miércoles, 23 de mayo de 2018

Costa da Morte


A mi padre, allá donde esté.

«O Solpor», un lugar adecuado para buscar compañía en la noche más negra. Esa noche en la que, por mucho que la luna llena o todas las farolas del puerto iluminen la calle, la melancolía se pega a tus pasos y te sigue como una sombra. La barra encalada, con encimera de granito azul, me recordaba a los paisajes de mi Santorini natal y, la decoración marinera me hacía pensar en las insalvables diferencias entre esta mar, fría y tempestuosa, y aquel Mediterráneo donde me crié, cálido y acogedor.

Las tripulaciones bebían aguardiente, fumaban y jugaban en su última noche en el puerto gallego. Al alba les esperaba ese océano oscuro, que habían de cruzar una vez más. Soy marino y nací mirando al mar. Amo mi trabajo y sería incapaz de quedarme varado en tierra. Sin embargo, eso no quita que, alguna que otra noche, la nostalgia me invada, como si cada marcha no fuese más que una huida, como si dar la vuelta al mundo no fuese más que un regreso al sol del Egeo que dejé a mi partida pensando que, allende el mar, existía un sol distinto.

Al final de la barra, fumaba una mujer de edad imprecisa. No bebía. Solo miraba el viejo teléfono grasiento de disco giratorio que aún colgaba en la pared, como si esperase alguna llamada desde un pasado ya demasiado lejano en el tiempo. Llevaba botas de agua y un vestido ligero bajo una rebeca de color turquesa. Un atuendo un tanto extraño para la estación, que contrastaba con mi gruesa trenka forrada con piel de borrego.

—¡Hola!.. ¿Puedo acompañarte mientras bebes?

—No estoy bebiendo.

—Pero puedo invitarte a algo.

—¿Qué te hace pensar que me apetece?

—No soy tan listo... Solo pruebo suerte.

—¿Qué estás buscando?

—No lo sé... Una mar en calma, una puesta de sol, que termine esta noche...

—Nada que no vaya a ocurrir.

—No quiero estar solo cuando ocurra.

—¿Cuál es tu barco?

—El Antares.

—¿El carbonero griego?

—Veo que es cierto lo que dicen, que los gallegos preguntan mucho.

—Lo que dicen es que contestan a una pregunta con otra... Sea como sea, yo no soy gallega, tan solo quedé varada en esta playa.

—¿Sí?... ¿Y qué barco te trajo a ti?

—Uno de tantos...

—¡Amigo!, tráeme una botella de ron añejo, un vaso con hielo y lo que aquí, la señorita, quiera tomar... Brindaremos por esta noche y por... «uno de tantos»

—Esta noche no importa, marinero... Solo somos girones de niebla que se funden en la mar. Restos de un naufragio que no terminan de hundirse.

No intenté escrutar su mente. Ya lo dije, no soy tan listo. Solo la miré a los ojos del azul más claro que había visto en mi vida, esperando que ella escrutase la mía.

Y puede que lo hiciera porque, a continuación, me cogió la mano y me dijo:

—Tienes un largo viaje por delante y yo no soy más que un pequeño farolillo en la tormenta.

—A veces, un farolillo es suficiente para llevarte a puerto.

—A veces, la niebla se espesa y hace perder el rumbo al capitán más avezado.

—Yo no soy capitán, y mi rumbo está trazado. Quédate conmigo hasta que rompa el día, que más allá no hay nada.

Ella pareció sopesar mi proposición durante un largo minuto de silencio en el que su mirada, de nuevo, se instaló en el viejo teléfono. O quizá fuera en el reloj de pared que, a su lado, marcaba una hora imposible; el momento en el que el tiempo parecía haberse detenido en aquel bar. Sus palabras, transcurrido ese momento, fueron desconcertantes.

—Tienes razón... Sea. A fin de cuentas, ni tú has venido hasta mí por casualidad, ni yo tengo derecho a eludir mi destino, por muy grande que sea el hastío...

—Bueno, tampoco hay por qué tomárselo así, que no estamos hablando de grandes cambios… Como tú has dicho, ni un farolillo es el sol, ni un marinero gobierna su barco.

—El barco que me trajo era el Bonaire... Un petrolero Lisboeta que se dirigía a los astilleros de El Ferrol para hacer unas reparaciones. Como el trayecto era corto, dejaron que algunas mujeres embarcáramos con la tripulación. Llevábamos meses sin ver a nuestros maridos. A cinco millas del Cabo Fisterra, en medio de la niebla más opaca que nunca hubiera visto, otro barco surgió de la nada. Un carguero francés. Nadie se explicó cómo pudo pasar. Los instrumentos lo situaban a dos millas a babor. Pero la colisión fue brutal. Estallaron los tanques de gas del Bonaire. Solo hubo quince supervivientes. El resto, muertos o desaparecidos.... Las mujeres estábamos hechas a vivir estas cosas desde tierra, pero no a compartirlas.

—Conozco el percal... Y siento mucho lo que te ha pasado. Quizá por eso, ningún amor me espera al otro lado del estrecho. Ninguna mujer tendrá que llorar por mí… Pero no es ésta, noche para recordar. ¡Eh, amigo! ¿Qué pasa con esa botella?

—No era el primer naufragio en esta costa. Tampoco fue el último. Los pecios se acumulan en las profundidades, entre las rocas. Punta Langosteira, Camelle, Cabo Vilán, Camariñas... Nombres con lastre de muerte. Los cadáveres, las familias destrozadas, ya se cuentan por centenares, las almas extraviadas nadie lo sabe. Desde que el Bonaire yace en el fondo del mar, este es mi lugar, junto a ellos… Mi nombre es Consuelo.

—Pues yo odio esta costa, Consuelo. Es tan diferente de mi soleado Santorini. Entiendo que haber sobrevivido a semejante tragedia te haya convertido en una especie de hermanita de la caridad que ayuda a sus semejantes… Pero mi barco zarpa de madrugada rumbo a Filadelfia, así que... simplemente, pégate a mí y deja que la noche nos envuelva.

— Solo te equivocas en una cosa, Petros… Yo no sobreviví.

De repente, mi percepción de las cosas cambió por completo.

—¿Cómo?... ¿Qué?... Ah, entiendo. Por eso estás sola en un bar lleno de hombres... ¡He ido a dar con la loca del pueblo! Esto tenías que decirlo después de haber dejado que me bebiese esa maldita botella de ron... ¡Eh, tú, amigo! Ya no hace falta que me traigas nada… Creo que dormiré en el barco.

