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lunes, 24 de octubre de 2016

Cruz Silveira 6. Marrajos

 
—Muy bien, «senhor» Silveira. Acabás de comprar boleto para otra vida… No lo malgastés.

Aquella frase de El Argentino, después de la escena que había ocurrido en la misma mesa donde ahora se hallaba sentado, selló el destino de Cruz. Lo irónico de aquel destino es que, al cabo de tantos años, acabase allí mismo, como uno más de esos tiburones que quería eliminar. Y más aún si cabe, teniendo en cuenta que, después de permanecer una larga temporada inactivo, había vuelto al oficio. Dicen que los tiburones no pueden evitar la llamada de la sangre. Es algo genético. El único consuelo que le quedaba era pensar que él no era como un «Gran Blanco», que no discrimina su presa e incluso se acerca a las playas a la caza de cualquier incauto, sino más bien como un marrajo, el auténtico cazador de alta mar, fuerte y veloz, que no se arredra ante enemigo mayor.

La concentración de bañistas alrededor de los liveguards se estaba convirtiendo en aglomeración y, teniendo en cuenta la densidad humana de Copacabana en aquél momento, podía dar lugar a una situación peligrosa. Nadie había divisado a los «aletas negras» de los que hablaba el noticiario e izar bandera roja con la mar en calma y treinta y cinco grados a la sombra, no dejaba de ser una medida altamente impopular.

El espectáculo había entretenido más de la cuenta a Cruz Silveira, cómodamente sentado en la terraza de la Confeitaria Colombo, hasta el punto de pasar por alto el retraso de su «cliente». Estaba a punto de marcharse cuando una silueta de formas contundentes eclipsó el sol ante él. Escupió con ímpetu el Vila Rica que colgaba de sus labios y, en un gesto mecánico, introdujo la mano derecha bajo su americana.

—¿Acaso me olvidaste, querido?

Una media sonrisa comenzó a delinearse en el rostro de Cruz que, con ademán más relajado, extrajo su mano de la chaqueta portando una cajetilla de cigarrillos.

—No recuerdo si te olvidé… Si algún día lo hice, debió ser breve… Aunque, a ti no parece haberte ido mejor.

—Cada condenado carga su madero, supongo—dijo Roxanne mientras apoyaba su pamela negra sobre la mesa y se sentaba frente al pistolero.

—¿Ah sí? ¿Y cuál es tu cruz?—preguntó él ofreciéndole un Vila Rica.

Ella sujetó el cigarrillo entre los labios pero rechazó el encendedor de Silveira. Prendió el tabaco con el suyo y aspiró profundamente. Él casi pudo escuchar el imperceptible crujido de la hoja al quemarse mientras el reflejo de la brasa fulguraba en sus negras pupilas.

—Me temo que tú.

Cruz sintió que su firmeza se tambaleaba.

—Así que, tú eres mi cliente... Entonces, ¿ésta es la última escena?—inquirió el sicario, con ironía.

—Quizá lo sea… Esa en la que Cyrano muere mientras lee de memoria la carta que escribió a su amada, la que ella guarda en su pecho creyéndola de Christian.

—No tengo el gusto de conocer a tus amigos, lo que quiero saber es de que va el numerito.

—Guárdate el cinismo, Cruz… No siempre estuve ciega. Reconozco que me sorprendió tu reacción en la boda y… ese beso… Pero después comprendí… Y sé cómo te trató Salvador. No fuiste el único en sufrir el peso de la lealtad al viejo Sousa, ni los efectos de la ira de su hijo. Sin embargo nunca sabrás lo que significó soportar sobre tu piel las babas de un hombre cuya única demostración de hombría parecía ser la continua humillación… No puedo decir que llorase su muerte, pero…

     «¡Joder, Cruz!... Yo te quería… Y soporté muchas cosas en silencio. Pero tú no… Tú no podías. No creas que no sé cómo funciona todo esto, me crié en ello. Entiendo muchas cosas de toda esta mierda… Salvador, El Argentino, yo misma… Pero, Mauro… Él no era nadie… Ni siquiera en la Federal tenía suficiente mano para mover los hilos… A él no lo mató el mercenario. Lo mató el hombre celoso que no pudo soportar que le robasen lo que nunca le había pertenecido.

De forma inconsciente, Cruz tensó los músculos para sentir la presión de la Star en el interior de la sobaquera. Una vieja Star de nueve milímetros como la que abandonó junto al cuerpo de El Argentino después de matarlo. El viejo siempre le había advertido de la poca fiabilidad del arma, sin embargo él, fiel a un anclado hábito personal, terminó por retomar el uso de aquel antiguo modelo semiautomático.

—¿Estabas allí?—preguntó el sicario, aun conociendo la respuesta.

—Por supuesto. No hubiera tenido tiempo para largarme, aunque Mauro me alertó… Me escondí por precaución, sabía que tu intención no era hacerme daño… Él no te conocía como yo. Sin embargo, cuando me percaté de que os encontraríais allí, pensé que, si delataba mi presencia, el enfrentamiento sería inevitable… En todo caso, no tuve opción a cambiar de parecer pues tú, como siempre, te adelantaste.

     «En aquel momento te hubiese matado sin pensarlo…, por la espalda, como tú hiciste con él… Si no hubieses cogido el arma que me dejó.

Por la mente de Cruz pasaron los últimos años que dedicó a la búsqueda infructuosa de algo que, ahora, sabía inalcanzable.

—Todavía no has contestado a mi pregunta: ¿Por qué estás aquí?—interrogó Silveira con frialdad.

Roxanne exhaló el humo que había mantenido retenido en el breve lapso de tiempo que Cruz había tardado en hablar.

—Sé que en todo este tiempo no has dejado de buscarme… Yo he querido enterrar el pasado, a pesar del daño que me hiciste, y olvidar. Tú eres incapaz de hacerlo, y me arrastras al infierno contigo… Lo siento Cruz, pero yo me quedo.

Durante un minuto más, ambos permanecieron en silencio. Roxanne pensaba en el valor de una vida y Cruz, en el precio de una muerte.

La mujer extrajo un celular del bolso y un bulto cubierto por un foulard negro. Sus ojos miraban directamente a los de Cruz mientras marcaba un número.

—¿Emergência?... Por favor, venha rápidamente... Na Confeitaria Colombo, un homem está morrendo.

Cruz vio asomar la bocacha silenciadora bajo el pañuelo, pero sintió que no podía moverse, que no quería moverse. Un chasquido seco y un golpe en el pecho. Eso fue todo. La multitud que se agolpaba en la playa apagaba con sus gritos cualquier otro sonido y recababa la atención de todos los camareros, que no veían a la mujer de negro que se cubría con su pamela y desaparecía, ni al hombre sentado con los brazos colgando que doblaba su cuello en una postura absurda.

Cruz sabía exactamente por qué punto había atravesado su cuerpo el proyectil. Era una trayectoria que él mismo había ensayado. Lo que no sabía era por qué no le dolía. Tampoco sabía por qué su mente volvía a los marrajos, que se atrevían con peces tan grandes como ellos, allá en alta mar. Un limpiabotas le miró con desprecio mientras pasaba a su lado, impasible. Mientras se apagaba el sonido de las sirenas, sus pupilas crecían inundando de negro el azul profundo de sus ojos, aquel donde los marrajos cazaban al pez espada.
 
                                                                 FIN
 
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lunes, 12 de septiembre de 2016

Cruz Silveira 5. Hienas


Bang!
 
El estampido retumbó en la espesura de los morros y una miríada de aves multicolores cubrió el cielo en la pequeña cala.
 
Vargas era un purista y, desde que estaba en la academia de policía, se había mantenido fiel a su pequeño Taurus, a pesar de que, en la Federal, disponían de un equipamiento actualizado. Nunca había sido amante de las armas pero era un excelente tirador. Siempre decía que seis balas eran más que suficientes para defenderse, pues ellos no eran cazadores; más bien carroñeros, como las hienas, que se alimentaban de las presas que otros mataban. Hienas y leones, simbiosis perfecta de enemigos implacables.
 
