martes, 19 de diciembre de 2017

Piel de lobo 3

 
                                                                                                                                   Para leer "Piel de Lobo 2" pincha aquí

Incluso el viento parecía haberse calmado alrededor de la solitaria cantina, como para dar mayor énfasis a las palabras de la anciana. «Eso no era un lobo», había dicho y, al instante, todos habían comprendido el alcance de tal afirmación.
 
—O Cosme dixo…—comenzó el trampero, y la vieja, con un movimiento extremadamente ágil para su edad, se plantó ante él, golpeando con ambas manos en la mesa y acercando el rostro a escasos centímetros del suyo...—.
 
Hasta que un aroma a tomillo y malvavisco vino a relajar la tensión.
 
—Cosme non che disse máis, ou porque non quere ou porque non che sabe… Tanto ten. Máis eles sabem… Eles coñecem a sua própria condenação—susurró la mujer, arrastrando la última sílaba.
 
—¡Obdulia, carallo!—intervino Antón—. Ou falas galego, ou castelán, que xa temos bastante co castrapo do Mauro, pra cantia de máis, comprender a tua lenguaxe, metade galego, metade portugués, que ninguén sabe onde o aprendiches.
 
Obdulia, “la portuguesa”, miró a todos, como si tratase de decidir quién de los allí presentes tendría el privilegio de comprender aquello que tenía que decir, e hizo un esfuerzo por abandonar su peculiar modo de hablar, siempre en un tono sibilante, con escasa entonación y un vocabulario lleno de expresiones particulares y foráneas.
 
—No sé más que lo que a xente cuenta…
 
—Nadie sabe mucho de ese pazo—interrumpió ahora el labriego que, detrás del mostrador, llenaba su cuenco de barro con el vino que salía de una espita—. Detrás de esos muros de orgullo habrán pasado miles de cosas, pero ya se guardan muy mucho todos ellos de que los aldeanos no sepamos nada. Ni los que trabajan sus tierras… No somos más que bosta de vaca para ellos.
 
—¡Cuidadiño, Xoán!—advirtió el cantinero—... Ese Ribeiro es de lo mejor que tengo. No lo malgastes… Y ahora deja tú que la vieja se explique. Es una manciñeira. Tan pronto te cuece unas hierbas para el dolor de barriga, como te arregla un roto descosido por alguna verga impetuosa… Y todos le pagan: o le tiran algunos pesos, o le dan conto… Y eso, a ella, le gusta… Porque, vivirá en el bosque, donde nadie sabe, pero siempre está en las mallas, en las romerías..., en la cantina…
 
La anciana se había desplazado hacia la chimenea y calentaba las manos frente a las brasas. La luz ambarina del hogar perfilaba su negra silueta al resto de los clientes y proyectaba una sombra en la pared contraria, desfigurada por los anaqueles cargados de latas, botellas, e infinidad de productos ultramarinos.
 
—Quizás no debería decir…—comenzó de nuevo—. En la ignorancia se vive mejor…
 
—¡Ahora fala, carallo!—prorrumpió el lobero, arrastrando la silla al erguirse y girarse hacia la «manciñeira»—. ¡Se non foi o lobo, teño que saber que foi aquelo que me marcou de por vida!
 
La anciana permaneció impasible, frotando las manos y extrayendo recuerdos.
 
—Os Uxía siempre fueron xente de diñeiro. Don Ramón tenía las tierras del pazo y negocios en Cuba… y nadie sabe qué más. Pero había algo que no le era concedido: un hijo varón… Xa sabedes…, solo el primogénito varón tiene la legítima, el mayorazgo, el apellido.
 
«Don Ramón era hombre violento, de carácter agrio, cerrado en sí mismo y… en su bodega. De extraños anacos de furia. En cambio a mulher era un alma pusilánime, sin espíritu… Doña Emilia era feitiña, boa persona, pero incapaz de contrariar la voluntad de su esposo.
 
