Nota: Os dejo el vínculo al capítulo uno (Os recomiendo que lo leáis, si no lo recordáis, para poder enlazar este último convenientemente) y al resto: capítulos dos y tres
A pesar de toda su experiencia, Mauro fue consciente de que se había precipitado. En aquellas condiciones, la búsqueda del Lobezno se complicaba en extremo. Sin embargo, varias razones le habían empujado a actuar así. Se hacía necesario aprovechar el primer atisbo de claridad, antes de que cualquier rastro desapareciese por completo, pero además, la conversación de la cantina había comenzado a resultarle incómoda. Por algún extraño motivo, aquella historia que, maldita la hora, él mismo había sacado de nuevo a la luz, volvía a atormentarle, pero ahora, desde una nueva dimensión, con preguntas que antes no se había planteado. ¿Por qué los de Uxía habían recurrido a él si, de ser cierto lo que contaba la anciana, no hubiese tenido la más mínima opción sin conocer a lo que se enfrentaba realmente? Y, sobre todo,... ¿por qué aquella criatura respetó su vida, cuando ya le tenía a su merced?
No tardó mucho, el trampero, en encontrar el lugar donde había recogido a la loba. Muy cerca, estaban los restos sanguinolentos del animal, desprovistos de su piel y abandonados ante la premura de buscar refugio. La nieve no los había cubierto, pues habían quedado al abrigo de unas rocas, a sotavento, en el lugar donde el lobero había llevado a cabo el precipitado desollamiento.
Se puso en cuclillas, pensativo. Comenzaba a nevar de nuevo con fuerza y, las tinieblas aún no habían sucumbido al alba. Tenía que darse prisa. Con la luz del día, habría más claridad, pero no más visibilidad. Sabía que la cría habría estado deambulando en las proximidades, al no haber desarrollado suficiente autonomía, y el instinto de supervivencia le habría impelido a buscar protección. Un promontorio rocoso se elevaba por encima de los carballos, a una media hora de camino, según sus cálculos. Se calzó las raquetas de nieve y se dirigió hacia allí.
La anciana «menciñeira» caminaba por el sendero ascendente, alejándose de la cantina, cuya silueta se fundía en las sombras que la luna llena, a ratos visible entre las nubes, proyectaba en el manto blanco. Al volverse para comprobar que su pupila la seguía, advirtió que ésta se había detenido unos metros más atrás y, aunque no los vio, sintió que sus ojos negros la miraban fijamente, mientras el viento gélido ahuecaba su manto. Aún no había amanecido y la nieve volvía a caer. Quedaba poco tiempo. Con un leve movimiento de cabeza, expresó su aquiescencia. Después, continuó su camino, sin volver a mirar atrás.
A fin de cuentas, ¿quién era ella para retener a un espíritu libre? Ya había sufrido bastante.
Recordó cuando la recogió, un par de años atrás, aterida de frío en medio del bosque…
La niña Ester había llegado a la vida, privada del sentido del oído. Sin embargo, esa no había sido su mayor desgracia, sino la de haber sobrevivido a su gemelo varón.
Después de seis embarazos sin resultado, don Ramón tenía todas sus esperanzas puestas en aquella última concepción, no tanto por su buen augurio numerológico, sino porque duplicaba sus posibilidades de éxito en la obtención de un heredero legítimo que perpetuase el apellido. Algo que se le había negado de forma reiterada, pues ninguno, a pesar de ser todos varones, había llegado a nacer. Sin embargo, el destino quiso que, no solo el sexo de los gemelos fuese distinto, sino que, tan solo la hembra llegase a ver la luz. Lo de menos era que la criatura hubiese nacido carente de oído; algo, sin duda alguna, achacable a la débil condición genética de la madre, incapaz de darle el hijo que tanto deseaba.
Convencido de que alguna arcana maldición se cebaba con él, desde entonces, don Ramón se encerró en un mutismo enfermizo, prestando oídos y atención únicamente a aquellas palabras y prácticas relacionadas con las artes oscuras, y volcando su odio en el único ser que su esposa había sido capaz de traer al mundo. Fue así como trabó contacto con la vieja «menciñeira», en un intento de obtener, por cualquier medio a su alcance, una cura para su mal de ojo. Y fue así como Obdulia, la portuguesa, conoció la existencia de aquel ser extraordinario.
Porque Ester de Uxía, suplía la falta de un sentido humano, con la posesión de otro cuya explicación, iba más allá de lo racional.
