lunes, 19 de junio de 2017

Mala fama 4. La Rosa Negra


Así la conocían, por la hermosa flor de aterciopelados pétalos que llevaba tatuada entre los omóplatos, con un tallo serpenteante, tachonado de espinas, dibujando su columna vertebral. Aunque supe su nombre verdadero, me referiré a ella como Rosa, en respeto a un anonimato que siempre se encargó de proteger. Este relato no es más que un retazo de su historia. El que compartió conmigo.
 
Yo pateaba Las ramblas sin mucha fortuna cuando me abordó.
 
—¿Cuál es tu límite?—me soltó a bocajarro.
 
—Que no lo hago con mujeres—le contesté.
 
Ella rió con ganas, mostrando una dentadura perfecta. Era elegante y atractiva, de las que no pasan desapercibidas y yo andaba canina de putear sin resultado, así que acepté acompañarla.
 
Se alojaba en el Palauet, uno de los mejores hoteles de Barcelona y ocupaba la suite Tibidabo. Allí nos esperaba un joven no menos atractivo, que se presentó cordialmente y me ofreció una copa de champagne. La sesión duró un par de horas. La mujer se echó en un diván y me pidió que actuase como si no estuviese allí. Aquello parecía el casting para una película «porno», así me creí en la obligación de avisar que, bondage, anal o cualquier otro servicio especial no estaba incluido en el presupuesto. Como ella dijera que actuase con total libertad, pues no había problema de dinero, traté de ofrecer lo mejor de mi repertorio. Cuando terminamos, la mujer despidió al joven, me ofreció una ducha relajante, me pagó y me invitó a cenar. Todo aquello resultaba, cuando menos, extraño, pero algo misterioso que emanaba de su personalidad me hacía confiar y dejarme agasajar.
 
La noche terminó así. Yo me había quedado con la idea de una pareja extraña y con dinero que buscaba otros estímulos hasta que, una semana más tarde, volví a verla.
 
Rosa no se alojaba en el Palauet, sino que vivía allí. Alquilaba la suite más cara del hotel por meses. Siempre el mejor hotel de la ciudad donde estuviese. Nunca la misma ciudad por más de un año, como si estuviese huyendo de algo o de alguien. Por lo que supe después, Rosa era una escort de alto standing, que contaba a sus «acompañantes» entre las altas esferas, tanto de la política como de los negocios… De todo tipo de negocios.
 
—¿Por qué te dedicas a esto?—Me preguntó mientras despachábamos un suculento desayuno americano en la terracita de su suite.
 
Al principio la pregunta me cogió por sorpresa, pero recordé el episodio del Moule Rouge y todas las peripecias que me habían llevado hasta Barcelona.
 
—Es como si hubiera hecho un curso de paracaidismo—contesté—. El primer salto lo hice con un tío pegado al culo; para el segundo, me lanzaron al vacío y me dijeron «abre bien las piernas y relájate»… No dicen que el hábito hace al monje… Pues yo, ahora, prefiero el cielo al suelo.
 
C’est parfait… Ahora yo te ofrezco dos opciones: volver a tu caída libre o aprender a volar en serio.
 
Como viera mi enorme sonrisa a lo diva del celuloide, atajó:
 
—No te confundas «Pretty Woman», que la fama cuesta… y aquí es donde empiezas a pagar.
 
—Eso me suena.
 
Después del intercambio de frases ocurrentes, quise saber el verdadero motivo de mi presencia en aquella suite. La Rosa Negra me dijo que necesitaba una partenaire y, después de explicarme el significado de tal palabra, me contó que había recorrido Las Ramblas durante varios días pues, aunque buscaba a alguien del oficio, eran necesarios importantes requisitos previos. Yo fui la elegida, pasé la prueba práctica y, al fin, la entrevista personal.
 
Después vinieron meses duros. Clases de idiomas, de modales, de artes y letras, culto al cuerpo y, sobre todo, ejercicio dialéctico. Tal como ella decía, se trataba de tallar en brillante el diamante en bruto. El «bruto», más que diamante, era yo. Pero las ganas de aprender y cierta predisposición natural, aunque esté mal que yo lo diga, hicieron el milagro.
 
Un año después de las teóricas, comenzamos la práctica. No imaginaba que aquel mundo fuese así, pero aquellas damas añadían varios ceros a mi nómica en la calle. Comenzó por introducirme en sociedad, acudiendo a fiestas y eventos organizados por sus clientes, una cuidada selección de prohombres y personalidades de todos los ámbitos. He de decir que, el sexo, la mayoría de veces, era algo excepcional, limitándose nuestro servicio a actos sociales en los que, el saber estar, era pilar fundamental. Y en ello no influía tanto la estricta labor de formación, cuyo efecto se dejaba sentir más bien en el poso dejado, como la práctica de las habilidades sociales: sonreír con picardía y llevar el hilo de una conversación sin llegar a decir nada; crear un efecto mariposa con un solo cruce de piernas; conocer expresiones en un idioma exótico, siempre diferente a los que pueda dominar el cliente; y, por supuesto, ser un excelente perchero, tanto de modelitos exclusivos como de fina lencería.
 
Entonces quizá se hagan la pregunta de por qué no son las esposas de tales hombres, que a buen seguro disponen de las dotes adecuadas, las que ejercen este papel. La respuesta es que, independientemente de los motivos particulares, quedaría un poco mal que los tipos ofrecieran a sus propias mujeres, por mucho que a algunos no les importase, como mercancía de uso y disfrute a sus amigos y socios, una de las principales funciones de las escort. Doble función por tanto, como en el circo, mujer florero y mujer regalo. Y era en esos casos cuando sí que había sexo, y del fuerte.
 
