viernes, 21 de marzo de 2014

Melody


A Marina
 
En la época en la que se desarrolla esta historia, se me podía definir fácilmente por cuatro aspectos: era un poco torpe en mates y en francés, nada despreciable como pívot del «junior» de baloncesto, me partía la cara con quien hiciera falta por mis amigos, y sólo me sacaban a la pizarra para borrar la parte de arriba.

Pero no es de mí de quien quiero hablar...

Se llamaba Melodía, aunque a ella no le gustaba mucho su nombre, por lo que siempre se presentaba como Mel. Sus padres, cariñosamente, la llamaban «Caramelo», lo que aún le sentaba peor, y en «insti» la conocíamos por «Cancioncilla», o más habitualmente, por «Politono»

Todo comenzó en primero de «la ESO», poco después de Navidad, cuando un infortunado esguince truncó por una temporada mis aspiraciones deportivas y mi actividad favorita durante el recreo, así que, para matar el rato, no me quedó más remedio que sumarme al resto de las distracciones comunes: contraste de opiniones y valoración de los miembros del sexo opuesto, charlas de actualización sobre marcas y complementos, comentario de los últimos eventos deportivos y, en fin, a la siempre estimulante «caza del pardillo».

Aquel día el aburrimiento flotaba por el patio cuando vi a «Politono» sentada en el poyete de la escalera. No es que fuera raro verla allí. De hecho, era su lugar habitual. Lo extraño es que, siendo alguien a quien yo nunca había prestado demasiada atención, sintiera el impulso de acercarme a ella.

—¿Qué haces «Politono», pasas lista a las hormigas?

Ella ni siquiera me miró, y como si fuera su respuesta, sonó la sirena de llamada. Cuando se levantó para marcharse, observé que se había dejado el móvil en el poyete y, justo cuando lo cogí para dárselo, comenzó a vibrar con un mensaje nuevo.

—¡Oye!, que te dejas el móvil de la abuela…

—No es un móvil, es un detector de estupidez que se activa por contacto... pero no te preocupes, si sólo vibra, el grado de estupidez es bajo.

No podría explicar mi reacción de entonces. La percepción que todos teníamos de «Politono» era más o menos la misma: una chica bastante tímida en clase, que únicamente hablaba cuando se dirigían directamente a ella; no es que fuera un genio, pero no sacaba malas notas, sobre todo en mates y ciencias; no tenía muchos amigos, casi siempre trabajaba sola y únicamente se relacionaba con otras dos chicas más o menos del mismo estilo, es decir, insulso; descuidada en su aspecto y en el vestir, torpe en el caminar; en fin, lo que yo definiría como «nada interesante». De hecho, cuando sus amigas se juntaban con otras, ella simplemente se apartaba… o la apartaban. La pregunta que yo me hacía en ese instante absurdo de indecisión era: ¿Qué es lo que me había impedido, simplemente, propinarle un «collejón»?

Pero no sería aquella la última vez que mi propio comportamiento me iba a sorprender, porque un extraño hechizo me impulsó, dos días después, a volver a hablar con ella.

Fue en clase de gimnasia. Yo no podía correr por mi lesión, y ella, después de cinco vueltas al campo de fútbol, había conseguido que el «profe» se apiadase de su estado —¿ya he dicho que el deporte no era lo suyo?— y le permitiese descansar.

—Deberías controlar mejor la respiración… —le aconsejé.

—¿Y tú por qué no me dejas en paz y te vas con tu panda?

—Porque mi panda está corriendo,… y tú eres la mejor opción… Es decir, la única.

 
—El problema no es la respiración, lumbreras. Son los deportivos. Son nuevos y la lengüeta del talón me hace daño.

—Pues lo tienes chungo, porque todas son así. Las únicas que no la llevan son las «Convers» planas de toda la vida, pero esas no te valen para gimnasia según el «Suaseneguer».

—El «Suaseneguer» es un flipado. Si por él fuera, seguro que, si hiciéramos natación, al que no tuviese gorro de baño le haría raparse la cabeza como la suya.

Nos reímos de buena gana ante aquél comentario y he de reconocer que no dejaba de resultarme chocante que aquella chica, de poca historia y nada de «filing», pudiese tener algo de chispa.

