lunes, 13 de agosto de 2018

Arandedo 5. El bosque maldito


Después de todo lo que había pasado esa mañana, a Suso no le parecía nada increíble el que un erizo le estuviera guiando para salir de aquel intrincado laberinto verde. Ella misma había querido acompañarle, pero como el joven declinara cortésmente su ofrecimiento confiando en su sentido de la orientación, Xenia envió al animal por delante con indicaciones precisas, diciendo que le ayudaría en su camino. Ayuda sin la cual, luego tuvo que admitirlo, no hubiese podido llegar al valle.

Mientras caminaba en pos del inatacable bicho, Suso recordaba con satisfacción aquellas palabras con las que la muchacha le confesaba el amor que sentía, y con indignación el no haber tenido valor para decir que a él le pasaba lo mismo, que veía su sonrisa hasta cuando dormía y que le importaba muy poco que fuese persona, cosa o vegetal. Y es que siempre era lo mismo. Cuando sentía verdaderos deseos de expresar algo muy importante, una especie de bloqueo imposible de superar sellaba sus labios e incluso su mente. En este caso, aumentado por el hecho de saber lo que ahora sabía y el miedo irracional que ello le provocaba. Lo único que le consolaba era la esperanza de un próximo día y una nueva oportunidad… Pero, eso sí, tendría que decirle algo, lo que fuese, con tal de no dejarla igual que esa mañana, triste, borrada la eterna sonrisa de su rostro, como si reflejase la frustración de no haber encontrado respuesta a sus confidencias.

Cuando el erizo desapareció entre unos matojos del camino, cumplida su misión, Suso siguió caminando sin volverse, y no lo hizo hasta que llegó a la parte más alta y despejada del sendero que ascendía por la colina. Desde allí contempló el aterciopelado manto verde que cubría el valle, tan sólo roto por una oscura y sinuosa línea en su centro. Fuera de su vista, encajados allá abajo, estaban los pastos del Arandedo; y más allá, en algún lugar oculto entre toda esa espesura, la casa y el mundo de Xenia.

Se obligó a sí mismo a continuar la marcha y, a medida que se acercaba a su aldea, al mundo conocido, sus pasos se iban tornando más decididos, consciente de que ahora compartía un secreto vedado para todo el mundo. A pesar de todas sus dudas, de todos sus miedos, se sentía tocado por algo especial. Algo que solo le concernía a él. Cuando se despidieron aquella mañana, Xenia le dio un cálido beso en la mejilla y le dijo que el Arandedo siempre estaría entre los dos, como la unión de dos valles y como la barrera de un río. Sus palabras no llegó a entenderlas, pero aquella caricia de sus labios sellaría por siempre un nuevo sentimiento.

No había transcurrido una semana y ya la vida del joven campesino había cambiado por completo. Gumersindo Castelho intentaba descubrir la razón por la que su nieto le había traspasado descaradamente el pastoreo matutino del ganado mientras él desaparecía todos los días, su madre estaba inquieta por la repentina pérdida de apetito que sufría y todo el mundo se sorprendía al oírle silbar mientras se acicalaba por la mañana, cuando antes siempre salía de casa cabizbajo y en silencio sin preocuparse lo más mínimo por su aspecto físico.

Algunos años atrás, cuando todavía era el pequeño de la casa, harto de las burlas y travesuras de sus hermanos mayores, se le ocurrió la idea de construir, en lo alto de un robusto cerezo del huerto, una pequeña plataforma de madera, cerrada por tres de sus lados y cubierta con un tejado de ramas y paja, a la que se accedía por una escalera de cuerda que Suso enrollaba cuando subía. Aquél sería el refugio de su intimidad y sus juegos durante mucho tiempo, hasta que sus hermanos se marcharon y él pasó a tener otras obligaciones propias de la edad. Ahora, después de un largo abandono, había vuelto a limpiar y a arreglar la plataforma, y pasaba horas enteras subido en ella, olvidando por completo los inventos y creaciones de madera que habían ocupado todo su tiempo libre hasta hacía poco.

Uno de esos días en que todo era distinto; uno de esos días en los que creía haber reunido el valor suficiente para declarar todo aquello que sentía, Suso emprendía de nuevo el camino que atravesaba el sotobosque de la parte alta y las profundas forestas que conducían al Arandedo, libre de la comparsa vacuna que antes guiaba hasta sus pastos. Pero ya no recorría el monótono y conocido camino de siempre, sino que disfrutaba de un paseo en el que descubría, a cada paso, nuevas maravillas de la naturaleza que había aprendido a identificar, como las malsanas campanillas violetas de la dedaleira, la euforizante valeriana o herva-dos-gatos, la xesta o retama negra, que inmuniza del veneno de la víbora a las ovejas que la ramonean, el ajenjo y la artemisa, buenos para abrir el apetito y regular el ciclo menstrual, la venenosa hierba mora, de flores blancas y pequeños frutos oscuros y arracimados conocidos como «uvas de can», y una infinidad de otras plantas que estaba harto de ver, pero que tan sólo ahora empezaba a conocer.

Una vez en el valle, Suso se sentó en la orilla del arroyo, con la espalda apoyada en uno de los orgullosos chopos y dejando que los pies rozasen levemente la superficie cristalina del agua, sin volverse hacia el sitio por donde sabía que llegaría Xenia, como si no quisiese dar importancia a un encuentro que esperaba con impaciencia desde el momento mismo en que decidió hablarle con toda franqueza mientras la acompañaba de nuevo hasta su casa a través de aquel bosque, mágico para él, maldito para el resto del mundo.

Esa mañana Xenia no apareció.

Había bastado un día sin la presencia de la joven en el Arandedo para que Suso tuviera tiempo más que suficiente de darse cuenta de lo imprescindible que le resultaba ya su compañía. Pasó en vela una interminable noche llena de obsesivas imágenes y angustiosas divagaciones, convenciéndose a sí mismo de que debía poner toda la carne en el asador de una vez por todas, porque lo que sentía era más fuerte incluso que su asumida y dominante timidez, y al día siguiente estaba de nuevo como un clavo en el pequeño prado, tan nervioso como el primer día de escuela.

Pero todo fue en vano, porque Xenia no dio señales de vida.

El tercer día de largas e infructuosas esperas, mientras daba vueltas como un animal enjaulado por los sitios que antes habían recorrido juntos, destelló en su cerebro el relámpago de una descabellada idea: ir en búsqueda del pueblo perdido. Sin embargo, una razonada prudencia la desechó de inmediato.

Durante mucho tiempo estuvo machacando su torturada mente, buscando una posible explicación al hecho de que su amiga no hubiese vuelto por allí; desde un accidente, una enfermedad o cualquier otro motivo que le hubiese imposibilitado salir de su casa hasta que, simplemente, y por algo que escapaba a su entendimiento, hubiese perdido el interés por su compañía. La única conclusión que pudo sacar era que todo aquello no podía terminar así, aunque tuviese que ir a buscarla en ese maldito bosque.