Un proyectil del 38 especial salió del ánima estriada del cañón y alcanzó su objetivo en lo que dura un pensamiento.
 
…
 
Dos semanas hacía del tiroteo de Santos, cuando sobre el cuerpo de El Argentino se halló el arma que, en el secuestro de Roxanne, había disparado al hombre de Figlione; el arma de quien, presuntamente, había fracasado en su intento de liberar a la viuda. Identificado el último pistolero, Jefatura dio carpetazo al asunto, sin detenerse en detalles irrelevantes que Mauro se obcecaba en revelar. Para un cazador, el arma era un elemento esencial, ejecutor y probatorio al mismo tiempo; no así para el carroñero, para quien el cuerpo era la certeza del crimen y la fuente de información. Y aquel cadáver le decía a Vargas que las balas que alojaba, también pertenecían al arma que portaba. Claramente faltaba una pieza en el tablero y, la conversación que días antes había mantenido con el viejo sicario, el trato que les había servido en bandeja a Cortés y al colombiano, le daban la respuesta.
 
Dos semanas había tardado en localizar a Cruz. Todavía se sorprendía de lo fácil que había sido. A través de la Secretaría da Receita Federal encontró un piso a su nombre en Liberdade, el barrio chino de São Paulo; a fin de cuentas, hasta los asesinos pagan impuestos, se dijo. Evidentemente, se trataba de una tapadera, pero en el trastero de la vivienda halló una lata de aceite para embarcaciones y, mediante los registros oficiales, averiguó donde amarraba una chalana cuyo nombre no dejaba lugar a dudas.
 
La Roxanne era una vieja embarcación de transporte rehabilitada que reposaba su barriga en las aguas del Guarapiranga, cerca de Santo Amaro, camuflada entre palos y jarcias de porte más altanero. Vargas la visitó al abrigo de la noche y revólver en mano, porque al policía no se le escapaba lo peligroso que podía ser aquel tipo. Aunque sí lo hacía la respuesta a la pregunta más obvia: ¿Qué le había empujado a llegar él solo hasta allí? Quería pensar que cierto sentido del deber le impelía a no dejar que un individuo de semejante calaña pudiese librarse de la justicia, pero en su fuero interno sabía que aquello era más bien una cacería personal, relacionada con cierta mujer cuyo nombre, pintado en la popa, era la pieza a cobrar. Otra cuestión era discernir quien era el cazador y quien el carroñero.
 
En aquella embarcación, Vargas había encontrado las pruebas de su teoría. Numerosas fotografías, algunas de él mismo, junto a recortes de prensa, copias de documentos, planos, mapas y anotaciones hechas con rotulador se dispersaban en un caos organizado, clavadas en el mamparo interior. Las deducciones se abrieron camino en su cerebro como el filo de un cuchillo. El asesinato de Salvador Sousa, la intervención durante el secuestro de Roxanne, las pruebas que permitieron enchironar a Figlione; todo ello tenía a Silveira como actor principal. Él había sido el objetivo del mafioso por su relación con la viuda. Al principio pensó que la intención del sicario había sido liberarla, habiendo resultado herida de muerte durante el tiroteo, sin embargo, ahora sabía que fue el propio Silveira quien quiso matarla. Se libraba del chantaje y de los chantajistas, aparte de desquitarse de Figlione mediante los documentos de la caja de seguridad. Todo pensado con la meticulosidad de un asesino profesional. Roxanne era su último objetivo, un testigo molesto que había que eliminar por encima de todo, incluso de su obsesión por ella. Y el círculo en torno a su paradero se estrechaba. Tal vez Silveira ya la hubiese localizado.
 
Había conducido toda la noche hasta São Sebastião y, desde allí, un ferry le había trasbordado a Ilhabela. Una avería inoportuna le obligó a alquilar un nuevo automóvil y, mientras el horizonte se encendía, seguía la línea costera por la sinuosa pista que atravesaba el corazón de la isla. Muchas veces había recorrido aquel camino en los últimos meses pero ninguna con tanta urgencia. Urgencia por comprobar que todo iba bien, pero también por ahuyentar los fantasmas que se habían instalado en su mente, por saber realmente qué se ocultaba entre Cruz Silveira y su protegida, qué era lo que, por temor o por ignorancia, nunca había mencionado sobre quien, supuestamente, no era más que un amigo de la juventud y empleado de su esposo. Sea como fuere, aquella mujer había logrado trastocar su vida y ahora no podía apartarse de ella, ni de sus circunstancias.
 
Antes de llegar a la casa, sin embargo, detuvo el coche al borde del camino y vomitó. Vomitó los restos de su propio mundo y, por un momento se sintió abandonado. Abandonado por su código de valores; el que le impedía servir a otra ley que no fuera la que había jurado; por sus principios, por su lealtad, por su integridad. Y entonces se aferró a lo único que tenía: unos rizos oscuros que se escapaban entre sus dedos.
 
Desde aquel punto del camino podía divisar, entre la espesura, la pequeña Praia das Enxovas y, en ella, la casa en la que Roxanne disfrutaba de su nueva vida. En lugar del anonimato en una bulliciosa ciudad había preferido un retiro tranquilo. El lugar elegido era la cala más recóndita en la costa oriental de aquella isla, parque natural en su mayoría. Pero lo que llamó su atención no fue lo idílico del lugar, sino el automóvil estacionado junto a la casa. O Roxanne había llamado a un taxi o, lo que era peor, tenía visita. Es decir, Silveira había llegado antes que él.
 
Cuando Vargas llegó a la casa, el auto ya no estaba junto a ella. Cada vez más alterado, recorrió todas las estancias una por una pero tan sólo logró confirmar lo que ya sospechaba: Roxanne había desaparecido. No sabía qué hacer, se rascó la frente con el cañón del arma y giró entre los dedos de forma compulsiva la piedra de amatista que guardaba en el bolsillo. Salió al exterior, circundó la casa y llamó a gritos a Roxanne, olvidando ya toda precaución. Desesperado y sudando por todos los poros, bajó a la playa. Entonces lo vio. En la parte que ocultaba el cobertizo anexo a la casa, estaba el auto que había divisado desde la carretera. Su corazón se detuvo durante un segundo, pero no por ese hallazgo, sino por la sombra que surgió en la arena, a sus pies.
 
El sombrero fedora y la mano empuñando un arma la hacían inconfundible. Vargas levantó las manos hasta la altura de la cabeza, pero no soltó el gatillo del revólver. Por alguna razón, entendía que Cruz no le dispararía por la espalda.
 
…
 
Bang!
 
Un proyectil del 38 especial salió del ánima estriada del cañón y alcanzó su objetivo en lo que dura un pensamiento.
 
…
 
Cruz Silveira había sentido realmente que todo su mundo se desmoronaba después de la muerte del argentino. No por remordimientos. Éstos habían salido de su alma como aquella primera bala lo había hecho de su arma para matar en Copacabana. El Argentino le había traicionado y, en todo caso, Cruz no podía saber que su Browning estaba descargada antes de encañonarle. También podía haberle disparado de forma no letal pero, dicen que el hábito hace al monje o… al cazador. Sin embargo, sabía que Figlione iría a por él. Sabía que Vargas iría a por él. Toda la puta mafia pensaría que el soplón de Cortés era él. Toda la puta bofia pensaría que, para mantener tranquila a la mafia, necesitarían un «cabeza de turco». Conclusión: había que largarse.
 
Desaparecer, sí. Pero no así, sin más. Antes había que cortar algunos flecos. Uno de ellos era Vargas y, el otro, Roxanne. Ella era lo único que podía salvarse de aquel mundo que se desplomaba a su alrededor. Lo único que merecía la pena salvar. Vargas era el cabo que había que cortar para hacerse a la mar; la hiena que se alimentaba de su caza… pero que ahora le iba a ayudar.
 
