jueves, 3 de agosto de 2017

Piel de lobo 1

 
El invierno arreciaba con furia barriendo el otoño, enterrando con manto blanco el caduco ropaje, escarchando con aliento helado los troncos pelados. Brumas espesas acechaban desde las cumbres, esperando el momento en que el alba buscase romper el embrujo de la noche, para tender su mortaja en el valle, recordando a todos sus habitantes quien es el dueño cuando el sol pierde la batalla.
 
La loba respiraba ya con dificultad. Había pasado toda la noche prisionera del cepo y su lucha por liberarse la había agotado completamente. La garra metálica se cerraba sobre su pata con una fuerza proporcional a la que ella ejercía para soltarse, desgarrando tejidos y manchando la nieve de color escarlata. El pequeño cachorro gemía y lamía su herida, sin atreverse a separarse del cuerpo cálido de su madre.
 
Al cabo de tres días, no tenía nieve limpia alrededor con la que saciar su sed y la lengua le colgaba de las fauces abiertas, mientras su vientre hinchado sufría contracciones debidas a los calambres. La cría, con miedo a aventurarse en un medio desconocido, permanecía muy quieta, intentando aprovechar el escaso calor que aún emanaba de la loba.
 
Cinco lunas duró la agonía completa y tres más hubieron de pasar hasta que el pequeño lobezno, medio muerto de hambre y de frío, se decidió a abandonar el estrecho círculo alrededor de su madre, en el que la nieve le había permitido sobrevivir a la deshidratación. Sin embargo, poco podía hacer el joven cachorro lejos de la leche materna. Cuando llegó la noche del séptimo día, prácticamente sin fuerzas, logró arrastrarse hasta el hueco de una rocas, dónde se acurrucó totalmente rendido. A la tenue luz del astro nocturno, antes de cerrar los ojos, aún pudo ver una sombra entre las sombras, que cubrió su cuerpo con negro manto. Entonces, el olor de su madre le reconfortó. Y ya no sintió frío.
 
                                                          Unas horas antes...
 
La puerta de la cantina se abrió con estrépito y la ventisca irrumpió con furia, envolviendo en su manto la figura de un hombre.
 
—¡Carallo de tormenta, válgame Deu!—exclamó, sacudiéndose con energía la nieve del tabardo— ¿Alguén de ostedes ven de Lulle?
 
—Non se pasa—contestó uno de los clientes, un tipo corpulento que daba la espalda al resto, absorto en el baile del fuego en la chimenea— O carronzo da Estremera ten casi un metro de neve. Más alá de esta porta, todo é negro e blanco, como si non ouvera outros colores. Mas lle vale pasar equi a noite.
 
El recién llegado echó un vistazo al interior. Aparte del que había hablado y el propio cantinero, tan solo dos personas más compartían el espacio de la taberna. Una anciana que sorbía la sopa humeante de un tazón y una joven que, con la mirada fija en el cristal empañado de la ventana, parecía ajena a la intromisión del hombre. Éste dejó caer un pesado fardo que, al golpear los tablones,formó una corona de nieve a su alrededor.
 
El hostalero rompió el breve silencio, tan solo perturbado por el crepitar de las llamas en el lagar y el viento en el exterior.
 
—¿Dónde vas con ese pellejo, Mauro? Sabes que aquí, en esta casa, no damos chorizos por matar al lobo.
 
—Pos ista fiera, para que o sepias, rondaba as vosas terras xa vay cerca de duas semanas. Non darás chourizos, pero tuveches suerte que eu anduvese por equí, senon, o mellor non tiñas nin chourizos nin rancho, que o lobo lle gusta incar o dente nos porcos das aldeas.
 
—Déixa os contos y tómate un chato. Vas a tener que pasar aquí la noche, así que no te conviene alardear mucho.
 
—Déjalo que hable, Antón—terció el hombre que se sentaba frente al fuego, volviéndose hacia los demás—. Y más cuando tiene razón. Esas alimañas me mataron dos ovejas el inverno pasado. No sé cómo, entraron hasta la cuadra. ¡Pero no se llevaron las ovejas! Las dejaron quedar, destripadas. Matan por matar, os fillos do demo. Son dañinos.
 
—¿Cómo sabes que fueron los lobos, y no uno de tus mastines?—inquirió el tal Antón mientras abría la espita de una barrica de vino—. Deberías tener presos a esos bichos. Cualquier día de estos te dan un disgusto con alguien.
 
—A ver Antón… Mis perros los he criado yo, y los he educado desde que son cachorros para defender lo mío. Ellos solo se irán a ti si te metes donde no te han llamado… En cambio el lobo es asesino. Es su instinto.
 
El lobero se acomodó tras una mesa, sin separarse de su fardo de pieles. El campesino sacó la picadura y se dispuso a prepararse un cigarro. La vieja continuó sorbiendo en su plato de sopa. La joven siguió las evoluciones de una mosca que había abandonado el cristal de la ventana para ir a posarse en la tibieza de la piel de lobo.
 
El cantinero se acercó a la mesa que había ocupado el recién llegado y le llenó un vaso de vino. Pareció meditar un instante mientras su cliente bebía y, llenando de nuevo el vaso vacío, se sentó a su lado.
 
—Mis padres vivían cerca de Riaño—comenzó—, en pleno corazón de los Picos. Allí sí que eran jodidos los inviernos y recuerdo que todos los años, después de las nieves, solíamos dar unas batidas. Era cuestión de limpiar un poco las loberas después de la época de cría, para que, de cara a la salida del ganado, no fuera muy numerosa la población de lobos jóvenes. Cuantos más lobos, menos comida para repartir, y más fácil que bajaran a las aldeas.
 
«Yo era muy joven, y la inexperiencia me pasó factura. Me había hecho un esguince y, el mayoral, para no retrasar al grupo, me dijo que me quedara en un refugio de pastores de arriba, que ellos me recogerían a la vuelta. Yo, sin embargo, fui tan inconsciente, que decidí volver solo. Fue el mayor error, pues no conocía bien aquella parte de la sierra y, al querer atajar bajando por el monte, me perdí. A eso de media tarde, empezaron a seguirme dos lobos. No se acercaban, pero los sentía. No se me ponían a tiro, pero aun así disparé un par de veces. Ni por esas. Armado y todo como iba, desorientado y nervioso, cogí miedo. Me temblaba todo, y sólo de mirar atrás y verlos se me ponían los pelos de punta. Cuando se iba la luz, debe ser que se sentían más seguros, y se acercaron más, gruñendo y enseñando los dientes. Yo, por mi parte, viendo que la cosa se ponía fea, trepé a un carballo grande y me até a las ramas con la cincha. Fue la peor noche de mi vida. Uno de los lobos marchó al poco, pero el otro no se movió de bajo el árbol. El caso es que podía haberlo matado… pero no sé por qué, no lo hice. Sabía que tendría que pasar la noche allí en lo alto y, no sé, quizás preferí sentirme acompañado por un lobo vivo que por uno muerto.
 
«Lo peor de todo, sin embargo, estaba por venir. Noche sin luna, no se veía un carallo, y lo único que oía eran bramidos y aullidos espeluznantes. Fueron varias horas en las que no dejé de oír gruñidos y ruidos de pelea. Alguna vez muy cercanos, otras veces como si se alejasen. Yo me imaginaba una jauría completa de lobos bajo el árbol, destrozándose unos a otros por la presa, esperando mi caída en medio de la noche para devorarme…
 
«Después, ladridos lastimeros, agónicos, y el silencio.
 