Una chispa que también creó, en algún momento que no sabría precisar, una relación distinta entre ella y yo. «Politono» pasó a ser Mel, y los encuentros se repitieron, unas veces «casualmente» y otras de forma provocada. Eso sí, provocada, de momento, sólo por mí, porque ella seguía mostrando el mismo desinterés hacia mi persona que durante todos los cursos de «primaria». Algo, por otra parte, bastante normal, puesto que nunca habíamos pertenecido al mismo grupo.

Sin embargo, aquello también cambiaría en cierto día lluvioso del mes de marzo.

Salíamos de clase, y Roberto debía de estar con alguna de sus bromas recurrentes, porque Mel le increpaba tímidamente y él, ante la provocación, le tironeaba de la capucha hacia atrás o la empujaba cargando sobre la mochila. 

—¡Eh Lazcano! —le grité—, déjala en paz o te meto una hostia, gilipollas.

Tuve suerte. Lazcano no quiso problemas y desvió su atención para concentrarse en las tetas de Belén.

Fui con ella el resto del camino y se mantuvo cabizbaja y en silencio durante un buen rato. Cuando por fin habló, pareció como si soltase lastre:

—¡Estoy harta de Lazcano!, es un idiota. Siempre se está metiendo conmigo y riéndose… Bueno, estoy harta de todos.

No sabía muy bien que decirle…

—La verdad es que siempre habrá «pardillos» y gente a la que le mola meterse con los «pardillos»… Es una ley natural.

Ella me miró, entre dolida y resignada. Era como si el demonio le estuviese diciendo que era carne de cañón, pensé.

—¿Te acuerdas de Carlitos? —le pregunté de sopetón acordándome de algo.

—¿Carlitos «el panoli»?

—Sí, bueno, así le llamábamos… Pero mira: Un día, fueron Antonio Platero y David con la idea de quitarle las botas y colgarlas del cable de la luz,… ya sabes, y cuando les vio venir, coge y les dice: «esperad un momento; por qué lo vais a hacer gratis si podéis sacar algo; si se lo hacéis a Lazcano os doy todos los cromos “repes” de “Ben 10”…, y tengo un “tacazo”, eh…». Ese día, Lazcano volvió descalzo a casa. Moraleja: No siempre el más «pringao» es el que lo parece.

No tenía muy claro que mis comentarios fueran los más acertados, pero ella me respondió con ingenuidad:

—Sí, bueno, pero yo no puedo hacer eso.

 
—¿Por qué no?

—Porque no tengo nada que les interese.

Pensé en aquella frase de que «si no tienes algo que decir que valga más que el silencio es mejor que te calles», así que resolví continuar acompañándola sin abrir más la boca.

Pero volví con ella al día siguiente. Y muchos otros días. El acercamiento se fue haciendo cada vez mayor, y empezamos a compartir meriendas en el recreo, caminos de vuelta a casa, e incluso fiestas de cumpleaños, a las que nos invitábamos recíprocamente.

Yo volví a mis partidos de baloncesto, pero no por eso dejé de hablar con Mel, que incluso algunos sábados madrugaba para venir a vernos jugar. Con el paso de las semanas se fue forjando una buena amistad. Yo la defendía de los inoportunos «tocapelotas» y ella me ayudaba con las mates. Una simbiosis perfecta en la que nos había unido nuestro propio aislamiento. El mío, debido a mi altura y condición física. El suyo, por su propio carácter hermético, poco social y nada dispuesto a expresar algún tipo de afectividad.

En nuestros ratos de ocio inventábamos canciones para un futuro dúo musical, llamado «Goma y Lápiz», confeccionábamos listas secretas de «motes», leíamos cómics de «Spiderman», quedábamos para patinar,… Pero no teníamos perfiles en Facebook ni en Twitter, ni teníamos lista de contactos en el Messenger; no íbamos al cine en panda ni de compras al centro comercial.

No dejamos de pertenecer a la sección particular de las «rarezas»,… pero ahora nos importaba menos.

Con el mes de mayo llegó el viaje de fin de curso. Nos fuimos a los Picos de Europa durante cinco días, que pasamos entre marchas de orientación, charlas educativas sobre la naturaleza, actividades de multiaventura, etc.

