lunes, 2 de julio de 2018

Arandedo 2. Xenia


—¡Hola!—alcanzó a responder un segundo antes de sentirse como un idiota.
 
—¿Por qué corres?—preguntó ella, divertida.

—¡No corro! He visto al ave, y he oído la llamada… Solo tenía curiosidad… No hay muchos gavilanes amaestrados por aquí—arguyó, todavía desconcertado por la presencia de la joven.

—No es un gavilán amaestrado. Se llama Gran.

—¿Gran?...

—Bueno..., en realidad, El Gran Cazador del Bosque, pero yo le llamo solamente Gran… ¿De dónde eres?

—De Couto. Está subiendo ese monte, pero tenemos pastos en este valle.

Mientras hablaba, Suso se iba acercando a ella tímidamente, cauteloso ante el altivo gavilán que descansaba en su mano, pero seducido por unos enormes ojos negros.

—¿Pastos?… Entonces, ¡Tienes vacas! —exclamó entusiasmada.

—Sí..., pero sólo cuatro.

—¿Dónde están?

—No lejos. Dos prados más allá...—Antes de que pudiera terminar la frase, se vio a rebufo de la joven, que se había puesto en pie y comenzaba a caminar hacia el lugar de donde él había venido.

Gran, el gavilán de plumaje gris-azulado con cinco rayas negras en la cola, movió las alas para separarse unos metros de la joven y luego se elevó con vigor hacia el cielo.

—¿Y tú… Dónde vives?—se atrevió a preguntar Suso, ya más confiado, mientras trotaba a su lado.

—A ese lado del valle—dijo ella, extendiendo el brazo hacia la ladera que terminaba en la acequia junto a la que caminaban.

—¿Y no tienes vacas ?

—Somos dos cabras, tres ovejas y yo. Ellas andan por donde quieren, como yo… Aunque nunca habría llegado tan lejos…, de no ser por Gran, que está creciendo y volviéndose más osado…

—¡Mira, ahí están!—interrumpió Suso, en cuanto divisaron al ganado pastando junto al arroyo—. Ésa es la Pinta, es una vaca suiza. Las otras son del país. Aquella se llama Marela, ésta Gallarda y esa otra es la Roxa, una becerra todavía.

La joven se acercó decidida al animal que tenía más cerca y se agachó bajo su vientre ante la atónita mirada de Suso y de Morito, que veían cómo la vaca no hacía el menor movimiento para apartarse. Tomó una de las ubres entre sus dedos y, estrujándola con suavidad, bebió directamente del chorro de leche caliente.

—Pues para no tener vacas…—comentó perplejo el joven campesino—te veo muy desenvuelta… Gallarda no es lo que se dice mansa, y no ha pestañeado.

—Nunca había probado la leche de vaca… ¡No está mal!—dijo relamiéndose con una mueca burlona ante los indiferentes ojos del animal.— Y a mi amiga le sobra.

Suso rió por primera vez y ella le siguió con sonoras carcajadas. Después, fue él mismo el que se tumbó bajo las ubres de la vaca para enseñarle la correcta técnica de ordeño. La joven permanecía muy atenta, inclinada hacia delante y con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que, de repente, un chorro de líquido blanco acertó de pleno en su rostro. Lejos de molestarse, rió con ganas la broma y su risa contagió al muchacho. Ambos se regocijaron, aventando con sus carcajadas a los pequeños reyezuelos que descansaban en las ramas de los chopos, hasta que, agotados, se echaron en la hierba.

Durante un par de horas, ella preguntó todo lo que se le ocurrió y él contestó como pudo, sustraído al mágico hechizo de aquella sonrisa sincera, cálida, y aquellos ojos negros llenos de vida. Y es que no se cansaba de mirarla, aunque bajara la vista cuando ella le sorprendía, porque sabía que el sueño terminaría cuando el ganado se hubiera saciado.

—Tengo que irme—interrumpió apesadumbrado, mientras se levantaba intentando sacudir en vano la humedad de sus pantalones.

—¿Mañana vendrás?— preguntó ella, contemplando cómo Suso agrupaba al ganado.

—¿Eh?... Sí, aquí estaré—respondió el joven sin pensarlo.

Morito se encargó del resto del trabajo, haciendo que las vacas cruzasen el endeble puentecillo y se encaminasen ladera arriba, abriendo un nuevo sendero entre los helechos. El campesino se despidió saludando con la mano y atravesó el río detrás del rebaño.

—¡Oye!—le llamó la joven, recordando algo súbitamente— ¿Cómo te llamas?

—Jesús Castelho... Bueno, Suso.

—Yo, Xenia.