Mi noche de estreno fue cuando acudimos a una reunión de negocios a puerta cerrada con uno de sus habituales clientes, un empresario con importantes intereses en el sudeste asiático. En este caso, el socio en cuestión, es decir, el funcionario a sobornar, era un diplomático de cierto país con muy buena mano entre las autoridades locales. Nuestro cliente, aprovechando la oportunidad que se le presentaba, no dudó en ofrecer a su nuevo amigo un «dos por uno» y le dijo algo que no entendí mientras le guiñaba un ojo:«Cortesía de la casa, subirán a su habitación una botella de cava y dos impresionantes burbujas»
 
La actuación a la carta comenzó con un dueto femenino y continuó en concierto para piano y orquesta, aunque al final se transformó en un solo de trompeta para el que ambas nos esmeramos en sacar un buen acorde al instrumento de viento. Sin embargo, fue la primera parte del número la que me causó cierta… desazón. Nunca había tenido sexo con otra mujer y menos de cara a la galería, aunque para los hombres tuviese un morbo increíble.
 
—Vamos a ensayar un poco —me dijo en cierta ocasión, consciente de mis reparos—, porque en esto, hay que ser más actriz que puta…
 
Yo entonces no lo sabía, pero incluso en el arte escénico, la diferencia entre fingir y sentir, marcaba la pauta. Ella sí lo sabía.
 
—… Y si te corres, se volverán locos—añadió.
 
Aquella calurosa noche de agosto, bajo el dosel de una cama con pedigrí, la rosa negra enroscó su tallo de espinas en mi cintura, embriagó mis sentidos con el aroma de flor madura y libó el néctar que mi cuerpo derramó, rompiendo el cáliz de la cordura. No hubo besos, pero hubo risas y locura. Lo justo, eso sí, que entre bastidores, no había que simular ardores y los gemidos de pasión, quedaban para cuando se alzase el telón.
 
Aquella escena se repitió mil veces, aunque siempre en público, nunca más en privado, canción de autor de un repertorio creado para el escenario.
 
Es curioso, como cambia la perspectiva dependiendo del lugar desde donde mires. ¿No dicen que a nadie le amarga un dulce? Pues ella tenía miel en los labios y embadurnaba mi deseo hasta hacerlo desbordar en torrente de aguas vivas.
 
Fueron meses extraños, de días impuros en el cielo raso y noches inmaculadas en el infierno enmoquetado. Ni en la calle Desengaño ni en la aventura con el Moule Rouge, había ejercido el oficio de aquella manera. Éramos el tándem perfecto. Nos codeábamos con gente importante, hablábamos su idioma y les quitábamos los calzoncillos. Aunque a sus ojos no dejáramos de ser putas, con los consiguientes riesgos físicos y humillaciones, juntas nos protegíamos mutuamente. No faltaba la ocasión en que una recibía un cachete demasiado fuerte, tal que daba con sus costillas en el suelo y la otra entregaba un florero, que estallaba en pedazos contra el cráneo del destinatario.
 
Un día, sin embargo, acudimos a una cita en la que nadie se presentó. Una excusa telefónica y un «no os preocupéis, os pagaré el servicio». Teníamos la llave de una habitación, una camarera repleta de exquisitos manjares y toda la noche pagada. Comimos sobre la cama, bebimos entre las burbujas del jacuzzi y bailamos en ropa interior, asomadas al balcón.
 
No sé si fueron los efectos del Dry Martini o de la cálida noche barcelonesa, pero acabamos desnudas entre las sábanas de seda, unidos nuestros labios en un beso. El primer beso. Tan distinto de aquellos otros mil con los que mutuamente barnizábamos nuestra piel ante hombres sedientos de lujuria, con los que ocultábamos nuestra intimidad bajo una pátina de lascivia. El primer beso de los mil que siguieron en busca de un rincón inexplorado, de la preciosa gema del éxtasis. Y cuando la hallamos, caímos rendidas por el gozoso esfuerzo, enlazados nuestros cuerpos en un sueño profundo, ajeno a la prosaica realidad.
 
Cuando desperté, el día se había llevado la magia y con ella a la Rosa Negra. Tan solo quedaba una habitación desordenada y, junto a la botella vacía de Absolut, un sobre con dinero y una nota, en la que se leía: «Última lección: Nunca dejes que el vodka nuble tu razón»
 
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lunes, 5 de junio de 2017

El tótem


Las profundas cavernas naturales son el último reducto de vida, el único lugar donde se puede sobrevivir a las radiaciones solares, que queman la superficie del planeta. De sus lagos subterráneos se obtiene el agua que aún queda y, en sus simas abiertas al cielo, la luz permite la fotosíntesis de la escasa vida vegetal que, a su vez, mantiene la precaria cadena alimenticia.

Sin embargo, durante un corto período del ciclo solar, extrañas nubes de gases cubren el cielo, como si de una multicolor y densa aurora boreal se tratase, y violentos fenómenos eléctricos tienen lugar. Entonces, las pocas tribus de bípedos que han logrado adaptarse a la extrema climatología, salen de sus cuevas y comienzan una masiva peregrinación hacia El Santuario.