Era la primera vez que compartíamos tantos días completos y la naturaleza de las relaciones entre nosotros también cambió en cierta forma. Creo que conseguimos unirnos un poco más al resto del grupo en general, pero sobre todo entre Mel y yo, el vínculo se hizo bastante más fuerte. Recuerdo momentos muy gratos de aquellos días, pero entre todos hay uno que se mantiene perfectamente nítido en mi memoria: era la noche del último día de campamento, y después de la cena teníamos un rato de esparcimiento antes de la llamada a los dormitorios. Mel y yo nos habíamos sentado en uno de los bancos del porche, en uno de esos ratos de intimidad compartida a los que nos estábamos acostumbrando…

—Fíjate en aquél avión; sí que va alto… —comenté de pasada.

—No es un avión…; fíjate, no lleva luces de posición; es como una luz fija que se mueve lentamente y demasiado alto.

 
—Entonces, ¿es una estrella fugaz?

—No, tampoco; es un satélite artificial que circunda la tierra y lo vemos porque refleja la luz del sol.

—Ah, vaya —contesté sintiendo un cierto rubor, como si me hubiesen pillado en clase sin haber estudiado el primer tema de Sociales—. ¡Mira que hay estrellas en el cielo, eh¡

—Y no sólo estrellas, también hay «no-estrellas»

—¿Y eso qué es?

—Yo les llamo así a los agujeros negros. ¿Sabes lo que es un agujero negro?

—¿El culo del «Suaseneguer»?

—Casi —dijo riendo—. Una «gigante roja» es una estrella muy vieja y cuando se hace todavía más vieja y consume toda su energía, su propia gravedad la convierte en una «enana blanca», y más allá, esa misma gravedad la va haciéndose contraerse todavía más y más, hasta que está tan concentrada, que en un minúsculo punto del espacio se forma un punto de una densidad tan tremenda y una gravedad tal alta que no deja que se escape ni la luz, formándose un agujero negro… Es un espacio vacío, misterioso, donde para nosotros no existe nada…

Estuvimos un minuto en silencio

—Gigantes rojas, enanas blancas, agujeros negros… Tal como lo cuentas parece un cuento de miedo para los niños…

—Sí —contestó sonriendo—, en realidad es como si todo el universo fuese un cuento fantástico.

 
—¿Te puedo decir una cosa, en confianza? —pregunté.

—¿Qué?

—¡Tú sí que eres «friky», tía!

De nuevo reímos a carcajadas y cuando ya nos dolía la tripa, volvimos al íntimo silencio.

Un rato después, volví a hablar yo:

—En serio Mel… Todo eso que te gusta, lo de las ciencias y el universo… y eso, no es algo…, como diría…, muy normal para una chica, ¿no?

—No, pero me da igual. De todas formas no es nada importante, la gente no lo sabe. No soy como tú, que pasas de lo que diga la gente y sigues ahí con el baloncesto. Ya me gustaría a mí poner el empeño que le pones tú a lo que más te gusta. Yo, es que, encima, no tengo muy claro que es lo que me gusta...

—A mi madre sobre todo no le hacía mucha gracia, pero sin embargo me apuntó a baloncesto en las actividades de primaria, y cuando empezamos a ir a los partidos fue cuando sentí que de verdad me gustaba... Mi padre dice que todos nacemos para tener un papel en la vida, pero que muchos ni lo sabemos, y otros no lo aceptamos porque lo que nos gusta no nos cuadra con lo que se supone que nos tiene que gustar... En fin, todo esto es un poco lioso, porque no lo entiendo muy bien ni yo. Pero si una cosa sé, es que lo mío es el baloncesto. Y como lo sé, pienso dedicarme a ello con todo el esfuerzo que pueda.

—Creo que te entiendo...

—Si descubres qué es lo tuyo, no lo pienses Mel, vete a por ello. No importa lo que sea ni lo que digan los demás. Lo que importa es que le des caña... A tope...

—¡Mira, eso sí que es una estrella fugaz!

—Entonces puedo pedir un deseo...