Xenia irradiaba algo que le hacía sentirse cómodo, sin temor a no saber qué decir, sin esa presión que notaba en la boca del estómago cada vez que intentaba acercarse a alguna chica; y es que su escasa experiencia en esas lides le demostraba que las jóvenes de su edad, o bien eran tanto o más tímidas que él, o tan descaradas que asustaban a cualquiera. Menos a Teixo, claro está. Pero Xenia era distinta. Sentía su presencia como la frescura de una suave brisa en el verano, o como el intenso aroma de los cerezos en flor, impacientes por abrir la primavera. Se introducía en su piel como la humedad invisible de los prados, inadvertidamente, desde el primer segundo.

Cuando regresaba a casa en pos del ganado, a pesar de la euforia, una nube cruzó por su mente, pues recordó que a las vacas les tocaba cambiar de comedero, y el cuidado de los animales era una obligación que estaba por encima de sus propias necesidades, le había dicho siempre su padre. Así que, por la tarde, después de comer, se dirigió al cobertizo donde su abuelo tenía el taller de carpintería. Era un lugar pequeño, con el suelo cubierto de serrín y virutas, y un enorme banco que ocupaba casi todo el espacio, cruzado por cientos de pequeñas cicatrices y lleno de trozos de madera labrados o en bruto. Gumersindo cincelaba con mimo la pata de una futura silla. Suso, después intercambiar algunas frases triviales, se decidió a pedirle que le sustituyese en el pastoreo al día siguiente. El abuelo guardó silencio durante un rato, sin dejar de trabajar. Después, colocó la herramienta utilizada en su sitio correspondiente y eligió otro cincel, con bisel de media luna, de entre todos los que colgaban apiñados en la pared, entre infinidad de limas, serruchos, martillos, garlopas, cepillos, escofinas...

—Sólo mañana—dijo simplemente, y se calló lo que pensaba de las excusas de su nieto.

A la mañana siguiente, Suso se levantó muy temprano, con tiempo para lavarse de cuerpo entero en el viejo barreño de latón que usaban para las grandes ocasiones. Hasta se echó unas gotas del agua de colonia de su abuelo e intentó repeinar su encrespado cabello. Sus pies volaban bajando el sendero que conducía al valle oculto.

—¿Hoy no vienen tus vacas?—preguntó Xenia cuando le vio llegar.

—No, al final se las llevó mi abuelo a otros pastos—se excusó.

—¡Mejor! Así podemos dar un paseo—propuso la joven irguiéndose del suelo con entusiasmo.

Subieron a lo alto del prado y se alejaron por una estrecha y confusa senda que se internaba en la zona más boscosa del valle, a donde casi no llegaba la luz del sol y los pastos cedían su lugar a una tupida y sombría selva, tan sólo rota por el discurrir del agua en el fondo de la garganta. Gran, el ave cazadora, los seguía volando hábilmente por la linde del bosque alto, atento a las confiadas víctimas que pudieran salir de la arboleda para beber.

Durante unos minutos pasearon en silencio, uno detrás de otro para no pisar en falso y caer por el poblado barranco que formaba el río. De repente, como si algo la impulsase, Xenia se agachó temerariamente hacia un lado y acarició un planta rastrera de pequeñas hojas en forma de trébol.

—¡Mira!—dijo alborozada por su hallazgo—:¡Azedinha!. Llevaba tiempo buscándola.

Como viera la expresión perpleja de su acompañante, se apresuró a explicar:

—Es muy buena para las «curas de primavera» y los catarros.

—¿Conoces las plantas?

—Mi madre me enseñó. Ella lo sabía todo sobre las plantas, los animales, el bosque…Aunque de ellos también aprendí muchas cosas…

—¿De ellos?—repitió Suso, embobado con los luceros negros que le miraban serenamente.

—Sí, claro. El lobo, por ejemplo, si le pica una serpiente, busca una raíz de dragontea y la desentierra para comérsela y purgar el veneno. Las ciervas engullen hojas de martagón para entrar en calor...

—Nunca llegué a ver un lobo de cerca…

—Pues los perros y los gatos, que los tienes más cerca, se purgan de la misma manera comiendo hierba.

—Sí, pero… ¿Cómo sabes tú eso?—inquirió Suso, escéptico—Quiero decir… ¿Has visto a un lobo alguna vez desenterrando una planta para comérsela después de que le haya picado una serpiente?

Por primera vez Xenia tardó en responder. Se puso en pie y comenzó a caminar de nuevo, hablando sin volverse hacia él.

—Siempre he vivido entre ellos. Son parte del bosque… Como yo. Es como si fuesen mi familia.

