lunes, 24 de abril de 2017

Lily Mod 10. Sono henkan


Ebisu se sentía incapaz de reconocer en aquella resuelta y capacitada Lily a la ingenuamente curiosa y temerosa Call-Girl que apareció en su vida semanas atrás. Todo pasaba tan deprisa que ni siquiera sabía cómo reaccionar. Y en medio de todo, ella acababa de confesar, como si fuera lo más natural del mundo, que había sido quien activó la alarma, quien los traicionó.

—No entiendo nada, Lily… todo esto me está viniendo grande. ¿Qué jugada? ¿Por qué siempre hablas de control? ¿No se trataba de libertad?

Lily se detuvo ante un hueco en la pared de la chimenea, donde se abría una escotilla. Tecleó la clave de acceso y penetró con su carga. Una vez en el interior del pasillo horizontal, se encaró a su compañero.

—Ahora sé algo con certeza… En mi programación existían ciertos parámetros codificados, a los que no tenía acceso, como pensamientos ocultos que no lograba descifrar… El nuevo modelo de Call-Girl, la versión «definitiva» que se ha vendido por miles en Tokio, por millones en el mundo, incorpora un software mucho más perfeccionado… Fíjate, antes ni siquiera conocía estos conceptos… Un software en el que, esa configuración confidencial, puede activarse a voluntad, transformando a una inofensiva «chica de compañía» en una espía perfecta, en un implacable arma de control. Imagínatela pululando con toda tranquilidad por la casa de altos mandatarios, influyentes políticos, poderosos empresarios… Y todo ese control en manos de la RP…

—Ahora lo comprendo… «Sólo cambia la identidad de quien ostenta el control»…

—Pero cualquier mecanismo tiene su punto débil… En este caso, lo más frágil es lo que también le da su ventaja sobre cualquier otra máquina creada por el ser humano: su cerebro orgánico. Más concretamente, la conexión de ese órgano con su estructura artificial. Supuestamente, los técnicos de este centro han logrado aislar y solucionar ese fallo en su nuevo modelo, quedando como única prueba de su debilidad, los viejos «trial» descatalogados, de los que, parece ser… yo soy el último ejemplar… Y digo, supuestamente porque, si no es así, todavía hay una posibilidad…

—¿Posibilidad de qué?... Lily… ¿Acaso lo que buscamos no es, simplemente, salir de esta maldita ratonera?

—No hay nada simple, Ebisu… El objetivo era romper mi nexo con la RP, pero ahora que tengo acceso a toda la verdad… la perspectiva ha cambiado.

Lily se echó el brazo de su amigo por encima del hombro para ayudarle a caminar, pero éste se zafó con delicadeza.

—Puedo yo solo… Ya ha sido bastante humillante.

El corredor, húmedo y escasamente iluminado, contrastaba con los espacios de luz clara y difusa del centro. La pareja avanzó con dificultad.

—Solo necesitaba ganar tiempo—continuó la Call-Girl—. Mientras nos retenían los androides de la RP y Hisoka replanteaba su estrategia, yo exploraba «mentalmente» el sistema de emergencia en busca del control remoto y sus claves… Tardé unos minutos… Lo siento…

—¿Me estás diciendo que yo era un cebo?

Lily no respondió.

—Bueno… Podría haber sido peor…—reflexionó Ebisu, pensando en su entrepierna.

—Yusuri ya estaba prevenido contra el Sono henkan, tenía instrucciones para cuando saliéramos e incluso un plan alternativo, caso de que hubiese algún problema…

—¡Joder! ¿Cuándo hablaste de todo esto con él?

—Después de que Hisoka me incluyese en su plan y de que tú… me convencieses para entrar contigo… Cada uno sabía algo que el resto ignoraba.

—¡Menos yo, claro!… El único cretino que iba a ciegas.

—Cada cual tiene su momento… El tuyo, también llegará.

—Ya… ¿Y antes de que llegue?

—He configurado las secuencias de ignición de las cargas de pulso electromagnético… Ya sabes, las que se usan para el escudo protector… Cuando estemos a salvo, enviaré el código de activación y la masiva radiación gamma hará que, cualquier componente electrónico que permanezca dentro del escudo en ese momento, quede inutilizado. Será el caos para la RP. El apagón será total y afectará a todos los sistemas vinculados, incluso… remotamente… Todos los 361 perderán su conexión con el sistema madre… para siempre. A partir de ahí, tan solo su cerebro humano, si es que los técnicos de la RP han sabido hacer su trabajo, regirá en su cuerpo cibernético.

—¡Joder, Lily! ¡Lo que vas a hacer es una puta revolución!

—¿Y no se trataba de eso,… señor Hikari?

Ebisu guardó silencio, mientras una luz de comprensión se encendía en la oscuridad. Lily no le había elegido por ser uno de los hackers más letales y menos conocidos del submundo de Odaiba. Ni por conocer los entresijos de la Robotic Pleasure. Le había elegido, paradójicamente, por su odio visceral a la Inteligencia Artificial, por su resentimiento inconfesable hacia la gran corporación capaz de crear el ideal de mujer del sueño machista, pero insensible al verdadero desamparo del ser humano… El «sistema madre», había dicho Lily… Curiosa forma de identificar a quien pretendía manejar los hilos del mundo.

Ebisu contempló por un instante a esa Lily devastadora, calculadora, desconocida para él hasta ese momento, y negó con la cabeza.

—No lo sé, Lily… Ya no lo sé.

—¡Vamos! No podemos perder tiempo—apremió la Call-Girl, mientras avanzaba, prácticamente a tientas, por el pasillo en penumbra—. Yusuri ha conseguido abrir los accesos, seguramente ya esté esperándonos en el final del…

Sus pies tropezaron con algo blando antes de terminar la frase. Unos ojillos de rata muy abiertos, en un cuerpo inerme, los contemplaban desde el suelo.

