domingo, 22 de junio de 2014

Banghi Bayée


En las riberas de un afluente del río Mara, en Kenia, se ubica el territorio de una pequeña tribu de cazadores-recolectores, los watassi. Sus casas de madera se yerguen sobre pilares clavados en el fondo del terreno pantanoso. El río es su hábitat natural y, aunque la pesca sea el componente principal de su dieta, es la actividad cinegética, como en la mayoría de las tribus africanas, la que conforma su estructura social, religiosa y cultural. En su caso, con unas particulares características.

El animal “tótem” de la etnia es una especie de cocodrilo gigante, propio de las aguas fangosas del Mari y primero en la cadena alimenticia de este ecosistema. Su caza es muy selectiva, pero además de una suculenta carne, que se reparte entre toda la comunidad siguiendo un complejo procedimiento ritual, les provee de una resistente piel para fabricar cuerdas, cinchas, cestos o prendas de vestir, y sus poderosos dientes son usados para confeccionar los adornos corporales que les dan la seña de identidad.

Banghi, como llaman en su lengua al gran saurio de potentes mandíbulas, es el espíritu del río. Encarna, tanto la fuerza arrolladora de las crecidas, como la serenidad del estiaje, y la casta de cazadores especialmente dedicados a su protección, son los banghi bayée, o “piel de cocodrilo”.

Los watassi ocupan este territorio desde que el mudo es mundo, desde que el hombre pisa la faz de la tierra. Se han adaptado perfectamente a su entorno, formando un todo con el paisaje. Su vida tranquila, armoniosa, en paz con la naturaleza y con sí mismos, transcurre sin cambios a través de los siglos.

Tan sólo en una ocasión, su existencia fue perturbada, y aquellos hechos son relatados por los wataii-wig, los “ancianos contadores de historias”, en cada una de las reuniones, para que no se olvide, para que todas las generaciones sepan lo que pasó y lo que pudo haber pasado.

Basurhee, la etnia de los blancos, era conocida desde tiempos remotos, siendo frecuentes ciertos tratos comerciales durante la estación seca y el intercambio de algunos elementos culturales. Sin embargo, fue durante la era basurhee-weeh, llamada así en recuerdo de los acontecimientos narrados, cuando todo cambió. Gente nueva se estableció en poblados cercanos. Gente sucia, que construía casas sucias con tela y chapas metálicas. Había blancos y negros, pero todos vestían igual y todos olían igual. Venían a cazar y matar a Banghi. No por su carne, que incluso desechaban, sino por su piel, que constituía un artículo de lujo muy solicitado en su mundo. Y lo hicieron sin piedad. No respetaron períodos de cría, ni espacios sagrados. Mataban indiscriminadamente. Su único fin era sacar el mayor provecho en el menor tiempo posible. No les importaban los watassi. Los ignoraban por completo, como si fuesen sombras de un pasado que ya no existiese. Solo cazaban, bebían, peleaban e incluso se mataban entre ellos.

Los ancianos no tardaron en comprender la situación. Si no hacían algo, basurhee terminaría por derrotar a banghi en su desigual combate. Con la caída de banghi, la vida en el río cambiaría totalmente, y la existencia de los watassi perdería su sentido. Después de largas deliberaciones, el consejo elaboró un plan de acción. Un grupo selecto entre los banghi bayée se encargaría de apartar a las criaturas del gran cocodrilo, en la última luna, para después llevarlas río arriba, hasta el territorio conocido como Wazii-leg, aquél donde las aguas se esconden. Se trata de una zona de escorrentía, donde diversos cauces menores traman un laberíntico espacio de cavernas, fosas y depresiones ocultas. Era el lugar ideal, de charcas tranquilas e imposibles de localizar, donde los banghi bayée tendrían que proteger y criar a su tótem sagrado, en espera de la señal que les indicase el momento en el que pudiesen devolver el mundo a los dioses y continuar con su vida, en la esperanza de que basurhee no venciese en la última batalla y que todo, en el fin de los malos tiempos, retornase a su ser.

Las lunas pasaron, y las estaciones, y varias generaciones de wataii-wig relataron el final de una estirpe. Los basurhee se multiplicaron. Construyeron casas y más casas. Algunas tan enormes como todo el poblado de los watassi. Para ello, talaron infinidad de árboles, y taladraron el bosque con malolientes caminos de alquitrán. Sus basuras crearon colinas que no existían y sus excrementos envenenaron las aguas. Obligaron a los indígenas a trabajar para ellos, y trajeron a personas que les inculcaron su lengua y sus costumbres. Enfermedades nuevas se llevaron a los más débiles y, el resto del pueblo watassi, aculturado y esclavizado, dejó de existir como tal. Tan sólo en un desconocido rincón del alma de los supervivientes y en los banghi bayée que permanecían ocultos en las tierras altas, permaneció latente el espíritu que les daba identidad desde tiempos ancestrales.