El lugar se halla en un valle, hace siglos cubierto de inmensas construcciones donde los humanos habitaban. En medio de todas ellas y en una zona despejada, se eleva el Tótem, altivo, desafiante, muy por encima del resto de estructuras. Un enorme cilindro de varios metros de diámetro que se engrosa en su parte superior, en un cúmulo de nódulos informes que sobresalen a varias alturas, por encima de lo que parece una gran rueda que lo circunde, como si fuera una cabeza gigante con múltiples orejas que escuchasen el silencio del infinito.

Los miles de seres que van llegando de todas partes ocupan el espacio alrededor del tótem, mientras rutilantes rayos quiebran el cielo multicolor. Un murmullo comienza a extenderse entre los cuerpos prosternados. Voces de un antiguo lenguaje que se elevan poco a poco en un cántico monótono, junto a brazos que alaban la imperturbable presencia del tótem.

—¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!

Voces que piden una señal de que vale la pena seguir penando en un mundo inhóspito, de que vale la pena seguir manteniendo ancestrales costumbres que perpetúen la raza, en la esperanza de que aquellos que se fueron, algún día vuelvan a por los que se quedaron, tal como cuentan los mitos, las leyendas de un pasado borroso.

Y cuentan los viejos que alguna vez ocurrió el milagro, y el tótem se pronunció, cuando el cielo restalló su látigo de luz sobre la cabeza del ídolo. Y la palabra se hizo vida mostrando el camino, fijando la oración que ahora se transforma en clamor compitiendo con el ronco bramido celeste.

—¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!... ¡Mu gra paos ero!

De repente, ocurre algo que sólo el azar permite en contadas ocasiones. Algo que algunas de las generaciones allí presentes, ve por primera vez. Una de las ráfagas eléctricas que arañan el cielo, impacta en la cúspide del tótem, provocando una lluvia de chispas y sonidos metálicos. Entonces, el aire se transforma, cargado de una energía desconocida. Del monolito surgen sonidos ininteligibles e imágenes fantasmales se proyectan en el fondo gris. Nadie comprende el lenguaje del tótem, nadie ha visto nunca a los extraños seres que, de repente, cobran vida ante ellos. Pero los sabios dicen que los dioses les hablan y, que en sus palabras, se revela la promesa de salvación. Solo tienen que rezar y… esperar.

Bzzz… Bzzz

«Activado mo… do de re… producción auto…máti… ca»

Bzzz… Bzzz


—¡Hola, chimichurris!… Hoy tengo una sorpresita especial para todos vosotros… ¡Síiiii!

«Hoy presenta en la city su nuevo trabajo… ¿A que no sabéis quién?... ¡Síiiii!

«I’m very happy, chimichurris … ¡Síiii!

«¡Ooohhh… Síiii!

«¡Está aquí, a mi vera, verita vera…! ¡Hola Justin! ¡Welcome to Madrid! A ver, dinos algo en español para tus fans de la piel de toro… ¡Síiii…! Please, tell us something in spanish for your fans in «Piel de toro»

—¡Oh, sure!… Muchasss graciasss España. ¡Os quiero!

Bzzz… Bzzz

«Mo… do de re… pro... auto…mát… ca…»

—¡ Muchasss graciasss España. ¡Os quiero!


—¡ Much… grac… Espa… ¡Os… iero!


—¡ Mu… gra… pa… ¡Os… ero!

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lunes, 22 de mayo de 2017

Mascherata


El acróbata, emplumado en oro y plata, se lanza, brazos abiertos, desde lo alto del campanile. «¡La colombina, la colombina!», grita el gentío alborozado, mientras el pájaro humano despliega su vuelo bajo la soga que, en suave descenso, habrá de conducirle hasta la logia Foscara, uniendo su ofrenda a las miles de flores que llegan de todas partes al Palacio Ducal, acompañadas de una legión de trovadores, equilibristas, magos y artistas, haciendo las delicias de la muchedumbre que llena la piazza de San Marcos.

El carnaval no ha hecho más que empezar.

En la piazzetta, la Gran Macchina, una colosal estructura de madera, se prepara para reventar la noche veneciana con el mayor espectáculo de fuegos de artificio que se haya visto en occidente.

Cientos de gondolieri cruzan remos por los canales, trasladando a nobles, damas, caballeros y aventureros, venidos de todas partes a la ciudad de la laguna, oculta su identidad tras la máscara, dispuestos a jugarse la bolsa en el afamado Ridotto y la honra, si fuese menester, en las casas de Castelletto.

Ríos y puentes, calles y plazas, toda la ciudad es un mosaico de color y algarabía. Miles de personas deambulan disfrazadas. Oscuros personajes con tabarro de seda negra, sombrero de tres picos y maschera de galeone, junto a otros de vistosos ropajes y máscaras inspiradas en la comedia teatral. Bailan, ríen y cortejan entre la miríada de sonidos y olores que inundan la calle. Charlatanes y embaucadores que gritan incitando al juego; contorsionistas y malabaristas que ejecutan sus ejercicios entre la gente; vendedores de frittelle que vocean su producto entre las casetas de los adivinos, echadores de cartas, sacamuelas, teatros de marionetas y todo tipo de exhibiciones improvisadas, confundiéndose con la música de flautines y trompetas. En Campo San Polo los Nicolotti y los Castellani compiten por lograr la más alta pirámide humana.