Antón se acercó a la barrica de vino joven de la que se había servido Xoán y llenó otro cuenco para acompañarle. Mauro hizo un gesto con la mano y, el cantinero comprendió que debía llenar una jarra grande. La joven, que se protegía bajo el mandil, parecía prestar la misma atención a las palabras de la anciana que el resto de los presentes, pero sus ojos seguían los movimientos de los tres hombres.
 
—Y cuentan…—continuó Obdulia—, que ella fue embarazada hasta siete veces. Pero… todos morreron antes de nacer, salvo dos. Una hembra y un varón. Gemelosss… Por fin, el heredero que tanto deseaba don Ramón… Sin embargo, lo que él no tenía en cuenta era que, aquella criatura en la que había puesto todas sus esperanzasss…nacía con una maldición.
 
La vieja «manciñeira» avanzó una de sus manos hacia el fuego, con la palma abierta hacia las llamas y, elevando el tono, pronunció:
 
—¡Y pasados catorce años de melancolía, el séptimo hijo varón, en noche de luna llena, cabalgará hasta lo profundo del bosque y, embadurnado con los excrementos de la bestia, sufrirá su primera transformación! Desde entonces, por la maldición, en cada luna deberá correr a cuatro patas, saciar su hambre de carne viva y su sed de sangre caliente…
 
—¡Contos de bruxa!—exclamó el labriego—. Yo anduve por los montes de estas tierras durante muchos años, y nunca me topé con ningún lobishome, ni nada parecido. Y aquel sacaúntos de Allariz no era más que un loco asesino que se libro del garrote porque otro loco creyó en sus delirios… Ya tenemos bastante con los lobos, para encima sacarnos de la manga a un hombre lobo.
 
—Los Uxía son gente muy reservada—intervino Antón, pensativo—. Nunca hubiesen pagado a un lobero para que les ayudase a cazar a la bestia, a no ser que estuviesen muy desesperados o… que su intención fuese otra.
 
El trampero permaneció en silencio, acariciando la cicatriz estrellada de su pecho con el dedo corazón. Una ráfaga de viento silbó a través de una rendija, por la que entraron algunos copos de nieve. El silencio inundó de nuevo la penumbra de la cantina. Los hombres bebieron, la joven se arrebujó en el mandil y la vieja «manciñeira» de piel rugosa, como de árbol milenario, dejó que el fuego iluminase en su semblante una enigmática sonrisa.
 
—Nadie sabe nada—prosiguió—. Ni siquiera yo, una pobre vieja que solo conoce unas pocas hierbas con las que curar vuestros males… Pero no solo hablan os homesss… También hablan as pedras das casas, os árbores do bosque, a lua e o sol, as estrelas… O silencio… Tan solo hay que saber escuchar.
 
«Solo alguien de fuera puede matar a la criatura. Solo quien nunca haya visto el rostro del hombre, puede matar al lobo. Ellos lo sabían, pero tardaron en comprenderlo. Tuvo que ocurrir una desgracia, para que permitiesen a alguien penetrar en su secreto. Dos hijos y una maldición. Quizás uno de ellos tenía que morir… O los dos.
 
―Eu non puiden matar  á besta—objetó el lobero, mientras apuraba su vino y se dirigía al lugar donde había dejado el petate—… Xa o dixen.
 
Obdulia, por primera vez desde que había comenzado el relato, se giró hacia él y le miró directamente a los ojos.
 
―Lo sé.
 
Mauro pareció dudar un instante, como si fuese a decir algo más, pero al cabo, se cargó a la espalda el fardo de pieles y se fue hacia el portón.
 
—O amencer chega, e baixa a tormenta…Teño que marchar. Aínda teño traballo. Aí enrriba, hai una cría de lobo que ya debería morrer. Non quero perdela.
 