Con el tiempo, los augurios se cumplieron, y banghi desapareció de las aguas del Mara, y aún de todo el territorio de los grandes lagos. La incontrolada y aniquiladora caza furtiva, de forma directa, y la paulatina e irracional destrucción de su hábitat natural, de forma indirecta, fueron vehículo del negro pronóstico y causa del total exterminio. Después de esto, basurhee no encontró motivo para permanecer allí. Como si de una gran plaga de langosta se tratase, tal como vino, se fue, y lo que quedó fue desolación. Los pocos indígenas que no se fueron con ellos, permanecieron como fantasmas en el desierto.

Pero llegados a este punto del relato, los “viejos contadores de historias” iluminan su mirada de esperanza, y explican cómo, los banghi bayée, trajeron de nuevo el espíritu a la tierra de los watassi. Ellos vieron la señal esperada y regresaron a las tierras de sus antepasados. Enseñaron otra vez, con la paciencia de quien no necesita medir el tiempo, costumbres, lenguaje, modos de vida, ritos sagrados. Banghi volvió a ser dueño de las aguas, los bosques se hicieron con los caminos y la vida los llenó de nuevo. Después de varias generaciones de wataii-wig, afortunadamente, el recuerdo sólo permanecía vivo en las historias.

Los watassi siguen viviendo en su territorio, igual que en el principio, cuando la tierra era joven y el hombre comenzaba a hollar el suelo con sus pies descalzos. De los basurhee no se ha vuelto a saber nada, pero si vuelven, los watassi saben lo que tienen que hacer.
 
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sábado, 17 de mayo de 2014

Tu perro fiel


El reloj de pared marca las once de la mañana. Tengo exactamente sesenta minutos de tiempo. Una hora, para escribirte lo que llevo tantos meses callando.
 
“¿Recuerdas la fiesta de Carnaval del año pasado? Te habías disfrazado de Neytiri, la princesa Na’vi de Avatar. Estabas impresionante. Resplandecías en tu papel, tan sólo cubierta por una malla pintada de azul intenso. Te sabías dueña de la magia y de un cuerpo que quita el hipo. Alzada sobre tu metro noventa y unos zapatos de plataforma, no eras princesa, sino la reina absoluta. En cambio, cuando me viste sentado en la escalera, tomando mi “ene-ésima” cerveza, como tú dices, pediste otra para ti y te sentaste conmigo. Me miraste con tus ojos aguamarina y tu deslumbrante sonrisa y me preguntaste si a Peter Pan le iría el rollo Na’vi.
 
Nunca supe valorar si tu cordialidad, esa simpatía innata de la que haces gala con todo el mundo, esconde, en algún caso, sentimientos más profundos. Sé que te acercaste a mí porque me viste solo, marginado, y para ti no era únicamente “la buena acción del día”, ni un deber social, sino algo espontáneo, intrínseco a tu forma de ser, a ese carácter de chispa que ilumina la oscuridad de forma natural. Pero yo no pude hacer otra cosa que enamorarme de ti. Era la primera vez que sentía algo así por una persona real.
 
Desde entonces, tu vida pasó a ser la mía. Prácticamente habitaba en tu vecindario, con la esperanza de encontrarte en la calle o en el supermercado, y poder hacerte algún recado que me permitiese acompañarte a casa, y que me invitases a un té frío o a un zumo de naranja, y que te sentases conmigo en el sofá de la tele, rozando con tu mano mi antebrazo mientras me hablabas de la práctica en el laboratorio de biología. Conocía tu guardarropa al detalle, con todos sus complementos, los colores de tus barras de labios, e incluso los criterios que seguías para maquillarte. Sabía deducir tu estado de ánimo por la ropa que llevabas puesta. Cada vez que tenía la oportunidad de entrar en tu casa, registraba todos los datos e incluso abría subrepticiamente algunos cajones en busca de una intimidad que sólo yo pudiese recordar. Recopilé fotos tuyas del anuario del instituto, de la revista de ciencias, de los eventos deportivos, de las actividades, y pedí una ampliación de la que nos hicimos juntos en el campamento de verano.
 
Aunque te cuente todo esto, no pienses que soy un iluso. Sé perfectamente que no me ves como yo te veo a ti. Existen demasiadas diferencias entre nosotros como para pensar otra cosa. Me hubiera conformado con estar siempre cerca, en el anonimato, haciendo lo que me pidieras, siendo tu esclavo, tu perro fiel, sin que tú supieras nunca de mis verdaderos sentimientos. Sin embargo, éste es mi último año en el instituto, y dejaremos de vernos todos los días en clase. Todo contacto se hará más difícil y tú, con el tiempo, me olvidarás. Pero he tenido tiempo para pensar, y para planificar cuidadosamente nuestro futuro.
 
Durante este tiempo he conocido a tu hija, muy distinta a ti, por cierto. Tú no lo sabes, pero mi relación con ella ha ido creciendo en los últimos meses, hasta el punto de que nos hemos comprometido formalmente. Reconozco que ha sido una sorpresa incluso para mí. Yo sólo quería acercarme a ti, y puse todo mi empeño en esa relación, pero nunca pensé que ella podría implicarse tanto y tan rápido. El caso es que, este fin de semana piensa hablar con vosotros, y comunicaros nuestra decisión. Ya ves, estaremos juntos a pesar de todo.
 