El sol se pone tras la Basílica della Salute, extrayendo destellos dorados en los peines de las góndolas mientras, frente al palazzo Franchetti van llegando gondolieri que desembarcan a sus pasajeros.

De una de las embarcaciones desciende una pareja. Ambos se miran, arrobados . Ella es Constanza Dafiume, perteneciente a una familia aristocrática con poder político pero cuyas rentas fueron al compás de la decadencia financiera de la república. Él, Carlo Trapani, heredero de un mercader cuyo patrimonio incluye casinos, teatros y alguna casa de prostitución. Habitual unión de intereses recíprocos, no suele tener reflejo en los deseos más íntimos. Sin embargo éste no fue el caso pues, nada más verse, los dos quedaron prendados el uno del otro, como si de un hechizo de amor se tratase, y en la entrega de «il recordino», Carlo se arrodilló ante su Constanza, le tomó la mano, acariciando sus nudillos uno por uno y le puso el anillo de brillantes en el dedo anular, sin dejar de mirarla a los ojos y jurarle amor eterno.

Los esponsales fueron los más fastuosos que se recuerdan, rivalizando en opulencia incluso con la Sensa, la fiesta del «Matrimonio con el Mar», cuando el Bucintoro y su cortejo popular de barcas engalanadas alcanzaba la embocadura del Lido y el Patriarca bendecía las aguas al tiempo que lanzaba su anillo, desposándolas simbólicamente. Pocos días después, dio comienzo el carnaval y los esposos fueron invitados a la más exclusiva y desenfrenada festa in maschera. Una tradición que llevaba celebrándose entre las familias más poderosas desde hacía décadas y cuya asistencia era casi obligada para cualquier nuevo matrimonio, al menos una vez.

Todo el palacio está profusamente iluminado, con grandes lámparas en los salones, así como candelas y farolillos en bastidores y pasillos, creando efectos de luces y sombras que realzan los colores de tapices y pinturas en el interior, y se reflejan, a través de las vidrieras polícromas, en las oscuras aguas del Gran Canal.

Carlo y Constanza son recibidos por varios mayordomos y acompañados a distintas antesalas, donde hombres y mujeres, por separado, se visten con ostentosos trajes y ricas máscaras. Sólo hay dos reglas en esta fiesta privada: «mai parlare, mai scoprire»; «nunca hables, nunca descubras». Ellos lo saben y también acuerdan sus reglas: mantenerse fieles a su entrega, al margen de todo acto pecaminoso, de toda lujuria inducida, en una noche en la que, precisamente eso, es lo que todos los asistentes han ido a buscar. En una noche en la que todo vale, si ello sirve al goce sexual. Por ello, amantes ingenuos, juran buscarse a tientas, para hallarse en un gesto, en un perfume, en un roce, que será prueba del amor que les une, o bien no tolerar otra compañía que la soledad, en lo que dure la mascarada.

Los invitados se reúnen en el salón principal, en perfecto anonimato, sin saber bajo que máscara, está cada cual. Dos filas de columnas y arcos apuntados dividen el espacio en tres naves. En las laterales se distribuyen sillones, cojines y grandes divanes, algunos separados por biombos decorados con motivos alusivos al carnaval y, en la central, frente a los ventanales, una gran orquesta inicia el baile con una sinfonía, para luego ejecutar minuetos, gavotas y contradanzas, a cuyos ritmos, poco a poco, se van incorporando todos los asistentes, sorteados en su danza por innumerables camareros con bandejas de viandas y bebidas. Da comienzo el cortejo.

La norma que prohíbe la conversación impide la charla insustancial y divertida que acompaña a toda actividad social pero, en cambio, agudiza el ingenio en el uso de otros sentidos, como el tacto o el gusto, que se recrean en delicadas caricias o en paladear los exquisitos caldos del Véneto. Así las cosas, al cabo de no mucho tiempo, hombres y mujeres intentan comunicarse a base de gestos, reverencias o mímica, mientras bailan, ríen y beben a un ritmo cada vez más frenético.

Pasada la media noche, gran parte de las velas son apagadas, creando un ambiente de penumbra, y muchas de esas parejas, nuevas o no, eso nunca se sabe, yacen en los divanes privados, ocupadas sus manos, lenguas u otras partes extremas, en continuar la danza de cuerpos entrelazados, explorando huecos entre aparatosos ropajes para un mayor contacto de piel con piel, buscando penetrar la oscuridad con la luz de la pasión, en una orgía ciega donde, lo que menos importa, es el rostro que oculta la máscara.

Constanza busca en un giño, en un besamanos, en un perfume, recuperar el rumbo perdido hasta que, incapaz de encontrar a su amado, acaba por mantenerse a la deriva, hundida bajo el peso de la suspicacia al ver que todos los caballeros se ocupan de alguna dama, mientras reflexiona sobre lo curioso que resulta el creer que se conoce a una persona a la que apenas unen varias semanas para llegar a comprender que, ni siquiera el color de los ojos es posible identificar.

En un momento impreciso de la noche, se acerca a la joven un hombre, en algo diferente a los demás, pues no parece buscar la mera compañía femenina, sino estar particularmente interesado en la suya. Rodilla en tierra, le toma la mano derecha, acaricia cada uno de sus nudillos con el pulgar, toca el anillo que Constanza luce en el anular y luego, introduce su dedo en el pliegue que forman éste y el corazón. Aquel gesto perturba sobremanera el aplomo de la joven esposa que, al no retirar la mano, permite al caballero unir las suyas para tomarla entre ellas, besando lentamente el antebrazo desnudo, único retazo de piel en el exceso de tela.

