y, al cabo de seis semanas, ya tenía a nuestra musa comiendo de su mano. No volvimos a ver al joven de la puerta, pero en cambio, la pasión desenfrenada que la nueva pareja exhibía, supuso una cruel tortura para nuestra imaginación. A las manzanitas verdes las reemplazó el yogur de bifidus y todo nuestro mundo onírico se vino abajo.

En pocos meses, una extraña melancolía se instaló en nuestra oficina y, a las once en punto de cada día, planeaba sobre la mesa de Eva —que ahora prefería tomar su almuerzo en la salita del café junto a su flamante novio—, y nos devolvía una mirada de desdén cada vez que nuestros ojos se extraviaban por allí. Sin embargo, cuando ya nos habíamos resignado ante los hechos y el verano había terminado su terapia de sol, un nuevo giro cambió la situación.

Maurice, el cazador, una vez logrado su objetivo y colocado su trofeo junto a los demás, perdió interés y comenzó a dejarnos ver su verdadera naturaleza. La alarma surgió el primer día que vimos a Eva llorar. Si algo nos había llamado la atención aquel primer día de hace seis años, fue una luminosa sonrisa de blanco y rojo que nunca perdió el color, que nunca dejó de lucir. Esa mañana sin embargo, sus labios estaban cerrados, sus ojos enrojecidos e hinchados, su semblante abatido. Nadie se atrevió a preguntar nada, pero las miradas de interés y preocupación derrumbaron en seguida su muro de autocontrol y un llanto silencioso purgó su dolor. Podía no haber sido más que una crisis pasajera, pero en cambio fue la señal de que algo más grave estaba ocurriendo.

Eva era una persona pulcra y exigente en su trabajo, escrupulosa con los horarios y las formas. Sin embargo, comenzó a llegar tarde con frecuencia y su aspecto, muchos días, era desaliñado y cansado. Dejó de sonreír, descuidaba su trabajo y mantenía una actitud defensiva. Incluso, algunos días, pudimos observar marcas de hematomas y rasguños disimulados en su rostro y brazos. En cierta ocasión, estuvo de baja un par de semanas sin que pudiésemos averiguar el motivo pues, en nuestras llamadas telefónicas, ella siempre contestó con evasivas.

Uniendo la información que cada uno pudimos obtener y deduciendo el resto, averiguamos lo que estaba pasando. El francés se había revelado como un hombre violento, posesivo y extremadamente celoso. Supimos que había hecho sus pinitos en la política francesa, pero dos divorcios en su currículum, varias relaciones sentimentales malogradas, con escándalo mediático incluido, y la sospecha de su implicación en cierto caso de corrupción, truncaron su carrera en la UPM de forma tajante, por lo que tuvo que poner sus habilidades al servicio de la organización. De la delegación en París, pasó a Bruselas y, de allí, a la nuestra, donde era bastante menos conocido por su vida personal. De hecho, ninguno de nosotros tenía la menor sospecha porque, de haber sido así, hubiese bastado un simple paseo por internet para habernos puesto sobre aviso. Por desgracia, para Eva ya era tarde.

Maurice había abandonado su piso de alquiler en Claudio Coello y se había mudado al de nuestra compañera, según él, de forma provisional en tanto no tenía algo más estable. En la práctica, había colonizado, no sólo la vivienda, sino la vida de Eva. Llegó a monopolizar su tiempo y su entorno social, controlando todos sus movimientos y contacto con otras personas. En poco menos de un año, dando muestras de una clara tendencia psicopática, había conseguido inducir en Eva una incipiente paranoia, mezcla de miedo y adición. Ella comenzó a perder peso y los ansiolíticos se hicieron indispensables. Sin embargo, lo peor estaría por llegar, cuando el francés, confiado en su posición de control, pasó a una actitud más agresiva. Podía encerrarla en el baño durante horas por el simple hecho de no haberle contestado a un “whatsapp”, u obligarla a comer hasta vomitar, obsesionado con su delgadez, entrando así en una crisis circular. En un principio pensamos que las magulladuras y arañazos que habíamos visto en el cuerpo de Eva habían sido consecuencia de un maltrato directo por parte de Maurice, pero luego supimos que eran autolesiones producidas en momentos críticos. No se trataba ya de vejaciones físicas, sino de algo más profundo. Eva se estaba consumiendo de dentro para fuera.