Esa noche, el suave murmullo de la lluvia le hizo conciliar el sueño con más facilidad, pero no consiguió evitar, a pesar de su persistencia, que acudiera a la cita de todos los días en cuanto un nuevo y triste amanecer hizo su aparición. Cubriéndose apenas con un apolillado paraguas, Suso ignoró la intensa humedad de las piedras y se sentó sobre una pared, con las rodillas pegadas al pecho, esperando, como si esa espera fuese un fin en sí misma, como si todo el sentido de la existencia se concentrase en ese valle. Sus ojos, hipnotizados por el rítmico golpeteo de las gotas de agua en las piedras, en las hojas, en su paraguas, parecían taladrar la neblinosa espesura en busca de una luz que iluminase la oscuridad de su alma.

Seguía lloviendo cuando el joven campesino, totalmente empapado y abatido, se encaminó de nuevo hacia su casa. Estaba seguro de que la muchacha no habría aparecido en una lluviosa mañana como aquella, pero él tenía que superar su propia prueba. Ahora, sabía lo que tenía que hacer.

El sol aún pugnaba con la luna por alumbrar una nueva jornada y la lluvia, que duró un día y dos noches, había cesado hacía rato, dejando que el cielo clareara limpio y diáfano mientras Suso bajaba hacia los prados. Al llegar al punto donde siempre se sentaba a esperar, se detuvo y levantó la vista hacia las ondulantes ramas de los chopos. Un ave rapaz surcó el aire velozmente a gran altura. Quizás fuese ésa la señal que estaba esperando, pensó Suso, y continuó hacia el lugar por donde, días atrás, se internaba con Xenia en un mundo distinto y misterioso.

No iba a ser aquella una empresa fácil pero, ¿acaso tenía otra opción?, se obligó a pensar antes de dar el paso definitivo. Le había estado dando muchas vueltas, sopesando todos los riesgos. Recordó lo que su abuelo le contara, las palabras de Xenia, la vuelta junto al erizo guía, pero al final prevaleció el hecho de saber que ella estaba en algún lugar no muy lejano, esperando quizás que él la encontrase. Con los escasos datos que conservaba en su memoria y un parco sistema para no perderse, Suso creyó posible la victoria contra la leyenda del bosque.

Nada más penetrar en la inquietante foresta, el joven trató de recordar, con la mayor nitidez posible, la dirección que había tomado Xenia el día que él la acompañara. Según caminaba, fue dejando un rastro detectable, por si, llegado el caso, tuviese que retroceder o recomenzar en otra dirección. Al principio no fue demasiado difícil pero, a medida que avanzaba, la cosa se iba complicando. Los enormes y frondosos castaños parecían todos iguales. Las setas, los líquenes, el musgo... surgían espontáneos por doquier, transformando los caminos y vistiendo los troncos de los árboles. Los leñosos carballos elevaban sus imponentes mástiles hacia el cielo en una confabulación secreta para ejercer su dominio sobre cualquier ser que invadiese su reino. El viento susurraba entre las hojas su monótono lamento. Poco a poco, la maleza se iba cerrando cada vez más a su alrededor y los helechos, húmedos aún por la lluvia caída, se acercaban más y más empapando su ropa.

Al llegar junto a un retorcido y centenario roble que le resultó vagamente familiar, corrió hacia una pequeña loma desde la que creía poder divisar la zona de la cañada, pero sólo encontró más bosque. Desalentado, volvió unos metros sobre sus pasos y, cuando levantó la vista del suelo, ya no vio la arrugada y peculiar cara del viejo roble que le había servido de ayuda. Desde aquel nuevo punto de vista no parecía haber ningún árbol especial, diferente a los demás. Su corazón quiso detenerse un breve segundo para luego comenzar a palpitar con más fuerza. Anduvo en círculos alrededor de varios árboles intentando recuperar la perspectiva inicial, pero todo fue inútil; la situación no hacía más que agravarse a cada paso que daba.

¡Ni siquiera llevaba en el bosque media hora y ya se había perdido! ¡Inaudito! El pobre campesino no sabía si enfadarse más consigo mismo por ser tan incauto a la hora de marcar el camino o por no haber sabido reaccionar cuando tuvo la oportunidad en casa de Xenia.

Consciente de que no le sería nada fácil dar con la aldea, supuso que si buscaba una ladera y caminaba siempre en sentido ascendente, llegaría a un punto de máxima altitud desde el que podría ver el arroyo que le conduciría hasta ella. Sin embargo, después de subir durante un buen rato, Suso se percató, por la inclinación del terreno, que la pendiente volvía a descender sin que la masa de árboles le hubiese dejado ver tan siquiera si había coronado la cima de la colina más alta o bien había otras elevaciones más importantes alrededor.

A partir de ese momento, Suso comenzó a notar que los nervios retorcían sus entrañas y un sudor frío empapaba su piel. Ya no seguía una ruta marcada, deambulaba desesperadamente entre los árboles, buscando, no ya la dichosa aldea, sino simplemente una salida de aquel endiablado bosque. De repente, en pocos minutos, el aire se volvió más espeso y húmedo, el cielo se oscureció y una densa bruma comenzó a deslizarse subrepticiamente entre la vegetación. Era como si todo ello formase parte de una horrible conspiración. La excitación de Suso pronto se convirtió en miedo; un miedo irracional que le hacía ver ojos penetrantes observándole desde la espesura, caras grotescas en las cortezas de los robles, retorcidas figuras diabólicas en sus ramas; un miedo que le erizó el vello y le hizo perder la poca sangre fría que le quedaba.

Se esforzaba intentando ver a través de la niebla, que parecía haber engullido incluso el trino de los pájaros o el roce de las hojas movidas por la brisa. Ahora estaba solo con el amedrentado latido de su corazón y la jadeante respiración de sus pulmones, intentando evitar los garfios leñosos que enganchaban sus ropas, las retorcidas raíces que surgían del suelo para atraparle, los miles de dedos vegetales que querían tocarle y pegarse a su piel.

Corría alocadamente, sin rumbo ni dirección fija, volviendo la cabeza de continuo, hasta que, de repente, notó que algo bajo sus pies se movía y lo llevaba al fondo de un escarpado terraplén oculto bajo la niebla. A partir de entonces, sólo hubo oscuridad.

Pasó un buen rato hasta que Suso recuperó la suficiente consciencia como para darse cuenta de su situación. Se liberó torpemente de las zarzas que se habían enganchado a su ropa en la caída e intentó erguirse, pero en cuanto apoyó el peso del cuerpo sobre su pierna izquierda, un dolor lacerante le hizo caer de nuevo. Después de eso, el pobre campesino ya no hizo ningún esfuerzo por levantarse. Se quedó tumbado en el lecho de silvas y ortigas, ignorando la urticaria que éstas le habían producido en diversas zonas del cuerpo. Muy cerca de él, un pequeño insecto hacía vibrar una telaraña con sus agónicos movimientos, sacudiendo las minúsculas gotas de agua que habían transformado la mortal trampa en un rosario de finas perlas. No pudo evitar un escalofrío al pensar en la poca diferencia que existía entre la desdichada víctima y él mismo. Había puesto demasiado interés en que nadie supiera a donde iba todas esas mañanas y aun cuando lo echaran en falta, nunca supondrían que se hallaba en ese recóndito lugar, desconocido y maldito para todo el mundo.