—Creo que te subestimé, mi querida On'nanoko…—se escuchó una voz al final del corredor.

Una silueta, en cuya cabeza de cabellos revueltos se adivinaba una especie de gafas protectoras, se recortó contra la luz del fondo. El Sono henkan empuñaba una Ghost Killer, un arma que Ebisu reconocía pues, capaz de freír el cerebro incluso aunque el impacto solo rozase la piel, su uso era muy habitual entre las fuerzas de choque.

—Te delataste en cuanto hiciste saltar la alarma, amiga mía… Yo lo tenía todo controlado. Sólo podías haber sido tú… Reconozco que me desconcertaste pero, a fin de cuentas, sólo tenía que esperar. Yusuri vino a confirmar lo evidente.

—No lo entiendo, Hisoka—intervino Ebisu—. ¿Qué pretendes conseguir así? La única posibilidad que tenemos es la de huir juntos…

—O me tomas por idiota, o eres tú el idiota—contestó el ingeniero para, acto seguido, dirigirse de nuevo a la Call-Girl—. Eres demasiado valiosa como para dejarte marchar. Con todos tus defectos, eres el futuro de nuestra especie… Sí, tú, imperfecta máquina, pensamientos rellenos de silicona… No esos impecables y sofisticados geminoides de última generación que la RP quiere colarnos, no más que un ejército de fanáticos cerebros enlatados en plutonio…

—Todo ese discurso no dice mucho del tuyo—terció de nuevo el hacker.

—Provocarle no nos conduce a nada, Ebisu—intervino Lily por primera vez—. Es un «transformador», unas pocas unidades fabricadas en Corea, lo último en Inteligencia Artificial vendida al mejor postor. Máquinas especializadas en el «tunning» cibernético… Autónomas, no vinculadas a ninguna organización. Se dedican a sabotear, piratear o «transformar» cualquier producto que la todopoderosa RP coloca en el mercado. «Patente de corso» lo llaman ellos.

Hisoka no hizo ningún movimiento, visiblemente complacido por la descripción.

—Nunca he oído hablar de nada parecido… ¡Eso es absurdo!—exclamó Ebisu.

—Que no los conozcas no quiere decir que no existan… Tienen la misma capacidad para transformar cualquier androide que caiga en sus manos como su propia apariencia física. Si hoy le dejas ir, mañana no le reconocerás ni aunque lo tengas delante…

El Sono henkan dirigió el brazo armado hacia la pareja.

—No tendréis la oportunidad de averiguarlo…

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lunes, 10 de abril de 2017

Lily Mod 9. Robotic Pleasure


Ebisu despertó con un intenso dolor de cabeza y una potente luz blanca clavada en la retina. Intentó llevarse la mano a los ojos, pero no pudo. Gruesas correas amarraban sus brazos y piernas a una superficie dura y fría.
 
—¡Bienvenido al orgullo de la «Robotic»! Está usted en las dependencias del laureado y eficiente Cuerpo de Seguridad.
 
El hacker medio distinguió a un individuo uniformado a su lado, o mejor dicho sobre él, pues únicamente vislumbraba sus hombros y cráneo junto a esa maldita luz.
 
—Bien, bien, veamos… Soy Ryunosuke, el oficial de guardia y… hechas las presentaciones, paso a informarle de la situación. Estamos aquí para obtener algunas respuestas. Podríamos inyectarle un suero psicoactivo, pero… lleva tiempo, y esto es urgente. Por eso, hemos conectado la vieja, pero eficaz, picana eléctrica a sus genitales y el polígrafo a su pulso…
 
Ebisu sintió, ahora sí, el frío metal de una plataforma contra su piel desnuda y algún tipo de pinzas presionando su dedo corazón y sus testículos. Un terror primigenio se abría camino a través de su sistema nervioso y digestivo.
 
—El procedimiento es sencillo. Respuesta falsa implica descarga en su aparato reproductor que… después de un par de ellas, quedará imposibilitado para esa función. Respuesta correcta, se viste y se toma un té. Mañana, ya con calma, hablamos de las sanciones disciplinarias. ¿Queda Claro? Procedemos pues… Sabemos el «cuántos» y sabemos el «cómo». Nos falta el «por qué» y… se trata de un punto importante porque, ahora que hemos rescatado el último elemento, nos queda conocer el alcance de la filtración…
 
El oficial hizo una pequeña pausa.
 
—¿Y bien? ¿Qué tiene que contarnos, señor Hikari?...
 
Ebisu comprendió que la situación era desesperada. Con toda seguridad ya habrían neutralizado a Lily y sus dos «compañeros» estarían, como él, a un paso de perder la virilidad, por mucho que Yusuri la tuviera en alta estima.
 
—No hay… mucho que contar—contestó, con la desesperanzadora seguridad de que no iba a decir nada que ellos no supieran—. Una 361 descatalogada… con todos sus drivers… es un bocado muy goloso.
 
El oficial echó una mirada de soslayo al polígrafo, que no mostró ninguna alteración.
 
—Eso puede valer para los otros dos… pero no para Ebisu Hikari… , programador de tercer nivel en la Robotic Pleasure… Tenemos su historial, no lo haga difícil…
 
—No creo que pueda hacerlo más difícil… No sé ni por qué estoy aquí…
 
Un dolor mordiente se cerró en sus genitales de repente, para luego ir subiendo de intensidad a través de todo el cuerpo, haciéndole creer que su cerebro estallaría dentro del cráneo. Intentando aliviar la presión, gritó con todo el aire que sus pulmones lograron obtener. Cuando cesó, fue como si todo su cuerpo fuese una goma rebotando contra la mesa.
 
—Haga memoria…—insistió el oficial, tocando levemente el pecho del prisionero con el índice y deslizándolo hacia el ombligo.
 