Su madre, doña Emilia, había sido la única persona que, durante su niñez, se había preocupado de lograr con ella una comunicación real, a través del mutuo aprendizaje del lenguaje corporal y de signos. Sin embargo, con la vieja curandera, no había sido necesario. Un poderoso vínculo, que iba más allá del lenguaje hablado, las había unido desde el primer contacto.
Con el tiempo, Obdulia descubriría muchas más cosas. La niña Ester era capaz de comunicarse a través del pensamiento, pero no con todo el mundo. Además del emisor, era necesario un receptor para que funcionase la magia. La hija de los Uxía podía captar y transmitir las ideas con suma facilidad, pero la anciana también tenía una facultad, la de saber «escuchar». De hecho, ni siquiera sabía que poseía tal capacidad hasta ese momento, por mucho que siempre hubiese tenido aptitudes especiales para comprender y aprovechar aquellos dones que la naturaleza ponía a su disposición. Esa había sido siempre la base de su conocimiento. Sin embargo, aquella joven iba más allá, pues todos sus sentidos, aún sin el oído, estaban en verdadera sintonía con la misma esencia de la vida.
Ester de Uxía no podía articular palabras, pero en cambio, era capaz de comprender el complejo lenguaje corporal del lobo o el inmenso abanico gestual de los felinos. Por eso, la mayor parte del tiempo lo pasaba con los animales, alejada de la incomprensión humana y del odio de su padre. Repudio que no evitó la consecución de sus planes de búsqueda de un heredero cuando, al cumplir la niña los dieciséis, se concertó su matrimonio con un comerciante de Valdeorras. Las ausencias de la joven comenzaron a ser más largas, su mutismo, más obsesivo. Cuando al fin se llevó a cabo la boda, su nuevo esposo, que se había instalado con ella en el pazo, se encontró con una mujer a la que no comprendía, con la que ni siquiera podía hablar y que obviamente, sentía hacia su persona un profundo rechazo. Sin embargo, ni esta evidencia, ni el interés económico de su unión, pusieron freno a una agresividad sexual y dominante que, desde la primera noche, forzó la resistencia de la joven esposa. Hasta esa última, de luna llena, en la que un candelabro terminó abriendo la cabeza del esposo y, el cristal roto de una ventana, rasgando el camisón y la piel de la joven…
Aquella noche de luna llena, cuando la recogió en el bosque, aterida de frío y medio desnuda.
La había llevado a su morada. Le había curado sus heridas, y le había hecho una promesa. La niña Ester no volvería al pazo.
Todo lo que ocurrió después, formaría parte de un plan urdido con el único objetivo de hacer desaparecer a Ester de Uxía. Algo sencillo de conseguir, teniendo en cuenta que, para los aldeanos, ignorantes de todo lo que ocurría muros dentro, nunca había existido y, para su propia familia, quizás hubiese muerto aquella misma noche. Hacía tiempo que sufrían continuos ataques de los lobos, que se cebaban en el ganado de los pastos e incluso, en el de la propia hacienda, por lo que no fue difícil hacer que los animales rompiesen sus propias barreras y llegasen a las puertas de la casa, metiendo el miedo en el cuerpo de gentes cuyas supersticiones eran alimentadas por las palabras de la «menciñeira» y las excentricidades de don Ramón.
Fue fácil prever que contrataran al lobero, con el fin de dar caza a la supuesta fiera que asolaba sus tierras y se llevaba la vida de su amada hija, la que, imprudentemente, se había internado sola en el bosque una noche de luna llena. Aunque era sabido que «los trapos sucios siempre se lavan en casa», no estaba de más contar con el testimonio de alguien ajeno a la familia en caso de que la Guardia Civil quisiese meter las narices en el asunto de una desaparición que, por lo demás, a nadie resultaba en exceso traumática. Ni siquiera a una desconsolada madre sin otra voluntad que la impuesta por su marido. Tampoco fue demasiado laborioso, llegado el momento, crear las condiciones necesarias para que, el cazador fuese, en realidad, la presa; dejando así el misterio, oportunamente, sin resolver.
Lo único no previsto fue aquel encuentro, años más tarde, en la cantina de Foilevar. Quién le iba a decir, a la vieja Obdulia, que de nuevo tendría que valerse del miedo a lo irracional. Aunque en esta ocasión, no iba a ser ella quien cerrase el círculo.