Ella me retuvo cogiéndome del brazo. Su contacto fue como el hielo en la piel, a pesar del forro de borrego.

—El Antares zarpó hace un año. Y regresó. En medio de una terrible tormenta que lo hizo encallar en los arrecifes de Punta do Boi. Tu barco se hundió, exactamente a la hora que marca ese reloj. Murieron todos los tripulantes, aunque... nunca se encontraron sus cuerpos. Sus familias, aquellos que les recuerdan, todavía esperan esa llamada de… consuelo.

—Esto es de locos.

—Puede... De locos, pero no de borrachos. De momento, ningún alma perdida ha conseguido que Ramón le sirva una copa. Su realidad y la nuestra, son diferentes, Petros.

—Eso no quiere decir nada... Solo que este tío está sordo... ¡Espera! No recuerdo haberte dicho mi nombre.

—Tú me has buscado. Solo tú puedes verme, marinero. Como solo yo puedo verte a ti. Cuando alguien se dirige a mí, sé que ya está muerto. Es mi sino y mi maldición, guiar a las almas perdidas, a las que nunca volvieron a puerto, hasta que encuentran el descanso. Cuando me has dicho cual era tu barco, he sabido por qué estabas aquí. Yo soy tu faro en medio de la noche más larga. No temas. Has regresado.

Entonces, ella me abrazó. Y ya no fueron necesarias las palabras para comprender.

El amanecer ya clarea el horizonte. «O solpor» está echando el cierre. Consuelo y yo, miramos al mar por última vez, antes de fundirnos en la bruma. Le he pedido que venga conmigo, pero me ha dicho que este es su lugar. «En esta costa, siempre habrá marineros que necesiten mi luz».

Si alguna vez te la encuentras, no tengas miedo. Habla con ella. Quizá no esté por la labor, pero será la única que pueda guiarte. El último faro en A Costa da Morte. Deja que te abrace. Su nombre es Consuelo.
 
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lunes, 7 de mayo de 2018

Carroñeros


Extracto de grabaciones para artículo pendiente de edición (traducciones del inglés y del bengalí)
 
J.F. Director financiero de Ship Scrapping Industries, Daca (Bangladesh), 05-10-2015
 
…¡No tengo tiempo para estas cosas, chico! Ponte en contacto con el Departamento de Prensa… ¡Lo breve va a ser tu visado como sigas por ese camino!... Vamos a ver, ¡estoy más que harto de toda esta basura! Todo lo que hacemos es limpiar de mierda vuestro hipócrita culo occidental. ¿Sabes por qué todas las navieras traen sus «panzudos» a esta playa?... Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, ¿no? Pues nosotros lo hacemos... A pesar de la Convención, las compañías nos venden sus buques viejos por una razón muy simple… Porque ganan dinero. Pero no solo eso… el acero que nosotros sacamos de esos barcos supone el noventa por ciento del consumo nacional… Los motores que reciclamos funcionan como plantas generadoras en muchos de los pueblos de las laderas… ¿Necesitas más datos? Pues ve y pídeselos a esos idiotas de la «Plataforma». Por mucho que se hagan los remilgados, saben que somos el motor del país… ¡Y ni se te ocurra ir por ahí sacando fotos, eh!...
 
S.B. Capitán de Marina Mercante, Chittagong (Bangladesh), 08-10-2015
 
… Solo le pido que no me juzgue. Alguien tiene que hacerlo. Si no lo hago yo, lo hará otro… ¿Qué por qué me dedico a esto? Llevo muchos años en esta profesión, sabe usted. Demasiados… Tantos meses en alta mar… El salitre se te mete en el cuerpo. Antes las travesías podían durar meses, pero luego compensaba con una buena temporada en tierra. Ahora todo es mucho más rápido, pero no paras. He tripulado todo tipo de mercantes, incluso mercancías peligrosas. Hasta he sufrido los ataques de los piratas en Costa de Marfil. Estoy cansado. Y no dejo de ser un puñetero mercenario, qué quiere que le diga… Los de la naviera pagan bien. Muy bien. Sí, ya sé que es peligroso, pero no más que muchas cosas que ya he hecho. Ahora sé que al menos, serán unos pocos años más y podré retirarme con algo de dinero… Sí, bueno, el procedimiento es sencillo, no hay ningún secreto… Pero por favor, que no salga mi nombre a relucir… A fin y al cabo, yo no soy más que un marino… Un bróker en Londres compra la nave al armador y luego la revende a la naviera bengalí que se va a hacer cargo del desguace, después de cambiarle nombre y bandera por la de un país que no haya firmado la Convención… Lo que a mí me toca es buscar una tripulación barata, asiática casi siempre, traerlo y vararlo en la arena… Espero marea alta, pongo rumbo a la playa a toda máquina y… ¡Zas!... Parece fácil, pero no es lo mismo que aparcar un coche en batería, por mucho que lo parezca con todos esos «dinosaurios» colocados uno al lado de otro a lo largo de varios kilómetros… El resto no me importa… Y yo que usted tampoco me andaría metiendo entre la chatarra. Es peligroso, ya me entiende…
 
H.D. Cortador especialista en oxiacetilénico, Fauzdarhat (Bangladesh), 15-10-2015
 
…¡Sí, sí! Estoy contento con mi trabajo. Tener trabajo aquí no es fácil… Yo empecé de porteador, llevando esos pesados cabestrantes por el fango día tras día… Pero miraba y aprendía… Hasta que pude comprar un soplete y una radial, y le dije al patrón, patrón, déjeme probarlo, si no sirvo vuelvo a la playa… Desde ese día corto planchas de cientos de toneladas… Hasta en cinco buques he desguazado, y en uno cisterna, de esos que si no te andas con ojo al cortar cerca de los tanques… ¡Boom! Adiós a toda la cuadrilla… Sí, sí, hay peligro. Y mucho. Pero es un buen trabajo. Y el patrón es bueno… Aquí se aprovecha todo, sabe usted… Como con el cerdo… Hasta el fuel, los cables, los farolillos… Yo tengo un sillón de oficial en mi casa, el patrón me dejó quedármelo… Es bueno. Muchos aquí tenemos trabajo… Sí, vamos descalzos pero… aquí siempre vamos descalzos…
 