«El amanecer llegó en la tranquilidad. No había rastro de los lobos y el día me dio otra visión del lugar. En un par de horas conseguí llegar hasta la aldea. Una vez allí, pude enterarme de lo ocurrido.
 
«Habían estado buscándome desde la madrugada. Al parecer, un oso pardo herido se había introducido en el territorio de la manada y había creado la alerta. No es que fuera frecuente encontrar osos en aquellos lugares, pero a veces bajaba alguno de la montaña. Al final, los cánidos habían topado con el oso y habían luchado. Encontraron su cadáver junto al de uno de los lobos.
 
«Sabiendo aquello, los acontecimientos de la noche anterior, se me antojaron distintos. Por alguna razón que me resulta inexplicable aún ahora, los lobos no me perseguían, sino que me protegían. Yo había ido a cazarlos, y ellos, probablemente, me habían salvado la vida. Sigue siendo un misterio para mí la razón que los movió a actuar así. Quizás todo esto no sea más que el producto de mi imaginación, de mi juventud o del azar. Quizás los lobos, realmente, sólo esperaban un momento de debilidad para atacarme y se vieron sorprendidos por la presencia del oso…
 
«Lo único que sé, es que yo no te voy a dar nada por la piel de ese lobo.
 
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lunes, 17 de julio de 2017

¡Qué verde era mi barrio! La pollería


Uno de mis recuerdos más arraigados sobre el barrio donde me crié es el del mercado. Ese abigarrado mosaico de olores y sabores, forzosamente tenía que dejar una huella indeleble en la mente de un niño. A mi memoria vienen especialmente dos de aquellos puestos, por razones, eso sí, muy diferentes. Uno de ellos el de los encurtidos, que a su vez adornaba todo su frontal con álbumes de cromos, peonzas, yoyós, bolsas de soldaditos, revólveres, cananas de pistoleros, camiones, palas excavadoras y una infinidad de sueños de plástico en brillantes colores. El otro era el puesto de Pepón el pollero, un Goliat de ciento veinte kilos, enfundado en un delantal de rayas verdinegro, que ya hubiera querido el Capitán Trueno como compañero. Pero lo atractivo del puesto, por supuesto, no era él, sino su hija Maripili, o Pili la del pollero para más señas. Cuando los veía juntos tras el mostrador no podía dejar de preguntarme cómo aquella masa había podido dar lugar a un producto tan fino… Y es que, en su caso, la clave estaba en la trastienda y se llamaba doña Filo, o Filo la pollera. Aunque, para filo el del pollero, un machete de esos con agujero en el extremo, para colgar, que cada vez que se hincaba en el tajo, habría dejado en feo al mismísimo Rey Arturo que viniese a deshincarlo. Porque ni Ginebra tiraba tanto como los encantos de la pollera, que mientras él decapitaba, ella despellejaba sin miramientos, apartando con el dorso un mechón rebelde.

El día de mi trece cumpleaños, no sé si era martes, mi madre me encargó recoger el capón que iba a preparar para el festejo familiar.

—Pasa, Anda—ofreció doña Filo como siempre, pues con mi escasa altura, entregarme la bolsa por encima del mostrador resultaba un tanto complicado.

Con las mismas, la mujer levantó la sección abatible de madera y me atrajo con la mano hacia el interior del puesto. Pepón preparaba los restos mortales de varios pichones y Maripili, que remoloneaba, me obsequió con una sonrisa deliciosa, a la par que sediciosa, de esas de adolescente pidiendo guerra para niño bobalicón, en plan «no sabes la que te espera, majete»

Tras ellos se abría, o se cerraba más bien, un espacio con cámara frigorífica, un reducido office y muchos estantes llenos de cartones de huevos.

La esposa del pollero me entregó el paquete, y quiso el azar que un poro en la bolsa dejase escapar unas gotas de sangre, que fueron a parar al pantalón de mi uniforme escolar. Doña Filo, contrariada, enseguida se ofreció a reparar el pequeño accidente.

—¡Ni en broma te presentas así a tu madre! ¡Trae eso para acá, que ahora mismo te lo limpio!

Cuando dijo «Trae eso para acá», no supe muy bien a qué se refería, pues yo sí que ni en broma pensaba quitarme los pantalones allí en medio y ella tampoco esperó que llevase lo que fuera donde fuese, pues allí mismo se acuclilló ante mí con una toallita húmeda que apareció en su mano como por arte de magia. Maripili, divertida, se colocó a la expectativa y el pollero falló en su tajo al pichón por falta de atención.

Alarmado, descubrí que la mancha lucía peligrosamente cerca de mi entrepierna y la proximidad de unas manos femeninas a la zona de riesgo, podía causar estragos entre las filas de testosterona. Pero la pollera era ajena a estas consideraciones de púber recién estrenado, y ya tiraba de mi cinturón y restregaba, con pasión de limpiadora beata, donde las gotas habían impactado y más allá. No así la hija, Maripili, por edad más familiarizada con mi azoramiento, que, con perversa malicia contemplaba los trabajos de su madre y humedecía sus labios con la lengua, o el pollero que, notoriamente incómodo, bien por la postura de su compañera, bien por el embobamiento de su hija, clavaba certeras sus pupilas en mi cráneo y herraba el machetazo que debía cercenar el del pichón.

Debieron de transcurrir escasos minutos, pero a mí se me antojaron eternos, fija la mirada en los huevos, los de los cartones. Doña Filo frotaba con fruición la sangre del pollo y yo, con tanta fricción, sentía el rubor que subía y me aceleraba el corazón. Maripili desde atrás, disfrutaba con mi desazón y, como si quisiese, que quería, subir la temperatura, ensayaba una pícara sonrisa al tiempo que, «descuidadamente» liberaba un botón de la camisa. Mi cerebro se vació de sangre y, se fue toda allí donde la pollera frotaba. Tan vacío se quedó que no supe ni pedir perdón y, en lugar de ello, puse culo de pollo, a ver si retirando filas se notaba menos la hinchazón.

—¡Uy!—Frenó la pollera, sorprendida, para luego retomar la tarea—No te apures, hijo… Al cuerpo, hay que dejarle.

«No, si no me apuro doña Filo, me contengo», pensé sin verbalizar, colorado como un tomate. Maripili se mordía el labio inferior y, en el hueco de la blusa, el color de su sostén reflejaba mi calor. El pollero puso el pichón en el cadalso y dejó caer la guillotina. Clavó el machete hasta el agujero en la tabla. Lo movió de lado a lado abriendo la raja en la madera y lo extrajo de nuevo con tal ímpetu que hasta el cepo pareció levitar por un instante.

Mis ojos iban de la pechera de la niña al mechón de la Filo y al filo del pollero y del cuello del pichón a la mancha del pantalón y al calendario de San Antón.

Aquello crecía por encima de mi turbación y… ¿La Filo no se percataba de lo dura que se ponía la tela que frotaba? Maripili reventaba la blusa y el pollero las venas de brazo, dale que dale arriba y abajo al enorme cuchillo del agujero. Y entre tanto reventar, al final pasó… lo que tenía que pasar.

Yo volví a casa con el capón, pero el pantalón, se lo quedó la pollera, vistiendo yo en su lugar, un viejo chándal de su hija. Al día siguiente se excusó ante mi madre, le devolvió la prenda limpia y todo volvió a ser como era. Lo que ocurrió en la trastienda, nunca salió de allí.