La joven sordomuda se movía con asombrosa agilidad entre los árboles, eludiendo el zigzagueante sendero, como un pequeño carrizo que revolotease en busca de alimento bajo la intensa nevada. De cuando en cuando se paraba a escuchar, no los sonidos del bosque que no podía oír, sino el verdadero palpitar de la vida. Cuando el promontorio rocoso se elevó ante su vista, también le llegó un olor familiar. Su búsqueda estaba por concluir. Una silueta conocida avanzó hacia ella desde la espesura.
Llegando al pie del macizo rocoso, Mauro comprendió que había sido en exceso optimista. El alba se resistía a cuestionar el dominio de la noche y la borrasca arreciaba con una nevada densa, haciendo inviable cualquier rastreo y volviendo peligrosa la permanencia en aquel terreno escarpado. Las numerosas grietas y cavidades, lejos de ser refugio, podían convertirse en trampas mortales.
En aquella zona, de mayor altitud, el robledal daba paso a un bosquecillo de pinos, atravesado por una torrentera que precipitaba sus aguas entre las rocas. Estaba a punto de abandonar la búsqueda, cuando percibió algo en la espesura, que no podía ser el viento. El lobero permaneció alerta y, al cabo, el movimiento se hizo más evidente, cayendo la nieve acumulada en algunas ramas. Hacia ese punto dirigió sus pasos, descolgando el arma del hombro y amartillándola con sigilo.
A pesar del tiempo que llevaba en el oficio, no podía evitar que las palabras de la anciana resonasen en su cabeza. No era la primera vez que, al calor del fuego, escuchaba historias del lobishome, pero…
Esta vez, un ronco gruñido, perfectamente audible, acompañó a los indicios de que algo se estaba desplazando entre la maleza. No podía ser el lobezno, pero podía tratarse de un jabalí o un zorro. Nada que valiese la pena, aunque pensándolo bien, no era capaz de asociar el sonido a ninguna de las dos especies. Más bien parecía…
En aquella cantina, la vieja portuguesa había dicho algo que ahora se hacía consciente en su recuerdo, aunque venía martilleándole de forma inconsciente desde entonces: ella sabía que no había matado a la bestia. Él no se había referido más que al episodio de aquella noche. Podía haber vuelto, tiempo después, a terminar la tarea. Sin embargo, la vieja afirmó un «lo sé», con tal rotundidad que no dejaba lugar a dudas. O quizás…
Otra vez el mismo sonido pero, más que un gruñido, parecía algo gutural, como una llamada. Una llamada… humana. Y de nuevo percibió movimientos a su alrededor. Pero no en un lugar concreto, sino… por todas partes. Retrocedió. Encañonó a la oscuridad. Giró sobre sí mismo y tropezó, cayendo de espaldas al suelo.
Necesitaba una posición ventajosa; no quería que le pasase lo mismo que aquella malhadada noche, así que, se desprendió de sus raquetas y cruzó el arroyo para encaramarse a un saliente rocoso. Se colgó de nuevo la escopeta para asirse con las dos manos. El fardo de pieles pesaba demasiado. Pensó en soltarlo, pero apreciaba demasiado su tesoro como para abandonarlo, aunque fuera momentáneamente.
Ya en lo alto, casi sin resuello, se giró hacia el lecho de la torrentera. Y al fin lo vio. Allí mismo, sobre unas piedras junto al agua, sus ojos le observaban con la misma intensidad de aquella noche. Era un ejemplar hermoso. El más grande que había visto nunca. Una media sonrisa se dibujó en su cara. Enorme, sí, pero un lobo a fin de cuentas. Lentamente, echó mano a la escopeta.
Entonces, escuchó de nuevo aquella llamada. Ahora no tenía tan claro que fuese una llamada humana. Estaba muy cerca,... a su espalda. Mientras colocaba el arma en posición, se volvió. Una silueta oscura se fundía con el gris plomizo. El lobero, con el miedo pintado en el rostro, dio un paso atrás. Instintivo. El resto lo hizo el pesado fardo de pieles que aún sujetaba a su espalda.
Un grito agónico. Después, silencio. El silencio del bosque antes de alba.
A unos metros de distancia, en una cavidad de la roca, un pequeño lobezno luchaba contra la muerte. Antes de cerrar los ojos, exhausto, aún pudo ver una sombra entre las sombras, que cubría su cuerpo con algo cálido. Entonces, el olor de su madre le reconfortó. Y ya no sintió frío.
Había dejado de nevar.
Un hombre yacía muerto entre las rocas. Cerca, lo que parecían las ataduras de un fardo.
El amanecer teñía de rojo el blanco inmaculado.
Ester de Uxía, se acurrucaba junto al cachorro, bajo una piel de lobo.
FIN