Perdido, herido y sin esperanza alguna de ayuda, Suso sintió que las fuerzas le abandonaban, como si el bosque influyera letalmente en su ánimo y le hiciera vivir una pesadilla de la que era imposible salir. Una pesadilla en la que, hasta los recuerdos más agradables le martirizaban, en la forma de una familiar silueta que se dibujaba en la bruma.
 
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lunes, 30 de julio de 2018

Arandedo 4. El origen

 
Cuando la encontró, Xenia parecía muy atareada cortando con sumo cuidado las hojas de una zarza, que guardaba luego en una pequeña bolsa de tela.
 
— ¿Qué haces?—preguntó el campesino, acercándose a ella con aire distraído.
 
—¡Hola Suso!—saludó la joven brindándole una deslumbrante sonrisa—. Como todavía no hay moras... me conformo con coger las hojas. Frescas no saben a nada, pero secas se pueden tomar en infusión, y si las amontonas y las dejas fermentar hasta que se vuelven oscuras, son aromáticas. Es curioso,... pero esta planta tan corriente y que nadie quiere, sirve para muchas cosas,...¿sabes? Si haces gárgaras con el jugo te cura las anginas y si tomas jarabe de mora, pues...
 
—¡Es verdad! Mi madre siempre nos daba jarabe de mora de pequeños, cuando teníamos diarrea...— recordó Suso con cierta nostalgia, sentándose en un viejo tocón de carballo horadado por los cientos de vidas que bullían en su interior.
 
Gran parecía haber encontrado una compañera de juegos, pues una hembra, de mayor tamaño y plumaje más oscuro le acompañaba en sus devaneos aéreos. El joven de Couto también creía haberla encontrado en aquella encantadora criatura de pelo azabache que se estiraba para alcanzar las hojas más tiernas de la zarza, pero desde que su abuelo le contó aquella historia, una recóndita y angustiosa desazón comenzó a agitar el mar de dudas que llenaba su espíritu.
 
—¡Claro, si las plantas curativas no son tan raras!—explicó Xenia, acomodándose a su lado en lo que quedaba del robusto árbol—. ¡Fíjate!; hasta la cebolla y la col, muy picaditas, valen para hacer emplastos en las inflamaciones.
 
—Yo conozco un sitio... Mi abuela solía ir por allí a coger hierbas de esas, curativas. Podemos ir, si quieres...—comentó el joven intentando no mostrar interés, como si la idea se le hubiese ocurrido en ese momento, cuando en realidad pertenecía a una estratagema cuidadosamente planeada durante las horas de vigilia para conseguir que Xenia le hablase de su vida, de su casa y, sobre todo, de la misteriosa aldea donde vivía.
 
—Me gustaría..., pero no puedo alejarme más allá de este valle.
 
—Pero... tu casa no está lejos... ¿No?
 
— ¡Qué va!... A través del bosque, quizá haya menos camino que hasta la tuya...
 
—Entonces, ¿por qué no vas y pides permiso?... Así hacemos algo diferente hoy—, sugirió Suso, viendo que su estrategia iba dando algún resultado.
 
—No..., es que... Tú no lo entiendes...—comenzó a decir Xenia, gesticulando con las manos y negando con la cabeza, confundida como no lo había estado desde que Suso la conociera. Pero al fin pareció calmarse y, recobrando su cálida sonrisa, entornó los ojos con un gesto pícaro y se encaró al joven para decirle:—¿Por qué no me acompañas?... Así te enseño mi casa y el sitio donde vivo... ¡Venga, vamos!...
 
—Pero Xenia..., no será mejor que yo... No sé, a lo mejor tus padres...—balbuceó el azorado Suso ensayando una disculpa.
 
—¿No eras tú el que decía de hacer algo diferente? Pues deja de preocuparte por eso y levántate de una vez... Tú me has contado muchas cosas de tí mismo… Quiero que me conozcas. Que conozcas mi mundo.
 
El campesino de Couto se quedó de piedra ante la inesperada invitación. Por un lado, su natural timidez le frenaba ante cualquier situación nueva e imprevista, pero por otro lado, aquellas palabras estaban tan llenas de calor y confianza que venció todos sus reparos y se dejó llevar por un nuevo sentimiento.
 
—¿Sabes qué?... Yo creía que no había ninguna aldea por estos alrededores—confesó él, ya más desinhibido, mientras abandonaban el valle a través de un escondido paso entre los prados—, aunque mi abuelo me contó que existió una hace mucho tiempo... También me habló de estos bosques, y que alguien, una vez, intentó cruzarlos y se perdió para siempre.
 
—Puede ser...—admitió Xenia con naturalidad—. Aquí, si no conoces el camino, es facilísimo perderse..., y como los lobos sepan que estás solo y que tienes miedo, serás una presa fácil.
 
Ciertamente, aquel lugar era el menos indicado para extraviarse. Los árboles parecían cobrar vida en un enloquecido baile de figuras torturadas y sombras fantasmagóricas. Las retorcidas llagas abiertas en su corteza gritaban el angustioso silencio de su tormento, y las enmarañadas ramas jugaban con la luz que intentaba, en vano, herir su intimidad. Hasta los helechos y el musgo contribuían, tapizando el suelo y las rocas, a crear un reino donde el bosque era el dueño absoluto. A Suso se le erizó el vello al recordar las palabras de su abuelo, pero inmediatamente, una mano cálida y suave tomó la suya haciéndole volver a la realidad y calmando su inquietud.
 
El calor, cada vez más sofocante, y las raíces, ocultas bajo la alfombra de hojas y vegetación, dificultaba aún más la ya agobiante caminata. Afortunadamente, Xenia conocía muy bien el terreno y, a pesar de no haber ningún sendero trazado, se movía entre los árboles con total seguridad, lo que tranquilizaba enormemente a Suso, que de no ser así, jamás se hubiera aventurado entre semejante laberinto de gigantescos carballos, saúcos de bayas venenosas y castaños cargados de erizos.
 
Al cabo de un rato, el suave fragor de un arroyo vino a sumarse al cadencioso murmullo del bosque y cuando alcanzaron su cauce, Suso vio algo que heló la sangre en sus venas: en ese punto, el río formaba una sinuosa y recogida garganta, en una de cuyas vertientes se distinguían, cubiertos por la exuberante maleza, los restos de lo que antaño fueran los sólidos muros de un viejo molino. En ese momento, todas las preguntas sin respuesta cobraron forma delante de él.
 
—Parece que tus vecinos no están en casa—bromeó Suso, forzando una sonrisa y esperando que la joven reaccionase a la ironía.
 
—¡No!—rió la joven—. Se marcharon hace mucho… Yo nunca los vi.
 
—¿Sí?—aparentó sorprenderse él—¿Y aquí es dónde vives?
 
—Ya estamos llegando...—le animó Xenia, mientras se adelantaba para cruzar, de forma ágil y decidida, un resbaladizo puente colgante que amenazaba con derrumbarse de un momento a otro sobre el río.
 