La puerta de la cantina se abrió con estrepito y una bocanada de nieve y viento rompió el calor interior. El cielo comenzaba a cambiar del negro al añil y, una fina línea anaranjada tostaba el horizonte níveo. El lobero, sin otra despedida, salió al exterior.
 
Todos observaron cómo se marchaba el trampero. El hogar se agitó por el aire de fuera y las llamas crepitaron con fuego azulado. La silueta de Mauro se perdió en la nieve. Obdulia, «la portuguesa», se echó el viejo mandil sobre la cabeza.
 
—¿Canto che debo, Antón?
 
—¡Sácate! Xa me pagarás con un dos teus remedios.
 
La vieja «manciñeira» esbozó una sonrisa y cruzó el umbral. Desde fuera, tornó el rostro y la joven silenciosa, impelida por una orden no verbalizada, se irguió como un resorte y marchó tras su mentora.
 
—¿Quién es esa muchacha?—quiso saber Xoán, el labriego.
 
—No sé muy bien—respondió Antón, el cantinero—. Es la sordomuda. La vieja la tiene con ella desde hace unos años y le enseña todas sus artes. No sé dónde la encontró, pero ya conoces su afán por «recoller todos os paxariños que caen do niño»

                                                                        Final en el próximo capítulo
 
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lunes, 4 de diciembre de 2017