J.Y. Ayudante de cortador, Fauzdarhat (Bangladesh), 17-10-2015
 
… Tengo catorce años, señor… Todos aquí tenemos catorce años… ¡O más!… No llevo mucho aquí, no… Empecé con catorce años, señor… Mi hermano era ayudante de cortador antes que yo, pero murió, lo reventó un motor que se soltó de la polea…Somos muchos hermanos, sí, todos trabajamos en los desguaces, y mi padre trabajó hasta que tuvieron que cortarle la pierna… Se le… se le… No sé cómo se llama eso, pero si no se la cortan, se le va al corazón decían… A mí me pagan sesenta rupias, señor… Tengo suerte de ser más pequeño, por eso me pagan más, porque puedo meterme por las escotillas, por los tubos y las chimeneas…Una vez me quedé atascado, y no podía respirar, pero mi hermano me tiró de los pies y pudo sacarme… Ese día me dejaron marcharme a casa el resto del día… No, fue por respirar el gas, muchas veces no se pueden limpiar bien los tanques… ¿Miedo?... Sí, no sé, algo sí… Varias veces me he cortado con las planchas… Mire, señor, estas son las cicatrices… No, esa me la hizo un soplete… Me han dicho que, cuando tenga catorce años, me dejarán manejar uno…
 
Notas personales:
 
«Olores intensos impregnan el aire, mezcla de todo tipo de sustancias tóxicas y combustibles, gigantescos monstruos de acero, mercantes, petroleros, contenedores, oxidados, abiertos en canal, llenando la arena de tubos y cables como si de intestinos se tratase, extienden sus cadáveres alineados, dejando que la marea negra penetre sus llagas, las explosiones se suceden a intervalos irregulares, o el aterrador desgarro metálico de las enormes planchas de acero al caer, mientras miles de seres minúsculos, zombies harapientos, descalzos en el fango venenoso, arrastran cadenas, interminables maromas, o cargan piezas de hierro de tamaño descomunal»

Hasta la fecha no he conseguido la publicación en ninguno de los tabloides nacionales. A nadie le interesa un desguace de barcos en Bangladesh, me han dicho.

Me ha llamado I.A., un escritor de Ciencia Ficción, interesado en la historia para un guión cinematográfico. He aceptado. No se puede vivir del aire. Y a fin de cuentas, ficción y realidad, son el mismo hecho en lugares o tiempos distintos.
 
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lunes, 23 de abril de 2018

Ocre


En la gélida noche invernal resplandecen los fuegos de la caverna, como un llameante ojo de cíclope en el rostro oscuro de la montaña.
 
Dentro del ojo, un puñado de hombres envueltos en pieles de oso se agrupan en torno al hogar, donde se asan los cuartos traseros de un reno. El olor a humo, a cuerpos mugrientos, a restos putrefactos de animales, enrarece el aire.
 
Una madre amamanta a su hijo, varios niños juegan con piezas de hueso, un hombre talla herramientas de piedra, una anciana cura las heridas de otro con un ungüento preparado a base de hierbas.
 
Las llamas iluminan los rostros de los hombres, acentuando sus anchas narices, el prominente arco superciliar, la frente huidiza y el cráneo proyectado hacia atrás. Uno de ellos, el que porta un tocado de plumas y el rostro pintado con ocre, se dirige a los demás en un lenguaje de miles de años, quizá de cientos de miles de años. Con sus manos dibuja formas, que las llamas se encargan de transformar en seres vivos contra el fondo pétreo. Todos le escuchan expectantes. La estación fría es cada vez más larga, las nieves, perpetuas en las montañas; los clanes merman, pues cada vez son más los que duermen «el sueño para siempre». Todos saben que el gurú puede alejarles del peligro con su magia, o traer al valle las grandes manadas de uros cuando las nieves se retiren, antes de que los más débiles perezcan en el interminable invierno. Todos permanecen absortos en la palabra y los movimientos del líder espiritual.
 
Todos menos uno.
 
Moor parece dormir en su rincón, una pequeña cavidad acondicionada con hierbas secas y alejada del bullicio de la sala común. Pero solo lo parece. Aunque su cuerpo permanezca inmóvil de cara a la pared de roca, su mente se halla lejos de este lugar.
 
Desde que inició la búsqueda todo había cambiado. El gurú lo había ungido con la señal, dos trazos con pasta de ocre en los pómulos y un tercero cruzando la nariz. Él era el designado para encontrar el lugar donde habrían de honrar a La Madre en aquel nuevo valle. «Ha de ser una cueva profunda—le había dicho el gurú—, a menos de dos días de camino… Busca al espíritu del Gran Oso»
 
La encontró al cabo de varias lunas. Un pequeño hueco entre las rocas que divisó porque, de su interior, emanaba un resplandor, demasiado débil para ser un hogar, demasiado luminoso para ser natural. Podía ser la señal que esperaba. Penetró en la gruta con cautela, con el silencio de un depredador. Hasta que descubrió el origen de la luz y, fue cuando su mundo cambió.
 
Una hembra humana manipulaba algo frente a la mecha encendida, acuclillada en el suelo de piedra. Humana, pero distinta. Parecía incluso más alta que él mismo, de frente amplia, mentón recto, nariz pequeña y ojos enormes… Era como si le hubiesen aplastado la cabeza por delante y por detrás. Sin embargo, su olor no era desagradable… Incluso podía ser atrayente.
 
Cuando intentó retroceder, el ruido de un guijarro le delató. Ella se giró lentamente. Alzó la llama. La luz ambarina creó un espacio compartido entre ambas siluetas, y se reflejó en cuatro pupilas coincidentes. Moor fue incapaz de cualquier movimiento, paralizado por la presencia de aquel ser extraño. Toda su potente musculatura en tensión, preparado para huir o, para defenderse. Entonces, algo nuevo volvió a ocurrir. Algo distinto. Los labios de ella se estiraron, se abrieron mostrando unos dientes blancos. Estaba claro que era muy joven. Fue muy extraño para él pero, por algún desconocido motivo, sintió el impulso de imitar su gesto. Moor abrió la boca de dientes negros, gastados, hasta que sus comisuras dibujaron un arco completo en su rostro sin barbilla. La tensión se relajó por obra de La Madre.
 