Fue más fácil de lo que esperaba. Sólo tuvo que poner el cebo, y el policía picó. En el piso de Liberdade dejó la primera pista, sutil como para no resultar obvia pero suficientemente clara para no ser equívoca. El escenario de la chalana lo preparó a conciencia. Vargas perdió el culo en su prisa por llegar hasta Roxanne. Tanto es así que se olvidó de ser precavido. Siempre se había desplazado en helicóptero en sus encuentros con Roxanne, lo que hacía imposible seguirlo, pero Cruz sabía que, después de ver lo que había preparado para él en el barco, no perdería tiempo en esperar a que le preparasen la aeronave. Una vez en el ferry, tan sólo tuvo que hacer un par de llamadas. Una para saber de cierta casa alquilada en la isla y otra para crear un incidente que retrasase la salida de Vargas. Obtener ventaja era fundamental pues tenía que llegar a Roxanne antes que él.
 
Sin embargo, todo se había complicado… Cuando escuchó el coche de Vargas bajando hacia la casa, ocultó el suyo tras el cobertizo y esperó. Ahora estaban allí los dos, solos en la pequeña cala.
 
—Oh, deixe…eu só quero falar com ela—suplicó Mauro.
 
—Bem, você terá que entrar na fila...
 
Vargas comprendió. Por alguna razón, todavía desconocida, Roxanne se había marchado antes de la llegada de ambos.
 
—Espere, eu posso levá-lo com ela… —dijo, intentando ganar tiempo.
 
—Não, você não pode.
 
El movimiento fue imperceptible.
 
Bang!
 
Un proyectil del 38 especial salió del ánima estriada del cañón y alcanzó su objetivo en lo que dura un pensamiento…, incrustándose entre los omoplatos del policía con la desviación exacta para reventar su corazón.
 
Mauro Vargas cayó de bruces sobre la arena. La espuma salada de una ola besó sus labios y, antes de perder la consciencia pensó que le hubiera gustado fumarse un último cigarro.
 
Cruz Silveira arrojó a la arena el pequeño Taurus que había encontrado en el dormitorio de Roxanne, junto al arma gemela que Mauro todavía empuñaba, y observó cómo el agua del mar se teñía de rojo bajo el cuerpo del federal.
 
«No es digno matar a un hombre por la espalda», le hubiera dicho El Argentino. Pero no hay nada digno en matar; lo único digno es sobrevivir. Y a fin de cuentas, El Argentino estaba muerto.
 
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lunes, 18 de julio de 2016

Cruz Silveira 4. Ratas

 
Alguien había levantado la liebre, los cazadores habían lanzado a sus perros y, como en un barco que se hunde, todas las ratas trataban de ponerse a salvo.

El hallazgo de aquella caja de seguridad y su contenido removió los bajos fondos lo suficiente para que todo se pusiese en movimiento. La basura salió a flote y algunos prohombres se mancharon los trajes. Cuando Figlione, el poderoso empresario napolitano, acabó entre rejas, y su imperio desmantelado, las aguas parecieron volver a su cauce, pero nada más lejos de la realidad.

El lodo comenzó a salpicar y todo el hampa se mantuvo alerta. De ordinario, aquello no habría pasado de una purga y algunos soplones puestos a remojo, con zapatos de cemento, en el fondo del Tieté. Sin embargo, en esta ocasión, el inusual interés que puso la Federal en el asunto, arropada por ciertos políticos comprometidos, compensó en la balanza al peso de la mafia medido con el fiel de la corrupción. Se tiró de varios hilos, se incautaron alijos y se practicaron detenciones, pero lo más importante es que se tocó la cúpula. Los capos perdieron confianza y la situación se tornó confusa. Con Figlione enchironado y la Federal tomando carrerilla, por primera vez en décadas, se sintieron vulnerables.

Las ratas que no se ahogaron comenzaron a llegar a tierra buscando refugio. Las armas crepitaron en los patios traseros y a las puertas de las casas se vendieron lealtades. 

Mauro Vargas, con las manos en los bolsillos de la gabardina y el fedora calado, contemplaba las inmensas grúas del puerto de Santos manejando los contenedores. En ese instante hubiese dado lo que fuera por un cigarro, pero en su lugar calmaba la ansiedad haciendo girar entre sus dedos una pequeña esfera de amatista. 

Un policía uniformado se acercó a él, displicente.

—Confirmam-no, chefe. A entrega será hoje à noite. ¿Dou a fim de preparar a operação?...


Llevaba dieciocho meses sin fumar y ni uno sólo sin sentir la necesidad. Lo había dejado el mismo día que conoció a la viuda de Sousa, cuando ésta ingresó en el hospital prácticamente muerta. Lo había dejado el mismo día en que también había decidido dejar de archivar casos. Llevaba tanto tiempo fumando como archivando.

Aquellas primeras semanas de investigación, hasta que detuvieron a Enrico Figlione, fueron frenéticas, y no se separó de Roxanne más que lo estrictamente necesario, embargado por un intenso sentimiento protector. 

No pudo evitar un sonrisa al recordar el símil que su adjunto había aplicado a la investigación «Es como comerse un plato de espagueti» había dicho. «Agarras un extremo, tiras y te los llevas todos, aunque te salpique el tomate». Lo cierto es que no le faltaba razón porque, a pesar de que la cosecha roja aumentaba conforme avanzaban, una vez roto el código de silencio y aplicando un poco de tenaza, cantaban hasta el himno del Ipiranga. En todo caso, el éxito no había sido fruto de un golpe de suerte, sino de varios años de perseverancia, y aún quedaban cabos sueltos. Uno de ellos era la muerte de Salvador Sousa. Mauro no había podido encontrar pruebas que incriminasen a Figlione, por mucho que supiera que tenía que estar detrás del asesinato. El otro, las mismas circunstancias en las que hallaron a su viuda.

Aparece una mujer secuestrada y herida de muerte. Entre sus ropas se esconde la llave de una caja de seguridad con pruebas contra el mafioso cuyo hombre le ha disparado y que a su vez ha sido muerto por otra persona que ha huido herida. Probablemente el capo sabía de la existencia de esa caja y secuestró a la chica para sacarle información. Alguien llegó para liberarla pero no pudo evitar que el secuestrador, antes de morir, disparase contra él y contra su víctima. Quien fuera que quiso rescatarla, herido y dándola por muerta, huyó del escenario. La cosa parecía clara y Figlione tenía todas las de perder. La nave era suya, el matón estaba en su nómina y la joven a la que intentaron matar tenía la clave del asunto.

Sin embargo, para Vargas había cosas que no encajaban. ¿Secuestran a la mujer para sacarle algo, la desnudan, la atan a una silla y no registran su ropa? ¿Qué sentido tiene dispararle mientras les están atacando?... Opuesto a la versión oficial, Mauro estaba convencido de que se trataba de un escenario preparado con una clara intención; destapar la organización de Figlione. Ahora bien, si no era por la información, ¿cuál había sido el móvil para el secuestro?

«Escarbar en la basura sólo podría dar mal olor», le aconsejaron desde arriba. Pero Mauro no era de los que escuchan ese tipo de advertencias. La pista con que contaba, aparte del misterioso testigo herido que había huido, era Roxanne. Por eso se pegó a sus faldas durante varios meses, aunque para el resto del Departamento fuese por el seductor movimiento que ella les imprimía al caminar.

Por Roxanne supo de la vida interior de los Sousa, de las ambiciones de Figlione y de la existencia de Cruz. Pero del imperio Sousa no quedaba nada y si se eliminaba la caja de seguridad como móvil ¿Por qué entonces, querría «Il figlio» secuestrar a la viuda de Salvador? ¿A quién pretendía presionar con ello? ¿Quién tenía interés en hundir al empresario? ¿Por qué matar a Roxanne? Demasiadas preguntas sin respuesta que comenzaban a unirse a otras, de índole más personal.

Hombre de trabajo y familia, íntegro hasta la médula, con quince años de matrimonio y dos hijos en su haber, de repente se le imputaban al debe unos rizos oscuros que, como sol radiante en la almohada de aquella cama de hospital, le hicieron perder el rumbo. En honor a la verdad, Mauro enfrentó la situación como un deber profesional, totalmente alejado de cualquier vinculación emocional, sin embargo, el prolongado contacto directo fue mermando sus defensas hasta el punto de ruptura, que llegó el día en que Roxanne, cediendo a la tensión que llevaba tiempo soportando, se refugió entre los brazos de su protector.