Aunque… aquel día de mi trece cumpleaños algo sí que cambió. Tardé años en aceptarlo pero, ya interiormente sabía lo que en realidad siempre me atrajo. Y no eran las virtudes de una hembra hermosa, sino más bien las de un hombre rudo con una poderosa herramienta de trabajo.

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lunes, 3 de julio de 2017

Donde habita el monstruo

 
El silencio es abrumador a esas horas de la madrugada, cuando Angus Sinclair se calza sus botas de caucho, carga los aparejos de pesca y se dirige a su pequeña embarcación, tal como ha hecho prácticamente todos los días desde que tiene memoria.
 
Ahora ronda los sesenta y se enorgullece de haber dedicado su vida a la tierra que le vio nacer. Desde que terminara sus estudios y regresara convertido en pastor de la Auld Kirk, no volvería a abandonarla, salvo para el bautismo de su hija, en Sant Andrew y cuando, quince años después, tuvo que volver a Inverness, a rescatarla de las zarpas de aquel maldito sassenach, el diablo le confunda, que quiso llevársela a Londres.
 
El gran lago es un remanso de paz y, la bruma matutina, con su manto lechoso, lo protege de lo que más tarde vendrá: hordas de curiosos con sus máquinas fotográficas, clubs deportivos y embarcaciones de recreo, turistas en busca de un recuerdo, escritores sin inspiración y todo tipo de gentes atraídas por un misterio que, hoy por hoy, resulta ser uno de los más importantes motores económicos de las Tierras Altas. Todo un modo de vida, muy distinto al que el reverendo Sinclair intenta preservar en su comunidad, una aislada parroquia asomada a las oscuras aguas del lago Ness y en cuyo seno, ciertos valores anclados en la profundidad del tiempo y la tradición cobran importancia por su pureza, como la de ese instante previo al amanecer.
 
Cuando la vida comienza en la pequeña localidad, Angus ya está mercadeando su pesca en lo de McLeod, visitando a los ancianos y enfermos o simplemente compadreando con alguno de sus vecinos. Y es que, el reverendo es un hombre estimado, sobre todo después de que su esposa falleciera. Fue un accidente horrible. Ardió en el interior de un viejo cobertizo, en el que guardaban aceites y combustible para la embarcación. Se desconoce la causa del incendio pero, cuando al fin se dio la voz de alarma, a duras penas pudo evitarse que las llamas se propagasen a la casa, donde únicamente estaba la hija recién nacida del matrimonio. El reverendo se mortificó durante mucho tiempo por no haber estado allí y, a partir de aquel día, se dedicó en cuerpo y alma a sus feligreses y a su pequeña Edwinne.
 
Poca gente de la aldea había llegado a ver a la niña fuera de la eucaristía mensual. Su padre, excesivamente celoso de caducos preceptos morales, la mantenía alejada de cualquier perniciosa influencia exterior. Incluso de la escuela local, pues Angus Sinclair, docto en teología, consideraba que las enseñanzas contenidas en la Biblia, junto a escogidas lecciones de urbanidad y lectura, eran más que suficientes para su educación, sobrando esas ciencias matemáticas y naturales, que únicamente podrían infundir confusión o curiosidad ante el pecado. Los feligreses bromeaban entre ellos, diciendo que se había visto más veces al monstruo que a la hija de Sinclair.
 
Por eso a nadie le sorprendió su marcha, un tiempo después de que su padre la trajera de vuelta de aquella efímera aventura con el joven veterinario londinense, al que tampoco se volvió a ver. Con toda seguridad, la pareja había logrado, en un segundo intento, poner tierra suficiente de por medio ante el obsesivo afán protector del reverendo.
 
Ahora, Angus Sinclair está solo, con sus parroquianos y… con su monstruo. Ese monstruo que, en sus sermones, cuando el whisky ha exacerbado su fervor religioso, dice tener en lo más recóndito de su casa, de su corazón, y que sólo gracias a una férrea convicción y al poder de la oración, está en condiciones de conjurar. Una criatura no tan diferente de esa otra que todo el mundo espera ver en los cruceros que recorren el lago hasta el castillo de Urquhart, porque se oculta en lo más profundo, en lo más ignoto, ya sea de las Highlands, o del alma humana.
 
Y es que nadie en el pueblo cree en la existencia de la bestia, al menos en la intimidad, pues de puertas afuera es muy frecuente contar leyendas, anécdotas e historias que estimulen la imaginación de quien las escucha y, de paso, su generosidad. Todo el mundo especula con ello, incluso los más escépticos. Es muy difícil sustraerse a algo tan arraigado en estas tierras.
 
Pero el reverendo conoce a sus parroquianos y sabe que, el que más y el que menos, guarda su monstruo en el sótano, oculto tras una pared de rancias costumbres, de tradiciones ancestrales. Y por eso reza por ellos, para salvar su alma del pecado que, sin saberlo, pudre sus cimientos, construidos a base de superstición, y no de verdadera fe.
 
El resto de la tarde, transcurre para el ministro de Dios entre las paredes de su iglesia, poniendo orden en los asuntos mundanos que requieren la atención de un párroco, hasta que, al anochecer, regresa por fin a su morada, una casona restaurada del siglo XVIII, aislada del resto y con embarcadero propio.
 
Después de asearse, hacer sus oraciones y engullir una cena frugal, el reverendo toma la Biblia y se sienta frente a la gran chimenea. El punto de lectura abre las páginas por el libro de Romanos…
 
«Y yo sé que en mi carne no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no así el hacerlo»
 
Sus ojos reflejan el ardor de las llamas, su mirada, la fría penumbra del salón. Entonces se levanta, hierático, y se dirige a su dormitorio. Se despoja de sus vestiduras frente al espejo, contemplando la imagen de un hombre enjuto, cuya piel, marcada por numerosas cicatrices, parece el pergamino de un libro prohibido. Lentamente, desata las correas que aprietan el cilicio contra su carne. Entre restos de sangre seca, aparece un lema tatuado en la piel: «Nec tamen consumebatur». Después, saca un pequeño envoltorio de la cómoda y abandona la alcoba. En la cocina, abre el frigorífico. La luz que sale del aparato ilumina su cuerpo desnudo en la oscuridad, creando una imagen fantasmagórica entre los muros de grandes sillares y los antiguos muebles de roble, oscurecidos por el tiempo. Las viejas heridas le hace parecer un mártir… o un demonio. Coge del interior una escudilla, con el último pescado que ha obtenido en su salida matutina y baja al sótano de la casa.
 
Una única bombilla velada por el polvo, hiere cobardemente las tinieblas y, entonces, a la llamada del hombre, un par de pupilas brillan al fondo. En cuando el olor a pescado fresco penetra en las sombras, una cadena se tensa, la viga de madera que la sujeta emite un chasquido seco y, una figura humana, entra en el cono de luz. Harapos mugrientos cubren sus carnes y enmarañada melena su rostro hosco, perdido entre el odio y la locura. El brusco movimiento trae consigo un olor acre, a heces y sudor de muchos meses, a terror de muchos años. Cuando el reverendo deja su ración de comida diaria en el suelo, unas pequeñas y huesudas manos la engarfian con ansiedad.
 
—Te he comprado esto donde McLeod… Él es de los que no hacen preguntas.
 
El reverendo deja el envoltorio junto al pescado.
 