Ella se acercó muy despacio, caminando en cuclillas, tan solo la luminaria en sus manos. Cuando estuvo muy cerca miró a Moor con curiosidad. Sin miedo. Él estaba hipnotizado por aquel rostro peculiar de cejas planas y pómulos marcados. Ella adelantó su mano libre, muy lentamente. Moor tuvo el impulso de huir, pero no lo hizo. Dejó que aquellos dedos largos y finos tocasen su rostro, rozando las líneas pintadas de ocre. Él comprendió. Era la señal. Entonces, tocándose el pecho, pronunció su nombre.
 
—Moor
 
Ella, imitando el gesto, se presentó:
 
—Ar Muut
 
Acto seguido, señaló la pintura en el rostro del hombre.
 
—Eta poss
 
—¡Moor!—dijo él de nuevo, dándose varios golpes en el pecho.
 
Muut negó al no sentirse comprendida. Hizo el gesto de pintarse las mismas líneas en el rostro y después, levantó la llama por encima de la cabeza.
 
—¡Eta poss!—insistió dirigiendo su mirada a las paredes de roca, ahora iluminadas.
 
De repente, ante los ojos del asombrado Moor, se abrió un mundo de colores vivos en el gris pétreo, un mundo en el que, caballos, renos, bisontes, ciervos, llenaban el espacio en manadas imposibles. No solo el ocre, sino también el color del sol, el color de la noche, el color de la sangre, abrían el angosto mundo de la caverna a otro desconocido.
 
Aunque a veces había tenido sensaciones extrañas cuando el gurú le había hecho tomar ciertas hierbas, jamás había visto una ensoñación semejante. El clan también usaba los pigmentos: el ocre consagraba el lecho de los que duermen para siempre, el rostro de quienes inician la búsqueda, aquellos lugares en los que La Madre propiciaba la abundancia, e incluso las paredes de las cuevas donde honraban a su espíritu. Pero nunca antes había visto a nadie crear formas tan perfectas de la nada.
 
Decía el gurú que aquellas gentes, «los altos», venían de donde nace el sol, construían abrigos con pieles y madera que resistían los vientos, cazaban con venablos que arrojaban desde muy lejos, y pintaban sus cuerpos de vivos colores. Moor no había visto nunca a ninguno. Se podía llegar hasta «el sueño para siempre» sin haberlos visto. Y ahora, él, el elegido para la búsqueda, estaba solo ante uno de ellos, ante una «maar»—la que trae vida—. Y estaban en su «loor», el lugar sagrado sin duda alguna.
 
Muut untó sus dedos en la pasta que tenía preparada y los aplicó al interior de la línea negra que contorneaba un relieve en la pared de roca. Ante los sorprendidos ojos de Moor, el abultamiento pétreo fue cobrando vida en la figura de un bisonte en plena embestida. Después, tomó los dedos cortos de Moor y los manchó de color. Él dudó un instante y luego, acercó su mano a la piedra, dibujando los cuernos del animal con el índice. Dibujó ambos cuernos, como si la figura fuese vista de frente aunque se tratase de un perfil. Divertida por la torpeza estilística, Muut volvió a abrir su boca, emitiendo un sonido estentóreo que retumbó en la cueva. Moor se sobresaltó, pero al momento comprendió que aquel extraño lenguaje hablaba de liberación, de alegría, de paz, y él, hipando tan alto como pudo, trató de ponerse a la altura. Las carcajadas llenaron el silencio de la caverna por primera vez en millones de años.
 
Ahora Moor parece dormir. Pero solo lo parece. Es un sueño intranquilo pues, aunque él no conoce esa sensación, se siente culpable. Culpable porque no le ha hablado al gurú de su encuentro, ni de la cueva de «los altos».
 
Antes de marcharse, Muut le cogió la mano, depositando en ella un trozo de ocre. Después le dijo algo, en un lenguaje para él incomprensible.
 
Hay en su mente muchas preguntas. Demasiadas cosas separan a los de su propia gente de aquellos otros, orgullosos, «altos». Sin embargo, sabe que, cuando salga el sol, volverá a esa gruta. Él lo ha soñado. Un nuevo ser humano está surgiendo. Un ser humano capaz de ver lo que no existe, capaz de pintar lo que sueña, lo que desea y, quizá, de crearlo. Moor no sabe todo esto. Está muy lejos de comprenderlo. Pero cuando salga el sol, acudirá a la llamada. Porque algo, en lo más recóndito de su antiguo cerebro le dice que él, forma parte de ese sueño.
 
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lunes, 9 de abril de 2018

¡Qué verde era mi barrio! Cuernoterapia


Hace algunas décadas, quizá no muchas, existía un mito urbano por el que, cualquier presunto hijo biológico del que se tuviera la más mínima duda sobre su paternidad, era vástago del «butanero». Como si el abnegado servidor del gas que encendía nuestros fogones por aquel tiempo, fuese el único palo que podía sostener la verga de la infidelidad. Eran los tiempos del divorcio, del «destape nacional», cuando los españolitos consumían cine pseudo-cachondo después de la siesta el sábado-sabadete y la única sexualidad con carácter parecía expresarse fuera del matrimonio y de la bendición eclesial. El blanco y negro había dado paso a los colores chillones y, claro, aquí, el «hombre del butano», con su llamativo naranja, marcaba tendencia a salto de cama y fondo de armario.

En este relato, el sufrido empleado del gas es un servidor, o sea yo. Y que me queme en el infierno azulado si, en lugar de pesadas bombonas anaranjadas, me dedico a repartir descendencia por el barrio entre las aburridas amas de casa. Eso sí, anécdotas no me faltan y, para muestra, estas pocas líneas.

Don Manuel y su esposa doña Carmen, vivían en un cuarto sin ascensor. Por aquél entonces, solo los quintos en adelante tenían ese privilegio y, de esos había pocos en el barrio, por suerte para mí porque, si había ascensor, no había propina, y en este caso, sobre todo en el de doña Carmen, era generosa. Tanto como su escote, o la abertura de su bata de boatiné.

—Déjela aquí mismo, Jaime—me decía siempre—, y pase a tomarse un cafelito con unas madalenas, que las tengo… la mar de tiernas.

Y no mentía. Tan esponjosas eran sus madalenas, que se pegaban a los dedos y llenaban la boca. Y mientras ella, en busca del tarro de azúcar, estiraba todo su cuerpo hacia el estante más alto, yo admiraba el esplendor de su arte culinario y su modelado culiprieto.

—¡Ay, doña Carmen!, que siempre se le olvida ponerme el capuchón.