Los cursos fueron pasando y, con el tiempo, descubrimos que ser «distintos» no era ni mejor ni peor, porque todos llegaríamos a ser diferentes unos de otros. Con el tiempo, descubrimos que adaptarse a los demás no era ser como ellos, sino aceptar que cada uno es como es. Con el tiempo, aquella historia no sería más que otra de tantas vividas por adolescentes que buscan su identidad. Y con la adaptación, nuestra amistad se fue diluyendo, una vez cumplida su misión. Cuando terminamos el instituto, aquella noche en los Picos de Europa pertenecía ya a la intimidad de nuestros recuerdos, y se perdía en las ilusiones de una juventud que se abría ante nosotros como una flor de infinitos pétalos.

Sin embargo, si esta historia hubiera terminado aquí, probablemente yo no estaría contándola. Pero algunos relatos tienen epílogo, y el que nos ocupa tuvo lugar hace unos meses, en un bonito día de abril.

En la televisión, una periodista del canal regional entrevistaba a una mujer joven, astrofísica del Centro de Investigaciones Astronómicas de la Comunidad, y una de las preguntas que le hacía era relativa a los nombres de las estrellas. La reportera quería saber si ella había descubierto alguna estrella y le había puesto nombre y la respuesta fue afirmativa. Según la investigadora, hacía unos meses había tenido la suerte de descubrir una nueva estrella con al menos un exoplaneta, similar a otra ya descubierta en la constelación de Monoceros, el Unicornio, al este de Orión. Su nombre, según el catálogo Henry Draper, era HD5847567, aunque a ella, como descubridora, le correspondía el privilegio de bautizarla con un nombre más personal, por lo que, en recuerdo de alguien muy especial, la había llamado «estrella de LauraG2505»

En la parte inferior de la imagen figuraba el nombre del centro investigador y el de la persona entrevistada: Melody Vázquez.

Esa joven científica no era otra que Melodía, «Caramelo» para sus padres, Mel en mi recuerdo, la insegura «Politono» que buscaba su lugar en el mundo y la nueva Melody, que ponía nombre a las estrellas.

«LauraG2505» es mi nombre de usuario en el correo electrónico. El que usé para enviarle uno de los últimos mensajes, antes de perder el contacto con ella de forma definitiva, donde le contaba que me habían admitido en el equipo femenino de baloncesto profesional.

Han pasado diez años, y hay demasiadas cosas que contar para un mensaje de correo electrónico, pero aún así, he escrito:

«Gracias por tu amistad. Suerte. TQ.»

 
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lunes, 24 de febrero de 2014

Black John's Amazing Show


El cielo plomizo que siguió a la oscuridad auguraba la nieve, que comenzó a caer copiosamente, cubriendo con manto blanco la tupida capa de musgo que se aferraba a las lápidas de Abney Park. Una figura oculta bajo un oscuro gabán permanecía en pie, aunque en extraño equilibrio, ante la herrumbrosa cruz de hierro de una vieja sepultura. El negro metal parecía salir de la tierra en retorcida agonía para formar sólo dos letras y una fecha entrelazadas en el crucero. Una M, una W y el año 1840. Único indicio de la posible identidad de un cuerpo que, como tantos otros en aquel cementerio, fue enterrado con su memoria.
La sombra permaneció inmóvil durante largo rato, quizás esforzándose por recuperar los recuerdos del tiempo, cincelados en páginas de piedra, o dejándose cubrir por el sudario del olvido, que se posaba indiferente sobre lo vivo y sobre lo inerte. Hasta que, con rítmicos chasquidos de músculos y hueso, comenzó a caminar pesadamente, alborotando a las bandadas de cuervos a su paso.
A Hammer le gustaba el invierno. Y es que, con las lluvias del otoño, la pequeña troupe de la que formaba parte, abandonaba los embarrados caminos del páramo para instalarse en los arrabales londinenses hasta la llegada de la primavera, reduciendo así la frecuencia de sus espectáculos. Además, podía deambular entre la gente sin llamar la atención, sin que su cuerpo deforme, cubierto por holgados ropajes, causase terror y repugnancia. Entonces, un sentimiento que, aunque muy alejado de la felicidad, era lo más parecido que él podía llegar a experimentar, sosegaba su alma torturada y le permitía, simplemente, soportar la existencia.