Sus sentidos no estaban preparados para una lucha prolongada y, en cuanto tomaron contacto con la humedad de unas lágrimas, la calidez de su aliento, el perfume de aquella cabellera azabache, quedaron subyugados. Todos sus arquetipos cayeron del pedestal. Se sintió débil, vulnerable. El sentimiento de culpabilidad le hizo verse no tan diferente a tantos otros que había metido entre rejas y le volvió agresivo hacia sus compañeros, hacia su esposa e hijos, protegiendo obsesivamente su intimidad y encerrándose en sí mismo.

—¿Chefe, você está bem?


—Não faça perguntas estúpidas e faça o favor de prepará-lo tudo


Ahora había algo más. Un soplo. Paulo Cortés, el empresario y conocido traficante de armas, estaba en el ajo. O mejor dicho, en el alijo. Aspirante también a la herencia de Sousa y con Figlione fuera de circulación, el mafioso podría haber decidido sacar tajada del pastel y hacerse cargo de la distribución de alguno de los envíos que tenían que llegar. A fin de cuentas, a los colombianos les deba igual quien pagase. En ese muelle, esa misma noche, iba a tener lugar el intercambio. La información había tenido un alto precio, pero el resultado podía ser un duro golpe contra la mafia paulista, terminando en menos de un año con tres de las familias más importantes del negocio.



Las gigantescas grúas portuarias de Santos habían cesado su actividad y las luces nocturnas se reflejaban en las tranquilas aguas del puerto más importante de América Latina. A salvo de miradas curiosas, dos hombres esperaban. Nada les delataba, salvo algunas volutas de humo que se elevaban perezosamente hacia el cielo.

—Las ratas están abandonando el barco, che… y vos sabés porqué. Tienen miedo al agua… y esta vez viene tormenta, oíste. Sabés tan bien como yo que es cuestión de tiempo que nos moje los zapatos. Más vale ponerse al seco antes que tarde.


Cruz permanecía silencioso, con los carrillos contraídos succionando el Vila Rica

—Ese hijoeputa de la Federal no es un pez chico…—continuó El Argentino— Se ha comido el cebo, pero no ha prendido el anzuelo el muy cabrón. Los chicos dicen que anda haciendo preguntas… Cuestión de tiempo, pibe, cuestión de tiempo.


—Muerta la rata, se acabó la peste—sentenció Cruz.

—Es el perro… y la rabia.


—Si… el perro también.


—Creo que le das al fierro más valor del que tiene…—reflexionó El Argentino

—Prefiero la plata.


—Te quedás conmigo, pero sabés muy bien de lo que hablo… Vargas no parará y, por lo que se dice, se ha encoñado con la piba. Tenemos que hacer las maletas. Una temporada en Europa, otros nombres, otras vidas… hasta que se calmen las aguas…


—¿Y que las ratas vuelvan al barco?... Primero hay que baldear la cubierta… Luego nos encargaremos del perro.


El Argentino escrutó la mirada de Cruz, fría como el acero del arma que, bajo la americana, daba un sentido a su existencia, y se sintió viejo de repente. Subió el cuello de su gabardina y metió las manos en los bolsillos. La gente del colombiano no tardaría en llegar, y el mismísimo Cortés se encargaría de recibirla. Por eso estaban ellos allí. Había que vigilar que todo saliese bien. Un trabajo fácil y bien pagado. Para Don Paulo, ante la ausencia de los Sousa y de Figlione, todo el monte era orégano, o mejor, Coca. Sin embargo, no por ello había que descuidar la seguridad. Cruz era el mejor en el oficio. Y a fin de cuentas, había que ahorrar para las vacaciones.

Al poco llegaron dos autos, uno tras otro, que estacionaron a la puerta de una inmensa nave, enfrentados y con los faros encendidos. Se apearon varios hombres que, iluminados por los respectivos focos, se colocaron delante de los vehículos, proyectando alargadas sombras hacia sus oponentes. Dos de ellos avanzaron hacia un punto intermedio para encontrarse.

Cruz Silveira decidió entonces cambiar de posición. Abandonó el refugio que había preestablecido y se deslizó hacia una escalera metálica. El Argentino, sorprendido por el improvisado movimiento, quiso retenerlo.

—¿Qué hacés, carajo?


Ante la duda del Argentino, el sicario le hizo un gesto imperativo para que le siguiese. Mientras tanto, los narcos intercambiaban algunas palabras y, cuando uno de ellos hizo la señal convenida, otros dos se adelantaron portando un maletín. Todos juntos se dirigieron hacia la trasera de uno de los autos. A partir de ese instante, los acontecimientos se aceleraron en vertiginosa sucesión.

De las sombras surgieron por todas partes hombres de la unidad de operaciones especiales de la Policía Militar, armados con subfusiles. Al mismo tiempo, varios coches celulares irrumpieron en el lugar dando el alto a través de la megafonía. Cruz, como no podía ser de otra manera, sacó su arma y comenzó a disparar a diestro y siniestro, parapetándose detrás de un toro elevador. Sabía que la cosa pintaba mal y su objetivo no era matar a nadie, sino hacer ruido, distraer la atención para que el resto de hombres pudiese guarecerse de la lluvia metálica. El Argentino hizo lo propio.

—¡Sou o agente Vargas, da Federal! ¡Cessar o fogo, deixar suas armas no chão e colocar as mãos sobre o carro!—Algunos hombres se habían introducido en los autos y otros se habían resguardado como habían podido. Aquello era un infierno de fogonazos.

De una puerta, justo a espaldas de la primera posición que ocuparon Cruz y El Argentino, surgieron dos policías. Los dos sicarios cruzaron sus miradas, inmóviles, apuntando sus armas hacia el numeroso grupo de uniformados y mafiosos. No hicieron falta palabras para comprender. En los ojos de Cruz se formuló una sola pregunta: ¿Por qué, viejo?

El Argentino, con rostro contrariado, dirigió su brazo armado hacia Cruz, pero unas décimas de segundo antes de poder apretar el gatillo y algunas más después de que éste tomase la decisión, recibió un disparo en el hombro, que podría haber variado la trayectoria del suyo en caso de haberlo efectuado, y otro en el pecho que lo tumbó de espaldas.

Cómo si lo hubiese estado esperando, Cruz se movió velozmente y arrastró el cuerpo de su mentor hacia un lugar más seguro mientras continuaba el tiroteo. Los dos hombres que habían entrado en su busca estaban enzarzados en el mismo, olvidando a sus objetivos.

—Lo supiste al cabo, ¿no?—dijo El Argentino, conteniendo una mueca de dolor.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, viejo? Sólo tomé mis precauciones. Lo supe cuando vi que de tu arma no salía ni una sola bala—Cruz extrajo el cargador de la Browning HP y descubrió que estaba vacío.

—¿Qué querés? Era el trato… Vos me llamás «viejo», pero soy viejo de veras… Cortés no es más que otro puto mafioso que le da por la vitamina y tú y yo íbamos a salir librados. Vargas me lo juró sí le decía dónde… La cosa estaba jodida, Cruz, y nosotros sólo somos el dedo en el gatillo. A la hora de elegir, Cortés era un bocado más sabroso… ¿Creés que Figlione no irá a por vos, que no sabe mover los hilos entre rejas?... ¿Que ese federal, con la que ha montado, no averiguará que estamos en el ajo, que mataste a Sousa y disparaste a la viudita? Vos sabés que no soy un soplón… Era un trueque y ya no había otra salida… Tarde o temprano tendríamos que salir por pies. Mejor si teníamos billete… Además está Roxanne… ¿Qué vas a hacer?... ¿Matar al único tipo que sabe dónde está, al único que puede protegerla?…


Se miró la mano ensangrentada con la que taponaba la herida del pecho y tosió, escupiendo sangre

—Te dije que la Star no era confiable…—continuó en un hilo de voz— Un día de éstos…, vas a matar a alguien…


Cruz Silveira observó el caos a su alrededor. Algunos muertos en el suelo; varios matones disparando desde los autos destrozados por las balas; los policías, parapetados a su vez y rodilla en tierra, lanzando ráfagas mortales que hacían saltar metralla por todas partes; la voz de Vargas a través del megáfono, casi inaudible, pidiendo el alto el fuego; destellos fulgurantes mezclados con las luces azules de los coches patrulla.