Suso, por su parte, no lo vio tan claro, aunque después de aquella exhibición él no podía ser menos, así que se aferró a la soga del lado que consideró más sólido y atravesó el crujiente vado tan deprisa como pudo.
 
—¡Eh, espera!...—le gritó a la muchacha, que ya se introducía en la espesura del otro lado del puente—. Tú harás esto todos los días, pero yo no.
 
—¡No seas quejica!—le reprendió Xenia sin volverse—, que yo he visto como saltabas las paredes de las fincas en el Arandedo.
 
Pasaron entre las abandonadas casas, ahora unidas por la savia que se introducía entre sus piedras resucitándolas a una vida vegetal. El musgo, la hiedra, los helechos y los árboles las habitaban en perfecta armonía, dando cobijo a su vez a una nutrida fauna de pequeños animales, que tenían de esta forma doble protección y alimento. Dejaron a un lado el grupo inicial y se dirigieron a la que parecía haber sido más respetada por la lujuriosa vegetación, más allá del último conjunto de ruinas que se extendía a lo largo del río y trepaba por la ladera de luminoso verde.
 
Al llegar al umbral de aquella apartada casa, fría, sin ningún signo exterior de vida, Suso volvió a sentir una tremenda inseguridad, que Xenia no tardó en advertir.
 
—Tú eres alguien muy especial para mí, ¿sabes?—dijo ella volviéndose hacia el joven campesino—. Por eso te he traído hasta aquí.
 
—¿Cómo es que vives aquí… Sola?—preguntó Suso, dándose cuenta de que, en realidad, la respuesta a esa pregunta, ya no le importaba.
 
—Siempre he vivido aquí...—respondió la joven mientras ascendía con parsimonia los tres peldaños de la entrada y empujaba una puerta que no tenía llave ni cerradura—. Mi madre me contó que hace muchos años, cuando ella era pequeña, este pueblo estaba habitado por gente como tú, pero que el bosque los echó por lo que hicieron...
 
Mientras la escuchaba, Suso se fijó en los manojos de carballo y de nogal que colgaban bajo el porche, expuestos a la acción del aire seco que circulaba por él.
 
—¡Sí! Mi abuelo me contó algo de todo eso,... pero ¿qué fue lo que pasó realmente?
 
—¡Entra, no te quedes ahí!—le invitó ella desde el vano—. Por lo visto, mi abuela vivía en esta misma casa con mi madre cuando un horrible incendio, provocado por el egoísmo de la gente, lo arrasó todo. Por suerte, mi abuela pudo escapar con su hija y refugiarse en el bosque, que era su verdadero hogar.
 
El interior de la casa, en contraste con los sombríos alrededores, consistía en una amplia estancia inundada por la claridad que entraba a través de los grandes ventanales, de forma que podía aprovecharse toda la luz que lograba escapar a la telaraña de la espesa arboleda. Un recargado conjunto de muebles antiguos de todo tipo, telas bordadas y plantas de hojas anchas, se repartía con ordenado gusto en esa única sala, al fondo de la cual, una escalera de madera accedía al desván y, en su lado de oriente, una galería acristalada en techo y paredes albergaba la más variada y hermosa colección de flores y hierbas aromáticas que se hubiese visto en sitio alguno.
 
Xenia, de pie en medio de aquel vergel de exuberante vistosidad, resplandecía en todos los sentidos, bañada por la suave luz.
 
—¡Bueno!...Esta es mi casa... ¿Qué te parece?—preguntó a su boquiabierto amigo.
 
—Es.. Es…¡O Carallo!... ¿ De dónde sacaste todo esto?
 
—Lo hicieron todo mi madre y mi abuela... Poco a poco, entre las dos primero y luego mi madre sola, fueron construyendo esta casa de nuevo y llenándola con cosas que rescataban de las otras casas abandonadas del pueblo.
 
»¿Sabes?—dijo con aire circunspecto de repente— mi abuela amaba la naturaleza, y mantenía un vínculo muy especial con estos montes. Ella era la única que sabía que el bosque estaba vivo, y era la única que sabía cómo hablar con él. Por eso pudo escuchar claramente, esa noche, los terribles gritos de dolor de los árboles que perecían indefensos bajo las llamas. Por eso fue la única en comprender el frenético crecimiento de la vegetación después de aquello; la única en entender la razón por la que el bosque intentaba cerrar rápidamente sus llagas y expulsar a quien le había herido. Luego, volvió a la aldea y comenzó a levantar de nuevo esta casa, hasta que murió. Mi madre tenía entonces unos veinte años.
 
Suso la miró asombrado y un poco escéptico:
 
—¿Quieres decir... que tu abuela hablaba con las plantas y los árboles...?
 
—¡Sí,... de verdad!—aseguró ella, recobrando el tono divertido, mientras se acercaba a la escalera del fondo y se apoyaba en la barandilla—. Y no era la única... Es algo que también podía hacer mi madre y yo misma. Fue eso precisamente lo que dio la fuerza necesaria a mi madre para soportar la soledad de una vida lejos de cualquier ser humano. Llegó a estar tan unida al bosque, que éste la adoptó y la convirtió en parte de sí mismo haciendo que de esa unión naciese yo.
 
Casi desde que la conocía, y especialmente a lo largo de aquella mañana, Xenia no había dejado de poner a prueba, en repetidas ocasiones, la capacidad de asombro del muchacho. Pero esta última declaración rebasaba todos los límites.
 
—Pero... ¿cómo es eso de que...?—comenzó a decir Suso antes de que ella le interrumpiese con un ademán, indicándole que la acompañara al piso superior.
 
Si la sala principal era un sugestivo museo donde la vista podía perderse con deleite entre un sinfín de materiales y texturas agradables, el desván la superaba con creces. En el lado opuesto a la escalera, un rosetón filtraba la luz del sol, creando un espectáculo de formas y colores que daba al lugar un extraño ambiente cálido y acogedor. A ambos lados de la estancia de paredes inclinadas, se apilaban de forma caótica, viejos arcones con olor a naftalina, baldas de libros releídos decenas de veces, recios baúles llenos de historia, juguetes abandonados al polvo del olvido, guirnaldas de flores secas, lienzos con escenas costumbristas, cajones de hilos multicolores y, en fin, toda una colección de objetos, restos de lo que en otro tiempo fuera una activa comunidad.
 
Se acomodaron juntos sobre unos grandes cojines hechos con seda y plumas de ganso, muy cerca de la hermosa vidriera, y conversaron mientras el sol proyectaba figuras de colores sobre ellos. Xenia le contó entonces, como si repitiese una historia mil veces oída, que su madre, fecundada y ayudada por el bosque, la trajo al mundo, para luego, años más tarde, al término de su parte de vida humana, dejarla sola en el seno de ese mismo bosque, su único amigo y protector desde ese instante y hasta ahora. Intentó hacerle comprender que de su ascendiente humano había heredado el aspecto físico, mientras que, en su parte vegetal, quedaba algo característico de los árboles: por un lado el paso del tiempo, mucho más lento para ella, que estaba lejos de los quince años que aparentaba; por otro, la inmovilidad, que le impedía separarse de esas tierras y cruzar el Arandedo, barrera natural impuesta por su propio ser.
 