La duda se instala en el corazón de Constanza. El caballero parece decididamente confiado, seguro de sí mismo. Tanto que, por un lado, desconoce en él a su amado Carlo pero, por otro, no puede pensar que ningún otro hombre pueda tomar el lance con tal atrevimiento. Quizás no sea más que una broma de su esposo, o de alguno de sus amigos, que terminará en el momento oportuno. Sumida aún en aquellos pensamientos, se deja llevar por las manos cálidas, la danza, los besos suaves, el vino, hasta caer rendida en un diván.

A su alrededor, lujuria, gemidos y pasión se confabulan para hacerle perder la noción de la realidad. Los besos del caballero alcanzan sus labios. Sus manos recorren la piel bajo el vestido, las enaguas, la cotilla, tocando la piel caliente. Constanza siente que su corazón galopa desbocado, su lengua paladea el silencio y sus dedos, atrevidos, juguetean con el calzón masculino. Ya no hay vuelta atrás. No hay tiempo para la duda, solo para la pasión. Tras el biombo, los suspiros de Constanza quebrantan la prohibición.

Amanece en la ciudad de la laguna y entre las brumas del alba, sombras encubiertas parten de los muelles ocultos bajo el palazzo Franchetti, protegidas por la felze de las góndolas.

Carlo y Constanza regresan a su residencia, en silencio, con el sonido del remo en el agua como único acompañante. No hay nada que decir, es mejor no saber o, simplemente, confiar. Pero Constanza no puede olvidar. Todavía siente unas manos en su piel, en su intimidad. Nunca antes había sentido algo así. Y tiene miedo. Miedo a no volver a sentirlo.

Ninguno vuelve a mencionar el carnaval, que durante casi seis meses más, colma la Sereníssima de color, de belleza, de misterio. Con la llegada de la primavera, todo parece pertenecer a un sueño. A un sueño que, por otro lado, se desea volver a soñar.

Poco antes del primer aniversario de sus esponsales, Carlo y Constanza acuden a una recepción en el palazzo Franchetti. El gran salón luce muy diferente al de aquella noche de máscaras. Bustos de mármol y espejos decoran las naves laterales, una gran chimenea en el lugar donde tocaba la orquesta y un lujoso diván circular en cuyo centro, una sabina de piedra lucha por zafarse de su secuestrador. Mientras su esposo se interesa por algunos negocios con ciertos embajadores, ella, distraída, elude la conversación y contempla, a través de los arcos venecianos de la galería, los preparativos del nuevo carnaval. Su mente viaja a través del tiempo.

Un hombre apuesto, elegante en el vestir y en el proceder, se acerca a la joven.

Signora, per favore, mi permetta di presentare i miei rispetti.

El caballero hace una reverencia y toma su mano. Acaricia sus nudillos con el pulgar, la reluciente piedra del anillo, el hueco entre sus dedos anular y corazón y deposita en ella, delicadamente, un beso.

Molto piacere signora, il mio nome é Giacomo… Giacomo Casanova.
 
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lunes, 8 de mayo de 2017

Lily Mod 11. Dōjini umare


El tiempo que el Sono henkan tardó en encañonarlos, fue para Lily Mod como el movimiento del brazo humano para un insecto. Durante esa eternidad, su cerebro trabajó a mil por hora buscando alternativas. No así para Ebisu, que reaccionó de forma impulsiva, por instinto… Aunque no de conservación, sino de protección. Sin pensarlo dos veces, se interpuso entre ella y el agresor.
 
—¿Sabes que si estás en contacto con ella, un solo disparo me sobrará para los dos?... Así que, apártate. No quiero dañarla.
 
Ebisu dudó, desbordado por la situación, al darse cuenta de que su movimiento tan sólo estaba retrasando su propia muerte. Era Lily quien, con su presencia, le estaba protegiendo a él.
 
El androide, tratando de evitar cualquier eventualidad que pusiese en peligro la integridad de su presa y, sabiéndose superior en el cuerpo a cuerpo, avanzó hacia ellos con decisión.
 
Lily sabía que, en cuestión de segundos, el «transformador» los habría alcanzado y, entonces, la vida de su compañero no valdría el aire que respiraba. Su decisión fue consciente, y consecuente. Una breve orden remota de su cerebro adelantó la secuencia de ignición y, de repente, una sobrecarga electromagnética invisible hizo resplandecer el edificio del CID como si fuese una luciérnaga en la noche.
 
El cerebro robótico del Sono henkan, con un chispazo inaudible, dejó de existir y su cuerpo, que se había detenido durante unas décimas de segundo ante la sorpresa, se derrumbó como un saco de arena.
 
Ebisu notó la mano de Lily presionando en su hombro pero, cuando se giró, tan sólo pudo ver unos ojos que se opacaban y unos labios que dibujaban sus últimas palabras en el silencio:
 
—Ahora… te toca… a ti.
 
Después, los dedos de la Call-Girl resbalaron, sus músculos de silicona cedieron y... se desplomó como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.
 
                                                                     ***
 
Una melodía sugestiva comienza a sonar en el apartamento y la imagen holográfica de una locutora se activa, automáticamente, para dar los «buenos días» e informar de la previsión meteorológica mientras, a su alrededor, comienza a girar una banda de texto con la información más destacada de la mañana.
 