En el exterior del muro, protegido por la arboleda, descansaba un viejo carromato pintado de rojo y verde, en cuyos costados podía leerse, en grandes letras doradas, “Black John´s Amazing Show”. Sentada en la escalerilla, una anciana de melena plateada, observaba como se acercaba su protegido mientras llenaba una pipa.
Desde que John lo trajo, ella había sido la única madre para él. Siempre pensó que, en la decisión del mago habían influido, tanto la compasión, como una perversa visión de negocio. Pero nunca sabría cuál de los factores había pesado más. O nunca quiso saberlo. Los primeros años fueron muy difíciles, pues a la complicada vida ambulante, se sumaba el cuidado de aquella criatura. Lo más normal es que hubiese acabado en un bote de formol en Oxford o en el fondo del Támesis, pero un caprichoso destino, como tantas otras veces, jugó su mano con pericia y le empujó a sobrevivir.  El tiempo pasó, y su cuerpo se desarrolló conforme a las atrofias y deformidades con las que había nacido. En las axilas, bajo unos brazos excesivamente robustos, nacía otro par de miembros, mucho más pequeños y escasamente funcionales. Su cabeza ahuevada, de ojos saltones y sin pelo, se insertaba en un cuello cuyo diámetro era dos veces el de su cráneo. Por último, su pierna izquierda, bastante más débil que la derecha, no era suficiente para sostener el enorme peso de su cuerpo adolescente y, una persistente cojera, además de los extraños chasquidos de cadera y rodilla, acompañaban su deambular.
Black John, el prestidigitador, charlatán, curandero, timador de poca monta, añadió con aquella criatura, el ingrediente necesario para convertir su deslucido espectáculo de feria en algo insólito, bestial. En algo que, en cualquiera de sus manifestaciones, nunca dejaba impasible a quien lo presenciase. Y Black John sabía muy bien como aderezar las miserias humanas para darles el toque exótico, espectacular.

La anciana exhaló una densa bocanada de humo blanco, que se mezcló con los copos de nieve que llenaban el aire, y mientras la oscura figura renqueante atravesaba la nívea bruma hasta el carromato, su mente permanecía en el pasado, en todo aquello que había conocido en su vagar y que ahora le proveía de un profundo conocimiento del alma humana. Algo que, por otra parte, gracias al soporte del tarot, la astrología y otras prácticas adivinatorias, le permitía obtener un mediocre sustento.
Moira detestaba el invierno. Aparte de que el frío y la humedad aumentaban los achaques propios de la edad, su vida eran los caminos, el movimiento. Sentirse varada en aquella pestilente y oscura ciudad, dejaba su ánimo a la altura del suelo. Solían acampar siempre en el mismo sitio, en las cercanías de Abney Park,  una zona poco transitada de las afueras, a la vista de ángeles y bestias de granito, que asomaban sus cabezas por encima de los muros y les recordaban su destino. Para las pocas funciones que ofrecían, bajaban hasta el río, a la zona portuaria, de calles tortuosas e insalubres, buscando un público de baja extracción social, ávido de milagros y crédulo ante lo insólito.

Hammer llegó hasta la escalerilla y se dispuso a subirla. Moira, estirando la mano con la que sujetaba la pipa, detuvo su movimiento para  hablarle.
- John está preparando la función de esta tarde… Piensa bajar a Limehouse… Por favor, Hammer… No te metas en problemas.
Desde dentro le llamó una voz:
- ¡Hammer!, ¿estás ahí?... Entra. Quiero hablarte de tu número.
El muchacho, incapaz de articular palabras debido a una de sus malformaciones, emitió un leve gruñido en dirección a la anciana y entró en el carromato. Si Moira hubiera visto sus ojos, habría captado una insignificante chispa de vida.