—Hemos de asear esto un poco… ahora que estás mejor… Me alegro de que hayas dejado de gimotear y… de hacerte daño… Creo que ya has purgado tu pecado… Igual que tu madre purgó el suyo… y se purificó en las llamas. Ahora todo será más fácil… ¡Vamos, mira lo que te he traído!
 
Los pequeños garfios detienen su movimiento y un rostro surge de la maraña oscura.
 
—Todos los días les hablo de ti, y de mí… Aunque no me escuchen… Les hablo del pecado, de la redención… Porque el pecado te obliga a hacer cosas… que no quieres… ¡Pero te redimes!... cuando evitas otro pecado mayor… ¡Maldito sea ese condenado sassenach!... Pero no importa, ahora todo está bien, ya nos hemos reconciliado con el monstruo… Si te portas bien podrás volver a tu cuarto… Este agujero es muy húmedo.
 
El reverendo desata el cordel que anuda el paquete y extiende su contenido, un vestido liviano, con flores estampadas y pecho fruncido.
 
Edwinne deja de masticar y eleva su mirada hasta los ojos del pastor. Una mirada que habla de miedo, pero también de esperanza. De miedo al dolor, a la tortura, de esperanza en unas palabras que nuca antes había escuchado. El ser humano, o no humano, que ha convertido su vida en un infierno en el que la única salida era una muerte inalcanzable, de repente abre una luz y le ofrece aquello que más anhela: el fin de la oscuridad, del dolor.
 
Edwinne se yergue, lentamente, sujetando aún el chorreante pescado, medio destripado, muy cerca de su boca.
 
—Eso es… Ya no habrá más dolor. Yo cuidaré de ti… Mírame… No escondo nada.
 
Edwinne observa el cuerpo del hombre y sus cicatrices. Al cabo, suelta el pescado y enjuga, con el dorso de la mano, algo de sangre que se desliza por su comisura. Luego frota las palmas en su mugrienta camisa. Sin apartar los ojos del reverendo, con una desesperada súplica en la mirada, sujeta la parte inferior de la prenda y levanta los brazos hasta sacarla por la cabeza. Queda desnuda en la penumbra. Angus Sinclair inclina la luz hacia el cuerpo menudo, surcado de antiguos y profundos arañazos.
 
—Ya no es necesario que te mortifiques más… El monstruo ya no está… Espera, no te cubras… Déjame… tocar tu piel… sólo… un instante más.

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lunes, 19 de junio de 2017

Mala fama 4. La Rosa Negra


Así la conocían, por la hermosa flor de aterciopelados pétalos que llevaba tatuada entre los omóplatos, con un tallo serpenteante, tachonado de espinas, dibujando su columna vertebral. Aunque supe su nombre verdadero, me referiré a ella como Rosa, en respeto a un anonimato que siempre se encargó de proteger. Este relato no es más que un retazo de su historia. El que compartió conmigo.
 
Yo pateaba Las ramblas sin mucha fortuna cuando me abordó.
 
—¿Cuál es tu límite?—me soltó a bocajarro.
 
—Que no lo hago con mujeres—le contesté.
 
Ella rió con ganas, mostrando una dentadura perfecta. Era elegante y atractiva, de las que no pasan desapercibidas y yo andaba canina de putear sin resultado, así que acepté acompañarla.
 
Se alojaba en el Palauet, uno de los mejores hoteles de Barcelona y ocupaba la suite Tibidabo. Allí nos esperaba un joven no menos atractivo, que se presentó cordialmente y me ofreció una copa de champagne. La sesión duró un par de horas. La mujer se echó en un diván y me pidió que actuase como si no estuviese allí. Aquello parecía el casting para una película «porno», así me creí en la obligación de avisar que, bondage, anal o cualquier otro servicio especial no estaba incluido en el presupuesto. Como ella dijera que actuase con total libertad, pues no había problema de dinero, traté de ofrecer lo mejor de mi repertorio. Cuando terminamos, la mujer despidió al joven, me ofreció una ducha relajante, me pagó y me invitó a cenar. Todo aquello resultaba, cuando menos, extraño, pero algo misterioso que emanaba de su personalidad me hacía confiar y dejarme agasajar.
 
La noche terminó así. Yo me había quedado con la idea de una pareja extraña y con dinero que buscaba otros estímulos hasta que, una semana más tarde, volví a verla.
 
Rosa no se alojaba en el Palauet, sino que vivía allí. Alquilaba la suite más cara del hotel por meses. Siempre el mejor hotel de la ciudad donde estuviese. Nunca la misma ciudad por más de un año, como si estuviese huyendo de algo o de alguien. Por lo que supe después, Rosa era una escort de alto standing, que contaba a sus «acompañantes» entre las altas esferas, tanto de la política como de los negocios… De todo tipo de negocios.
 
—¿Por qué te dedicas a esto?—Me preguntó mientras despachábamos un suculento desayuno americano en la terracita de su suite.
 
Al principio la pregunta me cogió por sorpresa, pero recordé el episodio del Moule Rouge y todas las peripecias que me habían llevado hasta Barcelona.
 
—Es como si hubiera hecho un curso de paracaidismo—contesté—. El primer salto lo hice con un tío pegado al culo; para el segundo, me lanzaron al vacío y me dijeron «abre bien las piernas y relájate»… No dicen que el hábito hace al monje… Pues yo, ahora, prefiero el cielo al suelo.
 
C’est parfait… Ahora yo te ofrezco dos opciones: volver a tu caída libre o aprender a volar en serio.
 
Como viera mi enorme sonrisa a lo diva del celuloide, atajó:
 
—No te confundas «Pretty Woman», que la fama cuesta… y aquí es donde empiezas a pagar.
 
—Eso me suena.
 
Después del intercambio de frases ocurrentes, quise saber el verdadero motivo de mi presencia en aquella suite. La Rosa Negra me dijo que necesitaba una partenaire y, después de explicarme el significado de tal palabra, me contó que había recorrido Las Ramblas durante varios días pues, aunque buscaba a alguien del oficio, eran necesarios importantes requisitos previos. Yo fui la elegida, pasé la prueba práctica y, al fin, la entrevista personal.
 
Después vinieron meses duros. Clases de idiomas, de modales, de artes y letras, culto al cuerpo y, sobre todo, ejercicio dialéctico. Tal como ella decía, se trataba de tallar en brillante el diamante en bruto. El «bruto», más que diamante, era yo. Pero las ganas de aprender y cierta predisposición natural, aunque esté mal que yo lo diga, hicieron el milagro.
 
Un año después de las teóricas, comenzamos la práctica. No imaginaba que aquel mundo fuese así, pero aquellas damas añadían varios ceros a mi nómica en la calle. Comenzó por introducirme en sociedad, acudiendo a fiestas y eventos organizados por sus clientes, una cuidada selección de prohombres y personalidades de todos los ámbitos. He de decir que, el sexo, la mayoría de veces, era algo excepcional, limitándose nuestro servicio a actos sociales en los que, el saber estar, era pilar fundamental. Y en ello no influía tanto la estricta labor de formación, cuyo efecto se dejaba sentir más bien en el poso dejado, como la práctica de las habilidades sociales: sonreír con picardía y llevar el hilo de una conversación sin llegar a decir nada; crear un efecto mariposa con un solo cruce de piernas; conocer expresiones en un idioma exótico, siempre diferente a los que pueda dominar el cliente; y, por supuesto, ser un excelente perchero, tanto de modelitos exclusivos como de fina lencería.
 