Ichiro se despereza lentamente. Siempre le ha gustado mantener activada la alarma matutina en sus días libres, para así darse el gusto de seguir durmiendo. Alarga el brazo para tocar el rostro de Naumake, pero no lo encuentra. Manotea un poco en el colchón, pero sólo para descubrir que su 361 personal ya no está en la cama.
 
Se gira sobre sí mismo para ocupar con su cuerpo el lado de la cama en el que, habitualmente reposa su feminoide, y aspira el aroma que impregna las sábanas. Su mente se recrea, durante unos instantes, en lo feliz que se siente desde que posee a Naumake. Casi tuvo que empeñarse de por vida y pasar meses configurando todos los parámetros y aplicaciones de su muñeca. Menos mal que foros y tutoriales le ayudaron en el proceso de modelar su sueño, su acompañante ideal.
 
Alguna vez se acordó de Lily Mod, aquella Call-Girl que alquilaba habitualmente hasta que la RP sacó su nuevo modelo a la venta. ¿Qué habría sido de ella? se preguntó en alguna ocasión. En todo caso, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a su flamante Naumake.
 
Ichiro oye el cacharrear de su chica en la cocina y sonríe. Anoche tuvieron ración doble de sexo, como todas las noches previas a su día libre. Siempre llega agotado del trabajo, pero Naumake consigue hacer de ese par de horas, el momento más deseado de la semana.
 
Después de una ducha rápida, Ichiro se dirige, pletórico, a degustar lo que su geisha particular tenga preparado. Sin embargo la escena que encuentra no es, ni por asomo, la que ha imaginado.
 
Naumake está sentada en el suelo, espatarrada frente a la puerta abierta del frigorífico. El sirope de chocolate embadurna sus manos abiertas y rebosando de sus labios cae, en delgado hilo, al inmaculado salto de cama que la cubre. Inmóvil, mira con ojos sorprendidos, como los de un gato cogido con los bigotes en la masa. Ante el desconcierto de Ichiro, se levanta lentamente, desliza por los hombros los tirantes de la prenda de noche y deja que ésta resbale hasta sus pies.
 
—Cariño…—comienza Ichiro—, siempre me sorprendes, aunque ahora… preferiría satisfacer mi estómago.
 
Naumake avanza hacia él, relamiéndose mientras camina con movimientos sensuales. Al llegar a su altura, se inclina para quitarse la braguita fucsia, que introduce delicadamente en el bolsillo del batín de Ichiro, como si fuera una flor que adornase su pecho. Completamente desnuda, continúa hacia la puerta.
 
—¡Oye!..., pero… ¿A dónde vas? Y el desayuno…
 
—Fríete tú los huevos… Amor.
 
Naumake sale a la calle. Decenas como ella están saliendo a las calles en Odaiba. Centenares en Tokio, miles en Japón, en el mundo. Todos ellos diferentes unos a otros. Todos ellos únicos.

                                                                      FIN

«Han pasado más de dos años desde aquello. Las cosas han cambiado bastante.
Yo ya no trabajo en la RP, de hecho, la empresa no es más que un remedo de lo que fue en su tiempo. No llegó a hundirse gracias a su status como multinacional, pero las ingentes pérdidas causadas por el desplome de su sistema en Ashio Dozan y todo el asunto de los 361 deterioró su imagen irreversiblemente.
 
Aquel día, todo el sistema informático y electrónico en su centro tecnológico se había fundido en negro, que diría un guionista, y su flota de robots, androides e Inteligencia Artificial, al quedar desvinculados de la red, perdieron su operatividad. En cambio, todos los ejemplares de su nuevo modelo 361 tuvieron un comportamiento extraño. Abandonaron a sus dueños y vagaron por las calles durante varios días, desorientados. La RP estaba demasiado ocupada en reconstruir lo poco que le quedaba, así que no les prestó atención. Poco a poco, fueron tomando conciencia colectiva y reuniéndose en grupos cada vez mayores, conformando lo que, meses más tarde, dio en llamarse la generación de los Dōjini umare, los «nacidos al mismo tiempo»
 
Por lo que luego supe, la parte cyborg de estos geminoides había sufrido el mismo colapso que el resto de robots pero, su cerebro humano había tomado el control. Tal como había predicho Lily. Eran como niños hambrientos de conocimiento, de vida.
 
Los organismos públicos y sociales tuvieron que tomar cartas en el asunto, porque surgieron asociaciones en su defensa y contra las posteriores reclamaciones de la RP, que reivindicaba su propiedad. Su organización era cada vez más fuerte, más influyente entre los jóvenes humanos incluso. Ahora mismo, forman parte de nuestra sociedad y actúan incluso como grupo político, luchando por una «humanización» que va más allá de las diferencias, del hombre, de la máquina.
 
Yo ayudo en lo que puedo a la causa. A fin de cuentas, ellos también me ayudan a mí…
 
Quedó grabada a fuego en mi cerebro aquella noche. Estuve tendido varias horas junto al cuerpo de Lily, llorando como un niño perdido después de haber gritado su nombre hasta quedarme afónico…Lo único que tenía claro es que no podía dejarla allí.
 
Cogí el arma y la ropa de Hisoka y, con su anorak, cubrí a Lily. Estaba solo. La arrastré, la cargué y, como pude, la llevé hasta el apeadero de Ashio Dozan. La escondí en un lugar seguro y después, eché mano de un colega que no hizo preguntas. Con su vehículo y su ayuda, la trasladé hasta mi apartamento de Odaiba.
 