En la mente de Suso relampagueó la idea de que, tal vez, aquella chica de ojos brillantes fuese una de esas meigas locas que vivían apartadas del mundo, pero el encantamiento del que se sentía prisionero le hizo desechar un juicio que, al instante, le pareció precipitado y falto de fundamento. Cuando las palabras de Xenia dejaron de hacer efecto, el campesino de Couto se dio súbita cuenta de la estúpida postura que tenía, en cuclillas junto a la planta mientras ella iba ya unos pasos por delante.

El sendero fue bajando poco a poco hasta el nivel del río, el cauce del canal se mezcló con el curso principal y juntos formaron un remanso de aguas tranquilas, cubierto por una amplia gama de plantas acuáticas que una pequeña cascada empujaba hacia las orillas, haciendo que agua y tierra se confundiesen en un manto verde.

—Esa es la menta de agua—dijo Xenia, señalando una planta que exhibía una flor violeta en el extremo—. No huele como la de tierra, pero es buena para las diarreas y los calambres...

—¡Escucha!—interrumpió Suso un tanto preocupado—. Esto se está poniendo difícil. Por aquí no parece que haya salida.

—¡No pasa nada!¡Ven!

Evitaron el firme falso y se introdujeron en una especie de túnel natural entre las altas zarzas, las cañas y los avellanos, saliendo al lecho seco de lo que había sido otro tramo de la acequia, único camino respetado allí por la lujuriosa vegetación.

—Conozco bien todo esto—le tranquilizó Xenia—. En época de lluvia, por aquí corre un agua cristalina, pero mucho más tranquila que la del arroyo de abajo. Ahora sólo quedan algunos charcos llenos de renacuajos.

—Sí, lo sé. Yo me entretenía en cogerlos de pequeño, cuando venía al prado con mi madre.

—¿Y qué hacías con ellos?

—Jugaba un rato y los volvía a echar en el agua.

—Bueno, ponías un poco de emoción en su corta vida—comentó ella divertida.

—¡Y en la mía, no te creas!

Xenia rió con ganas y Suso, sorprendido por su propia espontaneidad, se sumó al placer de la risa casi con ansiedad.

Caminaron por el cauce seco, evitando el agua remansada en algunos sitios y apartando las ramas de los avellanos más osados. Cuando se toparon con la tosca compuerta de madera de una pequeña presa de riego, la joven se encaramó ágilmente sobre el obstáculo y, cogiendo la mano de Suso, tiró de él para saltar juntos al otro lado.

Xenia continuó hablándole del bosque y de las plantas, de la corteza desodorante del carballo, del uso en heridas purulentas y úlceras del helecho macho, de la utilidad del musgo para hacer vendajes o para bajar la fiebre… Sin embargo, Suso ya no escuchaba. Todos sus sentidos se concentraban en el suave y espontáneo contacto que la joven se había tomado la libertad de provocar. Al principio, cuando ella le cogió la mano, se había sentido nervioso, azorado, incluso había aflojado deliberadamente la presión al cruzar la presa y salir de entre las varas de avelaira, esperando que ella lo soltara de un momento a otro, pero no fue así, y continuaron caminando unidos, y él sintió que aquellos dedos entrelazados con los suyos subían por su brazo hasta llegar al corazón y lo estrujaban llenándolo de calor.

Un poco más adelante, se sentaron en el grueso tronco de un roble caído y dejaron que el tiempo se detuviera, mirando el agua correr bajo sus pies y escuchando los mil sonidos del bosque, contagiándose de su magia.
 
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14 comentarios:

  1. Hubiera seguido leyendo horas y horas. Tú sí que sabes meternos en el ambiente sin descuidar los detalles. Sospecho que conoces bien la vida en el campo de Galicia, sus bosques y ese halo misterioso que lo envuelve todo. ¿Sabes lo que más me ha gustado? El taller del abuelo. Con cuatro pinceladas he visto cada rincón y he sentido el olor a serrín. Y la historia promete. Sospecho que los habitantes del bosque tienen mucho que decir.
    Un beso y a por el próximo capítulo

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    1. Yo también diría que conoces bien las playas de Tarifa y sus rincones, ja ja. Bueno, lo cierto es que, imaginación aparte, me gusta mucho más escribir sobre algo que conozco de primera mano (incluido el taller de carpintero) ¿A quién no?, me dirás. Y ese es el motivo de este relato un poco más largo (en realidad una nueva versión de un cuento-leyenda que escribí hace años) Ya se ha notado que, como dice Jorge, la tierra tira.
      Muchas gracias Ana
      Besos
      PD: ¿Cómo haces para estar siempre al quite de cada entrada? Eres la perfecta seguidora, aparte de prolífica escritora. A ver si un día me cuentas tu secreto, ja ja

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  2. Una segunda parte con la que nos transportas con los cinco sentidos a ese mundo rural gallego. Desde luego, demuestras tu capacidad como escritor al saber dar con el tono adecuado a cada historia ya sea de ciencia ficción o una fantasía como esta. Eso dice mucho de tu talento. Y aquí, como te ha comentado Ana, consigues describir ese mundo de manera vivida, dando detalles y pinceladas con las que el mundo de ficción cobra vida. Sin duda, la meigas haberlas, haylas. Un fuerte abrazo!!