Piel de lobo 2


                                                                                                  Para leer "Piel de Lobo 1" pincha aquí

En el exterior, la noche aullaba su lamento invernal y sus quejidos penetraban a través de las rendijas de la madera podrida. Xoán, el corpulento campesino que calentaba sus hombros junto a la chimenea, despegó con dedos enormes el cigarro de sus labios y lo arrojó a las llamas con desprecio, como si el tabaco hubiese dejado de proporcionarle uno de los pocos momentos de reláx que se permitía a diario. Habló con voz cansada y no exenta de ironía.
—Yo tampoco doy nada por esa piel... Aunque no por las mismas razones. Si a mí me hubiesen dado veinte duros por cada lobo muerto, hoy era rico, fíjate.
—¡Carallo, moi alto picas!—intervino el lobero—. Nin a Xunta de Extinción chegou a pagar nunca máis de dez pesos por animal adulto.
«¡Antón!, Traime un pouco de ise caldiño que tes—continuó, mirando de soslayo a la anciana, que rebañaba su cuenco—. ¡Péganseme as tripas ca Fame!
El labriego había abandonado su lugar frente al fuego e, ignorando el comentario de Mauro, se encaraba al hostelero.
—Mira, Antón... Yo no soy amigo de cuentos ni fábulas y, aunque también puedo contarte alguna, te digo solo lo que estos han visto—dijo, señalándose a los ojos con los dedos en forma de uve—.
«El primer año que marchamos a las talas de Sanabria, dejé a mi Ronco, el pastor alemán, donde mi suegro. Cuando volví, me dijo que había desaparecido... Me refirió que estaba harto de amarrarlo y que el can se le escapase. Lo busqué durante tres días. Y lo encontré... Muerto a dentelladas, mientras intentaba atravesar los montes de O Courel para... volver a casa.
Por primera vez, la anciana levantó el rostro de su plato de sopa. Hebras de plata vieja cruzaban surcos profundos y, en el fondo, titilaba el brillo de unos ojos que parecían volver del abismo. La joven que tenía a su lado, permanecía absorta en las evoluciones de la única mosca que, contra todo pronóstico, resistía tenazmente a los rigores del invierno.
—Es raro que los lobos se vayan al perro...—reflexionó Antón—.
—Igual, como tu oso, se metió en su territorio—replicó Xoán, con cierto sarcasmo—.Tengo visto muchas cosas, amigo... En Sanabria, raro era el día que algún paisano no gritaba, «¡lobo no cortello!», para dar el aviso. He llegado a ver hasta media docena atrapados en esos curros de piedras, como locos por salir, sin mirar siquiera para el cabrito que les tenían atado al poste. Porque son listos los cabrones, pero no tanto... Y con todo, no había forma de terminar con ellos, matas uno y nacen diez... Pero lo de mi Ronco... Como eso sí que no había visto nada. Era fuerte, como tres de esos demonios. Sin embargo, lo habían destrozado... A esas bestias les da lo mismo... Cabras, vacas, perros...
—Homes...
Todas las miradas confluyeron en el lobero, que había pronunciado la ultima e inquietante palabra.
—Hay mucho cuento en eso—terció el cantinero Antón—, pero yo estoy por conocer a alguien que me diga que sufrió un ataque de lobo... Y digo de lobo porque, seguro que los perros de Xoán no se lo piensan si te cruzas en su camino...
—¡Pois aquí o tes!—afirmó el llamado Mauro, recabando de nuevo la atención de todos los presentes... Incluida la joven de la mosca, que amparaba su curiosidad al cobijo de un raído mandil, de modo que, tan solo las pequeñas manos que lo sujetaban, cruzado al pecho, delataban su edad—.
—levo no oficio dende que era neno—continuó el trampero, recostándose en la silla, que crujió bajo su peso—. O meu pai foi lobeiro... e o meu avó, ata onde recordo. E sempre foi un oficio respectado. A nosa e unha loita entre iguais, cada un coas súas propias armas. Nós cazamos ou poñemos celadas, pero sempre no seu terreo, sempre solos. O lobo e astuto, non se deixa trolear tan fácil... E ten dentes, afilados como coitelos... E nunca vai solo, sempre en cuadrilla.
El lobero hizo una pausa ante el plato de caldo caliente que acababa de dejarle Antón e, introduciendo la cuchara con apetito, se la llevó a la boca dejando descuidadamente que el líquido escurrirse por su espesa barba.
—Pero aquela noite de luar...— prosiguió, apuntando con el cubierto de palo a los dos hombres que, desde uno y otro lado del mostrador, le contemplaban expectantes—. Aquela noite... pasoume o que nunca dixera... Colleume fora, e tiven que refuxiarme no caseto do bosque...
«Levaba días nos pasos da besta, mandado pola xente do pazo. Ben é certo que, o que me dixo o Cosme, o capataz, poñía os cabelos de punta...
«Xa levaban moito tempo sufrindo os mesmos ataques que outros veciños. Eles teñen rebaños nas terras altas, e iso de que o gando pase a noite nos pastos, é carne fácil para o lobo. ¡E a eles que lles importa! Unhas poucas máis ou menos. Ata lles divirte saír a cazar de cando en cando e purgar un sangue por outra... Pero as fieras fixéronse máis atrevidas. Chegaron a faltar galiñas do curral e algún cabrito. Roldaban pola noite e aullaban dándose aviso. Fixeron máis batidas e mataron a moitos lobos, e os ataques pareceron parar. Ata que un día... Desapareceu a filla. Según todos, era unha rapaza rara, de poucas palabras, que adoitaba dar longos paseos soa. Mesmo algunha vez perdeuse polos camiños e tiveron que saír a buscala....

«Todo isto contoumo o Cosme, claro... Que eu, deses estirados non sei nada...

«Pois esa última vez, o único que atoparon foi algúns anacos de roupa con sangue e pegadas de lobo...

«Non sei moi ben por que me mandaron chamar, cando ata entón, eles mesmos bastáronse para dar caza ás fieras... Tampouco lles preguntei... Pagaban ben.

Tan solo el crepitar de las llamas podía escucharse mientras el lobero interrumpía su historia por unos minutos, con el fin de apurar el contenido de su plato.

—Como dixen—continuó al fin, enjugándose los labios con el dorso de la mano—,andei días tras el. Seguín o rastro dunhas pegadas enormes, profundas na neve, de grandes zancadas. Tiña que ser un animal moi robusto e, ao que parecía, un cazador solitario, astuto, dos que non se deixan coller nas lazadas nin nos buracos.