—La mente de Suso perdió el rumbo, hasta el punto en el que sus interrogantes se mezclaban alocadamente con extrañas divagaciones, llegando a hacerle dudar incluso de su propia cordura.
 
—¿Por eso no querías venir conmigo?—murmuró, con la mirada perdida en el vacío, en un intento por ordenar sus ideas—. ¿Entonces, nunca has conocido a nadie más que a tu madre?
 
Xenia negó con la cabeza.
 
—No,... pero sí que he visto a gente algunas veces… Aunque nunca me atreví a acercarme… Yo nunca fui capaz de ayudar a nadie con mis conocimientos, tal como habían hecho mi madre y mi abuela—. La sombra del fracaso oscureció, por un instante, la mirada de Xenia.
 
—Pues yo, cuando te encontré, no vi que quisieras escapar ni esconderte...
 
—Tenía más curiosidad que miedo… Mi madre me había enseñado a leer desde pequeña. Me dijo que, de esa forma, sabría como es el mundo de fuera. Y llegó un momento en que me había leído todos los libros que tenía, y creía saberlo todo… Sin embargo, no sabía nada. Todo aquello… no servía para nada si no...
»Quería conocer a alguien como yo, o mejor dicho, como mi parte humana. Quería hablar, saber cosas de vosotros... A ti te vi varias veces en estos dos últimos años, hasta que me decidí a hablarte. Entonces, envié a Gran para llamar tu atención y provoqué aquel encuentro.
 
—Suso trató de incorporarse entre los almohadones, confundido y molesto.
 
—O sea, que lo tenías todo pensado... y lo único que querías era saber cómo somos.
 
—Sí, reconozco que al principio no pensaba igual,... pero ahora es distinto—se apresuró a aclarar la joven.
 
—¿Distinto? ¿Por qué distinto?
 
—Es que... al conocerte me he encontrado con otras cosas que no esperaba... En los libros había sentimientos e ideas que no comprendía y que no conseguía imaginar, pero ahora he descubierto que todo eso también está dentro de mí. Es algo nuevo que nunca me había pasado. La verdad es que... me siento muy a gusto contigo. Todos los días estoy deseando que llegue el momento de vernos. Cuando no estás... es como si me faltase algo que ya formase parte de mí, y aunque nos hemos visto poco, me parece conocerte desde hace mucho tiempo y haberte contado todos mis secretos sin que tú pudieras oírme.
 
Suso intentó decir algo pero, aunque abrió la boca con intención de hablar, no consiguió articular ningún sonido.
 
—Pero no es sólo eso—continuó Xenia, acariciándole la mano dulcemente—. No sé cómo explicarlo... Es como una angustia, una ansiedad que llena todo mi ser y que tan sólo me deja en paz cuando duermo o cuando estoy contigo. Y lo peor de todo es que sé que no debo acostumbrarme a tí porque aunque seamos iguales por fuera, por dentro nos separan demasiadas cosas.
 
El joven campesino de Couto aceptó la mano tendida y la miró a los ojos. En ellos vio el reflejo de sí mismo. Y quiso amar, pero sintió miedo.
 
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lunes, 16 de julio de 2018

Arandedo 3. La leyenda


El olor ácido del vino impregnaba todos los rincones y se posaba sobre los viejos toneles apilados en un lado de la abarrotada taberna, bajo el ventanal. Estanterías polvorientas llenas de botellas sin etiqueta, latas oxidadas, sacos de café y todo tipo de productos de ultramar, ocupaban las tres paredes libres. Sobre un gran mostrador de madera desgastada, reposaba una herrumbrosa báscula con su juego de pesas, algunas piedras de afilar para guadañas, cajas de puntas, una plancha de carbón sin estrenar y algún que otro vaso manchado de tinto.

Sentados a una de las mesas, acompañados por el monótono diálogo de los viejos que jugaban a la brisca y al tute, bajo la tenue luz de los candiles de petróleo, Suso Castelho y Ricardo Quiroga, O Teixo, mantenían una extraña conversación.

—¡Ninguna!—exclamó O Teixo después de apurar su chato de vino—. Por esa parte sólo va un camino y, que yo sepa , no pasa por ninguna aldea.

—Puede que no esté en el camino—apuntó Suso, pensativo.

—Ya, pero tendría alguna entrada… Conozco esa zona y no hay más que bosque... ¿Quién te ha dicho que ahí haya alguna aldea?

—No, nadie... El otro día estaba en el Arandedo con las vacas y, no sé por qué, se me pasó por la cabeza la idea de que, del otro lado, tendría que vivir alguien… Igual que a este lado del río.

—Yo no sé de nadie. Y el único camino, el que tira por la acequia, no entra en el bosque, sino que sigue el curso del valle por varios kilómetros hasta…

O Teixo no pudo terminar la frase, pues de repente se abrió la puerta estrepitosamente y entró una figura enorme, que vociferaba y escupía improperios sin perder la sonrisa.

—¡Carallo, Cacholo!, tienes la boca tan grande como los pies—comentó divertido Suso, dirigiéndose al recién llegado.

—¡Me cago en tal!—bramó éste, acercándose pesadamente—. Seguro que ya os habéis bebido media barrica de vino.

—¡Hombre claro!, no pensarás que íbamos a estar esperándote—dijo, riendo a su vez, O Teixo.

—Podéis reíros cuanto queráis, pero yo soy el único que trae algo bueno, y sino fijaos en esta garrafa de orujo… Es del bueno, del que guarda padre para él... Como no sabe contar, no creo que la eche en falta.

Dejando el recipiente sobre la mesa, rubricó su hazaña con un sonoro eructo.

Julio Bogueiro, O Cacholo, recorría todos los viernes seis kilómetros desde Reiriz, salvo cuando las nieves del invierno se hacían demasiado intensas para permitirle el paso, con el fin de tomarse un aguardiente, o varios, en compañía de sus dos mejores y más sufridos amigos. Se sentaban en la mesa del fondo, junto a los manojos de mangos para herramientas de labor y los escobones de xesta, y charlaban mientras bebían o echaban unas manos de cartas.

Esa tarde en particular, Suso no ganaría ni una sola vez, ni tampoco prestaría mucha atención a la conversación, en la que Teixo trataba de averiguar, entre risas, si cuando Cacholo hablaba de los dos hermosos y bien criados becerros que llevaría su padre el domingo a la feira, se incluía él mismo o no. A pesar de las continuas chanzas y comentarios ocurrentes, no pudieron hacer que el campesino de Couto apartase los ojos de los tarros de hierbas aromáticas y tabaco para pipa que había en uno de los estantes más altos, junto a las tabletas de chocolate y las relucientes navajas barberas.

Una imagen, ahora envuelta en el misterio, llenaba su mente: una joven que paseaba sola por el bosque, que gustaba de recoger plantas medicinales, que parecía tener una conexión especial con los animales y que, para colmo, vivía en una aldea de la que nadie sabía nada. ¿Por qué, para una vez que conseguía la atención de alguien del sexo opuesto, no podía ser una chica sin complicaciones? Como aquella tal Puri que Ricardo le presentó en la fiesta de Los Remedios, con la que incluso llegó a sentarse para tomar unos refrescos después de haber bailado un par de piezas musicales.