A media mañana había dejado de nevar, y el grupo había llegado hasta el río. Mientras se instalaban, Black John dio algunos peniques a un muchacho para que anunciase la próxima función por las calles y repartiese unas pocas octavillas.
Uno de los costados del carromato basculaba, hasta colocarse en posición horizontal, y sujeto por varios soportes, hacía las veces de escenario, quedando el interior cubierto por un telón púrpura. Las ruedas habían sido bloqueadas y los caballos amarrados aparte. A la hora prevista de la tarde, el reclamo había cumplido su cometido, y un  nutrido grupo de gente se congregaba alrededor del improvisado teatro.
Cuando se creó la suficiente expectación, el mago abrió el telón y, a grandes voces, comenzó a presentar su espectáculo. La primera parte consistió en una serie de trucos en los que mezclaba la prestidigitación, las desapariciones y el escapismo, siendo él y la anciana los protagonistas absolutos. Pero cuando ambos observaron que el aburrimiento comenzaba a aparecer entre los más escépticos, se prepararon para el plato fuerte.
Black John levantó los brazos abiertos en señal de atención y comenzó a declamar:
-¡Damas y caballeros! Van a presenciar algo insólito… Pero para ello, y ante todo, les ruego que, aquellos de ustedes que padezcan del corazón o estén acompañados de niños, se retiren en esta parte del espectáculo…-.
Como era de suponer, nadie se movió de su sitio.
-Cuando Dios puebla el mundo de seres humanos y de animales, y los agrupa según su género y según su especie, puede pensarse que lo hace siguiendo un plan. Un plan lleno de belleza y armonía… Pero, cuando crea seres como el que a continuación van a tener la oportunidad única de contemplar,… ¿qué se puede pensar?...-.
El mago fue alzando la voz poco a poco.
-… Pues puede pensarse, y no sin razón, que tales engendros  no son obra de Dios, sino de una mente perversa y diabólica, cuyo único fin es confundir, crear el caos entre los seres humanos… Y estos seres,… son la prueba fehaciente de la existencia de esa mente retorcida-.
El mago hizo una pausa intencionada y continuó.
- Pues bien…, damas y caballeros… Por circunstancias del destino que ni siquiera yo me atrevo a escrutar, uno de esos seres monstruosos, hijos del caos… Uno de esos basiliscos al que, por su seguridad…, y me refiero a la de ustedes, les ruego encarecidamente que no miren a los ojos…, se halla ahora mismo bajo mi control… ¡Para su asombro, el ser al que llamamos Hammer Face!
Después de una nueva pausa efectista, se acercó al fondo del escenario y descorrió ceremoniosamente el telón púrpura. Ante los atónitos ojos de los espectadores, apareció una figura de más de seis pies de altura, con el torso desnudo y engrilletada a los dos extremos del carromato. La gente que estaba más cerca retrocedió, asustada, algunos pasos, pisando y empujando a los que estaban detrás. Y no era para menos, pues aquélla extraña criatura, con dos de sus cuatro brazos libres y un enorme cuello de toro acabado en una afilada cabeza de enormes ojos y dientes aserrados, tensaba sus portentosos músculos hasta la ruptura, tirando de unas cadenas que no parecían capaces de resistir tal potencia, y emitía un ronco y espeluznante bramido que helaba la sangre.
Después del impacto inicial, Black John se extendió en una prolífica descripción de supuestas atrocidades cometidas por su prisionero, así como del enorme poder mental que era menester poseer para controlarlo. Por último, cerró el espectáculo ofreciendo sesiones individuales de tarot o de adivinación con una de las mejores pitonisas de toda Inglaterra.

Un par de horas después, Black John gastaba parte de la recaudación en una oscura taberna de Narrow Road mientras Moira y su protegido se habían encerrado ya en el carromato, que esa noche permanecería en Limehouse. Hammer esperó a que la anciana durmiese profundamente y, aunque tenía prohibido salir del cubículo en los lugares donde actuaban, se escabulló sigilosamente.
Caminó por las callejas malolientes del puerto, protegido por la bruma, hasta llegar a unas viejas casas que prácticamente colgaban sobre las aguas de Limehouse Basin, el pequeño puerto del canal. Habituado a un camino que ya había recorrido más veces, trepó por la destartalada escalera exterior, hasta una de las balconadas, y se mimetizó con la sombra de un rincón para observar el interior del cuartucho, en el que una mujer de mediana edad, a la luz de un candil, cepillaba su largo cabello ante un espejo ovalado.
Ella nunca le había visto. Hammer Face sabía que tenía que ser así. Sin embargo, no podía dejar de acudir a aquel lugar. En el momento en que la vio por primera vez, algo muy extraño y que no llegaba a comprender, creó nuevas sensaciones en su mente. Era hermosa. Muy hermosa. Pero no sólo eso. Era como un ángel, custodio de todo aquello que a él se le había negado. Se apartó un poco al comprobar que su aliento entrecortado empañaba el cristal de la venta, y entonces vio entrar a Black John por la puerta, borracho como de costumbre.
Estaba con él cuando la conoció, y aunque sabía que, de no ser por eso, nunca la habría visto, también por ello le odiaba. De no ser por él no estaría vivo, le decía muchas veces Moira. Pero Hammer no entendía el significado de aquellas palabras. Su mente no reconocía la voluntad de vivir como algo propio. Si lo estaba, era únicamente porque su amo así lo quería. Su vida solo tenía sentido mientras sirviese a la de su creador. Hasta que llegó Molly. Hammer nunca abandonaba el carromato en los sitios donde había gente, pero en cierta ocasión, la casualidad quiso que los viese juntos. Desde entonces creció en él una frustrante curiosidad. No por el mundo exterior, sino por aquel ser único que parecía reflejar el sol que nunca veía. Y una vez se escapó para seguir a su amo. Y después se escapó muchas veces más. Cada vez que la troupe terminaba en Limehouse.
Y su vida cambió. Y volvió a cambiar la primera vez que vio a Black John pegar a Molly. Entonces supo lo que era el dolor. Entonces supo lo que era el odio.