«Ata aquela noite. Pensei que andaba moi preto de collelo, e apurei o tempo. Colleume a escuridade e optei por quedarme no refuxio. Non quería ter un traspié. Un é aínda áxil, pero non un imprudente… Aínda que algo si que o fun.

«Escoitaba gruñidos moi preto, e movementos estraños entre as árbores. Estaba seguro de que me roldaba, o moi cabrón. Quería asustarme para logo desaparecer co amencer, como todos. Pero a Mauro non lle asusta un lobo, por grande que sexa. Agarrei a escopeta e saín fóra. Era unha noite de lúa e, si esa besta andaba por alí, non se me ía a escapar.

«Con todo… non sei que pasou. Aquel animal era o demo. Parecía estar en todas partes…

El viejo trampero recordaba, con la mirada perdida y los nudillos marcados por la fuerza con la que sostenía la cuchara.

—Axiña que lle sentía correr detrás de min, como vía os seus ollos brillantes provocándome desde a espesura… Disparei varias veces, pero nada. Era unha sombra huidiza… Ata que se me acabou a munición. Entón si que sentín medo. Botei ás presas cara ao caseto… Pero estaba moi lonxe. Sentín á fiera dando zancadas por detrás, gruñendo, saboreando a súa presa… E entón…

Todos en la cantina parecían estatuas de sal, pendientes del final del relato. La joven había perdido interés por la mosca y ahora, sus enormes ojos negros, escudriñaban los del lobero.

—Bo, —concluyó Mauro tras unos segundos, soltando el cubierto y alzando ambas manos con las palmas abiertas, a modo de alabanza a algún dios desconocido—, estou aquí, non?

Una sonrisa de huecos tenebrosos se abrió en su rostro. Descubrió parte de su pecho y señaló una fea cicatriz, con forma de estrella, que se marcaba bajo la clavícula.

—Caín na miña propia trampa…—dijo riendo—. No puñetero buraco que eu mesmo cavei e que nin sequera recordaba. Unha estaca atravesoume o meu ombro. Uns centímetros máis e matoume… Pero sería unha morte rápida… No fondo, tiven sorte, a trampa salvoume a vida. Cando mirei á boca do hoyo, antes de perder o sentido… Non sei… A dor xogoume un mal truco, porque crin ver unha sombra enorme, de ollos brillantes, que ría, véndome no fondo, malferido.

«Cando espertei, era día. Como puiden, saín do buraco. Non había rastro da besta. Desde aquel día, non quixen saber nada máis daquelas terras, nin das xentes do pazo, nin daquel lobo maldito…

—¡Iso non era un lobo!

La anciana se había puesto en pie, tomando la palabra. Ahora, el crepitar del fuego en el silencio, parecía anunciar aquello que, ninguno de los presentes, se atrevía siquiera a pensar.

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jueves, 3 de agosto de 2017

Piel de lobo 1

 
El invierno arreciaba con furia barriendo el otoño, enterrando con manto blanco el caduco ropaje, escarchando con aliento helado los troncos pelados. Brumas espesas acechaban desde las cumbres, esperando el momento en que el alba buscase romper el embrujo de la noche, para tender su mortaja en el valle, recordando a todos sus habitantes quien es el dueño cuando el sol pierde la batalla.
 
La loba respiraba ya con dificultad. Había pasado toda la noche prisionera del cepo y su lucha por liberarse la había agotado completamente. La garra metálica se cerraba sobre su pata con una fuerza proporcional a la que ella ejercía para soltarse, desgarrando tejidos y manchando la nieve de color escarlata. El pequeño cachorro gemía y lamía su herida, sin atreverse a separarse del cuerpo cálido de su madre.
 
Al cabo de tres días, no tenía nieve limpia alrededor con la que saciar su sed y la lengua le colgaba de las fauces abiertas, mientras su vientre hinchado sufría contracciones debidas a los calambres. La cría, con miedo a aventurarse en un medio desconocido, permanecía muy quieta, intentando aprovechar el escaso calor que aún emanaba de la loba.
 