Entonces quizá se hagan la pregunta de por qué no son las esposas de tales hombres, que a buen seguro disponen de las dotes adecuadas, las que ejercen este papel. La respuesta es que, independientemente de los motivos particulares, quedaría un poco mal que los tipos ofrecieran a sus propias mujeres, por mucho que a algunos no les importase, como mercancía de uso y disfrute a sus amigos y socios, una de las principales funciones de las escort. Doble función por tanto, como en el circo, mujer florero y mujer regalo. Y era en esos casos cuando sí que había sexo, y del fuerte.
 
Mi noche de estreno fue cuando acudimos a una reunión de negocios a puerta cerrada con uno de sus habituales clientes, un empresario con importantes intereses en el sudeste asiático. En este caso, el socio en cuestión, es decir, el funcionario a sobornar, era un diplomático de cierto país con muy buena mano entre las autoridades locales. Nuestro cliente, aprovechando la oportunidad que se le presentaba, no dudó en ofrecer a su nuevo amigo un «dos por uno» y le dijo algo que no entendí mientras le guiñaba un ojo:«Cortesía de la casa, subirán a su habitación una botella de cava y dos impresionantes burbujas»
 
La actuación a la carta comenzó con un dueto femenino y continuó en concierto para piano y orquesta, aunque al final se transformó en un solo de trompeta para el que ambas nos esmeramos en sacar un buen acorde al instrumento de viento. Sin embargo, fue la primera parte del número la que me causó cierta… desazón. Nunca había tenido sexo con otra mujer y menos de cara a la galería, aunque para los hombres tuviese un morbo increíble.
 
—Vamos a ensayar un poco —me dijo en cierta ocasión, consciente de mis reparos—, porque en esto, hay que ser más actriz que puta…
 
Yo entonces no lo sabía, pero incluso en el arte escénico, la diferencia entre fingir y sentir, marcaba la pauta. Ella sí lo sabía.
 
—… Y si te corres, se volverán locos—añadió.
 
Aquella calurosa noche de agosto, bajo el dosel de una cama con pedigrí, la rosa negra enroscó su tallo de espinas en mi cintura, embriagó mis sentidos con el aroma de flor madura y libó el néctar que mi cuerpo derramó, rompiendo el cáliz de la cordura. No hubo besos, pero hubo risas y locura. Lo justo, eso sí, que entre bastidores, no había que simular ardores y los gemidos de pasión, quedaban para cuando se alzase el telón.
 
Aquella escena se repitió mil veces, aunque siempre en público, nunca más en privado, canción de autor de un repertorio creado para el escenario.
 
Es curioso, como cambia la perspectiva dependiendo del lugar desde donde mires. ¿No dicen que a nadie le amarga un dulce? Pues ella tenía miel en los labios y embadurnaba mi deseo hasta hacerlo desbordar en torrente de aguas vivas.
 
Fueron meses extraños, de días impuros en el cielo raso y noches inmaculadas en el infierno enmoquetado. Ni en la calle Desengaño ni en la aventura con el Moule Rouge, había ejercido el oficio de aquella manera. Éramos el tándem perfecto. Nos codeábamos con gente importante, hablábamos su idioma y les quitábamos los calzoncillos. Aunque a sus ojos no dejáramos de ser putas, con los consiguientes riesgos físicos y humillaciones, juntas nos protegíamos mutuamente. No faltaba la ocasión en que una recibía un cachete demasiado fuerte, tal que daba con sus costillas en el suelo y la otra entregaba un florero, que estallaba en pedazos contra el cráneo del destinatario.
 
Un día, sin embargo, acudimos a una cita en la que nadie se presentó. Una excusa telefónica y un «no os preocupéis, os pagaré el servicio». Teníamos la llave de una habitación, una camarera repleta de exquisitos manjares y toda la noche pagada. Comimos sobre la cama, bebimos entre las burbujas del jacuzzi y bailamos en ropa interior, asomadas al balcón.
 
No sé si fueron los efectos del Dry Martini o de la cálida noche barcelonesa, pero acabamos desnudas entre las sábanas de seda, unidos nuestros labios en un beso. El primer beso. Tan distinto de aquellos otros mil con los que mutuamente barnizábamos nuestra piel ante hombres sedientos de lujuria, con los que ocultábamos nuestra intimidad bajo una pátina de lascivia. El primer beso de los mil que siguieron en busca de un rincón inexplorado, de la preciosa gema del éxtasis. Y cuando la hallamos, caímos rendidas por el gozoso esfuerzo, enlazados nuestros cuerpos en un sueño profundo, ajeno a la prosaica realidad.
 
Cuando desperté, el día se había llevado la magia y con ella a la Rosa Negra. Tan solo quedaba una habitación desordenada y, junto a la botella vacía de Absolut, un sobre con dinero y una nota, en la que se leía: «Última lección: Nunca dejes que el vodka nuble tu razón»
 
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lunes, 5 de junio de 2017

El tótem


Las profundas cavernas naturales son el último reducto de vida, el único lugar donde se puede sobrevivir a las radiaciones solares, que queman la superficie del planeta. De sus lagos subterráneos se obtiene el agua que aún queda y, en sus simas abiertas al cielo, la luz permite la fotosíntesis de la escasa vida vegetal que, a su vez, mantiene la precaria cadena alimenticia.

Sin embargo, durante un corto período del ciclo solar, extrañas nubes de gases cubren el cielo, como si de una multicolor y densa aurora boreal se tratase, y violentos fenómenos eléctricos tienen lugar. Entonces, las pocas tribus de bípedos que han logrado adaptarse a la extrema climatología, salen de sus cuevas y comienzan una masiva peregrinación hacia El Santuario.

El lugar se halla en un valle, hace siglos cubierto de inmensas construcciones donde los humanos habitaban. En medio de todas ellas y en una zona despejada, se eleva el Tótem, altivo, desafiante, muy por encima del resto de estructuras. Un enorme cilindro de varios metros de diámetro que se engrosa en su parte superior, en un cúmulo de nódulos informes que sobresalen a varias alturas, por encima de lo que parece una gran rueda que lo circunde, como si fuera una cabeza gigante con múltiples orejas que escuchasen el silencio del infinito.

Los miles de seres que van llegando de todas partes ocupan el espacio alrededor del tótem, mientras rutilantes rayos quiebran el cielo multicolor. Un murmullo comienza a extenderse entre los cuerpos prosternados. Voces de un antiguo lenguaje que se elevan poco a poco en un cántico monótono, junto a brazos que alaban la imperturbable presencia del tótem.

—¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!

Voces que piden una señal de que vale la pena seguir penando en un mundo inhóspito, de que vale la pena seguir manteniendo ancestrales costumbres que perpetúen la raza, en la esperanza de que aquellos que se fueron, algún día vuelvan a por los que se quedaron, tal como cuentan los mitos, las leyendas de un pasado borroso.

Y cuentan los viejos que alguna vez ocurrió el milagro, y el tótem se pronunció, cuando el cielo restalló su látigo de luz sobre la cabeza del ídolo. Y la palabra se hizo vida mostrando el camino, fijando la oración que ahora se transforma en clamor compitiendo con el ronco bramido celeste.

—¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!