Moira despertó sobresaltada en el carromato, y su mirada se dirigió a todas partes en la oscuridad. En un acto reflejo tanteó a su lado y el vacío inesperado le hizo incorporarse repentinamente. Hammer no estaba en su hueco. No era la primera vez que se iba, pero en esta ocasión Moira tuvo un extraño presentimiento. Sin pensarlo dos veces, se cubrió con el mismo mantón con que dormía y se encaminó bajo la nieve hacia la casa de la prostituta.
Hammer apretaba con fuerza sus cuatro puños y contenía la rabia instintiva que pugnaba por salir mientras presenciaba la escena del dormitorio. Black John y la mujer habían empezado a discutir por algo, como era habitual.
A veces, las menos, se desnudaban en silencio y, casi sin mirarse, se acostaban bajo las mantas. Otras veces, la mayor parte, discutían y él le pegaba puñetazos y patadas, hasta que ella terminaba inconsciente sobre la misma cama. Pero esa noche fue peor. Black John estaba aún más ebrio, más violento que de costumbre. La discusión fue inmediata, los golpes brutales, hasta que la sangre salpico el cristal de la ventana. Entonces, la criatura llamada Hammer, no pudo contener la rabia. Su cuerpo se lanzó al interior, destrozando la pared y, entre una lluvia de astillas y cristales, aterrizó sobre su sorprendido amo. Forcejearon. Molly gritó aterrorizada. Los dos hombres se enzarzaron en una lucha desigual. Hammer quería echarlo de allí. Black John intentaba entender lo que estaba pasando mientras paraba los golpes. Al final, los dos salieron despedidos de nuevo a la balconada y, de allí, rompiendo la barandilla, a las oscuras aguas del Támesis.
Justo en ese instante llegaba Moira extenuada. Vio caer los dos cuerpos al vacío, y a Molly con el rostro desencajado, asomada a lo que quedaba de ventana. Se acercó al borde del muelle e intentó penetrar en la negrura con la vista.
Hammer seguía abrazado a su presa mientras descendían. Sus manos apretaron con odio, con locura, hasta que empezó a faltarle el aire. Entonces cobró conciencia de lo que estaba haciendo. Pero ya era demasiado tarde. Black John quedó libre de la tenaza humana, pero la vegetación subacuática se había ido enredando en sus piernas, formando un lazo mortal. Hammer ascendió mientras el rostro desencajado, presa del terror, de su amo le miraba fijamente desde el fondo, desvaneciéndose poco a poco en la oscuridad verdosa. Moira vio salir tan solo la cabeza de Hammer.

- ¿Qué has hecho, desdichado?...- le increpó con amargura-. No puedes amarla. No como tú quieres… Ni siquiera desde el silencio… Ella… ¡Ella te llevó en su vientre!… Pero nunca tuvo intención de criarte. No podía. Ni siquiera llegó a verte. Le pidió a John que te ahogase en el río nada más nacer…Oh, Hammer, desgraciado…-.
 
Hammer la miró incrédulo, intentando resistirse a la angustia que comenzaba a invadir su alma. Moira continuó:
- John no pudo hacerlo. Todavía desconozco sus verdaderos motivos, pero te ocultó…Y te crió, Hammer… Incluso pagó por una falsa sepultura… Dijo que necesitabas un origen, un sitio donde honrar la memoria de alguien, aunque nunca hubiera existido-.
 