—¡Ay, Jaime, si usted supiera!… Que es mi marido el que me cambia la bombona y, si yo no estoy encima… el capuchón se lo pone donde yo le diga a usted.

Con sus sonoras carcajadas, hasta las tiernas madalenas temblaban y yo también, por añadidura, que me entraba una calentura que ni los cuatro pisos, bombona a cuestas, bajaban.

Yo sabía que aquello terminaría mal, pero lo que no imaginaba era cómo. La respuesta me llegó días más tarde, en el siguiente servicio que tuve que prestar en aquel domicilio cuando, en lugar de abrirme la puerta doña Carmen, lo hizo su marido.

En aquella ocasión sí que tuve que tomarme el cafelito con sus correspondientes madalenas. Don Manuel insistió en conversar unos minutos conmigo pues, según él, tenía una pequeña propuesta que hacerme, a buen seguro muy atrayente.

—Creo que entre nosotros se ha instalado la rutina y… temo perderla—comenzó, en tono confidencial, el esposo de doña Carmen—. Por eso quiero atajar el asunto antes de que sea demasiado tarde, ahora que el divorcio está de moda.

Me parecía estar escuchando un comercial de la tele.

—Disculpe, pero no veo en que puedo yo…

—Tu intervención, amigo mío, es esencial… A ver, no se me escapa que mi señora sabe apreciar los atributos de un buen mozo como tú y… Ella es una mujer de bandera…

—Sí, eso no hay más que verlo…

—Cuidado jovenzuelo, que la decencia también es color en su pendón.

—Sí, sí, por supuesto, que su señora esposa, de pendón no tiene nada…

—Bueno, al grano. Ella necesita un poco de aventura, algo distinto. Y yo necesito saber que puedo controlarlo. De esa manera, ella estará tranquila, ni pensará en el divorcio, y yo podré conservarla. Por eso vas a ser tú quien lo haga. Mañana, cuando ella te pida un servicio… tú se lo das… Pero a fondo. Bueno, a fondo no, que no hace falta que lo des todo. Se trata de que únicamente sienta el saborcillo de la aventura, no de que se indigeste, tú ya me entiendes, que lleva tiempo en dique seco pero,… no quiero que se entregue.

Después de un «no sé qué se pensará usted sobre mí», y algún que otro regateo, pues accedí a la propuesta. Vamos que, iba a cobrar por «derecho de pernada». Porque puede que el acuerdo solo hablase de cortejo pero, cuando sacase al conejo de la madriguera,… habría que ver si quería volver a entrar sin probar la zanahoria…

A la mañana siguiente allí estaba yo como un clavo, con muda limpia y mi mejor sonrisa. Doña Carmen mostró cierta sorpresa y, aunque le expliqué que había sido su esposo quien había pedido el gas por teléfono, quedó consternada por no tener sus tiernas madalenas al punto de mi llegada. Lanzado por el doble incentivo, avancé mi cuerpo hacia el suyo y le dije que no era su bollería lo que más me atraía. La señora, recorriendo con sus dedos mi antebrazo y ensayando la picardía de una mal disimulada ingenuidad, me pidió que le dijese pronto lo que era, pues no quería verme marchar sin saciar mi apetito de… lo que fuera.

Aquel era el momento de poner toda la carne en el asador así que, sin más preámbulo, junté mis labios con los suyos y dejé que fuese la lengua la que, sin palabras, hablase por sí misma. Y la pasión se desbordó como espuma de leche pasado el punto de ebullición. Doña Carmen tironeaba de mí hacia el dormitorio. Con una mano trataba de bajar la cremallera de mi mono anaranjado y con la otra de soltar los botones de su bata boatiné. Cuando por fin nos liberamos de los uniformes de trabajo, nos miramos un instante, yo en bóxer y calcetines, ella con liguero y rulos en el pelo. Y creo que a los dos nos pareció una imagen de lo más excitante, porque nos fundimos en arrumacos sobre el colchón de muelles.

Sin embargo, ya metidos en faena y a pesar de los gemidos, los dos escuchamos nítidamente, unas llaves en la puerta. Nos quedamos inmóviles, sin saber cómo reaccionar.

—¡Mi marido!—exclamó la Carmen—.

—No puede ser… Tú marido me dijo…

—Es muy, pero que muy celoso… ¡No hay tiempo para nada, tienes que esconderte!

¡Allí no había dónde esconderse! Mientras trataba de recoger mi ropa, iba de un lado a otro como pollo decapitado. Carmen me sujetó por los hombros y, con un gesto de apremio, me empujó hacia el balcón del dormitorio, cerrando puerta y cortina tras de mí. La sorpresa fue mayúscula cuando descubro que, aquel pequeño cubículo no se encuentra, como era de esperar, desocupado… Allí estaban, casi en paños menores, el cartero, el tapicero y hasta el de Círculo de Lectores. Todos me miraban con expresión idiota.

—Pero… ¿Esto qué es, el camarote de los hermanos Marx?

—No te hagas el graciosillo—me contestó el cartero—. Solo espero que seas el último, porque si no, esto se hunde.

—Quieres decir que… ¿A vosotros os ha pasado lo mismo?

—¿No pensarás que estamos aquí para ensayar un numerito de Village People?—intervino, irónico, el tapicero.

—¡Callaos!—interrumpió del de Círculo—. Creo que esta vez sí que es el marido de la Carmen.

—¡Cariño!—se escuchó a don Manuel desde el recibidor—.No te lo vas a creer…¡Me han dado el día libre!

En cuanto a lo que siguió, creo que si alguien me lo hubiese contado, no le habría creído…

Doña Carmen hizo un gesto de silencio con el dedo en sus labios, claramente dirigido a nosotros.

—Aquí hace un poco de calor… ¿no te parece?—Dijo él mientras se quitaba la americana y aflojaba el nudo de su corbata—. Voy a abrir el balcón…

—Pero cariño, si tienes calor… —atajó ella, reteniéndole con gesto seductor—, ¿no es mejor que te quites la ropa?

Aquello fue creciendo. Y me refiero al calor en el dormitorio, al frío en el balcón, al montón de ropa en el suelo y… bueno, se pueden imaginar el resto. Sí, eso también.

