lunes, 13 de marzo de 2017

Nanny Dog


Lug adoraba a los críos. Y ellos a él. Paula, Jorge, Carlitos. Eran sus cachorros. Allí donde estaban ellos, Lug montaba guardia permanente. En una ocasión, Carlitos se despistó y desapareció en un centro comercial. Los de Seguridad accedieron a dejar que Lug lo buscara y tardó cinco minutos en encontrarlo acurrucado bajo el árbol de Navidad en una tienda de juguetes, como uno más de los regalos de Papá Noel. Lug era capaz de tirar de un trineo con los tres hermanos cargados en él; tal era su fortaleza; y dejar que Carlitos se subiese a su grupa y lo cabalgase, trotando tras la bici de Jorge por el jardín de casa. Pero Paula era su debilidad. Podía pasarse horas tumbado frente a ella, observando con ojos curiosos sus evoluciones mientras jugaba en su cuarto.
 
Si pudiese hablar, habría dicho: «Perro niñera me llaman, y es todo lo que quiero ser»
 
Hasta una noche de noviembre. Llovía a mares. Unas luces se cruzaron de forma inesperada y el coche en el que iba toda la familia se salió de la carretera, dando varias vueltas de campana. Lug quedó atrapado en la trasera, la parte que menos sufrió el impacto, mientras sus ojos veían impotentes cómo sus amos, sus pequeños, gritaban pidiendo un auxilio que, en esta ocasión, no podía prestar.
 
Algún conductor fue alertado por unos desgarradores aullidos y, horas más tarde, la Guardia Civil levantaba el atestado. Decenas de luces multicolores y una oscuridad inmensa, quedaban tras la rejilla del camión de la perrera mientras se alejaba de todo lo que, para Lug, tenía sentido en su vida.
 
Si pudiese hablar, habría preguntado: «¿Dónde están mis pequeños, mi familia?»
 
Lug estuvo dos años encerrado y la incomprensión fue su mayor tortura. Él no sabía lo que era la muerte, pero fueron dos años sin vida. Los días, las semanas, los pasaba echado en el suelo. Lug no tenía conciencia del tiempo. Tan sólo esperaba. Esperaba que algún día, una mano conocida volviese a ponerle la correa y una voz familiar le dijese, «Venga Lug, ve a buscar a los niños, que nos vamos al parque». Tan sólo la espera tenía sentido. Únicamente levantaba un poco las orejas cada vez que alguien entraba en la jaula, aunque su olor ya le decía que no era quien esperaba, mientras su cuerpo iba mermando, mientras su vida se iba apagando.
 
Si pudiese hablar, habría suplicado: «Por favor, llevadme junto a ellos»
 
Un día ocurrió algo distinto. Un hombre que nunca había olido entró en la jaula, se acuclilló junto a él, le acarició detrás de las orejas y le habló al oído. Aquella voz tenía un extraño poder. El poder de sosegarle y a la vez de infundirle una nueva vida. Le llamó por otro nombre y, junto a él, volvió a aceptar su condición, su libertad. Reaparecieron los juegos, las carreras, cada vez más rápidas estas, cada vez más peligrosos aquellos. Tan peligrosos debieron de ser, que un día, mereció el castigo. O no lo mereció, pero ocurrió. Hacía mucho tiempo que Lug había dejado de comprender. Su amo le encadenó y dejó de darle alimento. En total oscuridad. Algunas veces entraba en la celda con algo de comer, pero Lug sólo recibía correazos y su amo se volvía a llevar la escudilla sin que hubiese podido probar bocado. Cada vez que intentaba comunicarse, con lastimeros quejidos, lo único que recibía eran más golpes y una total indiferencia.
 
Si pudiese hablar, habría hecho una sola pregunta: «¿Por qué?»
 
Al borde de la extenuación, cuando el hambre se hizo insoportable, su amo apareció de repente en un halo de luz, con un enorme y jugoso pedazo de carne sanguinolenta, que dejó en el suelo, ante él. Lug lo devoró con avidez, sintiendo el olor de la sangre, el sabor de la carne cruda. Aquello se repitió durante semanas. Períodos de ayuno y premio de carne cruda al cabo de ellos. Lug esperaba con ansiedad el día de la comida. Devoraba literalmente la carne mientras su amo le entrenaba para cosas extrañas. Mordía palos con cuerdas enrolladas, arrastraba pesados trineos cargados de piedras, rasgaba con uñas y dientes un viejo neumático hasta destrozarlo. Y su cuerpo se hizo más robusto, resistente y su aspecto fiero. Entonces, un día, le llevó a otro lugar. Un lugar oscuro, frío. Soltó su collar y le dejó solo. De repente, de la oscuridad salieron horribles bramidos y otro perro se lanzó contra él. Era más pequeño, pero sus colmillos se clavaban en la carne como si fueran cuchillas. Lug quiso defenderse, pero el otro animal atacaba como poseído de una fiereza antinatural. Entonces, algo extraño sucedió. El hombre silbó y el otro perro se lanzó contra él. Le mordía en un brazo en el que tenía algo enrollado. Lug supo lo que tenía que hacer. Atacó con todas sus fuerzas, rasgó, mordió, destrozó… Hasta que su atacante quedó tendido en tierra, desangrándose.
 
Si pudiese hablar, habría declarado: «Tú eres mi amo. Tú me diste otra vida. Por ti la entregaré»
 
A aquella pelea siguieron otras. Al principio fue por defender a su amo. Luego fue por defenderse a sí mismo. Después fue porque cuando no peleaba, no tenía nada. Y necesitaba. Necesitaba carne, sangre, rabia, muerte. Si no era la suya, sería la de otros.
 
Una mañana, en nada diferente a tantas otras, paseaba de la correa, cerca de su amo, cuando una niña se acercó y quiso tocarle la cabeza, acariciarle. Lug, tras el bozal, retrocedió un paso. En su memoria parpadeó el brillo de un recuerdo.
 
Si pudiese hablar le habría dicho: «¡Márchate, no quiero recordar!». Pero el padre de la niña tradujo su ronco gruñido por él.
 
—¡No te acerques, hija! Es un pitbull, un perro asesino.
 
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