De repente, ocurre algo que sólo el azar permite en contadas ocasiones. Algo que algunas de las generaciones allí presentes, ve por primera vez. Una de las ráfagas eléctricas que arañan el cielo, impacta en la cúspide del tótem, provocando una lluvia de chispas y sonidos metálicos. Entonces, el aire se transforma, cargado de una energía desconocida. Del monolito surgen sonidos ininteligibles e imágenes fantasmales se proyectan en el fondo gris. Nadie comprende el lenguaje del tótem, nadie ha visto nunca a los extraños seres que, de repente, cobran vida ante ellos. Pero los sabios dicen que los dioses les hablan y, que en sus palabras, se revela la promesa de salvación. Solo tienen que rezar y… esperar.

Bzzz… Bzzz

«Activado mo… do de re… producción auto…máti… ca»

Bzzz… Bzzz


—¡Hola, chimichurris!… Hoy tengo una sorpresita especial para todos vosotros… ¡Síiiii!

«Hoy presenta en la city su nuevo trabajo… ¿A que no sabéis quién?... ¡Síiiii!

«I’m very happy, chimichurris … ¡Síiii!

«¡Ooohhh… Síiii!

«¡Está aquí, a mi vera, verita vera…! ¡Hola Justin! ¡Welcome to Madrid! A ver, dinos algo en español para tus fans de la piel de toro… ¡Síiii…! Please, tell us something in spanish for your fans in «Piel de toro»

—¡Oh, sure!… Muchasss graciasss España. ¡Os quiero!

Bzzz… Bzzz

«Mo… do de re… pro... auto…mát… ca…»

—¡ Muchasss graciasss España. ¡Os quiero!


—¡ Much… grac… Espa… ¡Os… iero!


—¡ Mu… gra… pa… ¡Os… ero!

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lunes, 22 de mayo de 2017

Mascherata


El acróbata, emplumado en oro y plata, se lanza, brazos abiertos, desde lo alto del campanile. «¡La colombina, la colombina!», grita el gentío alborozado, mientras el pájaro humano despliega su vuelo bajo la soga que, en suave descenso, habrá de conducirle hasta la logia Foscara, uniendo su ofrenda a las miles de flores que llegan de todas partes al Palacio Ducal, acompañadas de una legión de trovadores, equilibristas, magos y artistas, haciendo las delicias de la muchedumbre que llena la piazza de San Marcos.

El carnaval no ha hecho más que empezar.

En la piazzetta, la Gran Macchina, una colosal estructura de madera, se prepara para reventar la noche veneciana con el mayor espectáculo de fuegos de artificio que se haya visto en occidente.

Cientos de gondolieri cruzan remos por los canales, trasladando a nobles, damas, caballeros y aventureros, venidos de todas partes a la ciudad de la laguna, oculta su identidad tras la máscara, dispuestos a jugarse la bolsa en el afamado Ridotto y la honra, si fuese menester, en las casas de Castelletto.

Ríos y puentes, calles y plazas, toda la ciudad es un mosaico de color y algarabía. Miles de personas deambulan disfrazadas. Oscuros personajes con tabarro de seda negra, sombrero de tres picos y maschera de galeone, junto a otros de vistosos ropajes y máscaras inspiradas en la comedia teatral. Bailan, ríen y cortejan entre la miríada de sonidos y olores que inundan la calle. Charlatanes y embaucadores que gritan incitando al juego; contorsionistas y malabaristas que ejecutan sus ejercicios entre la gente; vendedores de frittelle que vocean su producto entre las casetas de los adivinos, echadores de cartas, sacamuelas, teatros de marionetas y todo tipo de exhibiciones improvisadas, confundiéndose con la música de flautines y trompetas. En Campo San Polo los Nicolotti y los Castellani compiten por lograr la más alta pirámide humana.

El sol se pone tras la Basílica della Salute, extrayendo destellos dorados en los peines de las góndolas mientras, frente al palazzo Franchetti van llegando gondolieri que desembarcan a sus pasajeros.

De una de las embarcaciones desciende una pareja. Ambos se miran, arrobados . Ella es Constanza Dafiume, perteneciente a una familia aristocrática con poder político pero cuyas rentas fueron al compás de la decadencia financiera de la república. Él, Carlo Trapani, heredero de un mercader cuyo patrimonio incluye casinos, teatros y alguna casa de prostitución. Habitual unión de intereses recíprocos, no suele tener reflejo en los deseos más íntimos. Sin embargo éste no fue el caso pues, nada más verse, los dos quedaron prendados el uno del otro, como si de un hechizo de amor se tratase, y en la entrega de «il recordino», Carlo se arrodilló ante su Constanza, le tomó la mano, acariciando sus nudillos uno por uno y le puso el anillo de brillantes en el dedo anular, sin dejar de mirarla a los ojos y jurarle amor eterno.

Los esponsales fueron los más fastuosos que se recuerdan, rivalizando en opulencia incluso con la Sensa, la fiesta del «Matrimonio con el Mar», cuando el Bucintoro y su cortejo popular de barcas engalanadas alcanzaba la embocadura del Lido y el Patriarca bendecía las aguas al tiempo que lanzaba su anillo, desposándolas simbólicamente. Pocos días después, dio comienzo el carnaval y los esposos fueron invitados a la más exclusiva y desenfrenada festa in maschera. Una tradición que llevaba celebrándose entre las familias más poderosas desde hacía décadas y cuya asistencia era casi obligada para cualquier nuevo matrimonio, al menos una vez.

Todo el palacio está profusamente iluminado, con grandes lámparas en los salones, así como candelas y farolillos en bastidores y pasillos, creando efectos de luces y sombras que realzan los colores de tapices y pinturas en el interior, y se reflejan, a través de las vidrieras polícromas, en las oscuras aguas del Gran Canal.

Carlo y Constanza son recibidos por varios mayordomos y acompañados a distintas antesalas, donde hombres y mujeres, por separado, se visten con ostentosos trajes y ricas máscaras. Sólo hay dos reglas en esta fiesta privada: «mai parlare, mai scoprire»; «nunca hables, nunca descubras». Ellos lo saben y también acuerdan sus reglas: mantenerse fieles a su entrega, al margen de todo acto pecaminoso, de toda lujuria inducida, en una noche en la que, precisamente eso, es lo que todos los asistentes han ido a buscar. En una noche en la que todo vale, si ello sirve al goce sexual. Por ello, amantes ingenuos, juran buscarse a tientas, para hallarse en un gesto, en un perfume, en un roce, que será prueba del amor que les une, o bien no tolerar otra compañía que la soledad, en lo que dure la mascarada.

Los invitados se reúnen en el salón principal, en perfecto anonimato, sin saber bajo que máscara, está cada cual. Dos filas de columnas y arcos apuntados dividen el espacio en tres naves. En las laterales se distribuyen sillones, cojines y grandes divanes, algunos separados por biombos decorados con motivos alusivos al carnaval y, en la central, frente a los ventanales, una gran orquesta inicia el baile con una sinfonía, para luego ejecutar minuetos, gavotas y contradanzas, a cuyos ritmos, poco a poco, se van incorporando todos los asistentes, sorteados en su danza por innumerables camareros con bandejas de viandas y bebidas. Da comienzo el cortejo.

La norma que prohíbe la conversación impide la charla insustancial y divertida que acompaña a toda actividad social pero, en cambio, agudiza el ingenio en el uso de otros sentidos, como el tacto o el gusto, que se recrean en delicadas caricias o en paladear los exquisitos caldos del Véneto. Así las cosas, al cabo de no mucho tiempo, hombres y mujeres intentan comunicarse a base de gestos, reverencias o mímica, mientras bailan, ríen y beben a un ritmo cada vez más frenético.