Nosotros contemplábamos la escena con cierta turbación. Y es que, apretados allí los cuatro, en la estrechez de la balconada, observando a los amantes en pleno desenfreno, empezamos a pensar que el cuco de don Manuel había querido encender la llama sin gastar mechero, y por si se le mojaban las cerillas, se había guardado no una sino cuatro. Llegando en el momento oportuno, cada uno de nosotros ponía su cubierto pero sin probar bocado, y él llegaba a mesa puesta para darse el banquete, con postre y chupito. Y encima nos teníamos que callar, no fuese que saliésemos escaldados de la broma y a partir de aquello, ni pisar el barrio pudiésemos.

Cuando el amante se quedó dormido, doña Carmen nos hizo señas, y todos salimos de puntillas, creyendo que don Manuel nos había hecho la celada para llevarse el gato al agua. Todos menos yo, que sabía que también el gato… gustaba de mojar los bigotes en la fuente. Y es que nadie de los presentes, salvo su seguro servidor del butano, escuchó a don Manuel, susurrarle a su mujer al oído:

—Ha sido fantástico cariño, pero la próxima vez, si te parece bien, te apañas con la pareja de «los municipales», que vienen gratis.

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lunes, 26 de marzo de 2018

Animación suspendida


No entiendo nada... Esta oscuridad... Este silencio... ¿Cómo es que no puedo abrir los ojos?... ¿Por qué no siento los párpados?... ¿Por qué no siento... absolutamente nada?... Pero... Estoy consciente, puedo pensar... Es como si tan solo tuviese pensamiento... Puede que esto no sea más que un sueño, una pesadilla... ¡Un momento! Tengo recuerdos... ¡Eso es, sí!... Hay imágenes. Mi vida. Un nombre, Aldo... Un imperio que gobernar... «Bienvenidos al mundo donde los robots cotizan a la Seguridad Social»... Ese era mi eslogan... Pero, ¿Por qué no puedo despertar?... ¡Ya sé! Hubo un choque... ¡Dios! Aquel auto salió de la nada. Todo explotó a mi alrededor y... dentro de mí... Pero, entonces... ¿Es esto la muerte?.... No, no puede ser, recuerdo la póliza. El contrato con Lifedreams Industries... También recuerdo su eslogan, «La muerte puede esperar» ... Me costó un riñón, pero valía la pena... «Animación suspendida» sin límite de tiempo hasta la reanimación... Enfermedad irreversible o perdida de hasta el ochenta por ciento de masa corporal... Inmejorable… «Es cuestión de tiempo», me decían… «Tarde o temprano, averiguaremos como curarle»… «El único seguro de vida… que le garantiza la vida» ¡Claro, eso debió de ser!... El accidente... Lifedreams debe haberse hecho cargo y, ahora… ¡Estoy vivo de nuevo!... Probablemente hayan pasado años desde el accidente y… ¿Pero por qué no puedo abrir los ojos?... Bueno,… el proceso de reanimación es lento… Primero viene la consciencia, luego, poco a poco, comenzaré a tener sensibilidad… ¿Pero por qué no les escucho hablarme?... A no ser que… Y si, en realidad, el accidente acaba de ocurrir… Y si lo que está pasando es que he perdido toda sensibilidad y estoy entrando en el proceso de hibernación… Dentro de unos minutos, me habré dormido… ¡Pero, soy consciente!... Dios mío, tengo que decirles que estoy despierto… Dijeron que sustituirían toda mi sangre por una solución líquida y que la temperatura corporal bajaría más de diez grados, que mi corazón se detendría… Pero que las células seguirían vivas… Pero yo no siento frío. No siento nada… Si al menos pudiese…

«The Post, Thursday, January 25, 3018

El director gerente de Lifedreams Inc. y consejero delegado para el proyecto de desarrollo de la PER (Preservación de emergencia y reanimación), así como la mayor parte de su comité ejecutivo, han sido cesados en sus cargos y suspendidas sus funciones al haberse hallado múltiples anomalías derivadas de su actividad económica, tanto personal, como corporativa. La poderosa multinacional ha sido declarada en suspensión de pagos e intervenido su patrimonio y empresas filiales.
 
En cualquier caso, los organismos oficiales han divulgado una nota aclarando que clientes y usuarios deben permanecer tranquilos pues, al tratarse de sociedades médicas, tecnológicas y de cobertura social, afiliadas a la protección estatal, aunque haya cesado toda actividad relacionada con la investigación y desarrollo, sí que permanece en activo su cobertura contractual, establecida en las pólizas de seguro. Tanto más cuanto que esta labor se encuentra totalmente automatizada mediante sus plantas de mantenimiento gestionadas por Inteligencia Artificial»
 
Planta de Lifedreams Inc., Licencia Estatal Número HJK0058477 (Annabella, Utah)
Revisión de mantenimiento protocolizado en estándar UTC 3018
Sujetos en proceso de reanimación: 2534
 
Ficha 2530
Hux, Aldo
ID: W254-180-54-458-0
Age: 52. Weight: 177,60 lb. Height: 68'60''
 
Situación en fecha de entrada. 03/12/2030
Politraumatismo extremo. Deterioro orgánico, muscular y óseo. Pérdida importante de masa corporal. Estado en coma inducido. Pronóstico: deceso en lapso inferior a 24 horas.
Se gestiona ingreso en animación suspendida.
 
Situación en fecha de mantenimiento protocolario. 01/24/3018
Revisión de resultados de investigación y experimentación en sujetos cobaya (Ver anexo ACX58756) Visado por CMA y visto bueno a procedimiento para trasplante encefálico en tronco sintético.
Proceso en curso: Salida de animación suspendida. Reanimación celular. Craneotomía y extracción cerebral para posterior inserción en tronco receptor. Desecho de materiales residuales (aparato muscular, óseo, nervioso periférico y orgánico completo)
 
01/25/3018
ACTIVADO PROTOCOLO DE EXCEPCIÓN.
INTERRUPCIÓN DE SERVICIO POR MEDIDAS CAUTELARES.
CANCELADAS REMESAS DE MATERIAL Y HONORARIOS DE INTERVENCIÓN.
MANTENIMIENTO EXCLUSIVO DE COMPROMISOS CONTRACTUALES Y CLÁUSULA CERO: PRESERVACIÓN DE LA VIDA HUMANA.
 
Situación posterior a fecha protocolo de excepción. 01/26/3018
Sujeto reanimado en espera de matriz receptora (cuerpo sintético sexo masculino) Procedimiento interrumpido por imperativo legal. Recepción de material para trasplante cancelado de forma indefinida. Tampoco es posible formalizar nuevo contrato de animación suspendida. Se procede a la activación de Cláusula Cero.
 