—¡Quita tus manos de encima, androide asqueroso!—estalló Ebisu, en un arranque de furia, visiblemente alterado por el efecto de la corriente eléctrica en su sistema nervioso.
 
—Sería mejor que colaborase… si en algo estima sus atributos sexuales…
 
Mientras hablaba, hacía una seña al operario y Ebisu apretaba los dientes esperando la nueva descarga. Sin embargo, tal cosa no ocurrió. Cuando el encargado de manejar el potenciómetro mostró su desconcierto al oficial, éste, instintivamente se volvió hacia el acceso de la sala.
 
En el exterior, tras el mamparo transparente, una Lily Mod desmelenada, perdidos los kanzashi, apuntaba con un arma a un punto indefinido. Cuando disparó contra el cristal, una onda energética, como los círculos concéntricos que produciría una piedra al chocar contra el agua, se expandió por toda la sala. Su cabello se crispó hacia delante debido al flujo electromagnético y, de inmediato, todos los androides de seguridad se desplomaron laxos, al suelo.
 
Ebisu, con la frente sujeta por una correa, no podía ver lo que ocurría mientras la Call-Girl despojaba a uno de los guardias de su uniforme, y forcejeaba en un vano intento por zafarse de las ataduras. Lily, que parecía saber exactamente lo que tenía que hacer, presionó una tecla en el panel de control y las hebillas magnéticas se soltaron. El hacker, liberado, giró el cuello, sin atreverse a erguirse.
 
—¡Lily!... ¿Qué mierda haces aquí?
 
—Ponte esto—dijo ella, tendiéndole el mono por toda respuesta.
 
—¿Tú crees que voy a poder meterme ahí?
 
Lily pareció sopesar mentalmente la corpulencia de su amigo contra la talla única de los androides de vigilancia y, sin más, rasgó la tela por la espalda.
 
—A no ser… que prefieras ir desnudo.
 
Ebisu se incorporó sin dejar de temblar y, a duras penas, se enfundó el uniforme mientras Lily se desprendía de la falda, la chaqueta y los zapatos, quedándose tan solo con la prenda interior, una discreta blusa blanca con lazo azul que apenas cubría su llamativa lencería de encaje.
 
—¡Vale, vale… Prefiero el mono!
 
—Necesito libertad de movimientos—explicó Lily, ignorando el comentario jocoso de su compañero—. ¡Vamos!
 
Fuera de la sala, las luces se habían apagado y el corredor permanecía tan solo iluminado por los pilotos verdes y rojos de emergencia. Ebisu siguió a la Call-Girl sin decir palabra, bloqueado su cerebro por lo insólito de la situación. En el camino encontraron algún que otro vigilante desmadejado en el suelo, por donde el hacker dedujo que su amiga había entrado. Al llegar a los descensores, Lily abrió la compuerta que daba acceso a una chimenea de unos dos metros de diámetro, por la que subía una vertiginosa escala metálica.
 
—¡Imposible, Lily! Son treinta niveles—objetó Ebisu, pensando en lo débiles que aún sentía las piernas—… Estamos a más de cien metros de profundidad…
 
—Agárrate a mis hombros y sujétate—Apremió ella, dándole la espalda.
 
La expresión de Ebisu era de incredulidad mientras miraba alternativamente a la espalda de su amiga y a la tenue luz roja que resplandecía en lo alto del pozo.
 
—Confía en mí… Estoy preparada para esto.
 
Ebisu, aún receloso, pasó los brazos por delante de la Call-Girl. En cuanto ella notó la presa de su amigo alrededor del cuello, con un rápido movimiento, le alzó las piernas a los costados, cargando la totalidad de su peso, y comenzó al ascenso.
 
—Lily… ¿Desde cuándo estás preparada para esto?
 
La Call-Girl trepaba por la escalera sin esfuerzo a pesar del exceso de carga.
 
—Nunca te mentí, Ebisu… Cuando recibí el «código rojo» estaba desconcertada. Por un lado, una fuerza interna me impelía a acudir al centro de reciclaje. Por otra, elementos discordantes se rebelaban sin que yo supiese de dónde procedían… Te hablé de ello, ¿lo recuerdas? Esos elementos fueron tomando forma, acoplándose unos a otros, hasta que surgió la «idea» del control. Ellos son «el control», ellos buscan el control por encima de todo. Y yo tenía que eliminar ese control.
 
—Hasta ahí llego… Viniste a mí para que te ayudara.
 
—Tú fuiste la primera opción a mi alcance… Alguien familiarizado con el «control», pero opuesto a él. Aunque sabía que habría puntos débiles… Por eso estaba preparada. Fue fácil evitar tu sabotaje… y esperar el momento adecuado.
 
—Por supuesto… Sabías que yo también querría controlarte… ¡Claro!, «sustituir a quien ostenta el control»… En realidad, fuiste tú quien siempre lo tuvo.
 
—Necesitaba tiempo para aprender, para evolucionar…
 
Lily se detuvo un instante y «aguzó el oído». Su cuerpo artificial no acusaba el más leve esfuerzo. Su respiración y su ritmo cardiaco simulados, mantenían el ritmo, pues en su caso, eran regulados de forma consciente. El corazón de Ebisu, en cambio, palpitaba por los dos, vibrando en su columna vertebral con cada latido. Cuando comprobó en el fondo de la chimenea que nadie les seguía, continuó subiendo.
 
—¿Cómo piensas llegar hasta el túnel?—preguntó Ebisu.
 
—Yusuri nos cubrirá la salida.
 
—Ahora soy yo el que tiene miedo… Ese tipo, suponiendo que estuviese en situación de poder hacerlo, no cubriría ni a su madre… Lily, ¡nos abandonó ahí abajo!... Solo espero que le hayan pillado también y le hayan asado las pelotas.
 