Si te preguntas por qué te cuento esto ahora, piensa que, a partir de este momento, ya no me verás de la misma manera y, quizás, tus sentimientos hacia mí también cambien. No sé muy bien porqué, pero prefiero que lo sepas todo antes de que ocurra lo que, en cualquier caso, es ya inevitable. Al fin y al cabo, yo sólo quiero ser tu perro fiel. “
 
El reloj de pared marca las doce en punto. De repente, tus palabras rasgan el silencio del aula:
 
-¡Chicos, el examen ha terminado! Dejad las redacciones sobre la mesa y no os olvidéis de poner vuestro nombre.
 
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lunes, 21 de abril de 2014

Cuentos chinos


Puede decirse que todo el mundo despierta al mismo tiempo en la aldea de Jigong. A las 6,15 de la mañana, los altavoces instalados en las calles comienzan a emitir la misma canción que viene sonando desde hace sesenta años, como si el tiempo no transcurriera en este apartado rincón de las montañas Taihang.

Jigong es una de las últimas comunas maoístas de la China interior. Una reliquia del pasado que subsiste como un viejo dinosaurio en un mundo de robots. Casi resulta anacrónico escuchar los viejos himnos por la megafonía, ver los manidos programas propagandísticos en la televisión, o el retrato de Mao Zedong en cada uno de los hogares.

Cuando se llevaron a cabo las reformas de los ochenta, el estado entregó las tierras a los agricultores, pero la gente no tenía capital suficiente para comprar y aquí se tomó la determinación de mantener el régimen comunal, con el beneplácito de todos los habitantes que se quedaron. Las barriadas crecieron, se instalaron fábricas de calzado y de cerveza, aumentó el turismo atraído por la vida tradicional y se incorporó la tecnología. Sin embargo, se mantuvieron el arco chino de la entrada, la estatua de Mao, las pancartas rojas y las antiguas dependencias comunales. La aldea continuó viviendo, apartada de la gran urbe, del tráfico y del consumo. Lejos de aquella China revuelta, entre la represión del Partido y la vorágine capitalista, que yo conocí.


Cursaba mis estudios en la universidad de Pekín, cuando murió Hu Yaobang. Muchos habíamos puesto grandes esperanzas en aquel hombre, de ideas liberales y espíritu dinamizador, pero cuando le apartaron del Partido, nuestro ánimo se vino abajo, y se convirtió en frustración con su muerte.

Hubo gritos de libertad. Gritos contra el abuso de poder, contra la corrupción. Gritos pidiendo atención a la situación económica, a las marcadas diferencias sociales. Se hablaba de democratizar la universidad, de una prensa libre, del respeto a los derechos humanos. Nadie planteaba una democracia del estilo de las occidentales, pero todas las pancartas llevaban la palabra minzhu, el gobierno del pueblo. Sólo queríamos apertura a las reformas, al diálogo.

Sin embargo, el gobierno permaneció impasible a las manifestaciones, a las huelgas de hambre, a las movilizaciones masivas. Indiferente a todo lo que sucedía a su alrededor. Y entonces ocurrió lo inevitable. La foto del “hombre tanque” de la plaza de Tiananmen apareció en las rotativas de todo el mundo. Bien es cierto que aquel momento no fue más que una anécdota, utilizada tanto por un bando como por el otro, porque en un último acto de racionalidad, los miles de manifestantes que ocupábamos la plaza, aplacados los ánimos mientras Hou Dejian nos cantaba “los hijos del dragón”, abandonábamos pacíficamente la concentración. Pero en el puente Muxidi y en la avenida de Chang’An, la represión no se contuvo.

Vi caer a mi alrededor a cientos de personas bajo las ráfagas de ametralladora. En mi retina quedaron grabadas imágenes dantescas, donde se mezclaba el humo de los tanques, los destellos de las ráfagas mortales, la sangre en el asfalto. En mi cerebro quedó grabado el odio, la ira, el dolor. Lo que habían sido palabras de libertad en boca de jóvenes inquietos pasaron a ser, como en tantas otras partes, murmullos clandestinos de destructiva oposición.

En aquellos días, ahogado por un sentimiento de derrota, a punto estuve de abandonar el país, y si no lo hice, fue por razones en las que aún hoy sigo meditando. En cambio, terminé mis estudios, y entendí que las revoluciones se hacen desde dentro. No intentando transformar a los políticos que nos representan, sino educando a sus vástagos, que serán los que soporten el peso del futuro.

Llevo cerca de dos décadas enseñando historia en la aldea de Jigong, y si algo he aprendido en todo este tiempo, es que esta disciplina no se escribe, sino que se cuenta. Porque lo escrito muere cada vez que se escribe y, cuando se lee nace algo nuevo, distinto a lo escrito, que morirá en su traslado al papel. En cambio, lo hablado es memoria viva de los pueblos y fluye a través del tiempo, vibrando con la voz de quien lo narra y palpitando en el corazón de quien lo escucha.
 
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