Esa noche regresó muy tarde a casa. Lo hizo muy despacio, caminando con desgana, dejándose embriagar por la noche. Una fina uña plateada rompía la uniformidad del cielo, plagado de estrellas. Suso vio a lo lejos las siluetas negras de las primeras casas de la aldea. El «cri-cri» de los grillos y el lejano ladrido de un perro acompañaron sus pasos mientras él seguía pensando. Quizás su abuelo pudiera ayudarle; él siempre sabía un montón de cosas, como todos los abuelos, y a Suso le encantaba escucharle sentado en el porche, dejándose mecer, en los días lluviosos, por el gorgoteo del agua que resbalaba por los tejados y formaba burbujeantes reguerillos bajo los aleros.

Cuando, de mañana, el abuelo Sindo se sentó frente al fuego para tomar sus gachas, Suso aprovechó para coger su taburete y acomodarse a su lado, sujetando el cuenco de leche entre las rodillas.

—Abuelo... ¿Hay alguna aldea cerca del Arandedo, del otro lado?—preguntó al fin, como si la duda hubiese surgido así, sin más.

—Ayer viniste muy tarde... ¿Cenaste algo?—quiso saber a su vez Gumersindo.

—Sí, bueno..., comí un par de chorizos y algo de queso, pero dime… ¿Qué aldea hay por allí cerca?

—No deberías acostumbrarte a cenar así cuando vienes por la noche. Tu madre siempre te deja algo de caldo en la pota. Lo único que tienes que hacer es calentarlo, aún quedará algún rescoldo.

—Ya abuelo, ya lo sé; la próxima vez caliento el caldo, no te preocupes; pero dime de una vez lo que te pregunto, si es que lo sabes.

—Ahora mismo, ninguna.

—¿Ninguna qué?

—Ninguna aldea—especificó Sindo, remarcando las palabras—. Ahora, que yo sepa, no hay ninguna aldea por aquellos contornos.

—¿Por qué dices «ahora»?

—Pues..., porque recuerdo que, hace mucho tiempo, sí que la hubo.

—Pero..., ¿Cómo que «hace mucho tiempo»?... ¿Es que ya no está?—insistió Suso cada vez más intrigado.

—Bueno..., hay una historia sobre eso... Pero es algo larga de contar.

—Venga, abuelo—le animó—.Ya sabes que me gusta que me cuentes todas esas historias.

—Gumersindo interrumpió el movimiento de la cuchara hacia su boca y, visiblemente complacido, se irguió para comenzar su relato.

—Era gente que venía de aldeas cercanas y tenía tierras por aquella zona. Se establecieron en el mejor sitio: tierra fértil, agua abundante, pastos y madera. En fin, todo lo necesario para una confortable vida. Después de un tiempo incluso se dieron cuenta de que podían roturar las devesas para tener más tierra de cultivo, porque era también una zona de mucho bosque, más de lo que ellos necesitaban… Ese fue el principio de todos sus males.

—¿Cómo? ¿Qué sucedió?—le apremió el joven, impaciente ante la calma de su abuelo.

—Resulta—continuó—que en la casa más apartada del pueblo vivía una menciñeira, de esas que tienen remedio para todo, con su hija ¡Y todas sus tierras eran de monte! El problema era que no quería roturarlas, y además tenía un carácter muy agrio y cerrado que en seguida la puso en contra de todos sus vecinos ¡Imagínate el follón! 

—¿Y cuál era el problema? Cada uno tendría que roturar sus propias tierras ¿No?

—No es tan fácil, porque si no se limpia todo, al final, el monte va comiendo terreno otra vez. Aparte de que las fincas colindantes no se aprovechan tan bien, con lo que, al cabo, hay que pasar más trabajos que si no se hubiera hecho nada.

»El caso es que, después de un tiempo, alguien, nunca se supo quién, parece ser que quiso terminar con aquella discusión de una manera no muy honesta, y la consecuencia fue un terrible incendio que, no sólo quemó casi todo el bosque, sino que también alcanzó la casa de la curandera, la única que estaba entre los árboles, separada del resto...

»Yo mismo ayudé a apagar aquel fuego, aunque llegamos demasiado tarde. Se quemó todo y, aunque no encontraron los cuerpos, se dio por supuesto que, tanto la madre como su hija, habían muerto durante esa noche, porque nunca se volvió a saber de ellas.

—Y después de todo eso, claro está, decidieron marcharse todos—dedujo Suso.

—¿Cómo iban a marcharse, hombre? Ahora tenían allí sus casas. Además, por muy trágico que fuera, lo que ocurrió hacia que se cumpliesen los deseos de todo el mundo. Pero lo que nadie esperaba fue lo que vino después...

—¿Qué pasó?—inquirió Suso excitado, al tiempo que un escalofrío recorría su espalda.

—A partir de entonces empezaron a ocurrir cosas antinaturales—explicó Gumersindo mientras se inclinaba hacia su nieto, dejando que la nerviosa luz ambarina de la lumbre marcase las arrugas de su rostro—. A pesar del devastador incendio, la maleza volvió a taparlo todo muy deprisa, exageradamente deprisa, sin dejarles cosechar siquiera los terrenos que habían roturado. Las trochas se cerraban sin dar tiempo a ser utilizadas, los árboles salían por todas partes y estropeaban las huertas... ¡Parecía cosa del Diablo! Al final, la gente de aquella aldea se cansó de luchar, y dejó las fincas «a monte» por pura desesperación.

—¿Tan fuerte era? ¿No podían hacer nada?

—Ya te digo que no era algo natural, que se pudiera vencer con herramientas humanas. En poco tiempo, el bosque se volvió a hacer con todo el terreno y comenzó a llegar al pueblo. No conseguían mantener transitables los caminos, por lo que los vecinos de otras aldeas fueron dejando de visitar a sus parientes. No lograban reunir gente para la matanza, las casas se llenaban de bichos y de hiedra... Algunos dejaron la aldea, y el bosque ocupó lo que ellos abandonaban, hasta que poco a poco, pero irremisiblemente, tuvieron que irse todos, pues los pocos que quedaban no veían ninguna razón para vivir en continua y solitaria lucha. Fue como si desapareciera todo. La aldea quedó vacía, la gente dejó incluso de pasar por allí, y todo se olvidó. Nadie podía vivir en un sitio donde ni siquiera se podía tener una cosecha de patatas o centeno.

—¡Increíble!... ¿Y nadie ha vuelto por allí?

—El bosque venció—dijo Gumersindo en un tono que denotaba cansancio y resignación—. Es como si hubiese desaparecido incluso de nuestra memoria, como si fuese un vacío. Solo hay bosque, y nadie tiene nada que hacer allí.

»Hace tiempo, uno de Roxofrey desapareció sin más cuando intentaba buscar un atajo hacia Estraxiz, por lo que todo el mundo pensó que se había perdido en ese bosque. Ahora, no es más que una de esas zonas malditas que han desaparecido de los caminos y del recuerdo de la gente. No creo que queden siquiera restos de que por allí hubiera alguna vez una aldea...