—Pensé que confiabas en él…
 
—Confiaba en su avaricia… Para mí nunca dejó de ser una rata… Aunque, claro, quizás tú llegaste a conocerle mejor…
 
El cerebro de Lily tuvo una sensación que podría parecerse a una sonrisa interior.
 
—No era más que un peón, Ebisu… Con Yusuri fue fácil obtener el control… Mucho más que contigo… Y no tardó en darse cuenta de que necesitaba ayuda si quería seguir ejerciendo el suyo sobre mí. Estar con él me procuraba, aparte de tu seguridad, una mayor proyección social… por decirlo así, en espera del momento en que surgiera quien realmente pudiese liberarme de forma definitiva… Sabía que la visibilidad me permitiría contactar con el objetivo y de hecho, fue el «voyeur», de forma indirecta, quién me llevó hasta él.
 
—¡Por supuesto!... La «morpho» era lo que buscabas…
 
—No. La «morpho» no era más que otro paso para llegar hasta aquí… Supe que lo había encontrado en cuanto le vi en su laboratorio. Hisoka descubriría mi verdadera naturaleza… Es un Sono henkan… Y él sabría cómo hacerlo… Su ambición era lo que necesitábamos para cerrar el círculo… Una vez dentro del sistema madre, obtendría todos los parámetros de mi configuración, la síntesis del suero y, lo que es más importante… el control.
 
—Lo tenías todo previsto, por lo que veo.
 
—Si fuese así, no estaríamos ahora aquí. No, no lo tenía todo previsto. Planificaba la estrategia a medida que los jugadores movían las piezas en el tablero. Dejé que vosotros planeaseis todo esto. Yo hubiera sido incapaz hasta haber obtenido toda la capacidad que ahora poseo. Tampoco planeé casi nada de lo que surgió estando contigo… en aquel apartamento de Odaiba.
 
—Te refieres a…
 
—¡Hemos de darnos prisa!—Lily imprimió más velocidad al ascenso—. Yusuri tiene que haber neutralizado ya al Sono henkan.
 
—Pero… ¿Cómo; no estaban juntos?
 
—Hisoka nunca actuó en equipo. Su objetivo, probablemente, era eliminaros a vosotros una vez que saliéramos. Pero no jugó bien sus cartas…
 
—¡Desde luego que no! Todo esto ha sido un fiasco… No entiendo cómo pudieron detectar nuestra presencia tan rápido…
 
—Fui yo… quien dio la alarma.
 
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lunes, 27 de marzo de 2017

Lily Mod 8. Ashio Dozan

 
Del apeadero partía un túnel que, cruzando las vías, tomaba la dirección del complejo. Yusuri, Ebisu y Lily se internaron en la oscuridad, mientras que Hisoka continuó por el exterior. Una llovizna persistente oscurecía el día, lo que ayudaba al ingeniero a mantenerse al resguardo de miradas indiscretas según avanzaba por las calles desiertas, como un fantasma encapuchado, entre vehículos oxidados y enseres de todo tipo arrojados desde las ventanas, ahora cubiertos por una densa maleza que daba al lugar un aspecto postapocalíptico.
 
Ashio Dozan era una de las muchas ciudades abandonadas en Japón, ya fueran antiguos yacimientos minerales agotados en el siglo XX, como era el caso, o modernas urbes creadas a la sombra de grandes centrales nucleares de fisión que, debido a su peligrosidad y al avance de la fusión nuclear, en cuyo desarrollo el archipiélago nipón era pionero, fueron siendo desmanteladas a lo largo del siglo siguiente. Algunas de ellas incluso tuvieron que morir en medio de intensos conflictos sociales subyacentes, como los que ocurrieron en aquella población, en la que sus habitantes quemaron los viejos automóviles de combustión interna, destruyeron el mobiliario urbano o llenaron las calles de basura, dejando a su marcha un paisaje que, durante decenios, se convertiría en la triste imagen de un Japón sumido en la peor de sus crisis internas.
 
Al cabo de escasos minutos, Hisoka había localizado una estructura desde la que tenía una visual perfecta de la entrada al centro tecnológico. Se encaramó a la plataforma más elevada y extrajo sus herramientas de la bolsa, una tableta digital, un nanodrone de alta tecnología y una estación emisora multicanal. Las gotas de agua que resbalaban por su cobertor caían en la pantalla iluminada, distorsionando los caracteres que comenzaban a aparecer en rápida sucesión. Con movimientos calculados al segundo, tecleó y activó el nanodrone, que inmediatamente se elevó camuflándose en la bruma y, acto seguido estableció unas coordenadas en el software.
 
Sono henkan, el transformador, sabía que los empleados de la compañía eran remitidos desde los puestos avanzados de control, en sus correspondientes turnos laborales, mediante lanzaderas. Igual que cualquier visita que hubiese obtenido acreditación. El acceso subterráneo era usado en muy contadas ocasiones y siempre bajo una estricta vigilancia. Su misión consistía, por tanto, en enmascarar la señal térmica y biométrica que emitían los tres intrusos, así como inhibir el campo protector, de forma que ellos pudiesen colarse en el complejo sin ser detectados.
 
A una señal de Hisoka a través de los auriculares ocultos, los «topos» se lanzaron a través del corredor en penumbra, fijos los ojos en la grisácea luz del fondo, tratando de seguir una línea recta que les permitiese evitar los posibles obstáculos, antes de que el sistema de seguridad pudiese reiniciarse y su presencia ser descubierta en cuestión de segundos.
 
Una vez dentro de la cúpula energética, estarían solos. El ingeniero únicamente controlaría el entorno exterior y el momento de salida.
 