Cinco lunas duró la agonía completa y tres más hubieron de pasar hasta que el pequeño lobezno, medio muerto de hambre y de frío, se decidió a abandonar el estrecho círculo alrededor de su madre, en el que la nieve le había permitido sobrevivir a la deshidratación. Sin embargo, poco podía hacer el joven cachorro lejos de la leche materna. Cuando llegó la noche del séptimo día, prácticamente sin fuerzas, logró arrastrarse hasta el hueco de una rocas, dónde se acurrucó totalmente rendido. A la tenue luz del astro nocturno, antes de cerrar los ojos, aún pudo ver una sombra entre las sombras, que cubrió su cuerpo con negro manto. Entonces, el olor de su madre le reconfortó. Y ya no sintió frío.
 
                                                          Unas horas antes...
 
La puerta de la cantina se abrió con estrépito y la ventisca irrumpió con furia, envolviendo en su manto la figura de un hombre.
 
—¡Carallo de tormenta, válgame Deu!—exclamó, sacudiéndose con energía la nieve del tabardo— ¿Alguén de ostedes ven de Lulle?
 
—Non se pasa—contestó uno de los clientes, un tipo corpulento que daba la espalda al resto, absorto en el baile del fuego en la chimenea— O carronzo da Estremera ten casi un metro de neve. Más alá de esta porta, todo é negro e blanco, como si non ouvera outros colores. Mas lle vale pasar equi a noite.
 
El recién llegado echó un vistazo al interior. Aparte del que había hablado y el propio cantinero, tan solo dos personas más compartían el espacio de la taberna. Una anciana que sorbía la sopa humeante de un tazón y una joven que, con la mirada fija en el cristal empañado de la ventana, parecía ajena a la intromisión del hombre. Éste dejó caer un pesado fardo que, al golpear los tablones,formó una corona de nieve a su alrededor.
 
El hostalero rompió el breve silencio, tan solo perturbado por el crepitar de las llamas en el lagar y el viento en el exterior.
 
—¿Dónde vas con ese pellejo, Mauro? Sabes que aquí, en esta casa, no damos chorizos por matar al lobo.
 
—Pos ista fiera, para que o sepias, rondaba as vosas terras xa vay cerca de duas semanas. Non darás chourizos, pero tuveches suerte que eu anduvese por equí, senon, o mellor non tiñas nin chourizos nin rancho, que o lobo lle gusta incar o dente nos porcos das aldeas.
 
—Déixa os contos y tómate un chato. Vas a tener que pasar aquí la noche, así que no te conviene alardear mucho.
 
—Déjalo que hable, Antón—terció el hombre que se sentaba frente al fuego, volviéndose hacia los demás—. Y más cuando tiene razón. Esas alimañas me mataron dos ovejas el inverno pasado. No sé cómo, entraron hasta la cuadra. ¡Pero no se llevaron las ovejas! Las dejaron quedar, destripadas. Matan por matar, os fillos do demo. Son dañinos.
 
—¿Cómo sabes que fueron los lobos, y no uno de tus mastines?—inquirió el tal Antón mientras abría la espita de una barrica de vino—. Deberías tener presos a esos bichos. Cualquier día de estos te dan un disgusto con alguien.
 
—A ver Antón… Mis perros los he criado yo, y los he educado desde que son cachorros para defender lo mío. Ellos solo se irán a ti si te metes donde no te han llamado… En cambio el lobo es asesino. Es su instinto.
 
El lobero se acomodó tras una mesa, sin separarse de su fardo de pieles. El campesino sacó la picadura y se dispuso a prepararse un cigarro. La vieja continuó sorbiendo en su plato de sopa. La joven siguió las evoluciones de una mosca que había abandonado el cristal de la ventana para ir a posarse en la tibieza de la piel de lobo.
 