Comprendimos que no había más remedio que tomar cartas en el asunto. El problema era el cómo. Elegimos una tarde libre y creamos una junta de deliberación. De aquella reunión salió el plan que, sin más dilación, comenzamos a preparar. Lo bautizamos con el nombre de “Operación Garrapata”, porque, en definitiva, se trataba de hacer que el parásito soltase a su presa, para luego deshacernos de él.

Lo preparamos todo con minuciosidad. Sabíamos cómo hacerlo y contábamos con los medios para ello. Preferíamos actuar con calma y asegurar el éxito que precipitarnos y cometer algún error.

En una primera fase, de unos tres meses, trabajamos en dos frentes. Por un lado, buscamos darle a Eva mayor confianza en sí misma. Le ofrecimos responsabilidades adicionales que suponían una gran labor de investigación y que, aun siendo ficticias, crearon en ella una mayor implicación. Compromiso que fue oportunamente percibido por Maurice. Por otro lado, a través de algunas conversaciones, creadas para ser escuchadas, y de la filtración de ciertos documentos, transmitimos al francés la conveniente idea de que su novia estaba metida en algo gordo. Se trataba de hacerle cambiar el punto de vista respeto a ella y a su papel en nuestra organización. No queríamos hacerle pensar que nuestro futuro interés en él estaba relacionado con su relación de pareja, sino con algo que iba mucho más allá de su vida personal.

Cuando completamos esta etapa, llegamos a la parte más divertida. Creamos un ambiente propicio, de sospecha y temor, y llegado el momento, nuestros amigos se encargaron del trabajo sucio.

El secuestro fue fácil, llevado a cabo de forma impecable y encubierto sin problemas dado que, a fin de cuentas, Maurice pertenecía a la organización. Durante dos días permaneció inconsciente y un tercero atado a un catre en la nave abandonada de un polígono industrial. Pasadas esas últimas veinticuatro horas, dolorido, sediento y muerto de miedo, había llegado el momento de ponerle "la medalla".

Le asearon, le cambiaron la venda de la herida que tenía en el pecho, le dieron de comer y beber y, por último, nuestro hombre se sentó frente a él. Le explicó que, si se encontraba allí en ese momento, era precisamente por el respeto a la vida humana que nuestra organización mantenía como filosofía principal en el cumplimiento de su trabajo pues, de no ser así, hubiera sido más fácil deshacernos de él. Le dijo que su relación con la persona que él conocía como Eva estaba interfiriendo en asuntos muy graves que nos obligaban a tomar estas decisiones. El dolor en el pecho y las vendas eran debidos a que, durante el tiempo de su retención, se le había practicado una intervención quirúrgica, mediante la cual, se le había insertado un dispositivo de alta tecnología que cumplía dos funciones. Por un lado, se trataba de un emisor de posición, que nos daría una lectura inmediata si trataba de acercarse a Eva. Por otro lado, si intentaba manipular o extraer el chip, se liberaría una toxina en su sistema sanguíneo que provocaría una parada cardíaca en cuestión de segundos. Tenía, por tanto, dos formas de morir y un sólo camino para vivir: aceptar los billetes de avión que le teníamos preparados y no volver a pisar el territorio nacional.

Por supuesto, sabíamos que podría comprobar la veracidad de la información con una mera radiografía, y habíamos previsto esa eventualidad. Lo que Maurice desconocía es que, el dispositivo supuestamente mortal que llevaba, no era más que un pin de titanio en forma de manzana, totalmente inocuo, insertado bajo la piel entre dos de sus costillas.

En todo caso, nunca pensamos que todo aquello pudiese ir más allá de un buen susto, pero está claro que la naturaleza humana siempre te sorprende, porque jamás volvimos a oír hablar del tal Maurice. Puede que siga haciendo de las suyas en cualquier otro lugar del mundo, pero lo hará con una espinita clavada, muy cerca de su corazón.

Eva se tomó unas largas vacaciones, que pasó en un pueblecito asturiano. El día que volvió, todos esperábamos con ansiedad que llegaran las once de la mañana. En ese momento, Eva juntó sus rodillas, separó los talones y flexionó la cintura hasta que su pecho tocó las primeras. En su mano, entre sus uñas rojas, apareció una brillante manzana vede y, cuando se irguió, por primera vez desde que la conocíamos, pareció percatarse de la expectación que todos sus movimientos estaban causando. De un mordisco arrancó un primer bocado de pulpa blanca. Mientras masticaba, nos miró a los siete, y sus labios dibujaron una enigmática sonrisa.

 
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