—Pero abuelo... Si nadie recuerda nada de nada, ¿cómo es que tú sabes todo eso?

—Bueno, podría darte muchas razones, como que soy bastante viejo para recordar cosas que poca gente recuerda, que conocí a muchos de los que allí vivían, aunque ahora estén muy lejos de estas tierras, o que, simplemente, las leyendas y rumores, sean ciertos o no, corren muy deprisa en boca de viejos ociosos. Pero lo cierto es que yo también lo habría olvidado todo, de no ser porque, estando en el Arandedo, años después del gran incendio, se me espantó una becerra, que echó a correr por la presa arriba. Cuando quise alcanzarla la perdí de vista y, buscándola me introduje en ese extraño bosque. Entonces, sin saber cómo ni por qué, empecé a sentirme otra vez en medio del fuego, con las llamas de nuevo a mi alrededor, carbonizando los árboles, que parecían gritar de dolor e indefensión, y los recuerdos volvieron a mi mente con toda la fuerza del primer día..

»Yo logré salir de allí cuerdo, gracias a Dios, y encontré la vaca bebiendo junto al arroyo. Pero si de algo te sirve el consejo de un viejo, hazme caso y no se te ocurra aventurarte por ese lugar.

—No te preocupes, abuelo… A mí no se me ha perdido nada tan lejos de casa—le tranquilizó Suso con la mirada fija en el hipnótico baile de las llamas.
 
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lunes, 2 de julio de 2018

Arandedo 2. Xenia


—¡Hola!—alcanzó a responder un segundo antes de sentirse como un idiota.
 
—¿Por qué corres?—preguntó ella, divertida.

—¡No corro! He visto al ave, y he oído la llamada… Solo tenía curiosidad… No hay muchos gavilanes amaestrados por aquí—arguyó, todavía desconcertado por la presencia de la joven.

—No es un gavilán amaestrado. Se llama Gran.

—¿Gran?...

—Bueno..., en realidad, El Gran Cazador del Bosque, pero yo le llamo solamente Gran… ¿De dónde eres?

—De Couto. Está subiendo ese monte, pero tenemos pastos en este valle.

Mientras hablaba, Suso se iba acercando a ella tímidamente, cauteloso ante el altivo gavilán que descansaba en su mano, pero seducido por unos enormes ojos negros.

—¿Pastos?… Entonces, ¡Tienes vacas! —exclamó entusiasmada.

—Sí..., pero sólo cuatro.

—¿Dónde están?

—No lejos. Dos prados más allá...—Antes de que pudiera terminar la frase, se vio a rebufo de la joven, que se había puesto en pie y comenzaba a caminar hacia el lugar de donde él había venido.

Gran, el gavilán de plumaje gris-azulado con cinco rayas negras en la cola, movió las alas para separarse unos metros de la joven y luego se elevó con vigor hacia el cielo.

—¿Y tú… Dónde vives?—se atrevió a preguntar Suso, ya más confiado, mientras trotaba a su lado.

—A ese lado del valle—dijo ella, extendiendo el brazo hacia la ladera que terminaba en la acequia junto a la que caminaban.

—¿Y no tienes vacas ?

—Somos dos cabras, tres ovejas y yo. Ellas andan por donde quieren, como yo… Aunque nunca habría llegado tan lejos…, de no ser por Gran, que está creciendo y volviéndose más osado…

—¡Mira, ahí están!—interrumpió Suso, en cuanto divisaron al ganado pastando junto al arroyo—. Ésa es la Pinta, es una vaca suiza. Las otras son del país. Aquella se llama Marela, ésta Gallarda y esa otra es la Roxa, una becerra todavía.

La joven se acercó decidida al animal que tenía más cerca y se agachó bajo su vientre ante la atónita mirada de Suso y de Morito, que veían cómo la vaca no hacía el menor movimiento para apartarse. Tomó una de las ubres entre sus dedos y, estrujándola con suavidad, bebió directamente del chorro de leche caliente.

—Pues para no tener vacas…—comentó perplejo el joven campesino—te veo muy desenvuelta… Gallarda no es lo que se dice mansa, y no ha pestañeado.

—Nunca había probado la leche de vaca… ¡No está mal!—dijo relamiéndose con una mueca burlona ante los indiferentes ojos del animal.— Y a mi amiga le sobra.

Suso rió por primera vez y ella le siguió con sonoras carcajadas. Después, fue él mismo el que se tumbó bajo las ubres de la vaca para enseñarle la correcta técnica de ordeño. La joven permanecía muy atenta, inclinada hacia delante y con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que, de repente, un chorro de líquido blanco acertó de pleno en su rostro. Lejos de molestarse, rió con ganas la broma y su risa contagió al muchacho. Ambos se regocijaron, aventando con sus carcajadas a los pequeños reyezuelos que descansaban en las ramas de los chopos, hasta que, agotados, se echaron en la hierba.

Durante un par de horas, ella preguntó todo lo que se le ocurrió y él contestó como pudo, sustraído al mágico hechizo de aquella sonrisa sincera, cálida, y aquellos ojos negros llenos de vida. Y es que no se cansaba de mirarla, aunque bajara la vista cuando ella le sorprendía, porque sabía que el sueño terminaría cuando el ganado se hubiera saciado.

—Tengo que irme—interrumpió apesadumbrado, mientras se levantaba intentando sacudir en vano la humedad de sus pantalones.

—¿Mañana vendrás?— preguntó ella, contemplando cómo Suso agrupaba al ganado.

—¿Eh?... Sí, aquí estaré—respondió el joven sin pensarlo.

Morito se encargó del resto del trabajo, haciendo que las vacas cruzasen el endeble puentecillo y se encaminasen ladera arriba, abriendo un nuevo sendero entre los helechos. El campesino se despidió saludando con la mano y atravesó el río detrás del rebaño.

—¡Oye!—le llamó la joven, recordando algo súbitamente— ¿Cómo te llamas?

—Jesús Castelho... Bueno, Suso.

—Yo, Xenia.

Xenia irradiaba algo que le hacía sentirse cómodo, sin temor a no saber qué decir, sin esa presión que notaba en la boca del estómago cada vez que intentaba acercarse a alguna chica; y es que su escasa experiencia en esas lides le demostraba que las jóvenes de su edad, o bien eran tanto o más tímidas que él, o tan descaradas que asustaban a cualquiera. Menos a Teixo, claro está. Pero Xenia era distinta. Sentía su presencia como la frescura de una suave brisa en el verano, o como el intenso aroma de los cerezos en flor, impacientes por abrir la primavera. Se introducía en su piel como la humedad invisible de los prados, inadvertidamente, desde el primer segundo.