Quizás el Argentino tuviese razón. Allí ya no quedaba nada para él, salvo problemas. Los años pasados en la hacienda Sousa y Roxanne, todo parecía no haber sido más que un sueño. Todas las personas que, de alguna manera, habían sido alguien para él, estaban muertas o desaparecidas. La mayoría por su propia mano. Ahora le tocaba desaparecer a él… aunque antes, tenía que resolver un asunto.

Colocó la Star de nueve milímetros sobre el pecho sin latido de su mentor y, a su vez, tomó la Browning HP. La sopesó, buscó un segundo cargador en los bolsillos del cadáver y sustituyó el vacío. Tiró de la corredera para introducir una bala en la recámara, ajustó el seguro y la guardó en la sobaquera. Abajo seguían sonando disparos esporádicos. Tocó el ala de su fedora a modo de saludo y se irguió.

-¡Adiós, viejo!


Mauro Vargas miró hacia el lugar dónde debía de haber estado el Argentino e hizo una seña a dos de sus hombres para que fuesen a comprobarlo. Sin dejar de empuñar el arma, buscó la piedra de amatista en el bolsillo de su americana, pero había desaparecido y unas ganas irreprimibles de encender un cigarro se apoderaron de él.


Relatos anteriores de Cruz Silveira: 1 Tiburones
                                     2 Cuervos
                                     3 Buitres

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lunes, 15 de febrero de 2016

Cruz Silveira 3. Buitres


                                                                          I
Los helicópteros, como zopilotes en busca de carroña, sobrevolaban las azoteas de São Paulo. El tráfico en sus calles podía convertirse en un verdadero infierno durante las horas de mayor intensidad. Por eso, muchos empresarios y altos ejecutivos, aprovechando el gran número de rascacielos con helipuerto en la ciudad más activa de Sudamérica, terminaban optando por este medio para desplazarse. En algunos momentos del crepúsculo, el cielo urbano parecía un enjambre de rotores, uniéndose a los aparatos privados las luces vibrantes de la Policía Federal o los servicios de emergencia.

El pequeño Hughes 500, recortando su silueta contra el cielo rojo, aterrizó sobre el Atenas Building, y Cruz Silveira, escoltado por dos hombres, descendió del mismo, sujetando su sombrero fedora mientras pasaba bajo las hélices. Ya en el ascensor, encendió un Vila Rica y expulsó una densa bocanada de humo.

—Aquí você não pode fumar, senhor— dijo uno de los hombres, torciendo el gesto.

Para Cruz, un descenso de treinta pisos junto a dos matones de medio pelo, era un momento tan bueno como cualquier otro para fumarse un cigarro, y así se lo hizo entender al que parecía el jefe mediante un leve movimiento de ceja. A su vez, el tipo hizo un gesto de reprobación al que había hablado y volvió a mirar fijamente la botonera del elevador.

El despacho de Enrico Figlione, dueño del edificio y de una de las más importantes constructoras de São Paulo, se hallaba en la sexta planta. Todos pensaban que se había instalado a aquella altura debido a su acrofobia, pero según sus propias palabras, lo hacía para no estar demasiado cerca de las llamas del infierno ni tal alto como para temer la ira del cielo. Cruz Silveira entró junto a su escolta y se mantuvo en pie frente al gigantesco escritorio de caoba, dejando que el Vila Rica colgase de sus labios y extendiese un hongo de humo bajo el ala de su sombrero.

Don Enrico «Il figlio» era de origen siciliano. Había pertenecido a la «Cupola» de Palermo pero, después de ciertas desavenencias familiares, trasladó sus negocios a Brasil en el momento en que las mafias se hacían con Cidade de Deus, controlando hasta la respiración de todos sus habitantes. Por supuesto, se trajo sus contactos en el peligroso mundo del tráfico de armas internacional. En São Paulo construyó su imperio en tiempo récord, bajo la tapadera de una «solvente» constructora. Eso sí, en directa competencia con el cartel de Paulo Cortés «O dandy», dueño de una empresa de saneamientos que saneaba eficazmente sus negras finanzas, producto del negocio de la muerte masiva en los países africanos.

Semanas atrás, los dos mafiosos habían aparcado sus rencillas para unirse contra el hijo del poderoso narco Diego Sousa, ya que, al morir éste, el engreído niñato, poco dispuesto a respetar los acuerdos de su padre, quiso meter las narices, congestionadas de coca, en los negocios armamentísticos. Cruz Silveira, por su vinculación al viejo traficante y las cuentas pendientes que mantenía con su heredero, fue elegido para darle el pasaporte.

Ahora, cumplido el encargo, el sicario estaba delante de la mesa de caoba, observando a través del humo de su Vila Rica las litografías que el empresario tenía a su espalda, en las que se representaba el proyecto de un innovador viaducto en forma de equis que cruzaba el Pinheiros. Figlione, un tipo corpulento y sudoroso, no dejaba de gesticular con las manos mientras le hablaba de la buena acogida que tendría en «la familia» un profesional de su talla y Cruz, que sonreía para sí mismo pensando en la diferencia de «talla» que había entre los dos, pensaba en las intenciones que podrían ocultarse tras aquellas palabras.

Él había tenido sus propias razones para aceptar el trabajo y, en todo caso, una vez muerto el primogénito de Sousa y habida cuenta de los años que pasó trabajando para el clan, tenía claro que no volvería a formar parte de ningún «club de matones» dedicados a jugar a la ruleta rusa con el arma de un mafioso y la bala de su desconfianza. Por eso, cuando ahora, mientras le pagaba sus servicios, Figlione le proponía unirse a «la familia» y rematar el trabajo ocupándose de Cortés, su más directo competidor, Cruz sabía que eso sería vender su independencia y formar parte de la bandada de buitres que se destrozaban por la carroña. Por toda respuesta, el pistolero pellizcó el ala de su sombrero a modo de despedida.

Mientras salía del despacho, tuvo tiempo de escuchar a don Enrico, dirigiéndose a su lugarteniente:

—Luca, sai cosa devi fare
 
Don Enrico era un hombre ambicioso e impulsivo, quizás demasiado inclinado a resolver sus asuntos de la manera más expeditiva, sin dar tiempo a su madurez en los mecanismos del intelecto. Ahora que ya no tenía que preocuparse por la intromisión de Sousa en sus negocios y mientras todo el mundo estaba ocupado en picotear los despojos de su imperio, creyó ver el momento oportuno para matar dos pájaros de un tiro. El hecho de requerir los servicios de Cruz para este nuevo trabajo no era tanto por falta de recursos propios, como por poner en nómina al sicario independiente, en su afán por controlar todos los factores que pudiesen resultar un riesgo para sus ambiciones. Ahora sabía que aquel hueso iba a ser duro de roer, pero todo era cuestión de encontrar el punto dónde hincarle el diente. Si había alguno, Figlione lo encontraría.

Tardó un par de semanas en encontrarlo.

                                                                              II
Acudir a una nueva cita en los viejos almacenes del Pinheiros no era en absoluto buena idea pero, a pesar de que «El Argentino» se ofreció a cubrirle la retaguardia, Cruz insistió en ir solo, tal como le pidieron, por más que supiera que Figlione le tendría algo preparado. El gordo no era de los tipos que aceptan una negativa y sus últimas palabras no dejaban lugar a dudas. Cuando llegó a la nave del mafioso, uno de sus hombres le esperaba en la entrada. El mismo novato del ascensor, que tampoco esta vez le requisó las armas. Cruz estaba de suerte. En la penumbra del interior, una lámpara formaba un oscilante cono de luz cuyo vértice colgaba a varios metros de altura. En su base, una mujer amarrada a una silla, amordazada y con los ojos vendados. A su lado, el otro tipo, el silencioso, le apuntaba a la sien con un arma de excesivo calibre.