Procedimiento llevado a cabo por Robotic Drive: Traslado de la unidad orgánica al área de mantenimiento a largo plazo. Instalación de contenedor y solución nutritiva. Inmersión del paquete cerebral sujeto en el líquido matriz, conexión a soporte vital y activación celular.
Próxima revisión de mantenimiento: 01/26/3118
 
 
… Si al menos pudiese abrir los ojos… Si al menos pudiese gritar.
 
Safe Creative #1802015658448

lunes, 12 de marzo de 2018

Gatos de hojalata II (Segunda parte de dos)

 
«Caught in the middle of a hundred and five
The night was heavy and the air was alive
But she couldn’t find how to push through»
 
A medida que me acercaba al final de mi viaje, la percepción del entorno cambiaba. Las aguas de La Dordogne, caudalosas y tranquilas, pasaban a mi lado, trayendo fragancias conocidas, que revivían los recuerdos de otro tiempo, devolviendo mi mente a fragmentos del pasado que mi alma conoció y que se resistía a olvidar. Como aquellos, a los que también mis padres quisieron volver. Aunque para ellos no fue nada fácil. Los vínculos estaban rotos.
 
Nada, ni nadie, les esperaba después de treinta años. Sus costumbres habían cambiado, su perspectiva, incluso su acento y su forma de expresarse. Como tantos que les precedieron, como si la condena del emigrante fuese serlo para siempre, tuvieron que seguir la estela y continuar hasta Madrid en busca de trabajo.
 
Pero, con todo, lo que ellos habían perdido, yo nunca lo había tenido. Extranjero allá donde fuere, sin más patria que un viejo Volkswagen aparcado en una era, tuve que ganarme el rincón para comenzar la pelea.
 
Con el tiempo, mi bilingüismo, que al principio fue tan sólo objeto de burla, llegó a abrirme unas cuantas puertas. Una de ellas fue la redacción del diario «Pueblo». Con mi cámara al hombro y ganas de meterme en todos los «fregados», asistí a los primeros pasos de la democracia española.
 
Cuando dejé Francia, la añoranza y la frustración crearon en mí un intenso sentimiento de abandono, de vacío, de renuncia vehemente a cualquier intento de conservar algo de lo perdido.—No quiero tus cartas. Te quiero a ti—, me había dicho Véronique. Pero los dos sabíamos que éramos muy jóvenes para cambiar las cosas.
 
Poco a poco, a la rabia la sustituyó la culpa, y la idea obsesiva de haber perdido la oportunidad se enquistó en mi cerebro. Lo absoluto del «todo o nada» había dejado una «nada» demasiado angustiosa, y la imagen de Véronique, en lugar de difuminarse en el pasado, se hacía dueña de un rincón de mi memoria.
 
Dicen que el tiempo todo lo cura, pero hay recuerdos que maceran en el olvido y, en lugar de diluirse, te hacen suyo lentamente. Durante aquellos años tuve un par de relaciones, pero no cuajó ninguna. En cambio, veía a Véronique en cualquier chica de rizos cobrizos que caminase delante de mí, volvía a escuchar sus reflexiones en cada conversación, todavía podía identificar su perfume. A veces me la imaginaba en París, viviendo sola en un ático de Les Halles, o en algún pueblecito suizo, casada con un famoso arquitecto.
 
Catorce años tuvieron que pasar. Catorce años para dar el paso. Nunca sabes por qué eliges un momento para hacer algo importante, pero cuando llega ese momento, probablemente es el día que menos has pensado en ello. Y yo no soy de los que se lanzan a la aventura sin más. De hecho, los cambios siempre me han gustado poco, quizás debido a mi propia experiencia. Por eso, aunque la decisión se había ido abriendo camino poco a poco, mis primeros trabajos como «freelance» me permitieron ahorrar lo suficiente y, con el bolsillo lleno y el viejo R5 prestado, la cosa ya tenía otra pinta. Cuando el periódico, meses después, redujo su plantilla casi a la mitad, este nuevo factor vino a sumarse a mi motivación.
 
Después de catorce años, Véronique no era sólo el recuerdo de un amor de adolescencia. Era un tiempo, un lugar, una vida. En el momento en que fui consciente de ello nació la necesidad y la decisión de volver.
 
«Carried away by a moonlight shadow
Carried away by a moonlight shadow
Far away on the other side
But she couldn’t find how to push through»
 
Pasado Bergerac, había tomado la ruta que atravesaba Beaumont du-Perigord en dirección a Mompazier. Unos kilómetros antes de llegar a esta localidad, pasé a la altura de la granja de los Bonnaterre. No me atreví a entrar con el coche directamente y, como si tuviese que pensar un poco más lo mil veces pensado, continué por unos metros y estacioné junto a una casa, para luego retroceder andando por la carretera.
 
Mi corazón palpitaba frenético cuando llegué a la línea del seto que limitaba los terrenos de la casa. Las ocas se acercaron en tropel a mi paso graznando ruidosamente, y los perros ladraron al unísono. Aparte de eso, no parecía haber nadie más. Entonces vi el gran castaño y el columpio, y un torbellino de nostalgia comenzó a girar a mi alrededor. De repente, sentí una extraña sensación, como si hubiese sido transportado en el tiempo, como si los catorce años que mediaban entre la última vez que había estado allí y ese momento, no hubiesen existido nunca. Desde que comencé el viaje fui consciente de que no volvía al sitio del que partí, de que encontrar allí a Véronique, e incluso de que me reconociera, era lo más improbable. Sin embargo, en aquél instante, todo parecía posible.
 
Un movimiento cerca del cobertizo llamó mi atención. Intenté tragar saliva y me acerqué. No conocí a quien se asomó por la puerta pero, ante la imposibilidad de rehuir el contacto, me dirigí a él. Según el hombre, la familia estaba en Mompazier y Véronique en la tienda. Durante un momento estudió mi expresión de desconcierto y acto seguido me indicó el lugar donde estaba el comercio. Por un segundo pensé en preguntarle muchas cosas sobre los años de ausencia, pero ni sabía por dónde empezar ni si él era la persona que podría contarlo, así que le di las gracias y me fui hacia el coche para seguir sus indicaciones.
 