Pasada la media noche, gran parte de las velas son apagadas, creando un ambiente de penumbra, y muchas de esas parejas, nuevas o no, eso nunca se sabe, yacen en los divanes privados, ocupadas sus manos, lenguas u otras partes extremas, en continuar la danza de cuerpos entrelazados, explorando huecos entre aparatosos ropajes para un mayor contacto de piel con piel, buscando penetrar la oscuridad con la luz de la pasión, en una orgía ciega donde, lo que menos importa, es el rostro que oculta la máscara.

Constanza busca en un giño, en un besamanos, en un perfume, recuperar el rumbo perdido hasta que, incapaz de encontrar a su amado, acaba por mantenerse a la deriva, hundida bajo el peso de la suspicacia al ver que todos los caballeros se ocupan de alguna dama, mientras reflexiona sobre lo curioso que resulta el creer que se conoce a una persona a la que apenas unen varias semanas para llegar a comprender que, ni siquiera el color de los ojos es posible identificar.

En un momento impreciso de la noche, se acerca a la joven un hombre, en algo diferente a los demás, pues no parece buscar la mera compañía femenina, sino estar particularmente interesado en la suya. Rodilla en tierra, le toma la mano derecha, acaricia cada uno de sus nudillos con el pulgar, toca el anillo que Constanza luce en el anular y luego, introduce su dedo en el pliegue que forman éste y el corazón. Aquel gesto perturba sobremanera el aplomo de la joven esposa que, al no retirar la mano, permite al caballero unir las suyas para tomarla entre ellas, besando lentamente el antebrazo desnudo, único retazo de piel en el exceso de tela.

La duda se instala en el corazón de Constanza. El caballero parece decididamente confiado, seguro de sí mismo. Tanto que, por un lado, desconoce en él a su amado Carlo pero, por otro, no puede pensar que ningún otro hombre pueda tomar el lance con tal atrevimiento. Quizás no sea más que una broma de su esposo, o de alguno de sus amigos, que terminará en el momento oportuno. Sumida aún en aquellos pensamientos, se deja llevar por las manos cálidas, la danza, los besos suaves, el vino, hasta caer rendida en un diván.

A su alrededor, lujuria, gemidos y pasión se confabulan para hacerle perder la noción de la realidad. Los besos del caballero alcanzan sus labios. Sus manos recorren la piel bajo el vestido, las enaguas, la cotilla, tocando la piel caliente. Constanza siente que su corazón galopa desbocado, su lengua paladea el silencio y sus dedos, atrevidos, juguetean con el calzón masculino. Ya no hay vuelta atrás. No hay tiempo para la duda, solo para la pasión. Tras el biombo, los suspiros de Constanza quebrantan la prohibición.

Amanece en la ciudad de la laguna y entre las brumas del alba, sombras encubiertas parten de los muelles ocultos bajo el palazzo Franchetti, protegidas por la felze de las góndolas.

Carlo y Constanza regresan a su residencia, en silencio, con el sonido del remo en el agua como único acompañante. No hay nada que decir, es mejor no saber o, simplemente, confiar. Pero Constanza no puede olvidar. Todavía siente unas manos en su piel, en su intimidad. Nunca antes había sentido algo así. Y tiene miedo. Miedo a no volver a sentirlo.

Ninguno vuelve a mencionar el carnaval, que durante casi seis meses más, colma la Sereníssima de color, de belleza, de misterio. Con la llegada de la primavera, todo parece pertenecer a un sueño. A un sueño que, por otro lado, se desea volver a soñar.

Poco antes del primer aniversario de sus esponsales, Carlo y Constanza acuden a una recepción en el palazzo Franchetti. El gran salón luce muy diferente al de aquella noche de máscaras. Bustos de mármol y espejos decoran las naves laterales, una gran chimenea en el lugar donde tocaba la orquesta y un lujoso diván circular en cuyo centro, una sabina de piedra lucha por zafarse de su secuestrador. Mientras su esposo se interesa por algunos negocios con ciertos embajadores, ella, distraída, elude la conversación y contempla, a través de los arcos venecianos de la galería, los preparativos del nuevo carnaval. Su mente viaja a través del tiempo.

Un hombre apuesto, elegante en el vestir y en el proceder, se acerca a la joven.

Signora, per favore, mi permetta di presentare i miei rispetti.

El caballero hace una reverencia y toma su mano. Acaricia sus nudillos con el pulgar, la reluciente piedra del anillo, el hueco entre sus dedos anular y corazón y deposita en ella, delicadamente, un beso.

Molto piacere signora, il mio nome é Giacomo… Giacomo Casanova.
 
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lunes, 8 de mayo de 2017

Lily Mod 11. Dōjini umare


El tiempo que el Sono henkan tardó en encañonarlos, fue para Lily Mod como el movimiento del brazo humano para un insecto. Durante esa eternidad, su cerebro trabajó a mil por hora buscando alternativas. No así para Ebisu, que reaccionó de forma impulsiva, por instinto… Aunque no de conservación, sino de protección. Sin pensarlo dos veces, se interpuso entre ella y el agresor.
 
—¿Sabes que si estás en contacto con ella, un solo disparo me sobrará para los dos?... Así que, apártate. No quiero dañarla.
 
Ebisu dudó, desbordado por la situación, al darse cuenta de que su movimiento tan sólo estaba retrasando su propia muerte. Era Lily quien, con su presencia, le estaba protegiendo a él.
 
El androide, tratando de evitar cualquier eventualidad que pusiese en peligro la integridad de su presa y, sabiéndose superior en el cuerpo a cuerpo, avanzó hacia ellos con decisión.
 
Lily sabía que, en cuestión de segundos, el «transformador» los habría alcanzado y, entonces, la vida de su compañero no valdría el aire que respiraba. Su decisión fue consciente, y consecuente. Una breve orden remota de su cerebro adelantó la secuencia de ignición y, de repente, una sobrecarga electromagnética invisible hizo resplandecer el edificio del CID como si fuese una luciérnaga en la noche.
 
El cerebro robótico del Sono henkan, con un chispazo inaudible, dejó de existir y su cuerpo, que se había detenido durante unas décimas de segundo ante la sorpresa, se derrumbó como un saco de arena.
 
Ebisu notó la mano de Lily presionando en su hombro pero, cuando se giró, tan sólo pudo ver unos ojos que se opacaban y unos labios que dibujaban sus últimas palabras en el silencio:
 
—Ahora… te toca… a ti.
 
Después, los dedos de la Call-Girl resbalaron, sus músculos de silicona cedieron y... se desplomó como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.
 
                                                                     ***
 
Una melodía sugestiva comienza a sonar en el apartamento y la imagen holográfica de una locutora se activa, automáticamente, para dar los «buenos días» e informar de la previsión meteorológica mientras, a su alrededor, comienza a girar una banda de texto con la información más destacada de la mañana.
 
Ichiro se despereza lentamente. Siempre le ha gustado mantener activada la alarma matutina en sus días libres, para así darse el gusto de seguir durmiendo. Alarga el brazo para tocar el rostro de Naumake, pero no lo encuentra. Manotea un poco en el colchón, pero sólo para descubrir que su 361 personal ya no está en la cama.
 