—O chefe quer que reconsidere sua oferta, Silveira. Você vê, nós temos outros argumentos.
 
La supervivencia en el mundo del hampa se basaba en un complejo y sutil sistema de equilibrios. Un juego arriesgado y, la mayor parte de las veces, mortal de necesidad. Aparte de la protección que podían proporcionar las pistolas, la información y la negociación eran las mejores armas. Cruz conocía todos los tipos de «argumentos» y el vínculo afectivo era el más fácil de usar. La torpeza fue suya, por dejar un cabo suelto.

Hacía años que la sombra de Roxanne le perseguía, creando imágenes perturbadoras en sus noches de insomnio. Como aquella en la que él, medio ebrio, la besaba apasionadamente ante todo el mundo, durante el banquete de boda. Demasiada gente había presenciado aquel instante que él, a toda costa, habría querido borrar de su memoria.

Los matones la habían desnudado y las cuerdas se incrustaban en sus piernas y en su pecho, que convulsionaba debido al llanto reprimido y a la asfixia que le provocaba la mordaza. Efluvios de perfume y sudor atravesaban el polvo suspendido bajo el cono de luz y proyectaban en la mente de Cruz secuencias de otra realidad. Aquella en la que se veía a sí mismo cortejando a la mujer destinada a otro hombre, obsesionado por un deseo lastrado, desde el momento mismo de nacer, con el peso de una lealtad a quién debía la vida, a quién había decidido la unión de su sobrina Roxanne con su propio hijo, Salvador Sousa.

Cinco años habían pasado desde que abandonara São Paulo y ni un solo día sin algún recuerdo de ella. Cuando volvió, fue para matar de nuevo. Ahora estaba allí para enfrentarse a las consecuencias de lo que había hecho y de lo que no había tenido el valor de hacer. Estaba claro que, a pesar de sí mismo, el destino le obligaba a tomar una decisión.

En cuanto a Figlione, no le quedaba otra opción que echar mano de su «póliza de seguro»

Cruz se plantó delante de los hombres del mafioso y abrió las manos en un gesto conciliador.

Los dos matones sonrieron, más relajados, y Cruz Silveira echo hacia atrás su fedora para hacer visible su rostro, extrajo su pitillera del bolsillo interior de la americana, encendió un Vila Rica, dio una profunda bocanada y se frotó la ceja derecha con el pulgar. Sin embargo, cuando los tipos esperaban que comenzase hablar, se dio media vuelta y, ante su desconcierto, comenzó a caminar hacia la puerta. De repente, en un rápido movimiento, giró de nuevo su cuerpo con los brazos extendidos. En sus manos enguantadas, como por arte de magia, habían aparecido dos Star de nueve milímetros, que escupieron alternativamente sendos proyectiles en décimas de segundo. El primero de ellos se incrustó entre las cejas del hombre que apuntaba a Roxanne, el segundo destrozó la rodilla del otro mandado y el tercero impactó en el pecho de la joven.

El que estaba herido había soltado su arma y, cuando intentó recuperarla, Cruz le apuntaba a la cabeza. Junto a él, su compañero yacía con los ojos muy abiertos. Un reguero de sangre escurría entre los pechos de Roxanne, sorteaba las cuerdas que la mantenían en la silla, se precipitaba por su vientre y se sumía en la profundidad de su regazo.

—Diga ao seu chefe que já não tem argumentos.
 
                                                                              III
El Agente de la Federal, Mauro Vargas, accedía por el paso de urgencias al Hospital São Camilo antes de iniciar su jornada. Estaba exultante y tenía prisa por hablar con la mujer que había ingresado un par de días antes con una bala en el pecho. Cuando llegó estaba más muerta que viva. Según el informe del cirujano, la muerte no fue instantánea porque el proyectil atravesó el pulmón entre las costillas tercera y cuarta, sin dañar el corazón ni las arterias principales. Aquella mujer había vuelto a nacer, no cabía duda alguna. Pero lo mejor de todo vendría después. Entre su ropa, desparramada por el lugar donde había sido hallada, se encontró la llave de una caja de seguridad y, en ésta, lo que en la mafia se conocía como una «póliza de seguro», es decir, documentos y datos que vinculaban a un importante empresario paulista con multitud de actividades ilícitas, incluida la del tráfico de armas. El inspector Vargas, que investigaba esta red desde hace años, fue puesto al corriente.

Mauro estaba ahora junto a la cama de Roxanne, que todavía era sedada para pasar la noche. Contemplaba absorto su serena belleza y esos bucles de cabello azabache que se extendían sobre la almohada como un radiante sol negro, mientras esperaba para comunicarle las últimas noticias. Más allá de los cristales, la incipiente claridad del alba silueteaba los rascacielos y los primeros helicópteros, como zopilotes excitados por el olor de la muerte, rompían el silencio con sus rotores.

La investigación sobre Enrico Figlione “Il figlio” y sus presuntas actividades ilegales había vuelto a abrirse, después de varios años cerrada por falta de pruebas y de testimonios fiables. Ahora en cambio, éste iba a ser decisivo en el proceso pues, aunque ella negaba toda relación con aquella caja de seguridad y con la propiedad de la llave, al largo expediente delictivo podían sumarse cargos por incitación al secuestro, extorsión e intento de asesinato. El proyectil que la había herido pertenecía a un arma hallada en el lugar de los hechos, junto al cadáver de un hombre, muerto a su vez de un disparo efectuado por un arma diferente. El «fiambre» era uno de los segundos de Figlione. Por mucho que las circunstancias no estuvieran claras, ya que Roxanne se hallaba drogada y con los ojos vendados, había motivos suficientes para que la Federal iniciase una investigación y, la reyerta que allí había tenido lugar, llevase directamente a la organización del mafioso.

A partir de aquél instante, la viuda de Salvador Sousa pasaría a ser un testigo protegido y el programa le asignaría una nueva identidad y residencia, desconocidas para el resto del mundo. Mauro estaba allí para comunicarle su muerte y ascensión a una nueva vida.

                                                                              IV
Apoyados en la baranda de un viejo puente de hierro, dos hombres contemplaban las oscuras aguas del Pinheiros. En la margen derecha, los imponentes rascacielos del distrito financiero se sumergían en la bruma del amanecer. En la izquierda, almacenes y dársenas abrían sus cierres para comenzar la actividad diaria. Los dos hombres vestían de forma impecable, con abrigos de paño italiano y sombreros de Borsalino. El de más edad ladeaba el suyo a la izquierda y lucía un recortado bigote blanco. El otro, unos treinta años más joven, era alto, de tez morena, facciones angulosas e intrigantes ojos azules.

—¡Carajo de tipo, ese tano!— comenzó diciendo el mayor de ellos, el que llamaban «El Argentino»— «Il figlio»… ¡«Il figlio de puta»!... Sos un tipo con pulso, eso es lo que tenés, pero…, ¿y si el tiro se mueve dos dedos acá?… la Star no es tan fiable. ¿Y si el servicio de emergencia se hubiera retrasado, o pasado de cuadra? ¿Vos lo pensaste de veras?... Hubiera sido…
 
—… Mala suerte, viejo.
 
Cruz Silveira expulsó el humo del cigarro y, sujetando la colilla entre los dedos índice y pulgar, la catapultó hacia las inquietas aguas del río. Su mirada se tornó oscura, como si reflejase el azul profundo que corría bajo sus pies.


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                                     Cuervos

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jueves, 10 de septiembre de 2015

Cruz Silveira 2. Cuervos


 
La imponente verja de entrada recibía al visitante con un emblema forjado entre sus barrotes: dos cuervos enfrentados, en el interior de un óculo, custodiando una «D» y una «S» entrelazadas.
 