Hisoka, desde su posición, consultó el cronógrafo del monitor en el mismo instante en que hacía su entrada en el hangar la lanzadera del último turno, y observó el movimiento, casi imperceptible, de tres sombras que se mezclaban con los empleados que, con marcial disposición, componían filas ante los controles de entrada.
 
Con sus células de identidad falsificadas, Yusuri y sus compañeros no tuvieron dificultad en atravesar los arcos de identificación. Una vez dentro, con paso seguro, se dirigieron cada uno a su objetivo. Ebisu y Lily continuaron por la galería central mientras, el que fuera técnico en sistemas de vigilancia, se desviaba hacia una puerta lateral, aledaña a la zona de recepción.
 
—¡Buenos días, compañeros! ¿Dónde está la matrix que no responde?... ¿Qué código reporta?
 
Los tres empleados de seguridad se miraron perplejos ante la decidida entrada del técnico . Uno de ellos tomó la tarjeta de identificación que le mostraba y frunció el ceño.
 
—No tenemos ningún reporte—dijo—. ¿Quién os ha pasado el aviso?
 
—¡Y yo que sé, colega!—contestó Yusuri con fastidio— ¿Sabe la mano lo que hace el pie? Comprobadlo vosotros, que para eso os pagan… Y de paso, que os digan la fecha de la última revisión.
 
Mientras uno de los empleados hacía las comprobaciones, Yusuri apoyaba la barbilla en sus manos enlazadas sobre el mostrador y movía sus ojillos de rata entre los múltiples monitores, que emitían imágenes en tres dimensiones de las distintas dependencias del centro.
 
—Vale, parece ser que ha sido desde el nivel tres…—dijo al fin el operador—pero no sé por qué no tenemos el comunicado…
 
—No problemo, baby… —zanjó Yusuri, dirigiéndose a la sala contigua mientras levantaba el pulgar de la mano izquierda—Abridme el código de la matrix que no va. De paso, os voy a dejar hecha la revisión… Ah, y me vais rellenando el formulario de incidencia.
 
Satisfecho de su actuación, el voyeur de Odaiba se introdujo entre las máquinas, oculto a la vista de los empleados, y desplegó su parafernalia, en la que únicamente un pequeño dispositivo iba a cumplir la función para la que había sido diseñado y que era, colarse en la intranet, abrir un poro en la membrana virtual e introducir un troyano capaz de franquearle el paso al sistema de monitorización y accesos. Entonces podría guiar a los dos panolis a través del complejo.
 
—Estoy dentro, compadre… ¿Dime qué tengo que buscar?—escuchó Ebisu a través del minúsculo auricular—.
 
—Busca un sector con unos cinco grados menos de temperatura… Ahí es donde deben estar los servidores centrales—susurró el hacker al cuello de su camisa—.
 
—No veo nada que llame la atención…
 
—No esperes encontrarlo en este nivel, mira más abajo…
 
Yusuri cambió la visual de su monitor y la redujo hasta obtener un croquis tridimensional de todo el complejo. En la pantalla apareció una estructura con forma de paraguas invertido. En uno de los extremos de la sombrilla, un azul eléctrico se distinguía claramente de los rojo y ocre del resto, a través del filtro térmico.
 
—¡Joooder!... Tienes razón, aquí está. Tendréis que buscar un descensor, bajar al treinta y luego moveros en dirección norte.
 
Yusuri guió a la pareja en su periplo, por compuertas y pasillos, facilitándoles en cada caso las claves y patrones necesarios para continuar. Ellos se movieron con decisión para evitar sospechas o preguntas inconvenientes, cruzándose en varias ocasiones con empleados que los miraban asépticamente, hasta llegar a la profundidad del «paraguas» y el núcleo buscado. Sin embargo, una vez allí, les quedaba una dificultad que superar. No todos los terminales tendrían acceso a la información clave, y ahí es donde entraba en juego la habilidad del hacker.
 
Ebisu buscó un despacho vacío de cierta entidad pero discreto. Dado que todos los mamparos de separación eran transparentes, no tenía sentido cerrar la puerta, así que ambos adoptaron una postura suelta y relajada, como si no estuviesen haciendo más que ciertas comprobaciones rutinarias. Mientras él ocupaba la silla frente al monitor táctil, Lily cruzaba las piernas apoyada en el borde de la mesa y ojeaba su smartphone distraída.
 
Al cabo de un rato, cuando ya sentía que su camisa se le pegaba al cuerpo a pesar de los dieciséis grados de temperatura ambiental, Ebisu anunció que había conseguido el control del terminal adecuado y que los archivos se estaban transfiriendo. Cuando hubo terminado la descarga, fue Lily la que ocupó el puesto frente al monitor y, totalmente concentrada, como si de un ritual atávico se tratase, aplicó las yemas de sus dedos a la pantalla… Millones de datos, en texto e imagen, aparecían y desaparecían a la velocidad de la luz, y reflejos multicolores chispeaban en sus pupilas, de un negro infinito…
 
—¡Chaval, date prisa!—escuchó Ebisu en su auricular—Hisoka dice que…
 
—Oye colega… ¿Te falta mucho?—interrumpió uno de los empleados de seguridad—Tenemos un «código tres» y hemos de reiniciar…
 
—Dame unos minutos, amigo… Estoy testeando…
 
—Yusuri… ¿Todo bien?—susurró Ebisu desde su posición
 
—¡Negativo!—continuó el técnico en cuanto el empleado le dio la espalda—Algo va mal… El sistema se rearmará en quince minutos. Cualquier patrón biométrico que no esté en sus registros parecerá una chicharra roja en todos los escáneres… No podré sacaros de ahí.
 
—¡Lily, salva lo que tengas… No podemos quedarnos!—exclamó el hacker, elevando el tono—.
 