Entré por la Rue Transversale hasta la de Saint Joseph, donde aparqué el coche, en la parte de atrás de la iglesia de St. Dominique. El hombre me había dicho que la tienda se encontraba en la calle de Notre Dame, una de las vías principales de la antigua bastida, que llegaba hasta la Place des Cornières, donde se instalaba el mercado tradicional. El día estaba llegando a su fin y las luces ambarinas de las farolas se reflejaban en los adoquines mojados, creando un ambiente cálido en el frío otoñal. Intentando relajar los nervios, di un paseo por aquella plaza, rememorando viejos recuerdos, como el lugar donde ubicaba su puesto de flores y patés la familia de Véronique, las grandes arcadas, la tienda de sombreros, el café del rincón, el banco de piedra, el carrito de arroces de Mme. Blanchard.
 
Innumerables veces había ensayado aquel encuentro, imaginando todas las posibilidades. Sin embargo, me sentía como un estudiante ante un examen decisivo, del que dependiera toda su carrera. Catorce años eran muchos años para presentarse así, sin más, y el «pasaba por aquí» era una excusa demasiado tonta. Consciente de que su reacción podía ir en cualquier sentido, al final decidí, simplemente, dejar que las cosas ocurrieran por sí mismas.
 
La tienda estaba a pocos metros de la plaza, al lado de un estrecho pasadizo, pero como me había entretenido tanto en mis cavilaciones, ya tenía la verja echada. Con una mezcla de alivio y decepción, me fui a buscar un alojamiento para pasar la noche. Por lo menos sabía que había llegado al final de mi camino, pues encima de la puerta, un letrero de madera tenía grabado el nombre comercial: «Le chat en étain»
 
¡Ay de mi gato enamorado!
Una sombra a la luz de la luna,
a su gata le ha robado
aquella noche inoportuna.
 
A la estrella del destino
quiso pedirle un favor:
que le alumbrase el camino
para buscar a su amor.
 
Pero el lucero errante,
taimado y traicionero,
mudó su semblante
y le ocultó el sendero.
 
¡Pobre gato de hojalata!
Encaramado a un viejo coche,
busca el rostro de su gata
en el cielo de la noche.
 
La mujer pelirroja había salido del pasadizo y se dirigía a la puerta del local. Con un estridente chirrido, subió la verja de cierre. Un escaparate poblado de figuras, de todos los tamaños y colores, hizo su aparición: personajes de cuento, animales, campesinos en sus distintas tareas, estructuras decorativas, arquitecturas, y una larga lista.
 
Dejé transcurrir unos minutos, no sé si para que ella completase la apertura del comercio o para que mi pulso frenase un poco su alocada carrera, y me lancé. El chivato que colgaba sobre la puerta, avisó con su tintineo. Era un gato persa plateado en cuyas patas se enredaban, a distintas alturas, cuatro ratoncitos de largos bigotes. No había nadie tras el pequeño mostrador de madera, pero al cabo de unos segundos, la cortinilla de la trastienda se abrió y una mujer esbelta, de esponjoso cabello rojizo, salió con ensayada sonrisa.
 
Las miradas se cruzaron de nuevo después de catorce años. Y se reconocieron. La sonrisa ensayada se congeló, durante un instante que a mí me pareció eterno, para luego brillar con luz propia y hacerse acogedora. Se acercó. Sus ojos brillaban. Acarició la solapa de mi chaqueta levemente. Pasó el tiempo. Sin palabras, como la última vez. Estaba tan cerca que veía sus pupilas claramente. La miel. El sol. La brisa. El romero. Sus brazos se enroscaron en mi cuello y su mejilla se pegó a la mía.
 
—¿Me dibujas otro gato?—, me susurró al oído.
 
Nos sentamos en la única mesa exterior del café «Le coin», bajo una de las arcadas de la plaza. Por un momento tuve la sensación de que nada había cambiado. La yedra seguía colgando a la misma altura por el vano del arco, la mesa de madera tenía las mismas manchas de vino, el farolillo seguía sin tener bombilla, incluso el menú del día era el mismo de hace catorce años.
 
Durante un rato hablamos del pasado. Véronique me contó que hacía cinco años se había casado con un veterinario destinado al departamento y ahora tenía un hijo de dos. Me enseñó las fotos pertinentes. Lo más extraño es que, mientras hablaba, no experimenté decepción, sino tan sólo paz, como si por fin estuviese comprendiendo un antiguo misterio. Luego me hizo preguntas sobre mi vida en España, pero no sobre el motivo de mi presencia en Mompazier. Por último dejamos de hablar durante un momento. Ella miró su café y sujetó la taza con ambas manos. Sin levantar la vista dijo:
 
—Has venido por mí, ¿verdad?
 
No respondí.
 
Es mucho tiempo. Los gatos que tú me dibujaste y que mi padre me hizo en hojalata son los únicos que son tal como eran. Los únicos que guardan la memoria del tiempo. Tú te marchaste, mi padre murió unos años después. Aquellos gatos, curiosamente, formarían parte de mi futuro mucho más de lo que yo pensaba en ese momento. Ya lo has visto. El gato de la vitrina es el último que hizo mi padre. Yo… que distinta era… ¿Te acuerdas?.. Mi sueño era París, Londres… el mundo. Pero mi sueño terminó cuando me diste el primer beso. Creo que, sin saberlo, ese día cambió mi destino. En cambio, en ese mismo momento, para ti comenzó un sueño que ha durado catorce años…
 
«No, no, por favor, no te pongas triste. No te estoy reprochando nada. Sé que tú no podías hacer otra cosa. Durante un tiempo te odié. Muchas veces no somos dueños de nuestra vida, y sé que tú has tenido tu carga. Sólo digo que tanto nuestra vida en aquellos años… como nuestros sentimientos, como nuestros mismos sueños, no son nuestros, son del tiempo. Yo cambié París por un beso. Pero por aquel beso, no por los besos de un futuro.
 
Se rió.
 
—Tú no lo sabes, pero acabas de cambiar Madrid por un café en «Le coin».
 
Vi relucir sus ojos de miel.
 
—No conocía esta faceta filosófica.
 
Hizo caso omiso a mi observación.
 
—Me alegra que hayas venido.
 
Sonreí.
 
Véronique tuvo dos hijos más y abrió otra tienda en Sarlat.
 
Yo vendí mi Nikon, cambié los reportajes fotográficos por los escritos y trabajé para varios medios.
 
No volví a Madrid.
 
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