Cruz Silveira eligió una noche de luna nueva y, aunque la casona no escondía secretos para él, su meticulosidad le obligaba a tomar todas las precauciones posibles antes de meterse en la boca del lobo. A fin de cuentas, en su oficio, un pequeño error podía pagarse con una estancia ilimitada entre rejas… o en una caja de pino. Su mano derecha sostenía «la herramienta» mientras que, con la izquierda, tanteaba el muro en busca del pequeño acceso que existía junto a la boca de entrada del canal de riego, por donde el jardinero entraba y salía cada vez que tenía que limpiar el conducto, evitando así tener que dar el rodeo por la entrada principal. Aquella portilla, cerrada con un candado y cubierta de maleza, raramente era vigilada por unos esbirros de gatillo fácil y escasa imaginación.

Al abrigo de palmas y buganvillas, Cruz se deslizó hasta el jardín posterior, desde donde la perfecta ubicación de la propiedad, en uno de los barrios más lujosos de São Paulo, permitía una espectacular vista nocturna de la ciudad. Vadeó con sigilo pasillos y zaguanes hasta llegar al dormitorio que buscaba. La puerta estaba entreabierta y el interior oscuro. Como había previsto y como delataban las voces que provenían del piso inferior, los habitantes de la casa aún estaban disfrutando de la cena, por lo que él tenía tiempo suficiente para ocultarse allí donde sabía que podría quedarse incluso toda la noche sin ser visto.

Permaneció inmóvil más de una hora hasta que la luz del dormitorio se encendió y una mujer joven, de negra melena ensortijada, entró en él. Cruz Silveira, un hombre capaz de controlar su frecuencia cardíaca, notó como su corazón, instigado por recuerdos lejanos, pretendía revelarse. Unos zapatos de tacón se quedaron custodiando la puerta y ella se acercó a una vieja gramola mientras bajaba la cremallera del vestido que, fiel vasallo de su hermosura, se puso de inmediato a sus pies. La voz de Olga Guillot comenzó a sonar en el aparato y el bustier de encaje, privilegiado por un contacto más íntimo, quiso prolongar su reverencia deteniéndose un instante en su voluptuosidad. Los compases del bolero cantaron al desamor y los últimos guardianes de su piel dejaron a regañadientes que Cruz contemplase por primera vez, antes de verlo desaparecer por la puerta del baño, aquel cuerpo desnudo que tantas otras imaginó.

El sonido del agua en la bañera acompañando a la melodía, el perfume de aquella habitación, dejaron penetrar recuerdos que Cruz Silveira había venido a enterrar.

A Don Diego Sousa le debía una vida, la suya, aunque durante varios años le pagó con la de otros. El Argentino le había llevado hasta él después de aquel asunto de Copacabana, cuando no era más que un limpiabotas que había matado a tiros a un importante capo del narco. Con aquella muerte, Cruz creía haber cumplido su destino, pero la suerte le tenía reservada una nueva vida cuando uno de los escoltas del mafioso, que debía su lealtad a otro dueño, no sólo no mató al mocoso que se había atrevido a disparar contra su supuesto jefe, sino que lo llevó a presencia de quien le pagaba. Diego Sousa había conseguido infiltrar a El Argentino entre los hombres de confianza del narco, alertado por un soplo sobre su intención de introducirse en el negocio de las armas. Porque una cosa era respetar el «alto el fuego» pactado entre las bandas y otra, muy distinta, era permitir una posible incursión en terreno propio. Por eso, cuando su hombre le presentó al muchacho y le informó de lo ocurrido, se le plantearon dos opciones. La primera de ellas era devolverlo a la calle y dejar que la Policía Federal encontrase los indicios suficientes para descartar la guerra de bandas, resolviendo el caso como una venganza por motivos personales. La segunda alternativa consistía en echar mano de los contactos en superintendencia para que el tema no salpicara a los intereses de la hacienda Sousa y tomar bajo su protección al «meninho». Chavales como él, dispuestos a matar por unos reales, había a patadas en las «villas miseria», pero que lo ejecutaran con esa frialdad y eficacia demostraba aptitudes que valía la pena potenciar. Y así fue como Cruz Silveira cambió el correccional por una de las mejores haciendas de São Paulo. «Tendrás todo lo que quieras como si fueras mi hijo —le dijo en cierta ocasión Don Diego—, lo único que tienes que hacer es no decirme nunca que no»

Aquellas palabras resonaban ahora en sus oídos mientras escuchaba como la mujer cerraba el grifo de la bañera y se introducía en el agua tibia. Ciertamente tuvo lo que quiso, como si del mismo hijo de Sousa se tratase. Sin embargo, Cruz no había cumplido los dieciocho años y ya había tenido varias ocasiones para demostrar su lealtad, haciendo que otros pagaran con su vida por haberla traicionado, mientras que Salvador Sousa, de carácter pusilánime y retraído, no había tocado un arma en su vida, ajeno a los negocios de su padre. Y fue precisamente aquella diferencia, contrariamente a lo que podría esperarse, lo que acercó a los dos muchachos. Salvador vio en Cruz al superviviente nato, a alguien que podría comerse el mundo y escupir el hueso a la cara de su creador. Cruz vio en Salvador a un ser frágil, sin espíritu, joven arbusto que nunca sería árbol a la sombra de su padre, sino más bien hombre de paja, destinado a evitar con su cuerpo la rapiña de los cuervos, y eso no hacía más que recordarle a sus hermanos, víctimas del sistema en las «fabelas» de Río. De ahí que ambos se fueran uniendo, fabricando una simbiosis perfecta.

Todo cambió el día que llegó Roxanne.

Hija de una de las hermanas de Don Diego y de un ingeniero alemán, había vivido sus veintidós años a caballo entre dos continentes, hasta que sus padres murieron en un accidente de tráfico y su tío se hizo cargo de ella, incorporándola a la vida de la hacienda. Una arrolladora belleza la acompañaba y el hecho de que los dos jóvenes se enamorasen de ella era lo más previsible, además de algo que Don Diego no pasó por alto. Partidario, a priori, de buscar una posible alianza matrimonial con alguna poderosa familia, no se veía capaz, sin embargo, de truncar los sueños de su ojito derecho, por lo que, no sólo prohibió a Cruz cualquier tipo de tonteo con su sobrina, sino que le pidió expresamente que ayudase en el cortejo a su retraído hijo. El proceso al que aquella intervención dio lugar creó un peculiar triángulo amoroso. Cruz Silveira, obsesionado por un deseo que nunca podría satisfacer y encadenado por la lealtad a quien debía la vida, volcó toda su energía en el empeño, como si el conseguir el amor de Roxanne para Salvador fuese como lograrlo para sí mismo. Así, a través del insulso joven, le habló sin palabras, la besó sin rozar sus labios, le hizo el amor sin tocar su piel, tal como el Cyrano de Rostand hiciera con su propia Roxanne.

Cuando el día de la boda, Cruz besó a la novia, lo hizo con tal pasión que una sensación incómoda veló la celebración. Roxanne se sintió sorprendida por un sentimiento que achacó a la ebriedad del momento. Salvador no mostró ninguna emoción, pero notó una punzada en el pecho, como el atisbo de una traición.

Los años siguientes fueron extraños. Aunque Cruz siempre mantuvo una cordial amistad con Roxanne, nunca dejó traslucir su verdadero sentir, quizás debido a una vieja lealtad o tal vez por orgullo personal. Sin embargo, en Salvador fue creciendo la ponzoña de la envidia, del resentimiento. Su carácter, ya de por sí reservado, se volvió huraño, y mientras comenzaba a familiarizarse con los oscuros entresijos del negocio familiar, se tornó despótico y celoso de su intimidad matrimonial. Don Diego Sousa fue dejando poco a poco, hasta los más turbios asuntos en manos de su hijo, y éste, sintiéndose con el control y ebrio de un poder que le venía demasiado grande, hizo todo lo que estuvo en su mano para alejar a su esposa de una relación que siempre consideró adúltera. Los servicios de Cruz eran cada vez más peligrosos e imbuidos de una crueldad que sólo podía mostrar alguien con un código personal distorsionado, que nunca había vivido de cerca la muerte ni podía comprender a quien había hecho de ella su profesión.