El cantinero se acercó a la mesa que había ocupado el recién llegado y le llenó un vaso de vino. Pareció meditar un instante mientras su cliente bebía y, llenando de nuevo el vaso vacío, se sentó a su lado.
 
—Mis padres vivían cerca de Riaño—comenzó—, en pleno corazón de los Picos. Allí sí que eran jodidos los inviernos y recuerdo que todos los años, después de las nieves, solíamos dar unas batidas. Era cuestión de limpiar un poco las loberas después de la época de cría, para que, de cara a la salida del ganado, no fuera muy numerosa la población de lobos jóvenes. Cuantos más lobos, menos comida para repartir, y más fácil que bajaran a las aldeas.
 
«Yo era muy joven, y la inexperiencia me pasó factura. Me había hecho un esguince y, el mayoral, para no retrasar al grupo, me dijo que me quedara en un refugio de pastores de arriba, que ellos me recogerían a la vuelta. Yo, sin embargo, fui tan inconsciente, que decidí volver solo. Fue el mayor error, pues no conocía bien aquella parte de la sierra y, al querer atajar bajando por el monte, me perdí. A eso de media tarde, empezaron a seguirme dos lobos. No se acercaban, pero los sentía. No se me ponían a tiro, pero aun así disparé un par de veces. Ni por esas. Armado y todo como iba, desorientado y nervioso, cogí miedo. Me temblaba todo, y sólo de mirar atrás y verlos se me ponían los pelos de punta. Cuando se iba la luz, debe ser que se sentían más seguros, y se acercaron más, gruñendo y enseñando los dientes. Yo, por mi parte, viendo que la cosa se ponía fea, trepé a un carballo grande y me até a las ramas con la cincha. Fue la peor noche de mi vida. Uno de los lobos marchó al poco, pero el otro no se movió de bajo el árbol. El caso es que podía haberlo matado… pero no sé por qué, no lo hice. Sabía que tendría que pasar la noche allí en lo alto y, no sé, quizás preferí sentirme acompañado por un lobo vivo que por uno muerto.
 
«Lo peor de todo, sin embargo, estaba por venir. Noche sin luna, no se veía un carallo, y lo único que oía eran bramidos y aullidos espeluznantes. Fueron varias horas en las que no dejé de oír gruñidos y ruidos de pelea. Alguna vez muy cercanos, otras veces como si se alejasen. Yo me imaginaba una jauría completa de lobos bajo el árbol, destrozándose unos a otros por la presa, esperando mi caída en medio de la noche para devorarme…
 
«Después, ladridos lastimeros, agónicos, y el silencio.
 
«El amanecer llegó en la tranquilidad. No había rastro de los lobos y el día me dio otra visión del lugar. En un par de horas conseguí llegar hasta la aldea. Una vez allí, pude enterarme de lo ocurrido.
 
«Habían estado buscándome desde la madrugada. Al parecer, un oso pardo herido se había introducido en el territorio de la manada y había creado la alerta. No es que fuera frecuente encontrar osos en aquellos lugares, pero a veces bajaba alguno de la montaña. Al final, los cánidos habían topado con el oso y habían luchado. Encontraron su cadáver junto al de uno de los lobos.
 
«Sabiendo aquello, los acontecimientos de la noche anterior, se me antojaron distintos. Por alguna razón que me resulta inexplicable aún ahora, los lobos no me perseguían, sino que me protegían. Yo había ido a cazarlos, y ellos, probablemente, me habían salvado la vida. Sigue siendo un misterio para mí la razón que los movió a actuar así. Quizás todo esto no sea más que el producto de mi imaginación, de mi juventud o del azar. Quizás los lobos, realmente, sólo esperaban un momento de debilidad para atacarme y se vieron sorprendidos por la presencia del oso…
 
«Lo único que sé, es que yo no te voy a dar nada por la piel de ese lobo.
 
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