La mente de Hammer pasó de la confusión a la comprensión, y Moira escrutó sus ojos, inundados por la desesperanza más absoluta. Su mirada se perdía en el abismo bajo sus pies.
 
-Sí, Hammer… Black John era tu padre.

Un grito inhumano desgarró la noche.
 
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martes, 14 de enero de 2014

Los días de Acapulco


La ventana de tu habitación está entreabierta y la cálida brisa nocturna se cuela sin pudor, trayendo notas de los mariachis que todavía rondan por las calles.“… Que las noches de Acapulco tienen magia, y te matan de placer o de nostalgia…”Ojalá pudiese hacer yo  lo mismo. Revolotear sobre tu lecho, introducirme en tus sueños, sentir tu calidez. Sin embargo, tengo que conformarme con observarte mientras duermes y velar deseando que nunca llegue el amanecer, para contarte todo lo que no me atrevo cuando me miras, para repetir en mi cabeza una y otra vez cada uno de los instantes de estos días, esperando que se graben en ese rincón de la memoria donde siempre permanecen, por muchos años que pasen.

Hace tanto que somos amigos… y es tan poco lo que sabes de mí. Siempre estuvimos juntos. En el instituto, en la facultad, en los cursos de verano. Y aunque no hubo un momento concreto en el que fuera consciente del cambio, acabé por sentir su verdadera dimensión cuando comencé a buscar tu compañía por encima de todo, cuando las confidencias se convirtieron en la caricia de tus labios en mi oído, cuando tus guiños de complicidad se transformaron en miradas que fundían mi razón, cuando tus abrazos pasaron de ser la expresión de nuestra amistad, a ser la cálida y adictiva sensación que producía el contacto de tu cuerpo con el mío.

Alguna vez estuve a punto de contártelo todo, como después de aquellas Jornadas sobre energías alternativas en Bilbao, cuando la última noche, ebrios de locura y desenfreno, excedimos todos nuestros límites y yo tuve que reprimir con todas mis fuerzas el deseo de besarte. Pero no hacía falta mucha perspicacia para saber que no lo entenderías. Para saber que a partir de ese momento ya nada sería lo mismo y yo perdería lo poco que tenía.

Entonces surgió aquél proyecto ecológico en Punta Diamante. Era como si me hubiera tocado la lotería. Nuestros estudios sobre el generador eléctrico incluidos en el informe previo. Dos participantes por cada universidad. Vuelos y estancia para una semana. Dos habitaciones comunicadas en el Pierre Marques. En fin, un sueño hecho realidad, por mucho que, conociendo tu tendencia a la promiscuidad y tus maneras de seductor incorregible, tuviera que soportar la tortura de ver tu cama compartida al amanecer.

Ahora, mientras duermes junto a esa mujer, quiero contártelo todo. Hablarte de los desayunos frente al mar. Quizás el mejor momento del día. Los dos solos, desperezándonos con el sol, nuestros cuerpos desnudos bajo el albornoz, entre el aroma de las tostadas recién hechas y tu perfume embriagador. De las mañanas de intenso trabajo y las miradas plenas de orgullo. De las tardes de carnaval. Deseos ocultos, juegos ambiguos, máscaras de razón para las locuras del corazón. De las noches de Acapulco, del placer y la nostalgia… cuando tú desaparecías con la chica de turno y yo volvía al hotel para esconderme en un sueño artificial.

Ahora, mientras la ciudad purga su resaca de lujuria, yo quiero confesarte mi verdad. No sabes lo que daría por ser esa chica desconocida que ve cómo el día rompe la magia de la noche e ilumina tu cuerpo lentamente, acariciándolo con la ternura y calidez de quien se sabe seguro de estar ahí cada mañana. Porque después de hoy, Acapulco será sólo un recuerdo y nosotros volveremos a nuestra vida, para compartir únicamente nuestro tiempo en el trabajo, en las juergas de fin de semana o en largas charlas frente a una cerveza. Sin embargo, este momento es solo mío. Y mientras duermes, te lo cuento. Para que algún día puedas mirarme a los ojos y comprender que te amo, pero que ante todo… soy tu mejor amigo.

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