Todo culminó la noche en que Cruz fue enviado a cerrar una venta cerca del río y apareció “La Federal”. El problema no fue tanto la presencia policial en sí, como el «fortuito» disparo del arma que desencadenó el tiroteo que acabó en matanza. La unión de ambos hechos mostraba a las claras, no ya la intención de reventar la operación, sino también la de aprovechar el caos para librarse de algún elemento incómodo sin provocar la sospecha de una limpieza interna, siempre una mala publicidad. Cruz Silveira fue dado por muerto, desaparecido en las aguas del Tieté. Por lo menos así le fue comunicado al Señor Sousa. En realidad había sobrevivido y abandonado São Paulo, considerándose a sí mismo, después de lo sucedido, liberado de su contrato de fidelidad al viejo Sousa.

Cinco años después, estaba en aquel dormitorio, escuchando en la gramola un bolero de Olga Guillot que Roxanne canturreaba en la bañera, imaginando cómo la esponja recorría su piel desnuda. Cruz Silveira sabía que aquel beso el día de la boda y el instante en que ahora se encontraba estaban conectados por una delgada pero inquebrantable línea, y ahora, de alguna manera, iba a terminar lo que allí había comenzado.

Estaba en medio de esas cavilaciones cuando entró Salvador Sousa en la habitación, con deambular errático, como el de alguien que ha bebido alguna copa de más. Cruz retrocedió para quedar totalmente oculto.

Mientras Salvador desabrochaba su camisa con dedos torpes e intentaba, frente al espejo, desanudar su corbata, se percató de un movimiento extraño a su espalda. Cuando se giró, únicamente tuvo tiempo de pronunciar, incrédulo, el nombre de quien le encañonaba. Dos balas salieron raudas de la boquilla silenciadora del arma. Una de ellas atravesó su corazón e impactó en el espejo. La otra se clavó en su frente.

Su cuerpo, en el rostro fija la expresión atónita, se desmadejó sobre la alfombra, como un hombre de paja descolgado de su madero.

Aunque torpe remedo de lo que había sido su padre, Salvador Sousa llevaba camino de convertirse en uno de los capos con más poder en el negocio de las armas. Pero además, sus incursiones en otros asuntos, como el robo de cargas, las extorsiones o el narcotráfico, aquello que siempre había tratado de evitar Don Diego, era algo que no podían permitir las bandas rivales, por lo que decidieron tomar medidas radicales antes de que fuera demasiado tarde. Cruz Silveira fue el hombre elegido para el trabajo. El único que podía llevarlo a cabo.

Atento a cualquier sonido, se acercó al cadáver. Llamó su atención el prendedor de la corbata, adornado con el emblema de la casa, dos cuervos enfrentados, en el interior de un óculo, custodiando una «D» y una «S» entrelazadas. Por alguna extraña asociación, le vino a la memoria una frase que Don Diego Sousa pronunciaba cada vez que reprendía a su hijo: «Cría cuervos… y te sacarán los ojos». Guardó «la herramienta» y se dirigió a la puerta del baño. A través de la abertura podía ver al fondo los grifos dorados y la bañera de hierro fundido, y de espaldas a él, la nuca de Roxanne apoyada en el borde, los rizos de su pelo azabache goteando agua en el piso de madera.

Se marchó reprimiendo un deseo. A fin de cuentas, no estaba allí por placer, sino por trabajo.

 
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lunes, 23 de diciembre de 2013

Cruz Silveira. Tiburones


Los socorristas de Ipanema y Copacabana estaban alertados de la presencia de los escualos, e impedían el baño a los miles de turistas que se agolpaban en las playas aquella mañana de julio. Según el noticiario, varios pescadores habían visto por lo menos a un par de “aletas negras” desde Piedra do Arpoador, posiblemente atraídos por los cardúmenes de peces que se aproximaban a la costa.

Cruz Silveira observaba con indiferencia a los bañistas arremolinándose alrededor de una pareja de liveguards y encendía con parsimonia un Vila Rica mientras esperaba. Estaba sentado en la terraza de la Confeitaria Colombo, tomándose el brunche de media mañana y disfrutando de la espectacular vista que tenía sobre Copacabana. Su sombrero italiano de ala ancha descansaba en la silla contigua y su Star de nueve milímetros bajo la americana.

Consultó su reloj de bolsillo y comprobó que el contacto se estaba retrasando. Sus propias normas de seguridad le impelían a salir de escena lo antes posible, pero decidió esperar un poco más. A fin de cuentas, aquél era un trabajo de mucha plata solamente por despachar a un fulano. Además, hacía años que no se sentaba en aquella terraza. Lo cierto es que nunca se había sentado en ella, pero recordaba perfectamente la escena que allí se había desarrollado. Desde ese día no había vuelto a Río.

En la secuencia de su memoria había cuatro personajes. Un hombre corpulento sentado a la mesa, con pañuelo azul al cuello, sombrero y bastón entre las piernas, abiertas para dejar sitio a su virilidad. A su lado dos hombres en pie, uno de ellos más joven e impulsivo, controlando todo lo que pasaba a su alrededor. A sus pies, un jovenzuelo limpiabotas haciendo su trabajo.

De repente, en décimas de segundo y sin que nadie supiera muy bien cómo, de entre los cepillos y el betún, surgió una pequeña mano izquierda empuñando una enorme automática del 45. La luz cambió. Los vivos colores de Copacabana viraron a un gris dramático y en la mente del muchacho sólo quedó un tono. El azul celeste al que apuntaba.

- Leva muitas bolas para fazer o que você está pensando, menino.

Pero el muchacho no respondió. No veía a un engreído barón del polvo protegido por una malla de corrupción y soborno. No veía a un poderoso narco brasileño capaz de controlar vida y muerte de tantas personas. Sólo veía el precio que había que pagar por cada nuevo día en las villas miseria. Sólo veía los cuerpos de los que morían en las favelas, encogidos sobre el suelo frío, o en los callejones, víctimas de la violencia policial. Sólo veía la apatía descendiendo por las laderas de los morros e invadiendo cada rincón. Sólo veía la amargura poseyendo a todas y a cada una de las almas que habitaban en Cidade de Deus. Sólo veía el rostro de su madre, hinchado por los golpes de la desesperación, mirándole con lágrimas de sangre. Sólo veía las manos de su padre, quemadas por el odio a la vida, incapaces para nada que no fuera autodestrucción. Sólo veía la imagen borrosa de sus hermanos, cabalgando hacia el infierno a lomos de un caballo blanco.

El hombre más joven de los que acompañaban al capo hizo ademán de introducir su mano bajo la chaqueta, y aunque los ojos del muchacho no se apartaron ni un milímetro de su presa, las manos se movieron imperceptiblemente y dos estallidos muy seguidos rasgaron el instante. Una bala atravesó el hombro del guardaespaldas y la otra se clavó en su frente. Antes de que hubiera caído al suelo, una tercera bala atravesó la cabeza del hombre sentado, cuyo cuerpo salió despedido hacia atrás junto con la silla.

La siguiente acción del limpiabotas fue girarse para huir, pero un cañón, a escasos centímetros de su sien, congeló el movimiento. La sorpresa fue que, transcurridas las primeras décimas de segundo, seguía estando vivo. Evidentemente, eso sólo podía significar que le aguardaba otro destino. Y ese destino era, con toda probabilidad, infinitamente peor. Aunque ya no le importaba. Sin duda hubiera preferido una muerte rápida, pero en todo caso, su objetivo había sido cumplido y sólo por eso, había merecido la pena. Ahora estaba en paz. Relajó los brazos y soltó el arma.

El mayor de los guardaespaldas, un hombre con sombrero ladeado y bigote recortado, sin dejar de apuntarle, le habló en español.

- No fuiste muy sesudo, pibe. Pero tenés bemoles, y… una sangre de horchata, ¡carajo! Además que manejás bien el fierro. ¿Cómo te llamas?

- Cruz, senhor. Cruz Silveira.

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