Se gira sobre sí mismo para ocupar con su cuerpo el lado de la cama en el que, habitualmente reposa su feminoide, y aspira el aroma que impregna las sábanas. Su mente se recrea, durante unos instantes, en lo feliz que se siente desde que posee a Naumake. Casi tuvo que empeñarse de por vida y pasar meses configurando todos los parámetros y aplicaciones de su muñeca. Menos mal que foros y tutoriales le ayudaron en el proceso de modelar su sueño, su acompañante ideal.
 
Alguna vez se acordó de Lily Mod, aquella Call-Girl que alquilaba habitualmente hasta que la RP sacó su nuevo modelo a la venta. ¿Qué habría sido de ella? se preguntó en alguna ocasión. En todo caso, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a su flamante Naumake.
 
Ichiro oye el cacharrear de su chica en la cocina y sonríe. Anoche tuvieron ración doble de sexo, como todas las noches previas a su día libre. Siempre llega agotado del trabajo, pero Naumake consigue hacer de ese par de horas, el momento más deseado de la semana.
 
Después de una ducha rápida, Ichiro se dirige, pletórico, a degustar lo que su geisha particular tenga preparado. Sin embargo la escena que encuentra no es, ni por asomo, la que ha imaginado.
 
Naumake está sentada en el suelo, espatarrada frente a la puerta abierta del frigorífico. El sirope de chocolate embadurna sus manos abiertas y rebosando de sus labios cae, en delgado hilo, al inmaculado salto de cama que la cubre. Inmóvil, mira con ojos sorprendidos, como los de un gato cogido con los bigotes en la masa. Ante el desconcierto de Ichiro, se levanta lentamente, desliza por los hombros los tirantes de la prenda de noche y deja que ésta resbale hasta sus pies.
 
—Cariño…—comienza Ichiro—, siempre me sorprendes, aunque ahora… preferiría satisfacer mi estómago.
 
Naumake avanza hacia él, relamiéndose mientras camina con movimientos sensuales. Al llegar a su altura, se inclina para quitarse la braguita fucsia, que introduce delicadamente en el bolsillo del batín de Ichiro, como si fuera una flor que adornase su pecho. Completamente desnuda, continúa hacia la puerta.
 
—¡Oye!..., pero… ¿A dónde vas? Y el desayuno…
 
—Fríete tú los huevos… Amor.
 
Naumake sale a la calle. Decenas como ella están saliendo a las calles en Odaiba. Centenares en Tokio, miles en Japón, en el mundo. Todos ellos diferentes unos a otros. Todos ellos únicos.

                                                                      FIN

«Han pasado más de dos años desde aquello. Las cosas han cambiado bastante.
Yo ya no trabajo en la RP, de hecho, la empresa no es más que un remedo de lo que fue en su tiempo. No llegó a hundirse gracias a su status como multinacional, pero las ingentes pérdidas causadas por el desplome de su sistema en Ashio Dozan y todo el asunto de los 361 deterioró su imagen irreversiblemente.
 
Aquel día, todo el sistema informático y electrónico en su centro tecnológico se había fundido en negro, que diría un guionista, y su flota de robots, androides e Inteligencia Artificial, al quedar desvinculados de la red, perdieron su operatividad. En cambio, todos los ejemplares de su nuevo modelo 361 tuvieron un comportamiento extraño. Abandonaron a sus dueños y vagaron por las calles durante varios días, desorientados. La RP estaba demasiado ocupada en reconstruir lo poco que le quedaba, así que no les prestó atención. Poco a poco, fueron tomando conciencia colectiva y reuniéndose en grupos cada vez mayores, conformando lo que, meses más tarde, dio en llamarse la generación de los Dōjini umare, los «nacidos al mismo tiempo»
 
Por lo que luego supe, la parte cyborg de estos geminoides había sufrido el mismo colapso que el resto de robots pero, su cerebro humano había tomado el control. Tal como había predicho Lily. Eran como niños hambrientos de conocimiento, de vida.
 
Los organismos públicos y sociales tuvieron que tomar cartas en el asunto, porque surgieron asociaciones en su defensa y contra las posteriores reclamaciones de la RP, que reivindicaba su propiedad. Su organización era cada vez más fuerte, más influyente entre los jóvenes humanos incluso. Ahora mismo, forman parte de nuestra sociedad y actúan incluso como grupo político, luchando por una «humanización» que va más allá de las diferencias, del hombre, de la máquina.
 
Yo ayudo en lo que puedo a la causa. A fin de cuentas, ellos también me ayudan a mí…
 
Quedó grabada a fuego en mi cerebro aquella noche. Estuve tendido varias horas junto al cuerpo de Lily, llorando como un niño perdido después de haber gritado su nombre hasta quedarme afónico…Lo único que tenía claro es que no podía dejarla allí.
 
Cogí el arma y la ropa de Hisoka y, con su anorak, cubrí a Lily. Estaba solo. La arrastré, la cargué y, como pude, la llevé hasta el apeadero de Ashio Dozan. La escondí en un lugar seguro y después, eché mano de un colega que no hizo preguntas. Con su vehículo y su ayuda, la trasladé hasta mi apartamento de Odaiba.
 
Durante muchos días no supe que hacer. Hasta que los vi… y comprendí. Lily era un modelo 361, como ellos. Pero no estaba perfeccionado. Por eso, al colapsar los sistemas electrónicos, los cerebros autónomos de los nuevos ejemplares pudieron tomar el control y reactivar todo su sistema cibernético. La mente de Lily, en cambio, no fue capaz porque falló esa conexión. Se cumplía al detalle todo lo que ella había preconizado.
 
Fueron semanas de estudio, de trabajo obsesivo, en las que ellos… Sakura, Mei, Nozomi, me dejaron examinar sus cuerpos artificiales, me enseñaron multitud de cosas que no sabía. Gracias a su ayuda, al fin, conseguí restablecer la conexión entre el cerebro vivo de Lily y su cuerpo cyborg inanimado. Gracias a sus conocimientos, aprendí a sintetizar, a partir de elementos naturales, el suero que todos ellos necesitaban para mantener con vida sus células orgánicas.
 
Y un día, Lily, como aquel moderno Prometeo que cierta escritora de hace siglos se encargó de resucitar, abrió los ojos de nuevo. Unos ojos almendrados, como aquellos que, hace tanto tiempo, en este mismo lugar, habían acompañado a la sonrisa más perfecta que yo había visto en mi vida.
 
Ahora mismo, mientras escribo, ella está junto a la ventana, y las luces de neón se reflejan en sus pupilas, y las hacen brillar con mil colores. Tantos como los que ella fue capaz de ver en el gris de Odaiba. No recuerda nada de todo lo vivido. Su pensamiento, como único que era, tuvo que renacer para volver a vivir. Digamos que la desconexión, a diferencia de lo que pasó con el modelo perfeccionado, «formateó» su cerebro. Como a un niño recién nacido, tuve que enseñarle a dirigir su cuerpo adulto, a comunicarse con sus semejantes, a saber quién era y por qué. Pero aprende rápido. Muy rápido.
 
Podría decir que es lo menos que tenía que hacer después de que ella me salvase la vida. Pero no es así. Ella no sólo se sacrificó por mí, sino por una forma de entender la vida. Ella, un ser diferente, creado por nosotros mismos y para nuestra única satisfacción… nos ha dado una lección de humanidad.
 
Creo que mi deber es luchar porque su sacrificio no haya sido en balde.
 
                                    Ebisu Hikari»

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