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    1. Te agradezco mucho esos elogios, David, quizás en exceso generosos con este aficionaducho, ja ja, pero sé que me lees por gusto y con criterio, y ya solo el hecho de compartir tu tiempo, del que no debes de andar sobrado, conmigo, ya es motivo para que te esté sinceramente agradecido. Y bueno, presentados los personajes y su mundo, podemos entrar en materia... Hasta el próximo capítulo, compañero
      Un fuerte abrazo

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  3. Compañero Isidoro. Ante todo decir que estoy absolutamente de acuerdo con Ana cuando dice que el taller del abuelo es lo que más le ha gustado. Cómo logar decir tanto con tan pocas palabras debe ser cosas de meigas. Y hablando de meigas: ¿Es Xenia una de ellas? Parece conocer bien al bosque y a sus habitantes, dando a entender que lleva mucho tiempo entre ellos. "Son parte del bosque… Como yo", dice en un momento dado. ¿Es Xenia n ser fantástico fruto del bosque o una mujer normal y corriente que se nutre de las fuerzas que viven en él?
    Tendremos que esperar al próximo capítulo para responder, o no, a estas y otras cuestiones.
    Un abrazo grande, amigo.

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    1. Es curioso, porque el taller de carpintero, tan solo lo he esbozado. Está claro que todos tenemos en mente como debe de ser uno de esos lugares, ja ja. ¿Recuerdas aquella serie italiana sobre Pinocchio, en la que, el hada era Gina Lollobrigida? (Puede que te pillara muy joven, yo era un chaval). Era un tanto extraña, pero en cierta forma, algunos aspectos (y uno era ese viejo carpintero y su taller) dejaron imágenes imborrables en mi mente de crío. Por otro lado, sobre lo que comentas de Xenia, amigo Bruno, no quiero adelantar nada, pero recuerda bien tus palabras cuando leas los próximos capítulos. Como ves, a mí también me gusta dejar pistas que el lector atento va descubriendo (no me gusta el efecto ”chistera de mago", ja ja) Y tú eres un buen lector, no me cabe la menor duda, porque además, eres de los que cuidan mucho esos detalles en sus propios textos. Muchas gracias por tus palabras, compañero
      Un fuerte abrazo

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  4. Nos has detallado muy bien todo, incluso la carpintería y sus herramientas. El bosque casi deshabitado por humanos. Xania que parece ser una meiga o hija de esas mujeres que conocían buen las hierbas para curar todo tipo de enfermedades. Ella conoce el bosque mucho más que Suso, a ver que nos cuentas en el próximo capítulo. Un abrazo.

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    1. Sé que este relato va algo despacio, y no es habitual en mi. Por eso os tengo que pedir un poco de paciencia en su lectura y que disfrutéis precisamente de lo que tú apuntas, los detalles, el ambiente, dejandoos empapar por la magia de ese mundo. Entonces, Xenia os sorprenderá. Espero que os resulte una lectura agradable para este verano.
      Te veo en el próximo, Mari Carmen. Será un placer tenerte por aquí
      Besos

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  5. Esto de participar en el tintero del amigo David, aunque gratificante, nos deja sin tiempo para todo lo que quisiéramos leer Isidoro.
    Ya sabes, me lo guardo, releo el I, para no perder la esencia y ya te digo ¿vale?
    Muchos besos Isidoro.