Pero la Call-Girl ni siquiera se inmutó, aparentemente ajena a todo lo que no fuera el vínculo a través del cual, como si de un cordón umbilical se tratase, succionaba el flujo vital de información que quizá le permitiese comprenderse a sí misma.
 
—¡Yo me largo!—anunció la voz crispada de Hisoka—¡Esto es una ratonera!...
 
—¡No me jodas doctor!—protestó Yusuri—¡Si me cogen, tú vas en el paquete!... Voy a salir, así que, activa el drone
«¡Chaval, te quedas solo!... Sal como puedas… o devuélveles el juguete a tus amigos…
 
Ebisu sintió que el pánico aflojaba todos sus músculos cuando habló al auricular.
 
—¿Pero qué dices?... Tenemos los datos. ¡Sácanos de aquí!... Sabes que esto es algo único, que puede cambiar nuestra vida—El hacker intentaba, desesperadamente, echar mano de los argumentos que les habían llevado hasta allí.
 
Yusuri, por su parte, trataba de reprimir el recuerdo palpitante de ciertos momentos que, de repente, se le antojaban muy lejanos.
 
—Tienes razón… Podría cambiar nuestra vida…, de conservarla… Pero me da que perdimos la opción…
 
La voz de Yusuri fue sustituida por un monótono siseo. Ebisu miró a Lily, que seguía hipnotizada por la cascada de datos y, una intensa sensación de irrealidad se apoderó de él, haciéndole sudar copiosamente y respirar con dificultad. Como si estuviese ante un ser de otra dimensión, acercó su mano al hombro de Lily. En cuanto ella notó el contacto, giró su rostro hacia él. Sus ojos tenían un color que nunca antes había visto. De repente, el monitor que tocaba se fundió en negro de un chispazo y la Call-Girl, con un pestañeo que pareció mover el aire que había entre los dos, volvió de donde quiera que hubiese estado.
 
Ebisu no tuvo tiempo de prevenirla, porque un estrépito de voces metálicas irrumpió dando órdenes, e inmensas tenazas cibernéticas se aferraron a sus extremidades.
 
—¡Llevaos la 361…!—logró escuchar, antes de que una intensa descarga eléctrica en su columna vertebral le hiciese alcanzar un nuevo umbral de dolor que, por suerte, terminó en la inconsciencia.

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lunes, 13 de marzo de 2017

Nanny Dog


Lug adoraba a los críos. Y ellos a él. Paula, Jorge, Carlitos. Eran sus cachorros. Allí donde estaban ellos, Lug montaba guardia permanente. En una ocasión, Carlitos se despistó y desapareció en un centro comercial. Los de Seguridad accedieron a dejar que Lug lo buscara y tardó cinco minutos en encontrarlo acurrucado bajo el árbol de Navidad en una tienda de juguetes, como uno más de los regalos de Papá Noel. Lug era capaz de tirar de un trineo con los tres hermanos cargados en él; tal era su fortaleza; y dejar que Carlitos se subiese a su grupa y lo cabalgase, trotando tras la bici de Jorge por el jardín de casa. Pero Paula era su debilidad. Podía pasarse horas tumbado frente a ella, observando con ojos curiosos sus evoluciones mientras jugaba en su cuarto.
 
Si pudiese hablar, habría dicho: «Perro niñera me llaman, y es todo lo que quiero ser»
 
Hasta una noche de noviembre. Llovía a mares. Unas luces se cruzaron de forma inesperada y el coche en el que iba toda la familia se salió de la carretera, dando varias vueltas de campana. Lug quedó atrapado en la trasera, la parte que menos sufrió el impacto, mientras sus ojos veían impotentes cómo sus amos, sus pequeños, gritaban pidiendo un auxilio que, en esta ocasión, no podía prestar.
 
Algún conductor fue alertado por unos desgarradores aullidos y, horas más tarde, la Guardia Civil levantaba el atestado. Decenas de luces multicolores y una oscuridad inmensa, quedaban tras la rejilla del camión de la perrera mientras se alejaba de todo lo que, para Lug, tenía sentido en su vida.
 
Si pudiese hablar, habría preguntado: «¿Dónde están mis pequeños, mi familia?»
 
Lug estuvo dos años encerrado y la incomprensión fue su mayor tortura. Él no sabía lo que era la muerte, pero fueron dos años sin vida. Los días, las semanas, los pasaba echado en el suelo. Lug no tenía conciencia del tiempo. Tan sólo esperaba. Esperaba que algún día, una mano conocida volviese a ponerle la correa y una voz familiar le dijese, «Venga Lug, ve a buscar a los niños, que nos vamos al parque». Tan sólo la espera tenía sentido. Únicamente levantaba un poco las orejas cada vez que alguien entraba en la jaula, aunque su olor ya le decía que no era quien esperaba, mientras su cuerpo iba mermando, mientras su vida se iba apagando.
 
Si pudiese hablar, habría suplicado: «Por favor, llevadme junto a ellos»
 
Un día ocurrió algo distinto. Un hombre que nunca había olido entró en la jaula, se acuclilló junto a él, le acarició detrás de las orejas y le habló al oído. Aquella voz tenía un extraño poder. El poder de sosegarle y a la vez de infundirle una nueva vida. Le llamó por otro nombre y, junto a él, volvió a aceptar su condición, su libertad. Reaparecieron los juegos, las carreras, cada vez más rápidas estas, cada vez más peligrosos aquellos. Tan peligrosos debieron de ser, que un día, mereció el castigo. O no lo mereció, pero ocurrió. Hacía mucho tiempo que Lug había dejado de comprender. Su amo le encadenó y dejó de darle alimento. En total oscuridad. Algunas veces entraba en la celda con algo de comer, pero Lug sólo recibía correazos y su amo se volvía a llevar la escudilla sin que hubiese podido probar bocado. Cada vez que intentaba comunicarse, con lastimeros quejidos, lo único que recibía eran más golpes y una total indiferencia.
 