Cuando regresaba a casa en pos del ganado, a pesar de la euforia, una nube cruzó por su mente, pues recordó que a las vacas les tocaba cambiar de comedero, y el cuidado de los animales era una obligación que estaba por encima de sus propias necesidades, le había dicho siempre su padre. Así que, por la tarde, después de comer, se dirigió al cobertizo donde su abuelo tenía el taller de carpintería. Era un lugar pequeño, con el suelo cubierto de serrín y virutas, y un enorme banco que ocupaba casi todo el espacio, cruzado por cientos de pequeñas cicatrices y lleno de trozos de madera labrados o en bruto. Gumersindo cincelaba con mimo la pata de una futura silla. Suso, después intercambiar algunas frases triviales, se decidió a pedirle que le sustituyese en el pastoreo al día siguiente. El abuelo guardó silencio durante un rato, sin dejar de trabajar. Después, colocó la herramienta utilizada en su sitio correspondiente y eligió otro cincel, con bisel de media luna, de entre todos los que colgaban apiñados en la pared, entre infinidad de limas, serruchos, martillos, garlopas, cepillos, escofinas...

—Sólo mañana—dijo simplemente, y se calló lo que pensaba de las excusas de su nieto.

A la mañana siguiente, Suso se levantó muy temprano, con tiempo para lavarse de cuerpo entero en el viejo barreño de latón que usaban para las grandes ocasiones. Hasta se echó unas gotas del agua de colonia de su abuelo e intentó repeinar su encrespado cabello. Sus pies volaban bajando el sendero que conducía al valle oculto.

—¿Hoy no vienen tus vacas?—preguntó Xenia cuando le vio llegar.

—No, al final se las llevó mi abuelo a otros pastos—se excusó.

—¡Mejor! Así podemos dar un paseo—propuso la joven irguiéndose del suelo con entusiasmo.

Subieron a lo alto del prado y se alejaron por una estrecha y confusa senda que se internaba en la zona más boscosa del valle, a donde casi no llegaba la luz del sol y los pastos cedían su lugar a una tupida y sombría selva, tan sólo rota por el discurrir del agua en el fondo de la garganta. Gran, el ave cazadora, los seguía volando hábilmente por la linde del bosque alto, atento a las confiadas víctimas que pudieran salir de la arboleda para beber.

Durante unos minutos pasearon en silencio, uno detrás de otro para no pisar en falso y caer por el poblado barranco que formaba el río. De repente, como si algo la impulsase, Xenia se agachó temerariamente hacia un lado y acarició un planta rastrera de pequeñas hojas en forma de trébol.

—¡Mira!—dijo alborozada por su hallazgo—:¡Azedinha!. Llevaba tiempo buscándola.

Como viera la expresión perpleja de su acompañante, se apresuró a explicar:

—Es muy buena para las «curas de primavera» y los catarros.

—¿Conoces las plantas?

—Mi madre me enseñó. Ella lo sabía todo sobre las plantas, los animales, el bosque…Aunque de ellos también aprendí muchas cosas…

—¿De ellos?—repitió Suso, embobado con los luceros negros que le miraban serenamente.

—Sí, claro. El lobo, por ejemplo, si le pica una serpiente, busca una raíz de dragontea y la desentierra para comérsela y purgar el veneno. Las ciervas engullen hojas de martagón para entrar en calor...

—Nunca llegué a ver un lobo de cerca…

—Pues los perros y los gatos, que los tienes más cerca, se purgan de la misma manera comiendo hierba.

—Sí, pero… ¿Cómo sabes tú eso?—inquirió Suso, escéptico—Quiero decir… ¿Has visto a un lobo alguna vez desenterrando una planta para comérsela después de que le haya picado una serpiente?

Por primera vez Xenia tardó en responder. Se puso en pie y comenzó a caminar de nuevo, hablando sin volverse hacia él.

—Siempre he vivido entre ellos. Son parte del bosque… Como yo. Es como si fuesen mi familia.

En la mente de Suso relampagueó la idea de que, tal vez, aquella chica de ojos brillantes fuese una de esas meigas locas que vivían apartadas del mundo, pero el encantamiento del que se sentía prisionero le hizo desechar un juicio que, al instante, le pareció precipitado y falto de fundamento. Cuando las palabras de Xenia dejaron de hacer efecto, el campesino de Couto se dio súbita cuenta de la estúpida postura que tenía, en cuclillas junto a la planta mientras ella iba ya unos pasos por delante.

El sendero fue bajando poco a poco hasta el nivel del río, el cauce del canal se mezcló con el curso principal y juntos formaron un remanso de aguas tranquilas, cubierto por una amplia gama de plantas acuáticas que una pequeña cascada empujaba hacia las orillas, haciendo que agua y tierra se confundiesen en un manto verde.

—Esa es la menta de agua—dijo Xenia, señalando una planta que exhibía una flor violeta en el extremo—. No huele como la de tierra, pero es buena para las diarreas y los calambres...

—¡Escucha!—interrumpió Suso un tanto preocupado—. Esto se está poniendo difícil. Por aquí no parece que haya salida.

—¡No pasa nada!¡Ven!

Evitaron el firme falso y se introdujeron en una especie de túnel natural entre las altas zarzas, las cañas y los avellanos, saliendo al lecho seco de lo que había sido otro tramo de la acequia, único camino respetado allí por la lujuriosa vegetación.

—Conozco bien todo esto—le tranquilizó Xenia—. En época de lluvia, por aquí corre un agua cristalina, pero mucho más tranquila que la del arroyo de abajo. Ahora sólo quedan algunos charcos llenos de renacuajos.

—Sí, lo sé. Yo me entretenía en cogerlos de pequeño, cuando venía al prado con mi madre.

—¿Y qué hacías con ellos?

—Jugaba un rato y los volvía a echar en el agua.

—Bueno, ponías un poco de emoción en su corta vida—comentó ella divertida.

—¡Y en la mía, no te creas!

Xenia rió con ganas y Suso, sorprendido por su propia espontaneidad, se sumó al placer de la risa casi con ansiedad.

Caminaron por el cauce seco, evitando el agua remansada en algunos sitios y apartando las ramas de los avellanos más osados. Cuando se toparon con la tosca compuerta de madera de una pequeña presa de riego, la joven se encaramó ágilmente sobre el obstáculo y, cogiendo la mano de Suso, tiró de él para saltar juntos al otro lado.

Xenia continuó hablándole del bosque y de las plantas, de la corteza desodorante del carballo, del uso en heridas purulentas y úlceras del helecho macho, de la utilidad del musgo para hacer vendajes o para bajar la fiebre… Sin embargo, Suso ya no escuchaba. Todos sus sentidos se concentraban en el suave y espontáneo contacto que la joven se había tomado la libertad de provocar. Al principio, cuando ella le cogió la mano, se había sentido nervioso, azorado, incluso había aflojado deliberadamente la presión al cruzar la presa y salir de entre las varas de avelaira, esperando que ella lo soltara de un momento a otro, pero no fue así, y continuaron caminando unidos, y él sintió que aquellos dedos entrelazados con los suyos subían por su brazo hasta llegar al corazón y lo estrujaban llenándolo de calor.

Un poco más adelante, se sentaron en el grueso tronco de un roble caído y dejaron que el tiempo se detuviera, mirando el agua correr bajo sus pies y escuchando los mil sonidos del bosque, contagiándose de su magia.
 
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