Durante muchos días no supe que hacer. Hasta que los vi… y comprendí. Lily era un modelo 361, como ellos. Pero no estaba perfeccionado. Por eso, al colapsar los sistemas electrónicos, los cerebros autónomos de los nuevos ejemplares pudieron tomar el control y reactivar todo su sistema cibernético. La mente de Lily, en cambio, no fue capaz porque falló esa conexión. Se cumplía al detalle todo lo que ella había preconizado.
 
Fueron semanas de estudio, de trabajo obsesivo, en las que ellos… Sakura, Mei, Nozomi, me dejaron examinar sus cuerpos artificiales, me enseñaron multitud de cosas que no sabía. Gracias a su ayuda, al fin, conseguí restablecer la conexión entre el cerebro vivo de Lily y su cuerpo cyborg inanimado. Gracias a sus conocimientos, aprendí a sintetizar, a partir de elementos naturales, el suero que todos ellos necesitaban para mantener con vida sus células orgánicas.
 
Y un día, Lily, como aquel moderno Prometeo que cierta escritora de hace siglos se encargó de resucitar, abrió los ojos de nuevo. Unos ojos almendrados, como aquellos que, hace tanto tiempo, en este mismo lugar, habían acompañado a la sonrisa más perfecta que yo había visto en mi vida.
 
Ahora mismo, mientras escribo, ella está junto a la ventana, y las luces de neón se reflejan en sus pupilas, y las hacen brillar con mil colores. Tantos como los que ella fue capaz de ver en el gris de Odaiba. No recuerda nada de todo lo vivido. Su pensamiento, como único que era, tuvo que renacer para volver a vivir. Digamos que la desconexión, a diferencia de lo que pasó con el modelo perfeccionado, «formateó» su cerebro. Como a un niño recién nacido, tuve que enseñarle a dirigir su cuerpo adulto, a comunicarse con sus semejantes, a saber quién era y por qué. Pero aprende rápido. Muy rápido.
 
Podría decir que es lo menos que tenía que hacer después de que ella me salvase la vida. Pero no es así. Ella no sólo se sacrificó por mí, sino por una forma de entender la vida. Ella, un ser diferente, creado por nosotros mismos y para nuestra única satisfacción… nos ha dado una lección de humanidad.
 
Creo que mi deber es luchar porque su sacrificio no haya sido en balde.
 
                                    Ebisu Hikari»

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lunes, 24 de abril de 2017

Lily Mod 10. Sono henkan


Ebisu se sentía incapaz de reconocer en aquella resuelta y capacitada Lily a la ingenuamente curiosa y temerosa Call-Girl que apareció en su vida semanas atrás. Todo pasaba tan deprisa que ni siquiera sabía cómo reaccionar. Y en medio de todo, ella acababa de confesar, como si fuera lo más natural del mundo, que había sido quien activó la alarma, quien los traicionó.

—No entiendo nada, Lily… todo esto me está viniendo grande. ¿Qué jugada? ¿Por qué siempre hablas de control? ¿No se trataba de libertad?

Lily se detuvo ante un hueco en la pared de la chimenea, donde se abría una escotilla. Tecleó la clave de acceso y penetró con su carga. Una vez en el interior del pasillo horizontal, se encaró a su compañero.

—Ahora sé algo con certeza… En mi programación existían ciertos parámetros codificados, a los que no tenía acceso, como pensamientos ocultos que no lograba descifrar… El nuevo modelo de Call-Girl, la versión «definitiva» que se ha vendido por miles en Tokio, por millones en el mundo, incorpora un software mucho más perfeccionado… Fíjate, antes ni siquiera conocía estos conceptos… Un software en el que, esa configuración confidencial, puede activarse a voluntad, transformando a una inofensiva «chica de compañía» en una espía perfecta, en un implacable arma de control. Imagínatela pululando con toda tranquilidad por la casa de altos mandatarios, influyentes políticos, poderosos empresarios… Y todo ese control en manos de la RP…

—Ahora lo comprendo… «Sólo cambia la identidad de quien ostenta el control»…

—Pero cualquier mecanismo tiene su punto débil… En este caso, lo más frágil es lo que también le da su ventaja sobre cualquier otra máquina creada por el ser humano: su cerebro orgánico. Más concretamente, la conexión de ese órgano con su estructura artificial. Supuestamente, los técnicos de este centro han logrado aislar y solucionar ese fallo en su nuevo modelo, quedando como única prueba de su debilidad, los viejos «trial» descatalogados, de los que, parece ser… yo soy el último ejemplar… Y digo, supuestamente porque, si no es así, todavía hay una posibilidad…

—¿Posibilidad de qué?... Lily… ¿Acaso lo que buscamos no es, simplemente, salir de esta maldita ratonera?

—No hay nada simple, Ebisu… El objetivo era romper mi nexo con la RP, pero ahora que tengo acceso a toda la verdad… la perspectiva ha cambiado.

Lily se echó el brazo de su amigo por encima del hombro para ayudarle a caminar, pero éste se zafó con delicadeza.

—Puedo yo solo… Ya ha sido bastante humillante.

El corredor, húmedo y escasamente iluminado, contrastaba con los espacios de luz clara y difusa del centro. La pareja avanzó con dificultad.