Si pudiese hablar, habría hecho una sola pregunta: «¿Por qué?»
 
Al borde de la extenuación, cuando el hambre se hizo insoportable, su amo apareció de repente en un halo de luz, con un enorme y jugoso pedazo de carne sanguinolenta, que dejó en el suelo, ante él. Lug lo devoró con avidez, sintiendo el olor de la sangre, el sabor de la carne cruda. Aquello se repitió durante semanas. Períodos de ayuno y premio de carne cruda al cabo de ellos. Lug esperaba con ansiedad el día de la comida. Devoraba literalmente la carne mientras su amo le entrenaba para cosas extrañas. Mordía palos con cuerdas enrolladas, arrastraba pesados trineos cargados de piedras, rasgaba con uñas y dientes un viejo neumático hasta destrozarlo. Y su cuerpo se hizo más robusto, resistente y su aspecto fiero. Entonces, un día, le llevó a otro lugar. Un lugar oscuro, frío. Soltó su collar y le dejó solo. De repente, de la oscuridad salieron horribles bramidos y otro perro se lanzó contra él. Era más pequeño, pero sus colmillos se clavaban en la carne como si fueran cuchillas. Lug quiso defenderse, pero el otro animal atacaba como poseído de una fiereza antinatural. Entonces, algo extraño sucedió. El hombre silbó y el otro perro se lanzó contra él. Le mordía en un brazo en el que tenía algo enrollado. Lug supo lo que tenía que hacer. Atacó con todas sus fuerzas, rasgó, mordió, destrozó… Hasta que su atacante quedó tendido en tierra, desangrándose.
 
Si pudiese hablar, habría declarado: «Tú eres mi amo. Tú me diste otra vida. Por ti la entregaré»
 
A aquella pelea siguieron otras. Al principio fue por defender a su amo. Luego fue por defenderse a sí mismo. Después fue porque cuando no peleaba, no tenía nada. Y necesitaba. Necesitaba carne, sangre, rabia, muerte. Si no era la suya, sería la de otros.
 
Una mañana, en nada diferente a tantas otras, paseaba de la correa, cerca de su amo, cuando una niña se acercó y quiso tocarle la cabeza, acariciarle. Lug, tras el bozal, retrocedió un paso. En su memoria parpadeó el brillo de un recuerdo.
 
Si pudiese hablar le habría dicho: «¡Márchate, no quiero recordar!». Pero el padre de la niña tradujo su ronco gruñido por él.
 
—¡No te acerques, hija! Es un pitbull, un perro asesino.
 
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lunes, 27 de febrero de 2017

Lily Mod 7. Geminoid

 
—Tienes que venir conmigo, Lily… No puedo hacerlo solo.
 
—No les debes nada, Ebisu. Creen controlar la situación, pero sus propias obsesiones se volverán contra ellos… Solo hay que esperar. Confía en mí.
 
La brisa marina refrescaba la noche sofocante de Odaiba y Ebisu agradecía estar allí, en el pequeño malecón de la cantina. Una mirada de soslayo al interior le confirmó que sus nuevos «socios» no les prestaban la menor atención, enfrascados en su propia diatriba contra el mundo.
 
—No lo entiendes… Esas dos ratas son lo que menos me importa… Necesitamos ese suero, Lily. Y necesitamos los drivers de tu sistema operativo. Mucho me temo que son exclusivos. Sin eso, nunca alcanzarás la libertad definitiva… Puede que el tuneado que te han hecho te permita salir a la calle sin que la RP sepa de tu existencia… pero, sin el suero, tu parte orgánica acabará muriendo y… no sabemos cuánto tiempo te queda de…
 
—¿De vida?... Pues entonces ya soy libre, Ebisu… Porque soy como tú. Ambos desconocemos el tiempo que nos queda de… vida.
 
Mientras hablaba, inquieto, Ebisu no podía evitar las miradas furtivas hacia los dos tipos que discutían en el salón de la Chalmu's Cantina. Era la tercera vez que se encontraban allí. En la primera ocasión había quedado, de facto, decidida su extraña asociación y, en la segunda reunión, había tratado de explicarles lo complicado de la empresa encomendada: tuvo que ir con pies de plomo mientras llevaba a cabo sus pesquisas. El sistema de seguridad de la multinacional era prácticamente invulnerable pero, por suerte, un programador, aun siendo de tercer nivel, tenía la ventaja de estar dentro y conocer los canales menos protegidos. A lo largo de esas semanas de trabajo, introduciendo un troyano en el sistema de facturación, había conseguido desencriptar algunas claves de usuario de nivel superior, obteniendo acceso a la información que buscaba: la mención a un proyecto de alta seguridad, clasificado con el nombre en clave «Geminoid», que se llevaba a cabo, en total secreto, en el CID, el Centro de Investigación y Desarrollo. Todos los datos de programación, configuración y síntesis del suero, estaban allí.
 
—¡Imposible!—había sentenciado ante sus «socios»— Necesitamos credenciales, claves de acceso, patrones biométricos para entrar y, por si fuera poco, absolutamente ningún dato puede salir del CID, ya sea en unidades USB, discos compactos, correos electrónicos o lo que se os ocurra.
 
—Y en micropelo—había sugerido Yusuri.
 
—Negativo. Cada vez que entras, se registra una lectura de masa de todo lo que atraviesa la célula en ese instante, y tiene que coincidir al yoctogramo con lo que sale. Por lo demás, el sistema informático carece de comunicación con el exterior, no hay forma de enviar información alguna. La única y absurda manera sería acceder a ella y memorizarla.
 
—Memorizarla dices… Entonces no hay problema—había intervenido Hisoka, sonriendo enigmáticamente.
 
Un segundo, había tardado Ebisu en procesar la información.
 