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    1. No te preocupes compañera, sé muy bien de lo que hablas y estimo mucho el tiempo que dedicas a leerme
      Besos

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  6. Pinta y Marela. Mis abuelos tenían dos vacas que se llamaban así. En las tardes de verano pasé muchas horas jugando en el prado mientras el rebaño pastaba. Sólo por esto ya me has ganado con este relato. Cómo me recuerda tu historia a esos bosques y prados que también fueron los míos! y eso es mérito tuyo al conseguir traer esos recuerdos con las estupendas descripciones del campo gallego. Esas caminatas al borde del río, sorteando la maleza y saltando entre las piedras, supongo que es algo que todo niño que haya pasado su infancia en el rural gallego ha hecho más de una vez. Y todavía en las contadas ocasiones que puedo, lo sigo haciendo. Ya ves Isidoro que al margen de la historia, la ambientación me ha ganado por completo.
    Luego está Xenia, encantadora e inocente, a la que has dotado de desparpajo y naturalidad y que es la otra gran protagonista de este cuento, opacando en cierto sentido al propio narrador. Un personaje al que has hecho elevarse por encima de la historia y que casi se mimetiza con el entorno. Veo que te has documentado bien respecto a los remedios naturales que vas desgranando en algunos párrafos, algo a lo que ya nos tienes acostumbrados. Nos dejas con la miel en los labios acerca de como continuará la historia, un cuento romántico en toda regla... o no?
    Nos seguimos leyendo Isidoro. Un abrazo.

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    1. Creo que para los nombres de las vacas nunca ha habido mucha imaginación, ja ja. Yo escuchaba repetidos en todas las casas los mismos nombres. Me alegro de haberte llevado de nuevo, un poco, a aquellos bosques y aquellos prados donde pastaba el ganado. Solo por eso ya me ha valido la pena publicar el relato (escribirlo está por descontado) En todo caso, supongo que para la mayoría no resulte el ambiente más atractivo para un relato "romántico", pero a medida que avancemos, se irá entendiendo mejor la verdadera esencia del mismo. Y con esto enlazo con el final de tu comentario, porque romántico sí que es, si duda, pero también hay algo más. Hoy dejo una nueva entrega. Espero que la disfrutes igual, y llevarte algo de esa Galicia profunda este verano, je je
      Un fuerte abrazo, paisano

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  7. Leía la primera parte de la parte contratante… vamos a la segunda.
    Hay unos cuántos aspectos que destaco. La naturaleza (el prado, los montes, los animales…), la sensación es de libertad plena.
    Como siempre los pequeños grandes detalles, por ejemplo, nos enseñas el gavilán y es muy muy fácil verlo, no solo su vigoroso vuelo, hasta he contado las cinco rayas negras
    El hecho de presentarnos a los animales por sus nombres implica cercanía con ellos.
    Xenia forma parte del paisaje, las has mimetizado con él, natural, armoniosa, fresca en el mejor de los sentidos y un poco salvaje, y la atracción del Suso hacia ella es evidente.
    Gurmensindo es calma, se toma su tiempo para contestar (mientras, su creador, un tal Isidoro,aprovecha las pausas para por medio de gestos mostrarnos el oficio de carpintería)
    Hay armonía entre la gestualización, las descripciones, los diálogos y las sensaciones; cuatro bazas que sabes utilizar con maestría compañero, a la que sumo la documentación que avala lo que cuentas, y que no metes con calzador para lucimiento del autor, sino con naturalidad al servicio de la historia.
    Y lo que a mí me parece el ombligo del relato, el cómo se forman las hechiceras, brujas, meigas, que por estos lares llamaban los guanches “harimaguadas” , el campo de cultivo de ellas, las yerbas o hierbas, las pócimas, los elementos que tienen más a mano en sus tierras de bosques, montes y valles… que te voy a decir yo a ti que eres de esas tierras. En el fondo el pueblo les tenía un miedo atávico porque dominaban hasta cierto punto “el conocimiento del medio”
    En otro ratito voy a por el 3 “Arandedo”
    Ya ves que me ha gustado mucho Isidoro.

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    1. Siempre he sido un amante de los detalles, ya lo sabes. Son como una segunda lectura, como si estuvieran ahí para el lector que quiere un poco más, que no se conforma con pasar sobre la historia. El gavilán, pareciendo un elemento pasivo, tiene su pequeña importancia en todo el relato, hasta el final. Porque el final ya está escrito, no soy de ir improvisando a medida que avanzo, no me va esa técnica. Empiezo las historias por el final, lo dejo ahí, aparcado, y luego dibujo mi camino hacia él. Xenia ha de estar realmente mimetizada con el paisaje. Gumersindo ha de ser la calma que sosiegue a Suso. Creo que hay armonía porque toda la historia, en su conjunto de gestos, diálogos, descripciones, discurre por una estructura previamente trazada. Al menos así lo veo yo. Todos estos personajes, como la curandera, estereotipos del carácter gallego, son la esencia del relato, efectivamente. Pero dentro de ellos, Xenia se desmarca, es especial. Sigue leyendo y tendrás más pistas.
      Un gran abrazo, amiga, y a seguir disfrutando del verano. Porque por supuesto, entre ello está el leernos

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