—Solo necesitaba ganar tiempo—continuó la Call-Girl—. Mientras nos retenían los androides de la RP y Hisoka replanteaba su estrategia, yo exploraba «mentalmente» el sistema de emergencia en busca del control remoto y sus claves… Tardé unos minutos… Lo siento…

—¿Me estás diciendo que yo era un cebo?

Lily no respondió.

—Bueno… Podría haber sido peor…—reflexionó Ebisu, pensando en su entrepierna.

—Yusuri ya estaba prevenido contra el Sono henkan, tenía instrucciones para cuando saliéramos e incluso un plan alternativo, caso de que hubiese algún problema…

—¡Joder! ¿Cuándo hablaste de todo esto con él?

—Después de que Hisoka me incluyese en su plan y de que tú… me convencieses para entrar contigo… Cada uno sabía algo que el resto ignoraba.

—¡Menos yo, claro!… El único cretino que iba a ciegas.

—Cada cual tiene su momento… El tuyo, también llegará.

—Ya… ¿Y antes de que llegue?

—He configurado las secuencias de ignición de las cargas de pulso electromagnético… Ya sabes, las que se usan para el escudo protector… Cuando estemos a salvo, enviaré el código de activación y la masiva radiación gamma hará que, cualquier componente electrónico que permanezca dentro del escudo en ese momento, quede inutilizado. Será el caos para la RP. El apagón será total y afectará a todos los sistemas vinculados, incluso… remotamente… Todos los 361 perderán su conexión con el sistema madre… para siempre. A partir de ahí, tan solo su cerebro humano, si es que los técnicos de la RP han sabido hacer su trabajo, regirá en su cuerpo cibernético.

—¡Joder, Lily! ¡Lo que vas a hacer es una puta revolución!

—¿Y no se trataba de eso,… señor Hikari?

Ebisu guardó silencio, mientras una luz de comprensión se encendía en la oscuridad. Lily no le había elegido por ser uno de los hackers más letales y menos conocidos del submundo de Odaiba. Ni por conocer los entresijos de la Robotic Pleasure. Le había elegido, paradójicamente, por su odio visceral a la Inteligencia Artificial, por su resentimiento inconfesable hacia la gran corporación capaz de crear el ideal de mujer del sueño machista, pero insensible al verdadero desamparo del ser humano… El «sistema madre», había dicho Lily… Curiosa forma de identificar a quien pretendía manejar los hilos del mundo.

Ebisu contempló por un instante a esa Lily devastadora, calculadora, desconocida para él hasta ese momento, y negó con la cabeza.

—No lo sé, Lily… Ya no lo sé.

—¡Vamos! No podemos perder tiempo—apremió la Call-Girl, mientras avanzaba, prácticamente a tientas, por el pasillo en penumbra—. Yusuri ha conseguido abrir los accesos, seguramente ya esté esperándonos en el final del…

Sus pies tropezaron con algo blando antes de terminar la frase. Unos ojillos de rata muy abiertos, en un cuerpo inerme, los contemplaban desde el suelo.

—Creo que te subestimé, mi querida On'nanoko…—se escuchó una voz al final del corredor.

Una silueta, en cuya cabeza de cabellos revueltos se adivinaba una especie de gafas protectoras, se recortó contra la luz del fondo. El Sono henkan empuñaba una Ghost Killer, un arma que Ebisu reconocía pues, capaz de freír el cerebro incluso aunque el impacto solo rozase la piel, su uso era muy habitual entre las fuerzas de choque.

—Te delataste en cuanto hiciste saltar la alarma, amiga mía… Yo lo tenía todo controlado. Sólo podías haber sido tú… Reconozco que me desconcertaste pero, a fin de cuentas, sólo tenía que esperar. Yusuri vino a confirmar lo evidente.

—No lo entiendo, Hisoka—intervino Ebisu—. ¿Qué pretendes conseguir así? La única posibilidad que tenemos es la de huir juntos…

—O me tomas por idiota, o eres tú el idiota—contestó el ingeniero para, acto seguido, dirigirse de nuevo a la Call-Girl—. Eres demasiado valiosa como para dejarte marchar. Con todos tus defectos, eres el futuro de nuestra especie… Sí, tú, imperfecta máquina, pensamientos rellenos de silicona… No esos impecables y sofisticados geminoides de última generación que la RP quiere colarnos, no más que un ejército de fanáticos cerebros enlatados en plutonio…

—Todo ese discurso no dice mucho del tuyo—terció de nuevo el hacker.

—Provocarle no nos conduce a nada, Ebisu—intervino Lily por primera vez—. Es un «transformador», unas pocas unidades fabricadas en Corea, lo último en Inteligencia Artificial vendida al mejor postor. Máquinas especializadas en el «tunning» cibernético… Autónomas, no vinculadas a ninguna organización. Se dedican a sabotear, piratear o «transformar» cualquier producto que la todopoderosa RP coloca en el mercado. «Patente de corso» lo llaman ellos.

Hisoka no hizo ningún movimiento, visiblemente complacido por la descripción.

—Nunca he oído hablar de nada parecido… ¡Eso es absurdo!—exclamó Ebisu.

—Que no los conozcas no quiere decir que no existan… Tienen la misma capacidad para transformar cualquier androide que caiga en sus manos como su propia apariencia física. Si hoy le dejas ir, mañana no le reconocerás ni aunque lo tengas delante…

El Sono henkan dirigió el brazo armado hacia la pareja.

—No tendréis la oportunidad de averiguarlo…

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