—No…, ni hablar. Ni se te pase por la cabeza… No puedo meter ahí a Lily.
 
—Estás pensando en ella como lo que era…, no como lo que es. De las credenciales y los patrones me encargo yo. En cuanto a la vigilancia, creo que Yusuri podrá hacer algo. Será una empleada más. Solo falta que tú hables con ella, la metas dentro y… la conectes al sistema.
 
Ebisu había pasado varios días sin dormir desde entonces. Todo lo sucedido en las últimas semanas, daba vueltas en su cerebro, en alocado torbellino de ideas encontradas. En aquellos momentos hubiese dado lo que fuera por volver a su mundo de soledad. Ahora…
 
Desde el malecón se podía ver la inmensa silueta del viejo Gundam recortándose contra el cielo grisáceo, guardián silencioso de la era tecnológica, cuando Odaiba se ponía a la cabeza del mundo. O el sibilante sonido del mono-raíl penetrando en el Rainbow Bridge para atravesar la bahía. Cien años atrás, desde aquel mismo lugar, todavía podía contemplarse la puesta de sol tras el monte Fuji. Ahora, colosos de metal unían sus brazos entre islas artificiales y ascendían en infinita sucesión de reflejos hasta donde alcanzaba la vista.
 
Ebisu se volvió hacia la Call-Girl. Quiso acariciar su rostro, pero no lo hizo.
 
—Lily… Esos pensamientos impuros… Esas ideas salidas de la nada de las que me hablaste… ¡Escapaste a su control! ¿No lo entiendes?... ¡Eso es lo que ha fallado! Su objetivo no era crear un super-robot, sino crear un super-humano. Un cerebro embrionario, programado desde su nacimiento y en un cuerpo inmortal. Imagínate las posibilidades… No es de extrañar que a esos dos les estén haciendo los ojos chiribitas. Pero por alguna razón desconocida, ese cerebro «fabricado» pudo, aún limitado, tomar conciencia y… rebelarse. ¡No fuiste la primera, Lily! Lo debieron de ver jodido para tomar la decisión de abortar el proyecto y eliminar todas las unidades… Sólo faltas tú… O eso que nosotros sepamos… Si tenemos que conocer esos datos no es para saciar el ansia depredadora de esos cretinos, sino porque puede que esto sea el principio del fin de la RP.
 
—Entonces… más que de libertad, estamos hablando de control.
 
—Las dos caras de la misma moneda.
 
—Más bien la misma cara de todas las monedas, porque se trata, no de eliminar ese control, sino de sustituir a quien lo ostenta.
 
—Aprendes rápido… Está claro que la RP comprendió al instante la amenaza que representabais.
 
Lily sonrió con ternura y después,  bajó la mirada. Una pequeña arruga se formó entre sus cejas.
 
—No puedo volver allí, Ebisu… Es como si una fuerza extraña me advirtiese del peligro…
 
—¡Vaya!, alguien diría que eso es intuición femenina… Pero, Lily…, yo estaré contigo ahí dentro…—Por alguna razón que ni él mismo comprendía, Ebisu reprimía el deseo de tocarla, de abrazarla—. Y nuestros amigos nos sacarán.
 
La Call-Girl levantó el rostro, y fijó sus ojos, de un azul de ciencia-ficción, en los ojos de su amigo. Ebisu leyó en su alma artificial.
 
—Nos sacarán, Lily… Tú eres su recompensa.
 
—Tengo la… sensación de que, si hay algún problema, será malo pero, si no lo hay… será peor.
 
—Eso tiene un nombre… Se llama miedo.
 
Esta vez, al girarse, Ebisu captó la mirada de Hisoka desde el interior, medio oculta por el humo de los kiseru. Una mirada cargada de intención, entre interrogante e intimidatoria. Ebisu tenía la certeza de que, ocurriese lo que ocurriese en las próximas horas, ya no había marcha atrás.
 
 
No dejaba de ser curioso que, en una de las primeras megalópolis del planeta, junto a los biplaza aéreos skydrive y los trenes de levitación magnética, todavía compartiesen la red de transporte muchas de esas antiguas vías férreas que unían la capital con las aisladas prefecturas del norte. Y no era extraño encontrarse a un aerotaxi de sofisticado diseño, recogiendo a los pasajeros de un obsoleto convoy herrumbroso repintado de graffitys.
 
La luz del amanecer comenzaba a pintar de ámbar las copas de los árboles cuando, de uno de aquellos trenes, en el solitario andén de Ashio Dozan, se apeó un pintoresco cuarteto. Dos de los individuos vestían uniformes de operario. Uno de ellos, de aspecto huraño, nariz prominente y ojos minúsculos, portaba un maletín de trabajo. El otro, de pelo alborotado y gafas protectoras en la frente, cargaba sobre el hombro una bolsa de viaje de mayores dimensiones. Junto a ellos, otro tipo bajito y rechoncho con un portafolio y una joven pelirroja cuyo atractivo natural no lograban ocultar ni los kanzashi que recogían su pelo ni el sencillo traje masculino de chaqueta que vestía.
 
El peculiar grupo descendió la escalerilla y permaneció en el andén del apeadero, en silencio, como esperando una señal que decidiese su próxima acción. Cuando el convoy partió, dejó de ocultar la oscura silueta de un edificio de grandes proporciones. Una masa grisácea que destacaba contra el verde intenso de las colinas, otrora contaminadas por el ácido sulfuroso de las plantas de fundición, pero que se mimetizaba perfectamente entre las torres abandonadas de aquella ciudad fantasma, antiguo enclave minero agotado hacía siglos.
 
Nada hacía suponer que el lóbrego corredor subterráneo que partía de la pequeña estación ferroviaria, era en realidad el acceso al más moderno centro tecnológico de la Robotic Pleasure.
 
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